| Estrella
Digital de España - 20 de Noviembre de 2004
Amigo
Bush
Juan
Francisco Martín Seco
Supongo
que todos los que tenemos la suerte de poder verter nuestras opiniones
en la prensa de papel o virtual recibimos, en mayor o menor cantidad, correos
electrónicos comentando o realizando observaciones sobre lo escrito.
En mi caso, no me suelo referir a ellos. En esta ocasión haré
una excepción y contestaré a los que me reprochaban olvidarme
en el artículo de la semana pasada de Sadam Husein y no pregonar
lo malo, lo malísimo que es.
El tema está bastante manido.
A quien criticaba la ofensiva contra Iraq, los bombardeos contra Sarajevo
o la masacre de Afganistán se le convertía inmediatamente
en partidario de Sadam Husein, de Milosevic o de Ben Laden. Sólo
desde el sectarismo más absoluto o desde el raquitismo mental se
puede sostener tal sofisma. Se puede y se debe condenar los crímenes
de Sadam Husein, y al mismo tiempo reprobar el genocidio que Bush y las
tropas americanas están llevando a cabo en Iraq. Ahí tenemos
bien reciente la carnicería de Faluya. Conviene recordar además
los orígenes. ¿Acaso Sadam Husein no fue en cierta forma
una creación de EEUU, no se le armó y se le utilizó
en contra de Irán, y no se ayudó a los talibanes para tener
entretenida a Rusia?
El derrocamiento de Sadam Husein
jamás puede justificar las atrocidades que se vienen cometiendo
en Iraq. Entre otras razones porque la democracia no puede imponerse a
los países a cañonazos o con misiles. El desarrollo político
y social de los pueblos no es homogéneo, pero cuando los ilustrados
estados occidentales hemos intervenido en otros países o territorios
más atrasados para llevarles la civilización o la cultura
casi siempre ha empeorado la situación. Con el pretexto de infundir
el Evangelio, los españoles en América destruimos y esclavizamos;
con la excusa de implantar la democracia, Bush y los americanos bombardean,
matan y torturan. Al ver el ejemplo de Iraq no es de extrañar que
sean muchas las naciones que prorrumpan en un grito: ¡No nos salven,
por favor, déjennos con nuestra pobreza, nuestras miserias y nuestros
sátrapas!
Algo parecido ocurre con la amistad.
A raíz del triunfo electoral de Bush, ha surgido en nuestro país
un debate ficticio acerca de si llama o no llama, si recibe o no recibe,
a quién llama y a quién recibe. Algunos consideran una auténtica
desgracia para España que Bush no distinga con su afecto a nuestro
presidente del Gobierno. A mí me preocuparía más bien
lo contrario. En primer lugar, por valores y por ética, ahora que
se lleva tanto. La catadura moral del mandatario americano no es precisamente
como para considerar un timbre de gloria pertenecer al círculo de
sus elegidos y dice muy poco de los que se vanaglorian de ello. La real
politic obliga sin duda a mantener relaciones con gobernantes de todos
los pelajes, pero una cosa es la cortesía diplomática y otra,
muy distinta, los abrazos y los besos.
En segundo lugar, por puro pragmatismo.
Los amores de Bush, cuando los hemos tenido, lo único que nos han
creado ha sido problemas, más gastos militares, situarnos en un
puesto de preeminencia en la diana del terrorismo islamista y hacernos
cómplices de crímenes de guerra, sin que las enormes ventajas
—¡oh, Dios, cuántos beneficios!— prometidas por el gobernador
de Florida llegasen nunca. Cuando el Imperio colma de honores al mandatario
de otro país, puede ser que resulte positivo, para el gobernante,
pero casi siempre termina siendo nefasto para el pueblo al que representa.
Las relaciones internacionales no
se rigen por amores o afectos, sino por intereses. Los españoles
tenemos intereses con respecto a EEUU, pero EEUU posee también múltiples
intereses con respecto a España, y en ese toma y daca, tal como
afirmó con certeza el nuevo jefe del Estado Mayor —para escándalo
de tirios y troyanos—, el saldo de la balanza ha sido siempre favorable
a los americanos.
Más que ningún otro
mandatario norteamericano, Bush ha asumido el concepto de Imperio y de
la hegemonía absoluta en el mundo de EEUU. Ha despreciado al resto
de las naciones y a la ONU. Pero a pesar de haber ganado las elecciones
en el interior de su país, está cosechando las derrotas más
estrepitosas en el exterior. En varias ocasiones ha tenido que humillarse
y reclamar la ayuda del resto de las naciones. A Bush, en su endiosamiento,
no le gusta que le digan que no, pero los hechos le van indicando bien
a las claras que por muy fuerte que sea una superpotencia no puede actuar
como si las otras naciones no fuesen también soberanas. A España
le puede interesar tener con EEUU unas relaciones cordiales, pero no más
que a la inversa. La rabieta pasará y, por intereses mutuos, todo
volverá a su cauce.
En cualquier caso, que el señor
Bush nos dispense de ser sus amigos, si serlo significa tener que someternos
a su voluntad y a sus cruzadas.
www.mundofree.com/martinse |