| Página/12
de Argentina - 31 de Octubre de 2004
Juegos
de la memoria
Ariel
Dorfman *
No lo puedo
evitar. Día a día, desde aquel 11 de septiembre del 2001
en que el terror descendió sobre los Estados Unidos, he tenido que
evocar una y otra vez a Chile y a su dictadura.
Hay algo brutalmente familiar en
la reacción de los norteamericanos ante la catástrofe. Sí,
todo eso yo lo había vivido: la retórica ultrapatriótica,
la militarización de la sociedad, el modo en que se impugnaba la
más leve voz crítica. Sí, todo eso era tristemente
reconocible: “You’re with us or against us” (“Estás con nosotros
o estás en contra”), la seguridad nacional como justificativo para
cualquier exceso en el exterminio de un enemigo esquivo. ¿Quién
hubiese imaginado la posibilidad de que en los Estados Unidos, con su poder
judicial tan autónomo, miles de hombres podrían ser detenidos
en el silencio de la noche –la mayoría debido a que eran musulmanes
y extranjeros– sin que se los sometiera a un juicio, sin que siquiera alguien
admitiera su captura? ¿Quién se hubiese atrevido a sugerir
que existirían algún día desaparecidos en la patria
de Jefferson y Lincoln? Y la tortura, las discusiones sobre cuándo
podría ser legítimo emplear ese tipo de violencia para proteger
a una comunidad amenazada, y suma y sigue, luego supimos de su uso habitual
en Guantánamo y Afganistán, y las obscenas fotos de Irak,
revolviéndome, devolviéndome a las imágenes de mi
propio país, los ecos dolorosos de mi Chile.
Lo peor de todo, sin embargo, fue
contemplar la lenta erosión del compás moral de los Estados
Unidos, la indiferencia de tantos norteamericanos ante el sufrimiento ajeno,
la aceptación indolente de que no importaba si la guerra contra
el “terrorismo” iba a matar a muchas víctimas inocentes, la automática
demonización del enemigo como respuesta majadera a los ataques.
Esa insensibilidad, ese desapego, me producía más miedo que
los asaltos criminales contra Nueva York y Washington, me iba susurrando
que tal vez, después de todo, el Chile de Pinochet no estaba tan
lejos de los Estados Unidos.
Cada mañana leía las
noticias en mi hogar en Carolina del Norte y cada mañana me sentía
sobrecogido por el mismo vértigo. ¿Podría la plaga
de la represión que yo había registrado en Chile repetirse
otra vez más en este país del Norte donde me había
refugiado? ¿Era de veras tan fácil corromper a la democracia
de los Estados Unidos? ¿Podían sus ciudadanos, presos del
temor, ser manipulados tan descaradamente?
La respuesta es que no, no va a
ser, de hecho, tan fácil torcer el destino del pueblo norteamericano.
A lo largo del último año,
dondequiera que yo haya ido en este país, he descubierto un asombroso
espíritu de resistencia, una ciudadanía movida por la esperanza
y no por el espanto, una ola de activismo múltiple y creativo y
plural que yo no había experimentado desde... bueno, desde el año
1970, cuando mi país eligió como presidente a Salvador Allende,
ese año en que mis compatriotas pacíficos y enardecidos proclamaron
a los vientos de la historia que era posible construir el socialismo usando
la democracia, que no era necesario aterrorizar ni perseguir a nuestros
adversarios para liberarnos de la opresión.
Si la actual campaña presidencial
norteamericana me recuerda aquel momento revolucionario en Chile, no es
debido a que, tres décadas más tarde, confunda yo a John
Kerry con Salvador Allende ni crea que George W. Bush sea un clone de Augusto
Pinochet. Lo que sí flota en el aire de los Estados Unidos hoy es
una temblorosa prefiguración del mismo tipo de entusiasmo que enarbolamos
nosotros en Chile, la misma convicción de que la historia pertenece
a los seres humanos que se atreven a imaginar unfuturo alternativo. No
tenemos para qué aceptar el mundo tal como lo encontramos al nacer.
Es el mensaje que hace muchos años atrás fue entonada en
Chile por una multitud de campesinos hambrientos, que exigían que
se les entregara la tierra que habían estando labrando durante anónimos
siglos. Y es un mensaje vuelto a transmitir hoy por millones de afanosos
internautas del Moveon.org en los Estados Unidos y de que se hacen eco
incontables militantes de una vasta coalición progresista que mucho
más extensa que aquella que se armó para protestar contra
la guerra de Vietnam en los años sesenta y que demuestra, además,
una madurez que faltaba en esa época.
En el Chile de ayer como en los
Estados Unidos hoy, una idéntica certeza: la historia es nuestra,
como lo dijo el metal tranquilo de la voz de Salvador Allende desde la
Moneda antes de morir, y la hacen los pueblos.
Lo que no puedo saber, en cambio,
es si este nuevo activismo social norteamericano posee la misma persistencia
o profundidad de la movilización chilena. Nos tardó casi
un siglo de lucha elegir a Salvador Allende como nuestro presidente, y
cuando fue derrocado en 1973 –¡un 11 de septiembre!– seguimos combatiendo
durante diecisiete años hasta librarnos de la dictadura. No decidimos
darnos por vencidos en la triste madrugada del 12 de septiembre.
La verdadera prueba para los habitantes
de los Estados Unidos vendrá, por lo tanto, el 3 de noviembre, el
día después de que George W. Bush repte de nuevo al poder
o John Kerry llegue a la Casa Blanca. Será en ese momento que los
millones de hombres y mujeres norteamericanos que se han movilizado con
tanto fervor, habrán de enfrentar el dilema más crucial de
su existencia. ¿Volverán a sus hogares, a la vieja apatía
y displicencia, o han comprendido intensamente que, cualquiera que sea
el ganador de la elección, dependerá de cada uno de ellos,
uno por uno por uno y todos juntos, si su país será diferente
del Chile de Pinochet?
La batalla por el alma de la tierra
natal de Martin Luther King apenas acaba de comenzar.
* Escritor chileno. Su último
libro es Memorias del Desierto. |