| Coletillas al Margen
Aires
innovadores desde el Atlántico
Carlos
Angulo Rivas
A través
de largos años los gobiernos y el poder del estado en América
Latina han sido regidos por una “clase política” inmoral y corrupta,
constituida hoy en día en oligarquías partidarias excluyentes.
Sin contar a las dictaduras militares, la otra forma de mantener la hegemonía
del poder estatal en manos de los mismos actores, la democracia o la delegación
del poder soberano del pueblo en los representantes elegidos no ha funcionado
en lo esencial ni en lo práctico. Las razones son muchas, pero una
medular emerge de la historia política de nuestros países:
la debilidad de las instituciones y su casi absoluta dependencia del poder
centralizado. Y si bien los presidentes y los legisladores acceden al poder
vía elecciones competitivas, el dominio total del Nación
recae en la misma “clase política” y el gobierno se ejerce a través
de la componenda y el ejercic io nebuloso del reparto canonjías
y sinecuras entre los tutores del Estado como botín de captura y
saqueo. En consecuencia, los derechos innatos de la población en
lo social, en lo político y hasta en lo humanitario de los derechos
civiles, conferidos en las constituciones liberales de cada país,
se ven anulados en tanto la mayoría de los ciudadanos está
excluida de la sociedad política y civil. De acuerdo a esta visión
real, la defensa de la democracia por estos políticos de viejo cuño
se convierte en una trampa, en un engaño programado en los calendarios
electorales.
Sin embargo, un nuevo despertar de
los pueblos viene poniendo énfasis en una participación mucho
más activa y conciente, cuyo efecto se percibe en el destroncamiento
de las oligarquías partidarias tradicionales. El ciclo se inició
cinco años atrás en Ecuador con la caída del presidente
Jamil Mahuad, elemento corrupto depuesto por una acción de masas
campesinas y de oficiales jóvenes del ejército; un paso fue
dado, pero desgraciadamente el último elegido, Lucio Gutierrez,
traicionó la causa y hoy su régimen se debate entre la vida
y la muerte de la inestabilidad. La fuga del ciudadano japonés Alberto
Fujimori, luego del fraude de su tercera elección en el Perú,
también constituyó una acción de masas traicionada
por el elegido Alejandro Toledo, quien por su vocación de servicio
indiscutible a los designios de la Casa Blanca y la globalización,
vista como un de creto internacional, es el presidente más impopular
del continente, sostenido precariamente por los corruptos partidos tradicionales,
igualmente sin sustento popular propio, y por los empresarios enriquecidos
con la teoría neoliberal del “chorreo” que ni siquiera gotea. La
defenestración en Argentina de Fernando de la Rúa es otro
ejemplo de la acción participativa del pueblo. El neoliberal Gonzalo
Sánchez de Lozada corrió la misma suerte y el presidente
de reemplazo Carlos Meza es exigido por la movilización del pueblo
boliviano hacia acciones nacionalistas de ruptura con los esquemas fosilizados
y arcaicos de la inversión extranjera sin límites legales.
La acción de las masas
o las elecciones
A la luz de los acontecimientos citados,
se viene comprobando en Latinoamérica que el juego democrático
tiene dos caminos efectivos en beneficio de sus pueblos, pero uno solo
en cuanto a las perspectivas futuras de una reafirmación social
justa y equitativa, éste es, la participación activa y vigilante
de los ciudadanos. Una vía en vigencia es la acción de masas
y la defenestración de gobiernos corruptos e ineficaces; la otra
la elección de genuinos representantes defensores de sus intereses.
Aquí no podemos dejar de mencionar la última elección
habida en Uruguay, menos de celebrar el acontecimiento histórico
de la elección del Frente Amplio – Encuentro Progresista con Tabaré
Vásquez, como presidente de la república. La elección,
en sí misma, de este líder socialista tiene un significado
concluyente: la derrota de la oligarquía partidaria de los Blancos
y Co lorados, partidos tradicionales putrefactos de la pequeña nación
oriental; además este triunfo constituye el cierre de la costa atlántica
sudamericana en un solo eje de coordinación política y económica.
No olvidemos que poderosas naciones como Brasil (Lula) y Argentina (Kirtchner)
rompieron, en su momento, con la hegemonía de los políticos
tradicionales y lidian ahora nuevos destinos en sus tratos con organismos
internacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco mundial
y otros; líderes a los cuales se adelantó el presidente venezolano
Hugo Chávez con la revolución bolivariana.
La destitución de la vieja
“clase política” comprometida de raíz con la inmoralidad
y la corrupción, instaura un paso vigoroso y fundamental en la recuperación
de la verdadera democracia, pero no es suficiente; pues por un lado se
necesita la consolidación del nuevo poder popular en todas las instituciones
representativas de la sociedad o sea la continuidad del proceso de cambios
hasta ensamblarlos en el mandato constitucional; y por el otro, el replanteamiento
de la integración continental en términos de mercado ampliado
a fin de contrarrestar los intereses imperialistas de la globalización
encarada como la fórmula privilegiada de beneficiar sólo
a las transnacionales y a los países industrializados. Beneficios
exclusivos que niegan el desarrollo y la independencia de los países
atrasados, condenándolos a la sumisión absoluta, a la pobreza
y a la falta de e ducación, salud y trabajo. En esta dirección,
el movimiento que llevó al poder a Hugo Chávez en Venezuela
no sólo derrotó electoralmente a la vieja casta de políticos
inmorales, sino también, a pesar del golpe de Estado y las intensas
maniobras por ganar la revocatoria de su mandato, ha conseguido la consolidación
política democrática. Las recientes elecciones en ese país,
luego del revocatorio, ganado ampliamente por Chávez, han otorgado
a ese poder del pueblo 19 de las 22 gobernaciones, inclusive la alcaldía
de Caracas.
Los vientos políticos huracanados
desde la costa Atlántica de América del Sur (Venezuela, Brasil,
Uruguay y Argentina) necesariamente deben incorporar el triangulo andino
de Bolivia, Perú y Ecuador, donde sus transitorias democracias comprometidas
a intereses foráneos se caen a pedazos; corresponde a los pueblos
de los citados países, de una manera u otra, destituir a la “clase
política” compuesta de inmorales y corruptos; situación que
obligaría a Chile a revisar su política internacional de
constituirse, tal vez en la visión norteamericana de George W. Bush,
en cabeza de playa de los intereses clásicos de la globalización.
No por mera simpatía este país está incorporado al
tratado de libre comercio con Estados Unidos y a la carrera armamentista
de una ocasional “guerra preventiva”.
Cuidado con George W. Bush
El triunfo de Bush sobre Kerry, auspiciado
por la mentira, no la de miente, miente, miente que algo queda, sino la
mentira, descubierta y aceptada, como institución, es una pérdida
de valores de terribles consecuencias a futuro. El inventor de las “guerras
preventivas” no está contento con lo que nosotros celebramos, menos
con movimientos de masas que desafían el orden “democrático”
auspiciado y vendido por la Casa Blanca. El pasador de la costa atlántica
con el triunfo de Tabaré Vásquez en Uruguay, lo tiene que
haber puesto pensativo.
En Latinoamérica existe una
gran decepción por la democracia defendida y amparada por los caducos
partidos tradicionales aliados a Estados Unidos, nadie da medio centavo
por ella; justamente por eso los pueblos se ponen en marcha como en Ecuador,
Bolivia, Perú, la propia Colombia pese a la guerra interna; y de
esta forma notifican que el modelo neoliberal, ya aplicado en todos los
países con rotundos fracasos, no sirve para acabar con la miseria
y las enormes desigualdades.
Para un envalentonado Bush, la opción
de Hugo Chávez es un mal ejemplo, peor aún tras el fracaso
golpista auspiciado por la CIA y la contundente derrota de la oposición
por sacarlo del poder a través de la millonaria campaña de
la Casa Blanca apoyando la revocatoria de su mandato. Y es un pésimo
ejemplo porque Bush teme el contagio de la revolución bolivariana
hacia países similares como Ecuador, Colombia, Bolivia y Perú,
contagio que desea evitar con nuevos planes para el hemisferio sur. El
riesgo que la región se convierta en un escenario de violencia y
caos no es una invención de suyo caprichosa; y si Kissinger, el
secretario de Estado del presidente Nixon impulsó el golpe de estado
de Pinochet contra los socialistas chilenos, eliminando su fuerza partidaria
a través de las matanzas selectivas, las desapariciones forzadas,
la tortura y el asesinato políti co, imponiéndose en los
ejércitos latinoamericanos la Doctrina de la Seguridad Nacional,
nada impide, en nuevas circunstancias y situaciones, planes y métodos
remozados para contrarrestar la fuerza del socialismo que se inspira como
un grito de liberación de los pueblos oprimidos. Doctrina de Seguridad
Nacional como bien conocemos, que significó la ocupación
militar de la Fuerza Armada en los territorios de sus propios países
y muchas veces del gobierno ejercido por los generales y los altos oficiales
uniformados.
Complicada situación a tener
en cuenta, sobre todo conociendo las aficiones del presidente George W.
Bush por la aventura bélica de las “guerras preventivas” las que
bien pueden buscar como pretexto a Cuba, Venezuela, Colombia y como ingreso
al cono sur, Bolivia, a fin de entronizarse en la triple frontera de Paraguay,
Argentina y Brasil.
9 de Noviembre de 2004
Enviado por Cecilia
Tello |