| Periodista
Digital de España - 6 de Noviembre de 2004
La corte
del emperador
Robin
Cook * The Guardian
Si usted
se figura que el resto del mundo tendrá problemas viviendo otros
cuatro años con George Bush, piense por un momento en los 55 millones
de estadounidenses que han votado contra él. John Kerry está
condenado a que le cuelguen el sambenito de perdedor y ya se le culpa por
su falta de carisma y pasión, así como por el error de cálculo
electoral que le ha supuesto nacer en la costa este y no en el sur profundo.
Sin embargo, haciendo justicia a
Kerry, le ha respaldado un número mayor de norteamericanos del que
apoyó a Bill Clinton o a Jimmy Carter, y algunos de ellos fueron
capaces de hacer cola durante dos horas como consecuencia de su empeño
en votarle. Hay más conservadores que nunca en Estados Unidos, pero
también hay más demócratas.
Desgraciadamente, esto no llega a
justificar un recuento. Estados Unidos no se rige por un sistema de representación
proporcional y el ganador se lo lleva todo. En el caso de George Bush,
no sólo se ha quedado con la Casa Blanca, sino que barrió
en el Senado y en la Casa de Representantes, y ahora tendrá la oportunidad
de conseguir la mayoría en el Tribunal Supremo. Todos los controles
y equilibrios que dispusieron los padres fundadores para restringir el
poder presidencial son instrumentos inservibles.
Es de esperar que la obsesión
del presidente Bush por estar en forma garantice que gozará de buena
salud durante todo su nuevo periodo como inquilino de la Casa Blanca. De
otro modo, tendremos al presidente Cheney. Conocí a Dick Cheney
inmediatamente después de haber sido nombrado vicepresidente, en
lo que fue el encuentro más estrambótico que tuve en mi estancia
en el Ministerio británico de Asuntos Exteriores. Cheney no conseguía
disimular su irritación por el hecho de que un progre europeo hubiera
conseguido de alguna forma colarse en su agenda y durante media hora prácticamente
le hiciera limitarse a dar monosílabos por respuestas. Como contraste,
esta semana goza de una incontenible locuacidad triunfalista reinvindicando
la elección de Bush como la más grandiosa «de ningún
candidato a la Presidencia en toda la Historia».
El propio Cheney podría no
terminar su mandato si siguen estrechándole el cerco los rumores
en relación con Halliburton, pero mientras se mantenga en su puesto
será difícil ver a un Gobierno tan lleno de vínculos
con la industria petrolera llevar a cabo alguna acción seria contra
el calentamiento global. Esto es un serio problema para Tony Blair, que
ha señalado el cambio climático como una prioridad fundamental
de cara a la Presidencia británica del G-8 el año que viene.
El dilema para Blair será si debe aprovechar su posición
para empujar a la Administración de Bush al consenso con los otros
siete países o camelarse a éstos para que satisfagan el punto
de vista que caracteriza a Washington. En caso de que aspire a marcar distancias
respecto a Bush, no va a tener una ocasión más clara de hacerlo.
La primera pista para saber si la
nueva legislatura de Bush va a ser más flexible será lo que
haga ahora con los neoconservadores.¿Promocionará al rango
máximo a Paul Wolfowitz, el número dos del Pentágono
que presionó en favor de la invasión de Irak? ¿Permitirá
quedarse en algún sitio a John Bolton, el número tres del
Departamento de Estado que ha dirigido la campaña para torpedear
el Tribunal Penal Internacional? Bolton ha sido responsable de gran parte
de las bravuconadas esgrimidas contra Irán y a una pregunta sobre
si apoyaría la intención europea de ofrecer incentivos a
este país contestó con la lacónica gracieta: «Yo
no pongo zanahorias» .
Lo que convierte a esta red de ideólogos
reaccionarios en una amenaza para el mundo es que piensan que problemas
complejos y de profunda raigambre histórica tienen soluciones simples,
instantáneas, militares. Y para ellos es un artículo de fe
que Estados Unidos debe conseguir un dominio total de la capacidad militar,
con el objeto de que pueda imponer unilateralmente esas soluciones. Son
producto de una era en la que Estados Unidos se ha alzado como la única
superpotencia y consideran el hecho de tener aliados no como una prueba
de su fuerza diplomática sino como una evidencia de su debilidad
militar.
Ahora celebrarán su victoria
en las elecciones prendiendo fuego a Faluya. En primavera, Wolfowitz se
puso furioso cuando las protestas tanto de suníes como de chiíes
obligaron a los marines a levantar el asedio. Esta vez insistirá
en la necesidad de una victoria militar en Faluya sin tener en cuenta el
coste político que las bajas civiles van a suponer en el conjunto
de Irak. Hasta el día de las elecciones, el Gobierno de Blair fue
lo suficientemente sensible al coste interno que implica otra gran ofensiva
en Irak como para demorarla, pero ya no volverá a pensarse el impacto
adverso que tendrá sobre la opinión pública británica
una escalada de bajas civiles.
La impopularidad que, dentro y fuera
del Reino Unido, arrastra la confianza que tiene su aliado en una supremacía
militar incontestable hará que obtener algo a cambio de su apoyo
sea todavía más necesario para Tony Blair. El primer examen
será si le es posible comprometer a la Administración Bush
en un esfuerzo serio de cara a asegurar la paz a las sufridas poblaciones
de Israel y Palestina. Con cierta imaginación, se ha llegado a especular
que Bush podría ser más valiente a la hora de presionar al
Gobierno de Israel ahora que ya no tendrá que enfrentarse a otra
reelección.
El problema que tienen tales esperanzas
es que se basan en la teoría de que la Administración Bush
ha sido indulgente con Ariel Sharon por razones de cálculo electoral.
Esto es subestimar hasta qué punto Bush se identifica con la convicción
de Sharon de que el terrorismo exige una solución militar y no política,
así como la fe religiosa que lleva a los evangélicos sureños
como él a creer en el derecho que tiene Israel a conservar sus fronteras
bíblicas.
Es digno de señalar que todos
los comentarios que han salido esta semana del entorno de Bush en relación
con las perspectivas que se vislumbran sobre Oriente Próximo se
han hecho en relación con la deteriorada salud de Yasir Arafat,
como si él hubiera sido el único obstáculo para la
paz. Suponer que puede concretarse un acuerdo de paz merced a la simple
estrategia de encontrar a un sucesor que esté más dispuesto
a firmarlo es una vana ilusión.No habrá una paz duradera
ni una Palestina viable a menos que Israel se retire de sus asentamentos
en Cisjordania. Pero, lejos de presionar a Sharon para que haga una concesión
como ésa, no hay evidencias de que Bush apruebe siquiera desmantelar
los asentamientos, o de que pueda lograr la aquiescencia de los neoconservadores
de su Gobierno, que contemplan al Likud como lo más parecido que
tienen a un partido hermano.
Bush puede no entender la paradoja,
pero el mejor camino que se le presenta para avanzar en su guerra contra
el terror es conseguir la paz en Oriente Próximo. Cuando Osama bin
Laden lanzó su ataque sobre las Torres Gemelas, quiso que fuera
una demostración de su maligna creencia de que la única relación
admisible entre Occidente y el islam era el enfrentamiento violento. Como
ha dicho George Soros, la Administración Bush se metió en
una trampa al responder de una forma que aceptaba los términos de
la relación que había establecido su enemigo.
Ahora el mundo está condenado
a cuatro años más de enfrentamiento que van a ensanchar más
que a reducir el abismo que existe entre Occidente y Oriente. Es irónico,
dado que el terrorismo ha desempeñado un papel tan central en la
campaña, pero Osama bin Laden debe de estar tan satisfecho como
Dick Cheney con la reelección de George Bush.
* Robin Cook es analista del
diario británico The Guardian y ex ministro de Asuntos Exteriores
del Reino Unido. |