En
la última década del siglo XX, EEUU emergió como la
única potencia hegemónica del planeta, luego de varios años
de equilibrio bipolar a lo largo de la llamada Guerra Fría. Y, como
todos los imperios de la historia, no actuó moderadamente: ha renegado
de la sutileza y apostado por la provocación. Bajo
el disfraz de la guerra antiterrorista, entronizó la fuerza militar
de una manera obscena, impulsando la
guerra preventiva y la doctrina
de espectro completo. El
terrorismo ejercido por EEUU –aunque
el sistema ideológico occidental no lo defina como tal- generó
un nuevo terrorismo singular, que engloba todas las dosis extremas de violencia.
Encarnado en el Islam, que sólo representa al conjunto de las singularidades
errantes e insurgentes, este terrorismo contestatario es imprevisible e
ilocalizable, por lo tanto,
metastático: prolifera en forma
indisciplinada, desbaratando la estructura interna de un mundo regido por
un poder hegemónico. Y se encuentra genéticamente instalado
en aquella forma madre que le dio origen: el poder unipolar. La ironía
radica en que todo sistema de dominación, por poderoso que sea,
produce él mismo su propio fermento de desaparición. Así
como la discriminación y la exclusión (social, política,
económica y moral) son resultados lógicos propios de la globalización,
de la misma manera lo es el terrorismo: todas ellas resultantes de un sistema
de imposición imperial.
El
sueño americano de la hegemonía planetaria quedó cristalizado
con la disolución de la Unión Soviética, a principios
de los años ’90. Con llamativa facilidad, el sistema comunista hubo
de sucumbir, tal vez preso de sus propias contradicciones e inercias. Lo
cierto es que en el imaginario colectivo del pueblo estadounidense, ya
estaba instalado desde sus inicios el sentido de grandeza nacional: George
Washington, en el proceso de la independencia norteamericana, construyó
el mito de la providencia, una fuerza sobrenatural que lo había
guiado en su pensamiento y su accionar, y que convalidaba el sentido
de grandeza de un pueblo
elegido para dominar el planeta. “Los
ojos de todos los pueblos estarán puestos sobre nosotros”, había
sentenciado en 1630 el pastor John Winthrop, al desembarcar en Massachussets
y convertirse en su primer gobernador. “No ha habido –postuló el
sociólogo Robert Bellah[1]-
una generación desde 1630 que no haya entendido que los norteamericanos
son de una forma u otra un pueblo elegido”.
El
pueblo americano está convencido de que la suya es la única
democracia, y que su país es un faro que ilumina al mundo hacia
la libertad, una brillante “ciudad en la colina”, según la alegoría
del pastor Winthrop. Pragmático, ha sabido unir con certeza el puritanismo
religioso con los negocios y las decisiones de la vida cotidiana. Convencido
de vivir en el sitio prometido por Dios para hacer negocios y prosperar,
ese pueblo ha pecado de exceso de confianza en el destino manifiesto
de su nación, y ha exhibido con orgullosa ostentación el
renovado american way of life, cuyo significado volvió a
cobrar dimensión en plena efervescencia neoliberal de los años
noventa.
Desmoronada
la URSS, el frío y mudo equilibrio geopolítico internacional
comenzó a quebrarse. Ese acontecimiento inesperado permitió
el surgimiento de un neoliberalismo salvaje, tutelado por la única
potencia hegemónica del planeta. Sus ideólogos han impuesto
determinadas premisas para definir el nuevo orden mundial que emergía:
una de ellas era la idea del fin de la historia, que en verdad anunciaba
el fin de los conflictos ideológicos y el triunfo del liberalismo
político y económico. Otra premisa se estructuraba alrededor
del modelo de la globalización, modelo triunfante que sepultaba
las fronteras a partir del imponente desarrollo de los medios de comunicación
e información. Los profetas de esta epopeya sin héroes vieron
a la globalización como la luz del alba que haría
comprender que su lógica es a la vez la de la paz y la democracia.
Pero “esta globalización, como utopía activa hija del iluminismo,
es una visión que crea sublevados e insatisfechos por toda clase
de razones: miseria, injusticia, humillación”[2].
El universo de la globalización –aquello que Benjamín Barber
ha bautizado como Mc World- apenas se parece al que celebraban aquellos
profetas y tiene más que ver con la privatización global
del poder (la abolición del Estado mediante la totalización
del mercado) y con la americanización económica, cultural
y política.
Pero
debajo de la ideología de la globalización subyace una estrategia
dirigida a fortalecer el imperio y extender sus fronteras, por todos los
medios. Ya la disolución del Este había hecho gran parte
del trabajo: el equilibrio de poder de los años de la guerra fría
quedaba aniquilado. Sobre aquellas ruinas, surgía un nuevo orden
unipolar, una nueva hegemonía sin obstáculos. Aunque no deja
de causar extrañeza la facilidad con la que el bloque soviético
se desmoronó, casi sin violencia, abandonando la batalla final,
como esas especies animales que, en la lucha por su territorio y su prole,
resignan su dominio a expensas de la criatura más fuerte, sin librar
siquiera una módica oposición. ¿Es realmente creíble
que semejante poder se haya licuado hasta volverse inocuo? ¿o será
que se ha filtrado en occidente, mediante alguna forma sutil? Para
Occidente, “el Mal era visible, opaco –sentenciaba Jean Baudrillard[3]-
estaba localizado en los territorios del Este. Los hemos exorcizado, liberado,
liquidado. Pero ¿acaso ha dejado de ser el Mal por ello? En absoluto:
se ha vuelto fluido, líquido, intersticial (…) y entra en una fase
de diseminación definitiva. Tras haber estallado, el comunismo va
a penetrar en las venas de Occidente bajo una forma metabólica y
subrepticia, y va a desestabilizarlo a su vez”.
Tal
es el resultado y la paradoja del mundo actual: el predominio de un imperio
único, supremo y altivo, parece alzarse sobre las ruinas del derrotado.
Pero la licuación ha terminado en confusión y con un nuevo
(des)orden mundial en el que “los virus filtrantes del comunismo se asocian
al discreto encanto de los derechos del hombre y de la naturaleza”[4].
Acaso el terrorismo sea una de las secuelas de esa licuación,
por cierto no la única y tal vez ni siquiera la peor. El terrorismo
que atenta contra occidente, pero también el terrorismo que
alienta
occidente. El derrame de los restos del imperio disuelto contamina –más
aun, si esto es posible- al resto, al igual que un océano es contaminado
por el derrame de petróleo, con sus imprevisibles consecuencias.
Una catástrofe ecológica del sistema político
mundial.
La
primera prueba de esto es la ejecución, por parte de los Estados
Unidos, de la estrategia que había pergeñado el creador del
Ejército Rojo: la guerra permanente. La utopía conquistadora,
acuñada por la combinación de fundamentalismo laico y religioso
que ha contaminado al espíritu norteamericano, condujo a la entronización
de la razón militar para sustentar aquella estrategia: “adicción
retroalimentada por el poderío, debilidad por los juegos de guerra
y los aprestos. Por los desfiles y los estandartes. Imaginario de vehículos
motorizados, buques, misiles y superarmas que aseguren la invulnerabilidad
propia y el aniquilamiento del rival”[5].
La
segunda prueba del contagio es la debilidad cada vez más manifiesta
de los valores democráticos en Occidente, su patria de origen.
Porque en nombre de esos valores y de la libertad, el imperio sobreviviente
ha planificado su estrategia tutelar, minando las soberanías y limitando
las libertades de las naciones occidentales. Irónico y paradójico:
no sólo los países del Este no han avanzado en el sentido
de las democracias modernas, sino que fue occidente el que ha retrocedido
en el campo de esos valores, azotado por “el virus de la debilidad, las
formas múltiples del desencanto, el fin de cualquier ilusión
democrática” (Baudrillard).
El
advenimiento de la era unipolar hizo creer que el mundo viviría
un ansiado tiempo de paz y estabilidad emocional. Una amarga ilusión.
“No conozco ningún caso en la historia –ha dicho el analista Kenneth
Waltz[6]-
en que la potencia más fuerte se comportara moderadamente. Francois
Fenelon, un clérigo francés del 1700, decía que ningún
país que dispone de un poder abrumador se comporta con moderación
más que durante un tiempo muy breve”. Así ha ocurrido en
la historia. Y esa historia ha enseñado que todos los imperios sucumben
amargamente, acaso deteriorados por la inoculación de todos los
excesos, el veneno de la vanidad y la soberbia, y la ciega confianza en
el destino de ambición e invulnerabilidad.
El
fin de la sutileza imperial
En
nombre de la democracia planetaria y de la libertad, el imperio ha reflotado
los residuos del totalitarismo más perverso. Bajo el disfraz de
la guerra antiterrorista –una estrategia de alguna manera sutil-
subyace la provocación imperial por extender sus fronteras
e ignorar las soberanías nacionales.
Los
apacibles tiempos del gran sueño dorado, de la ideología
de la libertad y los aires de la opulencia han llegado, agónicamente,
a su fin. Un destello borroso parece surcar el firmamento occidental, de
la mano de su certero vigía. De la sutileza del culto al american
dream y al consumismo, a su iconografía y su soberbia, Estados
Unidos ha pasado, sin matices, a asumir desprejuiciadamente la dirección
de un imperio mundial[7].
En
los tiempos de la Guerra Fría, la estrategia de contención
de occidente combinó el poder duro de la disuasión
militar con el poder blando, y de esta forma minó la confianza
del bloque soviético “mediante la difusión audiovisual, los
programas de intercambio cultural y el éxito de la economía
capitalista (…) Esto fue un Caballo de Troya para la Unión Soviética”[8].
¿Qué ha hecho a los Estados Unidos renegar de la sutileza
–que es del orden de la seducción- y apostar por la provocación,
la obscenidad y la falta de escrúpulos? Sin dudas, razones políticas,
económicas y estratégicas. “La debilidad es provocativa”,
han afirmado los halcones del Pentágono desde los años ’80.
“Existe una nueva política global expresada abiertamente en el Nacional
Strategy Report –afirma Noam Chomsky[9]-
que explica que, dado que EEUU tiene un poder mayor que el resto del mundo
en cuanto a los medios de violencia, debe usarlo para garantizar su dominio
de una vez y para siempre (…) Hasta explican que habrá que actuar
preventivamente para que nadie desafíe ese poder. El objetivo es
que el mundo entero tenga miedo”. Otros teóricos (Wallerstein, Gunder
Frank, Samir Amin) hablan de la vulnerabilidad financiera norteamericana
como motor del terrorismo imperial y la guerra preventiva.
Sin
embargo, inserto en el espíritu de su pueblo existe la convicción
de que el destino manifiesto fue acordado divinamente para extender
sin límites su huella a la humanidad. En 1949, el nicaragüense
Julio Icaza Tigerino había anticipado, en su “Sociología
de la política hispanoamericana”, este futuro de eclosión
teológico-plutocrático del imperialismo: “El puritanismo
protestante ha dado fundamento espiritual y sentido social al imperialismo
capitalista de los EEUU”. De la doctrina calvinista deriva “la altivez
del pueblo que se considera elegido, el fervor ya no sólo mundano
y crematístico, sino religioso, con que se emprenden los negocios;
el espíritu expansionista ilimitado; el desprecio por los pueblos
no elegidos, a los que hay que dominar e imponer la forma única
y universal de gobierno por ellos ideada”. Y agrega: “La única señal
de predestinación será el real dominio de la tierra, el éxito
en las empresas humanas sin importar los medios. Por eso, EEUU es para
los norteamericanos God’s own country, el propio país
de Dios, y el único objetivo de la vida del hombre es to
be successful, tener éxito. El éxito es el signo
de la predestinación, y por consiguiente de la bondad”[10].
¿Acaso
la Guerra Fría fue un período de hipocresía para la
altivez norteamericana? El advenimiento del gobierno de George W. Bush,
netamente inscripto en aquella tradición doctrinal, ha representado
para el orden internacional un punto de ruptura del equilibrio entre la
fuerza y el consentimiento. El episodio del 11-S le dio la oportunidad
al Proyecto para un Nuevo Siglo Americano y al camino de la razón
militar, implícito en la mente de políticos e ideólogos
y de gran parte de su pueblo. Uno de sus estrategas –Henry Kissinger, acaso
el prototipo medular del terrorista imperial- ha sostenido que la amenaza
del terror –islámica o de cualquier origen- trasciende las fronteras
del estado-nación y, por lo tanto, es posible acabar así
con cualquier forma de soberanía nacional. Hechura del imperio,
hijo dilecto de su espíritu, el arrogante propagandista del “destino
manifiesto” ha sabido conjugar magistralmente su voracidad con el impecable
juego de su verbo, teñido de artera hipocresía: “la imposición
de un orden internacional va en contra del carácter de una nación
en cuya historia el tema dominante ha sido el antiimperialismo (…) El tema
fundamental de la política exterior estadounidense ha sido –a veces,
ingenuamente- prevalecer por el poder de nuestros ideales y reservar el
poder militar para la resistencia a la agresión”[11].
Pero
incluso este pudor palaciego e hipócrita ha estallado por los aires
en los albores del siglo XXI. Sin eufemismos, la invasión a Afganistán
y la guerra contra Irak están insertas en la soñada idea
de la dominación de pleno espectro. Michael Klare, en su
obra “La guerra por los recursos”, sostuvo que “la decisión
de EEUU de ir a la guerra contra Irak es fortalecer la estratégica
posición norteamericana en Asia (…) Desde la visión de algunos
estrategas, ésta área (el Golfo Pérsico y la cuenca
del Mar Caspio) es el pivote del mundo de los negocios porque ambas esconden
grandes reservas de energía y porque es una zona geográficamente
importante en términos de la futura competencia de EEUU con Rusia
y China”, y que la prioridad en América Latina es Venezuela “porque
es uno de los grandes exportadores de petróleo”[12].
El
politólogo Kenneth Waltz, padre intelectual de la escuela realista
que hombres como Kissinger trasladaron a la política exterior estadounidense,
sentenció que no existía conexión alguna entre el
terrorismo islámico y el régimen iraquí. “Saddam (Hussein)
no habría permitido que operaran terroristas. Irak era una dictadura,
no un Estado terrorista: eso lo inventamos nosotros (…) El terrorismo puede
provocar enorme daño, pero no amenazar el poder de los Estados Unidos”[13].
Con amarga ironía, Antonio Tabucchi describe la urgencia de un imperialismo
sitiado: “mucha elección no parece haber tenido George W. Bush,
apremiado por las compañías petroleras y por la poderosa
industria de armamento que lo apoyaron en su campaña electoral y
que en los últimos años han fabricado toneladas de artilugios.
Hay que vaciar los almacenes, en caso contrario se atasca el ciclo de producción.
Las bombas, al igual que el yogurt, tienen fecha de caducidad, y la sociedad
de consumo exige que sean consumidas”[14].
La
decisión unilateral del imperio de atacar a Irak termina de hacer
caer el velo de la hipocresía, e hizo trizas un orden internacional
basado en la existencia de las Naciones Unidas como foro de resolución
de controversias vía consenso. Cuando Francia y Alemania vetaron
en el Consejo de la ONU la invasión aliada a Irak, el propio imperio
–que había proclamado la necesidad de actuar militarmente para preservar
la credibilidad de las Naciones Unidas- anunció que seguiría
adelante con o sin ella. “Falló la gama de recursos con los que
en otras ocasiones se había logrado el respaldo –recursos que incluyen
presiones, chantajes y pruebas fraguadas- y quedó en evidencia el
criterio autoritario con que se interpretan los consensos y los derechos
de discrepancia. La ONU valía en tanto homenajeaba al UNO”[15].
Gianni Vattimo ha tildado de apocalíptica a la invasión norteamericana
a Irak, en tanto el término Apocalipsis significa, además
de destrucción, descubrimiento. “Esta guerra es un apocalipsis porque
destruye y descubre que EEUU no cree en la ONU. La consideraron el patio
de su casa. Hacían lo que querían y cuando no, validaban
las resoluciones que finalmente violaron. Se descubre que la ONU era una
cobertura ideológica de la política norteamericana”[16].
El
ataque a Irak en 2003 implicó una fractura del orden jurídico
y político internacional gestado en Yalta después de la Segunda
Guerra Mundial. Pero los ideólogos del imperio siempre echan mano
de argumentos sorprendentes: “En el Consejo de Seguridad de la ONU hay
cinco miembros permanentes que ejercen el veto, lo cual no es válido
para actuar positivamente en casos donde se necesita aplicar la fuerza.
El veto soviético durante la Guerra Fría debilitó
al Consejo de Seguridad (…) La ONU va a tener un papel de extrema importancia
en muchos aspectos del orden global para estructurar países. Pero
no es una institución adecuada para las amenazas de seguridad”[17].
La
cuestión es que, motorizado por la estrategia geopolítica,
el petróleo, la venganza del 11-S o el deseo de ser gendarme del
mundo, el imperio ha decidido pasar de las palabras a los hechos, de la
sutileza a la provocación, de la retórica a los misiles.
Tal vez haya sido siempre ese su objetivo, pero acaso en otros tiempos
el apetito estuvo contenido por un relativo equilibrio mundial. Liberado
este, se desató el metabolismo expansivo, su devastadora maquinaria
militar, su voracidad y rapiña desenfrenada. A finales del siglo
XX, cuando la entronización de la fuerza no era tan obscena
–aunque se preveía- James Petras escribió: “El imperio
informal de EEUU, al igual que sus predecesores de la era colonial,
justifica la explotación y sus indeseables aspectos represivos con
el entretenimiento popular y las exhortaciones morales. Mientras el secretario
del Tesoro obliga a los países asiáticos a despedir a millones
de trabajadores para ‘estabilizar el país’, Michael Jordan aparece
en la CNN. Mientras el presidente da charlas sobre derechos humanos en
China, los asesores militares norteamericanos colaboran con las Fuerzas
Especiales para asesinar a decenas de campesinos de Bolivia, Colombia y
México (…) La hipocresía acompaña la dominación
global, lo que va en línea con la mejor tradición imperial
anglosajona. Tal como dijo en una ocasión Milan Kundera: ‘la lucha
del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido’”[18].
Hoy
hasta esa hipocresía ha quedado cegada por la transparencia de la
obscenidad.
El
terrorismo del imperio
La
guerra contra el terrorismo internacional ha sido definida como la lucha
contra una “plaga extendida por los oponentes depravados de la civilización”.
Con estas palabras, el gobierno republicano de Ronald Reagan se aprestaba
a emprender una cruzada que ejecutaría atrocidades en masa por todo
el mundo.
Aquel
imperio
informal al que aludía Petras había perpetrado, a lo
largo de su existencia como nación, una diversidad de infamias terroristas.
“Hemos expulsado y prácticamente exterminado a la población
indígena del país –afirmaba Noam Chomsky[19]-
hemos conquistado la mitad de México, depredado aquí y allá,
en el Caribe y en América Central, conquistamos Hawai y las Filipinas,
asesinando de paso a cientos de miles de filipinos. Desde la II Guerra
Mundial, EEUU ha extendido su influencia por todo el globo con métodos
que no necesito describir”. La lista es, dolorosamente, más extensa:
“Es sabido que desde 1959, los Estados Unidos han apadrinado ataques terroristas
contra Cuba; la invasión de la bahía de Cochinos en 1961,
el ametrallamiento aéreo contra civiles, las bombas en lugares públicos
de La Habana, el asesinato de funcionarios y decenas de complots para matar
a Fidel Castro”[20].
Latinoamérica hubo de experimentar en los años ’70 la instauración
de los regímenes dictatoriales amparados por la potencia informal.
“Desde principios de los años ’70 hasta comienzos de los ’80, la
expansión imperial fue estimulada en gran parte por el crecimiento
de su capacidad tecnológica militar, los bancos, las fuerzas militares
subrogadas en Nicaragua, Afganistán, Angola, Guinea, Mozambique
y los regímenes militares latinoamericanos (…) Ese imperio fue sostenido
por tres pilares: la intervención militar, las operaciones encubiertas
de espionaje y las fuerzas del mercado, instituciones financieras multilaterales
(FMI, BM) y agencias económicas del Estado imperial (Tesoro, Comercio,
etc)”[21].
Pero
fue la Administración Reagan la encargada de declararle la guerra
al terrorismo. Muchos de sus actos, como el bombardeo a Libia en
1886 –“el primer bombardeo en la historia programado para la mejor hora
televisiva, las 19 horas, cuando las tres redes nacionales de TV presentan
su noticiario nacional”[22]-
o la invasión israelita al Líbano en el verano de 1982, apoyada
por Estados Unidos, y que aniquiló alrededor de 20.000 personas,
en su mayoría civiles, han sido consideradas de poca relevancia
y no entran en el canon del terrorismo internacional. “No debería
sorprendernos que algunos de los actos más terribles a los que sí
se les permite entrar en el canon de terrorismo, tal como está definido
por el sistema ideológico occidental, han sido llevados a cabo por
hombres jóvenes que sobrevivieron a las matanzas de Sabra y Shatila
y a la destrucción de los campos de refugiados en Líbano”[23].
Por
otra parte, la guerra EEUU-Reagan contra Nicaragua terminó con decenas
de miles de asesinados y el país centroamericano completamente devastado.
En este caso, la Administración imperial despreció y rechazó
los dictámenes del Tribunal Mundial y del Consejo de Seguridad de
la ONU, que habían favorecido a la nación destruida. En tanto,
la guerra colonialista de Malvinas en 1982 no se habría concretado
de no haber mediado la cínica complicidad de los halcones imperiales
con el gobierno conservador británico, a través de un sutil
y perverso juego diplomático que involucró al por entonces
endeble e ilegítimo gobierno militar argentino.
En1986,
se reveló que Estados Unidos, la nación que le había
declarado la guerra al terrorismo, estaba en tratativas secretas con Irán:
concretamente, la Administración Reagan fue descubierta vendiéndole
armas en secreto al ‘gobierno más terrorista del mundo’. Sin embargo,
Irán constituía por entonces, juntamente con Libia y Siria,
uno de los principales defensores del terrorismo internacional, según
el sistema de propaganda estatal americano, adoptado por los leales medios
de comunicación. El mismo argumento fue utilizado por el aparato
ideológico de la Administración George W. Bush para designar
al Eje del Mal –una remake de la “tierra endemoniada” de
Reagan-, estrategia que ha demonizado a tres naciones –Irak, Irán
y Corea del Norte- y que ha estimulado en el imaginario norteamericano
el recuerdo de la alianza fascista de la Segunda Guerra Mundial.
Para
la lógica imperial, sin embargo, no ha existido terrorismo en la
decisión de armar a Irak para lanzarlo contra los musulmanes iraníes,
del mismo modo que a los talibanes para detener al invasor soviético.
Asimismo, acoger en su seno a notorios terroristas, agitadores y saqueadores
de diverso pelaje que atentaron contra países latinoamericanos,
y denegar su extradición interpuesta por las naciones víctimas,
tampoco parece merecer la distinción de semejante estigma.
Los cargos que pesan sobre el abanderado del Bien y la Libertad son abrumadores:
se opuso a la conformación de un Tribunal Penal Internacional, se
ha rehusado a someterse a los mecanismos de control de armas químicas
y biológicas, ha rechazado los tratados ambientales para control
de gases tóxicos, se ha negado a administrar medicamentos para tratamiento
de enfermedades infecciosas a bajo precio a países pobres[24],
y ha llevado una política de destrucción sistemática
de la savia de las naciones menos desarrolladas en su propio beneficio.
En Latinoamérica, el plan de pago de las deudas y las políticas
de ajustes estructurales, diseñados por el Departamento del Tesoro
de Estados Unidos, ha aparejado un aumento de los beneficios de las multinacionales
norteamericanas y la reducción del trabajo y el salario nativos.
Esos beneficios han registrado durante los años ’90 máximos
históricos en la región, en tanto que el desempleo, las quiebras
y la marginación han alcanzado cotas sin precedentes. En México,
Wall Street ha tomado el control de los principales resortes económicos
del país: las comunicaciones, la industria y las finanzas. Mientras
las monedas latinoamericanas se devalúan, las multinacionales adquieren
empresas nacionales endeudadas a precio de saldo y reducen los salarios.
La crisis y la pobreza de América Latina son las oportunidades y
los beneficios de Wall Street. “Incluso los virreyes españoles habrían
sentido envidia por la intensa explotación que se ha asegurado el
Tesoro norteamericano”[25].
Las presiones de organismos como la OMC o el FMI sobre las políticas
económicas, el control de bancos y las AFJP o la transferencia de
recursos no son más que una forma nueva de imposición: el
pago
de tributos, tal como en la antigua Roma[26].
Pero, para los voceros de la Gran Democracia, el terrorismo es, sin lugar
a dudas, otra cosa.
El
sideral gasto militar imperial “tiene compensaciones con la venta de armas,
que hoy duplica en entradas al narcotráfico –ha subrayado la investigadora
mexicana Ana Esther Ceceña[27]-.
Para prevenir la formación de contrahegemonías no sólo
se ha planificado un despliegue militar que le permite controlar toda la
Tierra subdividiéndola por regiones, sino que también se
busca controlar el espacio, es decir, la comunicación y la exploración
del universo. Tal es la estrategia de espectro completo”. Al decidir
que el campo de batalla sea planetario, han ubicado bases militares en
zonas de importantes recursos naturales de la Tierra. Ceceña, en
su libro “La guerra infinita, hegemonía y terror mundial”,
planteó que “la Triple Frontera funciona como llave de acceso político
y militar a la región amazónica; es una frontera que comunica
a dos de los países más importantes de América del
Sur y está en un lugar rico en biodiversidad”. Con relación
a esto, el coronel argentino Horacio Ballester aseguró que “la cíclica
presencia del Comandante del Ejército Sur de EEUU en la Triple Frontera,
las declaraciones del Departamento de Estado y los rumores de que allí
habría terroristas tiene un objetivo: el control del Sistema Acuífero
Guaraní, un verdadero océano de agua potable subterráneo
que tiene allí su principal punto de recarga”[28].
La
insistencia por la supuesta actividad terrorista en la zona traza un paralelo
con la invasión a Irak, en donde presuntamente había armas
de destrucción masiva que nunca se hallaron. En este caso, podría
pensarse que el petróleo acaparaba la voracidad imperial, pero la
lógica del escritor Norman Mailer ha aportado otro dato realista:
“La administración de George W. Bush no fue sólo a Irak por
su petróleo sino también por el Eufrates y el Tigris, dos
ríos caudalosos en una de las zonas más áridas del
planeta”[29].
Pero
todos estos episodios, para los libretistas de la realpolitik neoimperial,
no sólo no constituyen actos de terrorismo mundial sino que, como
ha sostenido el provocativo ideólogo Robert Kaplan, son lecciones
que tienden a cimentar el restablecimiento del orden frente a las fuerzas
del desorden.
Con
su atrapante prosa y su pluma de excelente cronista, Kaplan le ha marcado
el pulso a los devaneos imperiales de los halcones de la administración
Bush para justificar la doctrina de la guerra preventiva. Osada y altiva,
la teoría Kaplan saluda el retorno del espíritu guerrero
imperial y sostiene que las viejas formas de la democracia representativa
han resultado ser anacrónicas. Y, más aun, delinea el perfil
y la procedencia del terrorismo: “la guerra será cada vez menos
convencional y declarada, y se dirimirá más dentro de los
estados que entre ellos (…) La consecuencia es el nacimiento de una nueva
clase de guerrero, más cruel que nunca y mejor armado. Abarca los
ejércitos de adolescentes asesinos en África occidental,
las mafias rusas y albanesas, los traficantes de droga latinoamericanos,
los terroristas suicidas de Cisjordania y los cómplices de Osama
bin Laden que se comunican por correo electrónico. Derrotar a los
guerreros dependerá de la velocidad de reacción de Estados
Unidos, no del derecho internacional”[30].
Por
alguna razón Kaplan omitió mencionar en su definición
a los ejecutores de la guerra preventiva y la doctrina de espectro completo.
Después de todo, los “nuevos guerreros, más crueles y mejor
armados” también suelen habitar los pasillos del Pentágono
y la Casa Blanca. Pero quizá su miopía no permita distinguirlos
desde tan corta distancia.
El
terrorismo metastático
Un
sistema cuyo recurso es el exterminio mediante la perpetración de
daños irreparables y consecutivos. Así es el terrorismo.
Asociado con la muerte sistemática y organizada, aparece como la
forma obscena de la violencia, exacerbada y desencarnada. Así
como la guerra preventiva de los halcones del Pentágono se ha convertido
en una guerra omnipresente –y, por lo tanto, también obscena-
de la misma manera el terrorismo –o lo que occidente define como tal- va
camino hacia su potencialización. Conforman algo así como
el intercambio de metodologías entre un poder y un contra-poder.
Pero no dejan de ser eso: métodos. Ambos nefastos, por igual.
Cada uno de ellos, con las armas que detentan.
El
imperio utiliza el recurso del chantaje, de la disuasión,
para ejercer terrorismo. Así como en la Guerra Fría, el mundo
vivía colectivamente “bajo el chantaje nuclear, no bajo la amenaza
directa sino bajo el chantaje de lo nuclear, que es menos un sistema de
destrucción que de manipulación planetaria”[31],
el siglo XXI vive bajo el chantaje del terrorismo. Pura manipulación.
La doctrina del imperio “está basada en enemigos indefinidos que
son redes de individuos en las sombras que se superponen con Estados, enemigos
que están planeando ataques inminentes con tecnologías peligrosas”[32].
De este modo, a través del chantaje, parece verosímil justificar
la apropiación de las riquezas naturales del planeta: “acabada la
constelación del esclavo y del proletario, aparece ahora la del
terrorista. Acabada la constelación de la alienación, aparece
ahora la del terror”[33].
El
otro terrorismo –el islámico, según el estereotipo que de
él hace occidente- utiliza, en cambio, otro recurso: el de la sanción,
el terror contestatario y anónimo. De alguna manera, con
eufemismos o sin ambages, tanto el terrorismo de Estado como el de “grupos
emergentes ligados a tecnologías peligrosas” constituyen síntomas
mundiales de la era unipolar, consecuencia de la hegemonía unilateral
de un poder y los virus filtrantes del contra-poder, que se han diseminado
a lo largo del planeta.
Así
como en el cáncer el cuerpo se rebela contra su propia estructura
interna, y sus células contaminadas proliferan en forma indisciplinada,
el terrorismo aparece como un desorden reactivo que desbarata la organización
interna de un mundo regido por el poder imperial. Es un terrorismo metastático
y, como tal, imprevisible e ilocalizable.
Mientras
el mundo no estaba regido por un poder unilateral, el terrorismo era producto
de un anarquismo o nihilismo localizables, o quizá alentado por
estados subyugados o rebeldes. Todo perfectamente visible y predecible.
Pero el terrorismo de principios del siglo XXI proviene de otro estado
de cosas. Cuando un sistema ajusta y presiona con su propia brutalidad,
con su exceso de poder, todas las estructuras singulares y particulares
(ya se trate de culturas, pueblos, religiones, etnias) suelen rebelarse
en forma de anticuerpos. El terrorismo de nuevo cuño es, sin dudas,
consecuencia irreversible de la llamada globalización, es
decir, de la imposición arbitraria de la lógica imperial
en el concierto mundial. Es, al mismo tiempo, una respuesta a esa imposición
cuanto su mismo espejo, pues también ese terrorismo se encuentra
genéticamente instalado en la forma madre que lo engendró.
Así como la discriminación y la exclusión son resultados
lógicos propios de la globalización –mejor llamada privatización
global del poder-, de la misma manera lo es el terrorismo: todas ellas
resultantes sombrías y no queridas de un sistema de imposición
imperial. Cuando la situación es monopolizada a tal escala por la
potencia mundial, cuando la maquinaria tecnocrática y el pensamiento
único han erradicado todas las formas de diferenciación (o
presionen cada vez más para lograrlo), surgen por todas partes las
singularidades errantes e insurgentes, de las cuales no todas ellas contienen
dosis de violencia. El terrorismo, sin embargo, es la única singularidad
que engloba todas las dosis extremas de la violencia: “es el acto que restituye
una singularidad irreductible al corazón de un sistema de intercambio
generalizado. Todas las singularidades (las especies, los individuos, las
culturas) que han pagado con su muerte la instalación de una circulación
mundial dominada por una potencia única se vengan gracias a este
transfert terrorista de situación”[34].
Sin
duda alguna, la pretensión de la dominación de pleno espectro
resultará banal, porque si bien puede el imperio enfrentar
a cualquier antagonismo visible, no podrá contra las estrategias
virales y sutiles, ilocalizables y subrepticias. “Cuidado con declarar
la guerra contra cosas que empiezan con minúsculas –había
postulado un periódico canadiense[35]-
porque nunca se ganan. Se puede ganar contra una nación cuyo nombre
empieza con mayúsculas, pero contra la pobreza, el terrorismo, la
delincuencia, es imposible”. Y la banalidad radica en que todo el sistema
de dominación, por poderoso que sea, genera él mismo su propio
fermento de desaparición: “la alergia a cualquier orden definitivo
es universal (…) De manera muy lógica e inexorablemente el incremento
aluvional de la potencia incrementa la voluntad de destruirla. Ella es
cómplice de su propia destrucción (…) ¡Es el hechizo
de cualquier orden mundial, cualquier dominación hegemónica!
Si el Islam dominara el mundo, el terrorismo se levantaría contra
él. Pues el mundo mismo resiste a la mundialización”[36].
Más
aun, la violencia de las fuerzas de resistencia a lo global (singularidades
entre las que se encuentra el terrorismo) será directamente proporcional
a la virulencia del orden imperial, con su imposición de la eficacia
técnica, la organización total, el aniquilamiento de lo particular
y la circulación integral de todos los intercambios. Hasta ahora,
las singularidades han tomado mayormente la forma de una rendición
impotente e incondicional ante esa imposición, incluso de remordimiento
contenido. Pero ese poder insoportable y sofocante ha fomentado toda una
cultura de la violencia, engendrando una imaginación terrorista
que (sin saberlo) habita en el imaginario colectivo de todas las singularidades.
El terrorismo del siglo XXI –entronizado por el Islam, que no es su encarnación,
pero sí representa al conjunto de todas esas singularidades- ha
inaugurado una nueva forma de acción: a la apropiación de
las armas de la potencia dominante (la especulación bursátil,
las tecnologías informáticas y las redes mediáticas)
le ha adosado un arma letal: su propia muerte. Si sólo enfrentara
al sistema con sus mismas armas, el terrorismo sería eliminado en
forma inmediata. Por eso “conjugan todos los medios modernos disponibles
con esta arma altamente simbólica (…) Han logrado convertir su propia
muerte en un arma absoluta contra un sistema que vive de la exclusión
de la muerte, cuyo ideal es el de muerte-cero. Y todos los medios de disuasión
y de destrucción nada pueden contra un enemigo que ya hizo de su
muerte un arma contra-ofensiva. De la modernidad y de la mundialidad lo
han absorbido todo, sin modificar su meta, que es destruirlas”[37].
Ironía
de la época: la potencia militar más grande de la historia,
con toda su logística planetaria y su tecnología de gran
escala ha sido obligada a resignar los blancos selectivos y a montarse
sobre una lógica netamente destructiva, la eliminación impersonal
y el exterminio sistemático; mientras que el terrorismo, con una
infinitamente menor capacidad operacional, ha sido capaz de centrarse en
lo simbólico y lo selectivo, precisamente por su invisibilidad e
imprevisibilidad. El terrorismo ha preferido la humillación, no
el exterminio (acaso porque éste último no pueda alcanzarlo).
El imperio se ha convertido en un gigante que pega indiscriminadamente,
a tontas y a locas, contra un enemigo que no tiene más remedio que
recurrir al golpe imprevisto y secreto, con los arrebatos de su propia
dignidad. Un ring verdaderamente atroz. De ahí el fin de la sutileza
imperial. De ahí también, la violencia contestataria del
terrorismo, no por simbólica menos espantosa.
El
gato que jugaba afanosamente con el ratón, de golpe no lo puede
hallar. Y en su desesperación, ha puesto desenfrenadamente límites
a la libertad, de la que él era su estandarte. Otra ironía:
la llamada globalización –una ideología que le pertenece-
está a punto de ejecutarse, pero en la forma diametralmente opuesta
a la prevista: la de una mundialización policial, un control total
del espacio planetario, la instauración de un sistema de ultraseguridad
fundamentalista, a través de la
guerra preventiva. (¿Cómo
se previene, en verdad, una metástasis?).
Norman
Mailer, con su crítica mirada, describe esta paradoja: “En EEUU
se viene produciendo un proceso curioso desde hace años. El país
se está volviendo cada año más tosco. Hoy nos piden
que reemplacemos el placer por el poder. La tecnología nos dice:
‘De ahora en más, vamos a tener muchos menos placer, pero mucho
más poder’. Ese es el credo de la tecnología”[38].
Por
último, ¿qué sería del terrorismo sin los medios?
Si la escalada de violencia y muerte no se jugara en ellos, entonces su
efecto sería módico y volátil. Sin ese golpe de
efecto que proporciona el exhibicionismo mediático, estalla
la carga simbólica de todo terrorismo, y declina su objetivo. “La
logística mediática alimenta a la población de violencia”,
ha sentenciado Paul Virilio. Es desde este punto de vista que el 11-S ha
constituido el ideal de atentado terrorista -¡una ironía
más!- porque combinó en óptimas dosis unos efectos
simbólicos y mediáticos.
Paradójicamente
EEUU, que utilizó la propaganda para hacer fantasía con la
realidad, debió probar su propia medicina: la publicidad de su enemigo.
Esta se ha encargado de ofrecer en imágenes precisamente lo que
las grandes cadenas norteamericanas censuraban. Esas imágenes atroces
han venido a desmentir el cinismo imperial de que lo que no está
en TV –porque se oculta- no existe: si la ficción televisiva había
reemplazado a la verdad al ocultar los muertos de las guerras y mostrar
una estética de los bombardeos aptos para el consumo espectacular,
la utilización mediática de Al Jazeera, la cadena árabe,
pone en evidencia que todo terrorismo y toda guerra no responde
a una estética de la banalidad y de la exclusión de la muerte,
sino que la muerte misma es su única realidad. Esta publicidad
viene, de alguna manera, a reivindicar el evento real en un universo
supuestamente
virtualizado, y constituye una prueba más de
los efectos filtrantes del terror metastático.
¿Y
quién puede predecir el destino de las formaciones cancerosas? La
genética imperial ha gestado su propia revuelta estructural, logrando
provocar –muy a pesar suyo- un desorden reactivo que se ha disparado irreversiblemente,
tal vez hacia un punto sin retorno. Esta revuelta que es el terrorismo
no tendrá fin, y su violencia irrumpirá espasmódicamente
hasta tanto el poder unilateral agote su provocación. En el camino,
los conceptos de libertad, democracia y derechos humanos ha sido salvajemente
lacerados. “Si nuestra democracia –escribía con resignación
Norman Mailer[39]-
es el experimento más noble en la historia de la civilización,
tal vez sea también el más vulnerable”.
En
esto radica, sin dudas, la verdadera victoria del terrorismo reactivo.
Victoria en la recesión occidental –recesión económica,
política, moral, psicológica- y en el borramiento de la idea
de libertad, el emblemático orgullo de esa civilización.
Occidente, al sostener un repliegue estratégico de sus valores,
interioriza de alguna manera su propia derrota.
Fuentes