"A
redoblar, a redoblar, que el presidente es Tabarë". Las calles de
Montevideo, bullían de entusiasmo y emoción. La multitud
se agitaba haciendo flamear al viento miles de banderas, en un maravilloso
espectáculo que en vez de mostrar interminables leyendas o siglas
tapándose unas con otras, lo que más primaba era la tricolor
frenteamplista, que no por casualidad usa los mismos colores de la enseña
del Libertador José Gervasio de Artigas: blanca, azul y roja.
El mismo espectáculo se repitió
a lo largo y ancho de todo el territorio, incluso en aquellos feudos de
la oligarquía, como Pocitos, Punta Gorda, o la mismísima
Punta del Este, sin contar lugares claves de pensamiento blanco o colorado
como Canelones o Durazno. Esta vez el aluvión de la izquierda no
fue fácil de ocultar. No lo lograron ni los medios más recalcitrantemente
oficialista.
El Frente Amplio coaligado con Encuentro
Progresista y Nueva Mayoría triunfó por prepotencia de trabajo.
Por tener esa humildad que más quisiéramos para nuestro atomizado
campo popular. El concepto de que lo más importante es la unidad
frente al enemigo común nunca se dejó de lado en estos treinta
y pico de años que lleva en pie la coalición frenteamplista.
Ya sobre ello habían trabajado los tupamaros cuando salieron de
la cárcel. El propio Raúl Sendic (muy recordado en estos
días) había escrito un importante y estratégico documento
en aras del Frente Grande, donde pudieran caber todos los que estaban contra
el capitalismo. También insistió en esa premisa el inolvidable
general del pueblo, Liber Seregni, un hombre que más allá
de que se pudiera coincidir con cada una de sus tácticas políticas,
dejó el cuerpo en el terreno de batalla para imponer políticas
de concenso, de democracia directa, de respeto hacia los que piensan diferente.
El Frente triunfó no por casualidad.
Por un lado, porque el hartazgo de los uruguayos y uruguayas ante la catastrófica
situación a la que condujeron al país los gobiernos neoliberales,
habían puesto las cosas al "todo o nada", o como le gusta decir
a José Pepe Mujica: es cuestión de "ahora o nunca". Si el
Frente no hubiera ganado, seguramente se repetiría aquel recordado
éxodo artiguista pero en dirección negativa. Muchos, muchísimos
sobre todo jóvenes- estaban dispuestos a hacer las valijas
y marcharse a buscar esperanzas en otras tierras. Hubiera sido terrible.
Pero el Frente ganó, y lo
hizo también porque tuvo coherencia todos estos años, y valentía
para salvar las crisis internas sin romper la unidad de conjunto. Pero
también, y esto es un elemento de primera categoría, porque
transmitió bien el mensaje hacia los que serían sus principales
artífices del triunfo: los votantes, la militancia fiel, los
de abajo. No prometió lo imposible, ni siquiera habló del
socialismo con el que están comprometidos muchos de los partidos
que integran la coalición- sino que se diseñó el discurso
del patriotismo ante todo, y de los planes de emergencia para salir del
pozo.
La calle entendió esto mejor
que nadie y se puso en marcha una maquinaria militante que emociona. No
quedó una pared sin las consignas del Frente. Los balcones de las
casas jugaron en la campaña como nunca, ya que por donde se mirara,
emergía el azul, blanco y rojo o la enseña nacional acompañada
del número de alguna de las listas frentistas.
Más aún, Tabaré
y su gente, y sobre todo ese imprescindible Pepe Mujica que tan bien se
comunica con los más humildes y los más jóvenes, salieron
a patear el país, casa por casa, pueblo por pueblo, como en su momento
hizo Hugo Chávez en Venezuela. Y eso no una vez, sino en seis oportunidades
en pocos meses. Explicando lo que se puede hacer, discutiendo con la base,
hablando de la esperanza, pero también del sacrificio. De igual
a igual, afianzando el compromiso para la pelea que empezará a partir
del 1º de marzo próximo cuando Tabaré se hermane en
un abrazo con Fidel y Chávez y con otros hermanos del continente.
Ahora, con el triunfo en la mochila,
queda todo por hacer, pero la satisfacción de que un pueblo movilizado
y con el nivel de conciencia necesario para entender quién es el
enemigo principal y qué contradicciones estaban en juego, ha logrado
derrumbar al tótem (o títere) local del neoliberalismo y
de paso, ha dado un ejemplo al mundo al obtener un espectáculo éxito
en el plebiscito en defensa del agua.
Uruguay está de fiesta y con
ella todos los pueblos latinoamericanos que aceitan cada vez más
los ejes de la locomotora de la Patria Grande. De aquí en más,
vendrán, a no dudarlo, golpes bajos e intentos arteros de romper
lo logrado hasta ahora, incluso también lo vaticinó
Mujica- surgirán voces "por izquierda" criticando lo que todavía
está por ponerse a rodar. Ni unos ni otros deberían desanimar
a esos centenares de miles de uruguayos -muchos de ellos residentes
en Argentina- que en estos días pudimos observar extasiados y muchas
veces lagrimeando, movilizándose en la calle, hermanándose
en cada gesto, en cada consigna. Dando al mundo, como los venezolanos el
pasado 18 de agosto, un ejemplo de cómo se empieza a construir la
democracia participativa. A redoblar, como dice el cancionero del Frente.
A redoblar, por la unidad de Latinoamérica contra el imperialismo.
2 de Noviembre de 2004
Carlos
Aznárez
resumen@nodo50.org