| Página/12
de Argentina - 4 de Noviembre de 2004
La lógica
de la guerra
Luis
Bruschtein
La geometría
austera de las miles de cruces blancas del cementerio de Arlington, en
Washington, constituye una de las imágenes más poderosas
de los Estados Unidos. Avenidas y diagonales con las tumbas de los soldados
caídos en todas las guerras se extienden hasta donde alcanza la
vista. Ese paisaje sobrecogedor induce reflexiones pacifistas al visitante
que llega del exterior. Se supone que el recuerdo de tanta desgracia tiene
el sentido de no repetirla, de recordar para no recaer. El vasto cementerio
sería para ese visitante un gran monumento a la paz. Pero el visitante
no piensa como una inmensa parte de los norteamericanos, para los que ese
escenario estremecedor es un enérgico recordatorio de su supuesta
responsabilidad en el mundo, una especie de grito de batalla.
A poca distancia de Arlington, en
el centro de Washington, está el monumento a los cincuenta mil muertos
en Vietnam. Es un muro de piedra negra pulida donde están grabados
los nombres de los soldados. Y se ve a los familiares o amigos, algunos
ancianos, otros que llevan a sus hijos, que tocan la piedra con la yema
de los dedos, dejan una flor o se sientan en silencio frente al nombre
familiar. También es impresionante, sin el espíritu marcial
de Arlington y donde el recogimiento y el dolor son más visibles.
La guerra está siempre presente
en Estados Unidos, por sus monumentos, por su historia y porque además
es la nación que ha intervenido en más guerras en los últimos
cien años. La guerra tiene un impacto en la cultura, en los medios
de comunicación, en la educación y en las actitudes de los
norteamericanos de una manera que es difícil de comprender para
los no norteamericanos. Incluso para los europeos, que han participado
en muchas guerras, pero donde los cementerios funcionan como un recordatorio
del horror.
La reacción a favor de la
paz tras la derrota en Vietnam hizo pensar que, de allí en adelante,
les resultaría difícil a los gobiernos de Estados Unidos
lograr consenso para entrar en una nueva guerra, porque también
es cierto que otra parte importante de los norteamericanos se opone a esa
vocación de guerra permanente. No fue tan así y con el atentado
a las Torres Gemelas por primera vez se sintieron en peligro en su propio
territorio. Ahora hay otro devastador monumento de guerra en el centro
de Nueva York, en el solar que ocupaban las Torres. Desde ese ominoso agujero
en el corazón de Manhattan George W. Bush construyó su liderazgo.
Es un político mediocre rodeado de asesores belicosos. Es un jefe
de guerra.
Ni siquiera puede decirse que estas
elecciones presidenciales funcionaron como un plebiscito sobre la guerra.
Eso ni llegó a estar en discusión. No había un candidato
pacifista y otro guerrerista, sino uno menos guerrerista que el otro. Los
errores cometidos en Irak fueron las imágenes usadas por Kerry.
Pero la imagen sobre la cual se apoyó Bush fue más contundente,
definitoria y primaria en el juego de la guerra donde no hay medias tintas:
Bush es el hombre de las Torres en llamas, se encargó de encarnar
la furia y el orgullo.
La guerra tiene esa lógica:
se está a favor o se está en contra. Y si los dos están
a favor, gana el que está más a favor de los dos. Como dijo
un reconocido estratega argentino: “La duda es la jactancia de los intelectuales”.
Puede resultar cómico, pero la guerra tiene esa lógica, que
es la más brutal y primitiva. No deja de preocupar que el país
más importante del planeta se rija por ese pensamiento elemental,
incapaz de controlar sus emociones básicas. Porque más allá
de los intereses económicos y geopolíticos, esa fue la forma
de construir política y hacer campaña en estas elecciones
en los Estados Unidos.
Se habla de un país dividido.
Entre los votantes a Kerry hubo una minoría que se manifestó
claramente por la paz. Pero no fueron todos Michael Moore. La gran mayoría
de esos votos también está por la guerra igual que todos
los que votaron por Bush. Y esa lógica de guerra arrastra con ella
a las posiciones más reaccionarias en todos los aspectos. Para la
sociedadnorteamericana y para lo que le compete al resto del planeta, estas
elecciones fueron la expresión de un retroceso de la civilización. |
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