| Página/12
de Argentina - 28 de Noviembre de 2004
El perdón
y los pingüinos
Ariel
Dorfman *
¿Cómo
podemos reparar el daño causado por la tortura?
Es la pregunta a la que, por fin,
se enfrenta la sociedad chilena a raíz del Informe sobre Prisión
Política y Tortura que una comisión investigadora encabezada
por el obispo Valech acaba de entregar al presidente Ricardo Lagos. Más
de catorce años después de que Chile retornó a la
democracia, un documento reconoce oficialmente, y de una vez por todas,
los detalles de la aterradora y sistemática crueldad que se ejerció
sobre miles y miles de indefensos cuerpos chilenos durante la dictadura
(1973-1990) del general Augusto Pinochet.
No es la primera ocasión
en que un relato de esta naturaleza estremece a mi país. Ya en 1991,
otro informe (llamado Rettig, en honor al abogado que encabezó aquella
investigación) había narrado, en forma maciza e inmisericorde,
las desapariciones y ejecuciones que deshonraron a Chile en el tiempo de
Pinochet. Si bien el Informe Rettig escandalizó a los chilenos,
denunciando el quebranto moral de la patria, tuvo una triste limitación:
sólo se refería a los muertos. Solamente a los que, por definición
y para siempre, no pueden hablar.
¿Y yo? clamaba Paulina Salas,
la protagonista de La muerte y la doncella, la obra que, precisamente,
escribí en 1990 y que estrenamos en Santiago en los días
en que apareció el Informe Rettig. ¿Quién me escucha
a mí?, preguntaba la ficticia Paulina Salas y preguntaban también
las innumerables otras víctimas demasiado reales que contaminaban
con su silencio y su dolor el aire de Chile.
Esa historia de la aguja en los
ojos, de la mierda en la boca, de los electrodos en el pene y la vagina;
esa historia del niño atormentado frente a la mamá y de la
piel quemada y los huesos y los dedos y el ano y la oscuridad; esa historia,
como mi obra teatral misma, no tenía cabida en el Chile que iniciaba
una penosa transición a una democracia imperfecta donde el general
Pinochet todavía comandaba el ejército y sus secuaces dominaban
el Senado y la Corte Suprema y la economía.
Pero ahora, a fines del año
2004, llegó la hora de que hablen los vivos y los apenas vivos y
los plenamente sobrevivientes. Llegó la hora de que todos sepamos
en forma fehaciente lo que pasó en el sótano que se situaba
a la vuelta de la esquina de nuestro trabajo, lo que pasó detrás
de las paredes de la casa por la que cruzábamos cada día.
Llegó la hora de comprender el sufrimiento que sobrevino –y que
sigue transcurriendo– en el interior invisible de tantos compatriotas ofendidos
y olvidados.
Y llegó la hora, por lo tanto,
de preguntarse sobre la reparación.
Nada puede, sin duda, borrar el
vejamen o la eterna degradación, pero ya el hecho de reconocer tales
atropellos en forma pública ayuda a las víctimas a sentir
un comienzo de consuelo, tal vez un atisbo de reivindicación, posiblemente
reintegrarse a la comunidad mayor de un Chile que los había excluido.
Igualmente crucial, me parece, es
la reacción del comandante en jefe del Ejército Chileno,
general Juan Emilio Cheyre, que aceptó la responsabilidad de su
institución por el uso de la tortura sistemática. Su proclamación
de que tales abusos a los derechos humanos jamás pueden justificarse,
ni siquiera invocando la seguridad nacional, es particularmente relevante
en el mundo de hoy, donde ha recrudecido precisamente la tortura como un
método de lucha en la “guerra” contra el terrorismo. Es cierto que
falta que las demás ramas de las Fuerzas Armadas de mi país
lleven a cabo un reconocimiento similar. Y más que cierto que los
civiles que sirvieron a la dictadura –como el hoy senador Sergio Fernández,
otrora ministro del Interior de Pinochet que permitió que miles
de chilenos llegaran a los centros de tortura– se niegan obstinadamente
aadmitir que los militares sólo pudieron actuar de esa manera inhumana
porque recibían el apoyo cotidiano de muchísimos ciudadanos,
sea en el gobierno, en la prensa, en el empresariado, en el Poder Judicial.
Y dolorosamente cierto también que demasiados compatriotas míos
no quieren recordar que nada hicieron para que tal plaga se detuviera,
demasiados los que todavía no están dispuestos a auto-acusarse:
¿Cuándo supe yo que se torturaba en Chile, en qué
momento, en qué hora, cuál fecha definitiva? ¿Cuándo
lo supe, en efecto, y qué hice yo con ese saber, eso que no era,
después de todo, un secreto?
Debido a que aceptar la complicidad
individual y colectiva en el daño producido es un paso necesario,
pero nunca suficiente, en la búsqueda del perdón y el nunca
más, es que la sociedad chilena así como el Estado se hallan
hoy explorando los mecanismos legales y financieros para compensar a las
víctimas, discutiendo si se precisan gestos simbólicos o
más bien pecuniarios, si pensiones de gracia o auxilios médicos
o monumentos públicos.
Aunque tal polémica me parece
imprescindible, quisiera proponer, además, una reparación
algo diferente, por mucho que haya quienes les parezca una sugerencia un
poco extraña.
Por una rara coincidencia, el día
mismo de noviembre en que el obispo Valech y sus comisionados estaban haciendo
entrega de su informe al presidente Lagos, ese preciso miércoles
10 de noviembre, me encontraba yo de vacaciones en Algarrobo, una playa
chilena que queda a unos cien kilómetros de Santiago. Una de las
razones de esta visita al balneario era para poder mostrarles a mis dos
pequeñas nietas norteamericanas una isla salvaje que yo había
frecuentado en mi juventud. En un remoto verano esplendoroso –tendría
yo unos catorce años– había remado varias veces hasta esa
isla con mis amigos y nos habíamos entretenido durante horas contemplando
la vida, hábitos y amoríos de un grupo de pingüinos,
una de las múltiples maravillas de un océano que deslumbró
en forma tan permanente a un poeta como Pablo Neruda.
En este noviembre del 2004, sin
embargo, no pude llegar hasta mi isla encantada ni tampoco comunicarme
con los pingüinos. Ni siquiera me pude acercar con mis nietas.
Descubrí que un consorcio
privado, la Cofradía Náutica del Pacífico (formada
en su gran mayoría por ex oficiales navales liderados originalmente
por el almirante Merino, miembro de la Junta bajo cuyos auspicios se torturó
en buques de la Armada Chilena), se había apoderado de la punta
de Algarrobo vecina a mi isla, a la que unieron a la costa por medio de
un muro de rocas. Lo que condujo a un doble desastre ecológico:
los pingüinos fueron exterminados por los roedores voraces que ahora
podían cruzar hasta la península desprotegida, y la hermosa
bahía de Algarrobo ya no tuvo una salida natural hacia el mar para
los deshechos humanos que en este momento se revuelven y estancan en las
aguas puras y feroces donde yo solía zambullirme de adolescente.
¿Qué tiene que ver
este asalto a la naturaleza y a los pingüinos con el Informe sobre
la Tortura?
No es ésta la única
vez en que, retornado del exilio, encontré que los militares habían
sustraído de la tierra común de la patria un pedazo de Chile
al que tenía yo libre y prístino acceso años atrás.
He tenido idéntica experiencia en la cordillera cercana a Santiago.
Y en los bosques profundos del sur de Chile. Y en una playa en Pisagua,
en el norte del país. Interminablemente me topo con la pesadilla
de una reja y alambradas y guardias que me advierten que esa comarca del
territorio nacional ya no me pertenece a mí o a los otros millones
de chilenos, sino que a una reducidísima caterva de militares o
ex uniformados.
Ellos se apropiaron de esos bienes
y terrenos que eran públicos debido a que nadie se atrevió
a protestar por lo que habría que calificar de robo, secuestro,
desaparición. Puesto que ahí estaban tan próximos,
tan listos, los altillos y las picanas y los chacales y los simulacros
de fusilamientos. Puesto que ahí estaba tan cerca el terror.
¿Cómo reparar el daño
a un país torturado?
He aquí una manera clara,
contundente, irrevocable, de mostrar verdadero arrepentimiento y buscar
una reconciliación que no sea meramente retórica: Que nos
devuelvan la costa, los árboles, las montañas que se llevaron
y que ahora esconden.
Yo les voy a creer a los que dicen
que les duele lo que pasó en Chile el día en que los pingüinos
puedan retornar a su isla mágica y tanto militares como civiles
podamos bañarnos juntos en el mar nuevamente limpio de mi país
amanecido.
* Escritor chileno. Su último
libro es Memorias del Desierto.
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