| Página/12
de Argentina - 4 de Noviembre de 2004
Bush se alzó con la mayoría
del voto popular
y amplió su dominio de
las dos cámaras del congreso
Vía
libre para los halcones en todo EE UU
George W.
Bush ganó por una verdadera avalancha de votos populares su reelección
presidencial, aumentando sus mayorías en el Senado y en la Cámara
de Representantes y prometiendo más guerra al terrorismo. Las esperanzas
de John Kerry terminaron de morir en la mañana de ayer.
Eduardo
Febbro
“Estados Unidos ha hablado”, dijo George
W. Bush cuando los demócratas admitieron la derrota. Esta vez, el
suspenso de la elección presidencial norteamericana no duró
mucho. Menos de 24 horas después de que se interrumpiera el recuento
de los votos en el crucial estado de Ohio, el candidato demócrata
terminó aceptando lo que los masivos porcentajes obtenidos por el
presidente saliente dejaban en claro más que presagiaban. John Kerry
llamó por teléfono a Bush y luego, en un discurso ante su
círculo más cercano, reconoció la derrota de su campo.
Estados Unidos amaneció el
miércoles sin saber quién sería su presidente. Luego
de que, ante la sorpresa general, John Kerry perdiera el estado de Florida,
las cartas parecían echadas. Pero el campo demócrata rehusó
reconocer la derrota en otro de los estados clave, el de Ohio, donde Bush
contaba con una ventaja de 130.000 votos. El equipo de Kerry creyó
hasta último momento que su candidato podía quedarse con
el estado si se contaban las decenas de miles de boletas de voto provisorias
y una parte de los votos enviados por correspondencia. Los republicanos,
en cambio, consideraron que la ventaja de Bush era irreversible incluso
si se contabilizaban los votos mencionados. Con los grandes electores de
Ohio, Bush llegó al número mágico de 270. Distanciado
por más de cuatro millones de votos en todo el país (48 contra
51 por ciento), John Kerry ganó 20 estados y los republicanos 29.
La victoria republicana alcanzó
magnitudes no previstas por ningún estudio de opinión. La
noche electoral les permitió no sólo renovar la presidencia,
sino también ampliar su mayoría al Senado con 54 de los 100
escaños en juego. Venganza última de la avalancha republicana,
éstos decapitaron a Tom Daschle, jefe del grupo demócrata
en el Senado (ver pág. 5). Daschle fue barrido en Dakota. La estrategia
desplegada por los demócratas perdió en todos los estados
que hubiesen podido cambiar el curso de la elección. Los electores
oriundos de los segmentos sociales más inesperados se volcaron al
campo de Bush dándole al presidente saliente la más valiosa
de las victorias, es decir, el voto popular. A la Norteamérica blanca
y conservadora se le sumaron votos tan dispares como los del electorado
hispano de los Estados Unidos. En su intervención televisada, Bush
se fijó como objetivo estabilizar Irak, reformar el sistema de seguro
médico y aplicar una política de unidad. El mandatario, consciente
de la polarización de la sociedad norteamericana y de las, a veces,
violentas divisiones a que dio lugar la elección, recalcó
que necesitaba a los 55 millones de electores que se habían inclinado
por Kerry. Haciendo gala de su tradicional patriotismo, Bush dijo: “Cuando
nos unimos y trabajamos juntos, no hay límites a la grandeza de
Estados Unidos”. El mandatario también insistió con su discurso
mesiánico, diciendo que “nuestra nación se defendió
y sirvió la libertad del género humano”, alabó “la
fuerza y el coraje” con que el país había atravesado las
pruebas de los últimos cuatro años al tiempo que estimó
que el país había entrado en “la estación de la esperanza”.
Kerry, por su parte, dijo que, al hablar con Bush, se refirió a
las divisiones que persistían en el país, a la necesidad
de “unirse”. Emocionado hasta las lágrimas y aludiendo a los votos
controvertidos del estado que le dio a Bush la mayoría que necesitaba,
Ohio, Kerry declaró que no “hubiese abandonado el combate si hubiera
habido una posibilidad de ganarlo”. El senador derrotado alentó
luego a sus seguidores diciéndoles que “llegará la hora,
llegará la elección donde sus votos cambiarán el mundo.
Vale la pena que sigamos luchando”. Ni la intervención de los grandes
diarios del país que llamaron a votar por él ni el apoyo
casi masivo del mundo del espectáculo sirvieron la causa de John
Kerry: los encantos de Brad Pitt, Ben Afflec, Leonardo DiCaprio, Bruce
Springsteen –que nunca antes había bajado a la arena política–,
Bon Jovi, Stevie Wonder o Sean Pean no sedujeron al electorado. Jamás
como ahora los intelectuales, la prensa y los artistas habían cerrado
filas detrás de un candidato. Pero Bush les ganó en la calle,
con un voto popular que no tenía hasta el martes. De alguna manera,
los demócratas y sus seguidores fuero víctimas del vicio
que consiste en confundir la acción política con una elección
entre el bien y el mal, lo moral y lo inmoral. Karl Rove, el estratega
político de la Casa Blanca y el hombre que guía los pasos
que da el presidente, ha cumplido con su misión. El es el artesano
de que el mundo tenga que vivir cuatro años más bajo la voluntad
de un solo hombre y un solo país (ver pág. 5).
Todo cuanto las campañas
republicanas repitieron sin descanso durante el último mes, Bush
lo resumió ayer en un puñado de frases. Los norteamericanos
renovaron por cuatro años un mandato marcado por dos guerras, una
cruzada religiosa-militar contra el mundo musulmán, niveles de desempleo
record en el país y serias faltas a los derechos cívicos
de los ciudadanos. La fuerza republicana arrolló las esperanzas
demócratas y hasta los cálculos más sesudos de los
estudios de opinión. Florida, donde el fiasco del 2000 no se repitió,
puede servir de base para entender lo que ocurrió en el orden nacional.
Los demócratas no sólo perdieron los 27 grandes electores
del Estado sino, también, el voto popular del que se creían
herederos luego de lo ocurrido hace cuatro años. El partido de John
Kerry ni siquiera logró arrancar los votos esperados en el seno
de la comunidad hispánica del Estado, especialmente entre los cubanos
norteamericanos. Los demócratas esperaban ganar entre un tres y
un cuatro por ciento en los barrios anticastristas y terminaron obteniendo
lo contrario, perdiendo incluso entre los hispanos que históricamente
votan por ellos. Clases medias, extranjeros, cada segmento del electorado
donde John Kerry esperaba sacar ventaja le dio vuelta la espalda. Al Gore
había conseguido en las elecciones del 2000 más del 60 por
ciento del voto hispánico contra un 31 por ciento para Bush. El
reelecto presidente se dio ayer el lujo de avanzar en tierras ajenas: los
hispanos de Estados Unidos –9 millones de electores– votaron en un 52 por
ciento por Bush y en más de un 40 por ciento por Kerry. Después
de los monumentales errores registrados en Europa por los institutos de
sondeos, cabe preguntarse cuál es la realidad de las previsiones
de estos organismos. Dos días antes de las elecciones, los estudios
de opinión aseguraban que el 61 por ciento de los electores hispanos
votarían por Kerry. Si hubiese sido así, Bush no sería
de nuevo el presidente.
A lo largo de la campaña,
se fue haciendo evidente que el miedo al terrorismo era uno de los factores
de adhesión más frecuentes que jugaban a favor del candidato
republicano. De las dos estrategias del miedo aplicadas por ambos partidos,
ganó la republicana. Estos consumieron las conciencias diciendo
que sólo Bush podía defenderlos a ellos y al mundo. Los demócratas
optaron por dar miedo al electorado inculcándole que el mandatario
saliente había sido electo de manera fraudulenta y que, si su mandato
continuaba, la inseguridad y la guerra ganarían a Estados Unidos.
Más que la política, los últimos días de la
campana demócrata se concentraron en difundir el miedo al fraude.
Con ese fin acudieron a Florida miles de voluntarios, observadores y abogados.
El estado votó prácticamente sin polémicas y, colmo
del ridículo, los observadores internacionales que habían
venido de Europa, América latina y Asia y que, dos días antes
de la consulta, denunciaban las condiciones poco transparentes de la misma,
acabaron elogiándola al día siguiente. Florida le dio a Bush
casi un 52 por ciento de los votos, es decir, 300.000 dediferencia con
respecto a Kerry, lejos, muy lejos de los polémicos 537 que lo habían
llevado a la presidencia.
A Bush le ha quedado sobre los brazos
la gestión de dos conflictos armados desencadenados por el ejército
norteamericano, Afganistán e Irak, las divisiones provocadas en
el seno de la comunidad internacional por las mentiras que justificaron
el derrocamiento de Saddam Hussein por la fuerza y, en el plano nacional,
un país marcado por los antagonismos en torno de temas tan capitales
como el aborto, la investigación sobre las células madres
o el matrimonio entre homosexuales. Nada garantiza que Bush cambie el rumbo
de su gestión. Los mismos hombres y mujeres que lo acompañaron
y diseñaron su política seguirán en su entorno. Las
peores mentiras que hayan sido escuchadas en el seno de las Naciones Unidas
fueron presentadas como verdades por el equipo de Bush. Los norteamericanos
le renovaron la confianza a un hombre que, fuera de las fronteras de Estados
Unidos, es visto como uno de los siete jinetes del Apocalipsis. El otro
es Osama bin Laden. |