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26 de Noviembre de 2004
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La República de Uruguay - 26 de Noviembre de 2004

Hace hoy cuarenta años
que el tango se quedaba sin Julio Sosa

Morir dos horas antes del alba

Julio Sosa transitó por el camino de su breve vida --tan solo 38 años-- golpeándose a cada paso hasta la trompada fatal que le costó la vida cuando su flamante coche sport, en la madrugada del 25 de noviembre de 1964, se estrelló contra el semáforo ubicado en el cruce de Figueroa Alcorta y Mariscal Castilla, zona del barrio de Palermo, de la ciudad de Buenos Aires.

Ruben Borrazas
Cuando ocurrió el accidente estaba en el apogeo de su carrera artística, que se había iniciado en sus ciudad natal de Las Piedras integrando pequeñas orquestas, entre ellas las de Carlos Gilardoni, Hugo Di Carlo y Luis Caruso, con este último realizó sus cinco primeras grabaciones.

En el invierno de 1949, varios de sus amigos pedrenses le realizan una colecta para que intente la aventura de cantar en Buenos Aires. De esta forma continuaría la senda que ya habían transitado otros compatriotas como Carlos Roldán y Enrique Campos.

No fueron nada fáciles sus comienzos en la ciudad porteña, tuvo que luchar a brazo partido contra todo y contra todos, "en las amarguras que da la pobreza". Cantaba en cafetines y era rechazado en forma permanente por directores de orquestas, quienes se mostraban indiferentes a su estilo y su voz grave.

Cuando ingresa a la orquesta de Francini ­ Pontier, en 1952, cultiva un estilo caracterizado por un fuerte temperamento, con una voz grave que antes había impuesto Edmundo Rivero. El público comienza a entusismarse con ese recio cantor, que sabe adaptarse a los textos dramáticos, como los humorísticos. Para muchos significaba el rescate de los viejos valores machistas del tango, donde el acento varonil fue el denominador común y una constante de muchas de sus letras.

El varón del Tango

Nunca fue muy afinado y su mejor momento de cantante lo vivió, cuando el bandoneonista Leopoldo Federico pone su orquesta y hace los arreglos musicales para un mayor lucimiento de su voz.

Es la etapa en que Julio Sosa exhuma viejos temas, se atreve con los temas que fueron popularizados por Gardel, rescata varios de los mejores tangos de los años cuarenta y graba, con acompañamiento de guitarras, estilos y canciones camperas.

Parado en medio del escenario, gesticulando, vestido de traje o smocking y con toda la orquesta detrás, se puede considerar que Sosa fue el último cantor al viejo estilo. Quienes vinieron después, lo harían acompañados por conjuntos musicales reducidos y se apoyarían, en ocasiones, con formaciones orquestales ampulosas para realizar puntuales grabaciones en estudios.

Supo encontrar, sin buscarlo, los resortes dentro del género para movilizar una corriente de jóvenes. En plena marea baja del tango, comienzo de los años sesenta, Julio Sosa es la única figura del tango que compite mano a mano con los integrantes del famoso Club del Clan en la venta de discos y en actuaciones en escenarios y canales de televisión. Muchos jóvenes se acercan al tango, simplemente por él.

Gustaba de escribir poesía, después de sus actuaciones y empujado por su admiración hacia Pablo Neruda escribió un libro de poemas "Dos horas antes del alba".

Sus ojos se cerraron

Entre el choque y su muerte hubo una agonía de casi treinta horas. Nunca recuperó el conocimiento. A las 10 y 10 horas de la mañana del 26 de noviembre de 1964, Julio Sosa se instalaba para siempre en la esquina de los elegidos, convirtiéndose en una imagen indestructible.

Las manifestaciones de dolor y de congoja popular en su velatorio y en su sepelio forman parte del anecdotario negro de la ciudad de Buenos Aires. Se calcula en más de doscientas mil personas las que acompañaron el féretro desde el estadio Luna Park, por la calle Corrientes, hasta el cementerio de La Chacarita, algo que emulaba lo sucedido, casi treinta años antes, con el sepelio de Carlos Gardel.

En el "Libro del Tango", el poeta Horacio Ferrer señala: "En acontecimientos como el de Julio Sosa, la atracción y el gusto por lo trágico ofician de motores. Las procesiones de Bizancio pueden emparentarse con las de la calle Corrientes el viernes 27 de noviembre; el oficio de las lloronas con las mujeres que desfilaron hieráticas para besar una frente fría y temblar. La mayúscula descarga emocional producida durante esas horas revitalizó en el sentido popular el duelo de la Argentina moderna más compacto: Gardel. Juntas realimentan aquel duelo matriz iniciado en Medellín. A través de estas dos muertes la Argentina puede prismar parte de su desarrollo histórico. Justamente el que va desde la década del treinta al sesenta. Esta vez también la finalidad fue llorar por alguien y llorarse."

Años después, el 29 de abril de 1987, sus restos fueron repatriados y con austera solemnidad enterrados en el cementerio de Las Piedras.

Julio Sosa se ha ganado, por méritos propios, el respeto de tangueros de todas las edades. La continua emisión de sus grabaciones confirman que su voz y su estilo siguen gustando más allá de los cuarenta años que nos separan de su muerte.
 

Su discografía
 
Son más de un centenar los registros para el disco que realizara Julio Sosa a lo largo de dieciséis años de actividad artística. Muchos de ellos pueden ser considerados clásicos dentro de la música rioplatense.

En el año 1948 grabó en Montevideo, cinco temas con la orquesta de Luis Caruso: "Sur", "Una y mil noches", "La última copa", "Mascarita" y "San Domingo", en ellas se puede oír un cantante, con voz en registro de tenor. Cuando se incorpora a la orquesta de Francini - Pontier, registra catorce temas, el primero junto a la voz de Alberto Podestá, el vals "El hijo triste", siendo este el único que grabó a dúo en toda su carrera.

Entre 1953 y 1955, integra la orquesta de Francisco Rotundo y con este director deja en el disco doce temas.

Desvinculado Enrique Mario Francini de su binomio con Armando Pontier, este último decide formar una nueva agrupación reclamando la participación de Julio Sosa y en cinco años de actuación juntos, dejan grabados, desde 1955 hasta 1960, un total de treinta temas.

En la última etapa de su carrera junto con el maestro Leopoldo Federico deja registradas treinta y ocho grabaciones.

A esto debemos agregarle las doce canciones camperas acompañado con las guitarras de Héctor Arbello, que realizara a principios de los años sesenta.

 
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