| La
Jornada de México - 21 de Noviembre
de 2004
Sin principios
no hay izquierda
Marcos
Roitman Rosenmann
La izquierda
en toda su dimensión política, social e intelectual se constituye
históricamente como una alternativa a la explotación del
ser humano. Es una lucha contra la esclavitud y, a la par, es una búsqueda
por construir la igualdad en la práctica radical de la democracia.
Se presenta como un proyecto ético de vida. No es una propuesta
económica de gestión empresarial fundada en la ganancia del
capital, el egoísmo, el lucro y la alienación del ser humano.
Eso se llama capitalismo. En ello radica la diferencia que separa a la
izquierda de la derecha.
Sin embargo, desde los años
70 del siglo XX se produce un abandono de los principios teóricos
y políticos que constituyen los pilares sobre los cuales se levantó
en el siglo XIX el proyecto ético de la izquierda. Hoy parecen recuperarse
desde diferentes espacios. Hay cierto retorno de la política, y
ello está motivado por la deshumanización a la que somete
el mercado a la vida ciudadana. Una esperanza a la democracia política.
El triunfo del Frente Amplio en Uruguay debe entenderse en esta perspectiva.
Lo cual atrae el peligro de una derecha seducida por revivir viejas prácticas
desestabilizadoras de golpes de Estado. Esta vez sin la muerte y la violencia
de antaño, pero persiguiendo los mismos objetivos: evitar la consolidación
de proyectos de justicia social y democracia económica y política
con dignidad para los pueblos latinoamericanos.
Pero volvamos a nuestro argumento:
durante los años 70, quienes poseían la representación
institucional de la izquierda en Europa occidental y América Latina,
me refiero a los partidos comunistas francés, español e italiano,
y en América Latina igualmente partidos socialistas o comunistas
y sus intelectuales orgánicos, cercanos y socialdemócratas
en sus diferentes vertientes, abandonan la lucha por construir una sociedad
con justicia social, con igualdad, con democracia, con un control sobre
el capital financiero, con reforma agraria, con propiedad estatal en las
áreas básicas para el desarrollo nacional, con impuestos
progresivos al capital y exención a las rentas más bajas,
en favor de una concepción posibilista de la política consistente
en cambiar el proyecto de izquierdas por votos para gobernar. Ya ni siquiera
el dilema se presentó en la dualidad: reforma o revolución.
Se trató de llegar al gobierno sin pensar en el porqué y
para qué. Para tal efecto se hizo necesario transformar comportamientos
y mutar ideas. Lo primero, perderse el respeto a sí mismo. En otras
palabras, dejar de ser. Tanto como partido político, como dirigente
y como persona. Fue una alteración en todos los órdenes de
la vida. Renegar de los valores éticos y de los principios que se
decía defender. Hablo de principios, no de dogmas. Poner en cuestión
el valor intrínseco del socialismo y el comunismo sobre la base
de críticas maniqueas y caricaturescas, realizando juegos malabares
entre Hitler y Lenin, Stalin y Mussolini y señalar que ellos son
una y la misma cosa. Toda una amalgama cuyo objetivo consiste en mostrar
que la izquierda no supo valorar los beneficios, las posibilidades y las
potencialidades que brinda una economía de mercado para ejercer
un gobierno con sensibilidad social dentro de un capitalismo con rostro
humano.
Sueltas las amarras éticas,
ser de izquierda se transforma en una propuesta estética donde desaparece
la lucha contra la explotación, la injusticia social y la construcción
de una sociedad democrática. Con esta contrarrevolución,
el ronroneo entre los representantes institucionales de la izquierda de
los años 70 sirvió para corroborar las tesis de la derecha
más reaccionaria: las izquierdas no eran democráticas. Su
adscripción a la democracia era instrumental, su objetivo: socavarla
para instaurar la "nefasta" dictadura del proletariado. La "nueva" izquierda,
si quería ser reconocida y participar en el juego, debía
abjurar públicamente y reconocer su maléfico objetivo. Y
así lo hicieron. La derecha satisfecha nunca dudará de sus
nuevos compañeros de viaje. Aunque siempre les recordará
su pasado leninista, troskista, marxista, maoísta, estalinista,
etcétera. Mientras tanto, la derecha no cambiará de sitio,
ni se democratizará. Seguirá explotando, matando, asesinando,
evadiendo impuestos, corrupta, promoviendo guerras y ejerciendo el poder
como y de la manera que desea, y no se le podrá tocar. Todo a cambio
de nada. Más papistas que el papa, con carnet de buena conducta
la "nueva" izquierda pasa de la dictadura del proletariado directamente
a la división de poderes de Montesquieu y el principio de gobierno
de Locke.
La izquierda como proyecto ético-cultural
y político-social supone convicción. Ocupa un lugar en el
mundo de las ideas, de los principios, si se desplaza deja el hueco, queda
un vacío. Los años 70 viven este fenómeno ideológico
y político. Ocupar su sitio es difícil. Sin embargo, quienes
originariamente lo hicieron, y hoy siguen pensando que la representan,
se llevaron consigo parte del mobiliario, de la historia, de la representación,
y ahora pretenden quemar la casa, declararla en ruina o directamente demolerla.
Y si no logran ninguno de los tres objetivos, la desmantelan y buscan reconstruirla
acorde a los mandatos exigidos por sus nuevos socios, la derecha, en el
barrio rico, para cumplir nuevas funciones. Pero es otra casa, sirve otros
intereses y alberga otros inquilinos. No hay nadie de izquierda en ella,
entre otras cosas porque no es una casa de izquierdas. Por mucho que se
declamen y se rasguen las vestiduras, en ello estriba el dilema. Han perdido
la dignidad, o lo que es lo mismo, el respeto a los demás. En un
continuo rebajar los principios en pos de una vida fácil y cómoda
que les permite inhibir la conciencia y acoplar sus ideas al social-conformismo.
En sus redes justifican cualquier tipo de acción inhibitoria de
la conciencia. Un ejemplo, el extremo de apoyar la derecha más reaccionaria
y tradicionalista, bajo el concepto de voto útil.
Ser de izquierda es una ética
de vida cuya dimensión social supone luchar contra la explotación,
por la justicia social, la democracia radical, la reforma agraria, el salario
digno, la educación gratuita, el socialismo y la liberación.
Nada puede justificar desplazar los principios de la izquierda en pos de
gobernar. La alternativa de la izquierda sigue antimperialista y anticapitalista.
Por ende, una izquierda en el siglo XXI sin principios sigue sin ser izquierda. |