Cuando
ocurrió el accidente estaba en el apogeo de su carrera artística,
que se había iniciado en sus ciudad natal de Las Piedras integrando
pequeñas orquestas, entre ellas las de Carlos Gilardoni, Hugo Di
Carlo y Luis Caruso, con este último realizó sus cinco primeras
grabaciones.
En el invierno de 1949, varios de
sus amigos pedrenses le realizan una colecta para que intente la aventura
de cantar en Buenos Aires. De esta forma continuaría la senda que
ya habían transitado otros compatriotas como Carlos Roldán
y Enrique Campos.
No fueron nada fáciles sus
comienzos en la ciudad porteña, tuvo que luchar a brazo partido
contra todo y contra todos, "en las amarguras que da la pobreza". Cantaba
en cafetines y era rechazado en forma permanente por directores de orquestas,
quienes se mostraban indiferentes a su estilo y su voz grave.
Cuando ingresa a la orquesta de Francini
Pontier, en 1952, cultiva un estilo caracterizado por un fuerte temperamento,
con una voz grave que antes había impuesto Edmundo Rivero. El público
comienza a entusismarse con ese recio cantor, que sabe adaptarse a los
textos dramáticos, como los humorísticos. Para muchos significaba
el rescate de los viejos valores machistas del tango, donde el acento varonil
fue el denominador común y una constante de muchas de sus letras.
El varón del Tango
Nunca fue muy afinado y su mejor
momento de cantante lo vivió, cuando el bandoneonista Leopoldo Federico
pone su orquesta y hace los arreglos musicales para un mayor lucimiento
de su voz.
Es la etapa en que Julio Sosa exhuma
viejos temas, se atreve con los temas que fueron popularizados por Gardel,
rescata varios de los mejores tangos de los años cuarenta y graba,
con acompañamiento de guitarras, estilos y canciones camperas.
Parado en medio del escenario, gesticulando,
vestido de traje o smocking y con toda la orquesta detrás, se puede
considerar que Sosa fue el último cantor al viejo estilo. Quienes
vinieron después, lo harían acompañados por conjuntos
musicales reducidos y se apoyarían, en ocasiones, con formaciones
orquestales ampulosas para realizar puntuales grabaciones en estudios.
Supo encontrar, sin buscarlo, los
resortes dentro del género para movilizar una corriente de jóvenes.
En plena marea baja del tango, comienzo de los años sesenta, Julio
Sosa es la única figura del tango que compite mano a mano con los
integrantes del famoso Club del Clan en la venta de discos y en actuaciones
en escenarios y canales de televisión. Muchos jóvenes se
acercan al tango, simplemente por él.
Gustaba de escribir poesía,
después de sus actuaciones y empujado por su admiración hacia
Pablo Neruda escribió un libro de poemas "Dos horas antes del alba".
Sus ojos se cerraron
Entre el choque y su muerte hubo
una agonía de casi treinta horas. Nunca recuperó el conocimiento.
A las 10 y 10 horas de la mañana del 26 de noviembre de 1964, Julio
Sosa se instalaba para siempre en la esquina de los elegidos, convirtiéndose
en una imagen indestructible.
Las manifestaciones de dolor y de
congoja popular en su velatorio y en su sepelio forman parte del anecdotario
negro de la ciudad de Buenos Aires. Se calcula en más de doscientas
mil personas las que acompañaron el féretro desde el estadio
Luna Park, por la calle Corrientes, hasta el cementerio de La Chacarita,
algo que emulaba lo sucedido, casi treinta años antes, con el sepelio
de Carlos Gardel.
En el "Libro del Tango", el poeta
Horacio Ferrer señala: "En acontecimientos como el de Julio Sosa,
la atracción y el gusto por lo trágico ofician de motores.
Las procesiones de Bizancio pueden emparentarse con las de la calle Corrientes
el viernes 27 de noviembre; el oficio de las lloronas con las mujeres que
desfilaron hieráticas para besar una frente fría y temblar.
La mayúscula descarga emocional producida durante esas horas revitalizó
en el sentido popular el duelo de la Argentina moderna más compacto:
Gardel. Juntas realimentan aquel duelo matriz iniciado en Medellín.
A través de estas dos muertes la Argentina puede prismar parte de
su desarrollo histórico. Justamente el que va desde la década
del treinta al sesenta. Esta vez también la finalidad fue llorar
por alguien y llorarse."
Años después, el 29
de abril de 1987, sus restos fueron repatriados y con austera solemnidad
enterrados en el cementerio de Las Piedras.
Julio Sosa se ha ganado, por méritos
propios, el respeto de tangueros de todas las edades. La continua emisión
de sus grabaciones confirman que su voz y su estilo siguen gustando más
allá de los cuarenta años que nos separan de su muerte.
Su discografía
Son más de un centenar los
registros para el disco que realizara Julio Sosa a lo largo de dieciséis
años de actividad artística. Muchos de ellos pueden ser considerados
clásicos dentro de la música rioplatense.
En el año 1948 grabó
en Montevideo, cinco temas con la orquesta de Luis Caruso: "Sur", "Una
y mil noches", "La última copa", "Mascarita" y "San Domingo", en
ellas se puede oír un cantante, con voz en registro de tenor. Cuando
se incorpora a la orquesta de Francini - Pontier, registra catorce temas,
el primero junto a la voz de Alberto Podestá, el vals "El hijo triste",
siendo este el único que grabó a dúo en toda su carrera.
Entre 1953 y 1955, integra la orquesta
de Francisco Rotundo y con este director deja en el disco doce temas.
Desvinculado Enrique Mario Francini
de su binomio con Armando Pontier, este último decide formar una
nueva agrupación reclamando la participación de Julio Sosa
y en cinco años de actuación juntos, dejan grabados, desde
1955 hasta 1960, un total de treinta temas.
En la última etapa de su carrera
junto con el maestro Leopoldo Federico deja registradas treinta y ocho
grabaciones.
A esto debemos agregarle las doce
canciones camperas acompañado con las guitarras de Héctor
Arbello, que realizara a principios de los años sesenta.