| Página/12
de Argentina - 19 de Noviembre de
2004
El padre de un soldado denuncia
que lo asesinaron
Extraña
muerte en Afganistán
Juan Manuel Torres, argentino-norteamericano,
se alistó con las tropas que fueron a Afganistán. Hace cuatro
meses apareció muerto. Sus superiores dijeron que se suicidó;
su padre dice que fue un crimen.
Los últimos que vieron vivo
al soldado Juan Manuel Torres, estadounidense nacido en la Argentina, aseguran
que entró a las duchas de la base Bagram, en Afganistán,
provisto sólo de una toalla. Al instante, un tiro en la cabeza de
una 9 milímetros cortó sus 25 años de vida. Mientras
el ejército de Estados Unidos sostiene que se suicidó con
su fusil, el padre de Juan Manuel afirma tener pruebas suficientes de que
“lo asesinaron miembros del servicio de Inteligencia de la US Army porque
vio algo vinculado al tráfico y consumo de heroína en las
tropas” ocupantes el país que fue talibán. Lo dice en base
a testimonios de ex compañeros de su hijo. En su pedido de justicia,
cuenta con el apoyo del senador de Illinois, Richard Durbin, y del congresal
demócrata Rahm Emanuel, quien confirmó a este diario que
pidió informes al ejército sobre la muerte del soldado.
Juan Manuel nació en la ciudad
de Córdoba el 7 de febrero de 1979. En marzo del año siguiente
emigró con su familia a Estados Unidos. Allá terminó
el secundario a los quince años, y a los 18 ya tenía título
de contador. Con esta profesión se desempeñaba en una compañía
petrolera en la que ganaba 70 mil dólares anuales. Como le respetaban
el sueldo, se enroló para ir a Afganistán, donde por 1300
dólares mensuales efectuaba tareas de control de todo lo que ingresaba
y salía de la base aérea.
Juan Torres, su padre –residente
en Houston, pero de paso en Buenos Aires–, cuenta a Página/12 que
las tropas norteamericanas tenían la misión de destruir las
plantaciones de opio –materia prima de la heroína– en las que trabaja
gran parte del campesinado de aquel país. Pero en verdad “falsificaban
los papeles de la incineración y enviaban la droga en los aviones
haciéndola figurar como armas”, dice Torres en base a los testimonios
de ex compañeros de su hijo. Y asegura contar “con el cien por cien
de las pruebas para demostrar que quienes asesinaron a Juan Manuel fueron
dos sargentos del Criminal Investigation Command del ejército, más
conocido como CID”, que desarrolla tareas de Inteligencia.
El 12 de julio de 2004, Juan Manuel
se levantó a las 4 de la madrugada. A las siete empezaban sus labores
en la base. Jugó un rato a los videos en su laptop y se fue a dar
una ducha a las 5. “No se había peleado con su novia, como figura
en su historia clínica, que no tiene ni firma ni sello de un médico”,
dice Torres. Esa supuesta pelea habría desencadenado un estado depresivo
que lo llevó al suicidio, según la versión oficial.
“Pero su novia lo desmiente: hacía cuatro años que estaban
juntos y buscaban una casa para habitar como esposos”, agrega el padre.
Estos papeles son una de las pruebas
más solidas de Torres, y los tendrá en sus manos hoy, cuando
llegue su yerno, que los trae desde los Estados Unidos.
La primera versión que tuvo,
transmitida por el ejército, fue la del suicidio. Torres recibió
el cajón con el cuerpo embalsamado un viernes y pidió que
abrieran la tapa sellada. Un militar le dijo que no porque con el disparo
de fusil la cabeza había quedado despedazada. Una venda a su alrededor
mantenía los trozos ensamblados, graficó. Los funerales de
Juan Manuel empezaron un lunes. Al día siguiente, el padre le pidió
a una empleada de la funeraria que le dejara ver a su hijo por última
vez. La mujer aceptó y entonces él se encontró con
que la cabeza no estaba vendada, sino entera, con un orificio.
La familia pidió una nueva
autopsia, cuyo resultado fue diferente de la que habían hecho los
militares. Se determinó que la bala que mató a Juan “era
de 9 milímetros, la misma que usan los del CID”. Torres dice que
a partir de ese momento fue hasta la Casa Blanca, enarbolando una foto
de su hijo. “Me metí de prepo en el Congreso y en el Pentágono”,
dice.
Obtuvo el apoyo del senador de Illinois
Richard Durbin y del congresal Rahm Emanuel, quien presentó un pedido
de informes ante una oficina del ejército sobre la muerte del soldado.
Consultado por este diario, Emanuel confirma que “Torres no tuvo notificación
formal de la muerte de su hijo, y sus tentativas por contactar a la US
Army para tener información se vieron frustradas”. Y reflexiona:
“Lo menos que podemos hacer es tratar a las familias con dignidad y respeto
cuando un ser amado muere en servicio de este país”.
De a poco, varios conocidos del
hijo de Torres dentro del ejército se acercaron para decirle que
lo asesinaron porque se oponía a los caudales de heroína
que circulaban por la base. El padre tiene el testimonio de 18 soldados
que le relataron el “infierno de drogas” que ellos atravesaron en Afganistán
cuando los combates ya habían terminado.
Con estos testimonios, Torres pudo
saber que no bien Juan Manuel murió, “dos sargentos portorriqueños
del CID mandaron limpiar las manchas de sangre, rompieron el candado de
su casillero y ordenaron quemar sus pertenencias”. Pero los soldados, compañeros
del joven, no cumplieron la directiva. Prendieron fuego algo de ropa y
guardaron los papeles, que podrían tener algún valor como
prueba.
En el Pentágono le dijeron
a Torres que tenían la carta de despedida de Juan Manuel. Cuando
el padre la pidió, argumentaron que la tenían que guardar
como evidencia legal. Solicitó una copia, y entonces los militares
admitieron que no sabían dónde estaba la presunta última
comunicación.
En la Argentina, Torres espera recibir
el apoyo que no obtuvo en la embajada argentina en Estados Unidos. “Lo
único que me importa es tener justicia para mi hijo”, sostiene el
padre. Enfrenta a un órgano hermético, quizás algo
torpe para inventar pruebas, que opera bajo un curioso lema: “Hacer lo
que hay que hacer”.
Informe: Sebastián Ochoa. |