| La
Vanguardia de España - 6 de Noviembre de 2004
El fin de una leyenda. Testimonio
en primera línea
¿Qué
dirán de Arafat?
NO PODÍA CONTROLAR A su
pueblo y se aferró al poder no con autoridad, sino con dinero, desoyendo
a los grupos que se escindían de la OLP
OSLO RESULTÓ SER una oferta
de colaboración: le pedían a Arafat que patrullara Gaza y
Cisjordania en nombre de Israel
Robert
Fisk
Fue todo
lo leal y todo lo lamentable que se puede ser con el sueño palestino.
Poseo una grabación en cinta de Arafat, sentado conmigo en las montañas
frías y oscuras de las afueras del puerto libanés de Trípoli
en 1983, donde el Anciano -siempre lo llamaron el Anciano,
mucho antes de que lo fuera- estaba sitiado por el ejército de Siria,
otro de los hermanos árabes que quería encabezar la
causa palestina y acabó luchando contra los palestinos en lugar
de contra los israelíes. Peor aún, los sirios habían
sobornado a algunos de sus palestinos para que se unieran a ellos
en el asedio. Apenas un año antes, Arafat y su OLP habían
resistido un cerco de 88 días en la capital de Líbano, Beirut,
por parte del Ejército israelí, encabezado por el ministro
de Defensa Ariel Sharon. La suerte de Arafat volvía a desmoronarse
una vez más. En la grabación se oyen silbidos y, de vez en
cuando, a lo lejos, proyectiles que se estrellan contra la montaña.
Ayer volví a escucharla, con el sonido del viento crujiendo al micrófono:
-Arafat: No me separaré de
mis guerreros de la libertad mientras se enfrentan a la muerte y a los
peligros de la muerte... Es mi deber estar junto a mis guerreros de la
libertad, mis oficiales y mis soldados.
-Fisk: Hace un año, usted
y yo hablamos en Beirut Oeste. Ahora estamos en la cima de una colina ventosa
de las afueras de Trípoli, a 80 kilómetros de la frontera
de Israel, o la frontera de Palestina, y la gente de Al Fatah se está
rebelando.
-Arafat: Verá, le daré
otra prueba de que somos un hueso duro de roer. Espero que recuerde lo
que dijo Sharon al principio de esta invasión. Soñaba con
que, al cabo de unos tres o cinco días, habría liquidado
o aplastado a la OLP, a nuestro pueblo, a nuestros guerreros de la libertad...
y aquí seguimos. El asedio de Beirut, las batallas del sur de Líbano,
ese milagro, 88 días, la guerra más larga entre árabes
e israelíes... Y después de todo eso seguimos en esta guerra
de desgaste contra el Ejército israelí, no sólo los
palestinos, sin duda, nosotros y nuestros aliados (...) nuestros aliados,
los libaneses, participan en esta guerra de desgaste y estamos orgullosos
(...) estoy orgulloso de contar con esta valiente alianza.
-Fisk: ¡A 80 kilómetros
de Palestina!
-Arafat: ¿Qué importa
estar a 80 kilómetros o a 80.000?Aun solo metro de la frontera de
Palestina, ya me encuentro muy lejos.
A 80.000 kilómetros de Palestina.
Arafat era un soñador, lo cual era una característica muy
popular entre los palestinos, que sólo podían encontrar esperanza
en los sueños. Incluso en los primeros tiempos, si se le exigía
un compromiso, Arafat podía sentarse a hablar con los israelíes
e insinuar incluso una aceptación de la división de Palestina.
"Viviré aunque sea en un metro cuadrado de mi tierra", solía
decir; las dimensiones geográficas no eran su fuerte. Sin embargo,
si uno de los adláteres más descabellados de la OLP abochornaba
a los palestinos -y al mundo- asesinando a un inocente, Arafat salía
a escena para impedir una tragedia mayor, de modo que logró forjarse
un prestigio gracias a los crímenes de su propia organización.
Así, el asesinato a manos de palestinos de un pensionista judío
minusválido, de nombre Leon Klinghoffer, a bordo del crucero secuestrado
Achille Lauro en 1985, fue supuestamente eclipsado por el gesto
humanitario de Arafat al conseguir la liberación de los 300 pasajeros
restantes.
No obstante, fue su mayor error político
-su respaldo a Saddam Hussein tras la invasión iraquí de
Kuwait en 1990- el que le dio su mayor victoria, y también la más
vacua. Igual que el rey Hussein de Jordania, quien también se había
negado a apoyar la pax americana del presidente Bush padre, Yasser
Arafat estaba lo bastante débil para firmar una paz con Israel;
los acuerdos de Oslo -el tratado de paz más inestable desde el de
Versalles- fueron el cebo para atraerlo. Yasser Arafat creyó que
le estaban dando Palestina -un Estado, sellos, aerolíneas nacionales,
prestigio, admiración, Jerusalén Este y un ejército-,
pero no le estaban ofreciendo nada semejante. Muy al contrario, Oslo resultó
ser una oferta de colaboración: le pedían a Arafat que patrullara
Gaza y Cisjordania en nombre de Israel, igual que el general Lahd, el oficial
renegado del Ejército libanés, gobernaba el pequeño
feudo israelí del sur de Líbano. Su cometido no era el de
representar a su pueblo, sino el de controlarlo. Por ello adoptaron
los israelíes tan deprisa el mantra de "¿Puede Arafat controlar
a su pueblo?".
Por supuesto, no podía. Hamas
había sido una creación israelí para contrarrestar
el poder de Arafat -en los tiempos en que la OLP eran los superterroristas
de Oriente Medio- y éste no iba a lanzar una guerra civil en
Palestina para beneficio de Israel. Así pues, se aferró
al poder no con autoridad, sino con dinero, pagando a sus terroristas y
a sus compinches, desoyendo con indulgencia a los grupos que se escindían
de la OLP mientras prometía seguridad, paz, prosperidad, un Estado
y todas esas cosas que Oslo no le daría.
Su lealtad a sus compinches fue parte
de su fracaso. Al negarse a que palestinos más jóvenes y
cultos dirigieran su red de relaciones públicas, se rodeó
de portavoces incompetentes de mediana edad que proclamaban a voz en grito
su indignación, pero en un inglés incomprensible (un error
que no cometieron los propagandistas israelíes). Cuando Israel incumplió
los acuerdos de retirada, sobre todo durante el mandato de Beniamin Netanyahu,
Arafat suplicó la ayuda de Estados Unidos para cumplir con una agenda
en la que no creía nadie más que él. "Eso es responsabilidad
de las partes implicadas", le respondió el Departamento de Estado
estadounidense, dejando así todas las decisiones a la más
poderosa de las dos partes, Israel.
Arafat no pudo proteger a su pueblo
de las incursiones militares israelíes ni de los bombardeos, y no
pudo proteger a los israelíes cuando los palestinos empezaron a
lanzar atentados suicidas en la sociedad de Israel. No pudo impedir la
creación de asentamientos ilegales sólo para judíos
en tierra árabe, y no pudo obtener ni una mínima parte de
Jerusalén como capital palestina, ni un metro cuadrado en el que
vivir dentro de la ciudad. No logró obtener permiso para que un
solo refugiado palestino regresara a vivir en el hogar del que expulsaron
a su familia en 1948. No pudo defender sus propias fronteras nacionales.
No le permitieron controlar su propio aeropuerto. Al final sólo
logró abandonar el edificio en ruinas en que vivía comenzando
el largo proceso de su fallecimiento.
Igual que tantos otros líderes
árabes, Arafat gobernó con los sentimientos más que
con la razón -George Bush, hijo, es su equivalente más cercano
con su guerra contra Iraq-, y eso lo llevó a arrebatos de retórica
que eran tanto una panacea para su pueblo como un insulto para su elite
culta. A Edward Said, el más brillante de los eruditos palestinos,
lo sacaban de quicio los perfectos disparates de Arafat, así como
su gobierno vano y dictatorial (Arafat prohibió los libros de Said
y los palestinos que querían leerlos tenían que comprarlos
en Israel).
"El pueblo lo quiere, desde luego",
me dijo Said una tarde en Beirut, mientras tocaba el piano para calmarse
tras otro discurso de Arafat. "Ha salido al podio y les ha prometido un
Estado palestino, y ellos han aplaudido y han jaleado, han pataleado con
los pies. Alguien le ha preguntado cómo sería ese Estado
y Arafat ha señalado a un niño de la primera fila y ha dicho:
´Si queréis conocer la respuesta, tenéis que preguntarles
a todos los niños palestinos qué desean´. Y el público
ha enloquecido de nuevo. Ha sido una contestación muy aclamada.
Pero ¿de qué demonios hablaba? ¿Qué ha querido
decir?"
Sólo Hanan Ashrawi era capaz
de darle su opinión a Arafat. "Creo que yo era la única que
podía llamarlo y decirle que se equivocaba", me comentó una
vez. "Le decía: ´Señor presidente, esto está
mal, no funcionará´. Y después sus asesores venían
y me decían: ´¿Cómo puede hablarle así
al presidente? ¿Cómo se atreve a criticarlo?´. Pero
alguien tenía que hacerlo."
Hubo otra conversación, más
profunda, entre Said y Arafat, en 1985, cuando los dos hombres debatían
sobre Haj Amin Al Husseini, el gran muftí de Jerusalén que
apoyó el alzamiento de 1936 contra los británicos y que siempre
creyó que los sionistas se apoderarían de tierra palestina
para crear un Estado de Israel, pero que acabó en Berlín
durante la guerra, exhortando a Hitler a impedir la emigración de
judíos a Palestina y alentando a los musulmanes bosnios a que se
unieran a las SS. Según Said, el líder de la OLP le puso
la mano en la rodilla y la apretó con fuerza. Y Arafat dijo: "Edward,
si hay una cosa que no quiero, es ser como Haj Amin. Siempre tuvo razón,
pero no consiguió nada y murió en el exilio".
¿Qué dirán de
Arafat? Los israelíes no dieron su permiso para que Haj Amin fuese
enterrado en Jerusalén. Ariel Sharon ya ha dicho que esa misma regla
se aplicará a Arafat. En la muerte, al menos, Arafat y Haj Amin
serán iguales.
© The Independent 2004
Traducción: Laura Manero
Jiménez |