Antonio Mora Vélez - rodelu.net
30 de Noviembre de 2004
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Las putas tristes de Gabo
Antonio Mora Vélez
Tres temas del universo garciamarquiano: el de la soledad, el del amor senil y el de las putas, están presentes en esta nueva novela corta de Gabriel García Márquez, “Memoria de mis putas tristes” (Editorial Norma, 2004) que aumenta en un título más el legado narrativo del autor más premiado, publicado y comentado de Colombia. Ella cuenta la historia de un periodista “inflador de cables” y columnista de temas anacrónicos al cual las mujeres de vida horizontal no le dejaron tiempo para ser casado y quien se enamora, a la edad de 90 años, de una niña obrera, flacuchenta y patona de catorce, que le es entregada para su estreno sexual por la proxeneta Rosa Cabarcas.

Todo ocurre porque a esa edad en la que casi todos los hombres ya están muertos, el personaje: feo, tímido, anticuado y con un problema no definido de hemorroides o de oxiuros, decide “regalarse una noche de amor loco con una adolescente virgen” no tanto para probarse que todavía servía sino para honrar sus noventa años de soledad y olvidarse, así fuera por unos momentos, de los achaques de la vejez. Como es de suponer, el “sabio triste” –que así lo llamaba Rosa Cabarcas— se limitó a acariciarle todo el cuerpo a la doncella durante las horas de vigilia, y a constatar que él –no obstante su cara de caballo-- “ya no estaba para esos trotes”.

Esta novela, igual que “El amor en los tiempos del cólera”, es un elogio y defensa del amor de los ancianos, sobre todo si éstos, como en el caso del personaje, han quedado solos en la vida. Pero a diferencia de Florentino Ariza, el Sabio Triste o Mustio Collado, se enamora, no de una mujer “de sociedad”, sino de una joven empleada en “el arte inmemorial de pegar botones” que iba camino a la prostitución y que bien podía ser su bisnieta y con quien decide dormir las noches que le quedan de vida “abrazado a ella hasta el canto de los gallos” y a “morir de buen amor en la agonía feliz de cualquier día después de (sus) cien años”, convencido por su amiga proxeneta de que “no hay peor desgracia que morir solo”

Pero más por lo que cuenta –que es poco--, la novela encanta por el cómo lo cuenta, y sobre todo por el lenguaje que utiliza. Sus 109 páginas son un desfile de palabras deslumbrantes, desde las extrañas (calamaio, gonfia, frémito, malapodán), las poco usadas (avorazado, sólito, escabel, regaliz), las olvidadas (pudín, espejuelos, tocador, jeme, pretina, leontina) hasta las que nombran realidades de nuestra vida cotidiana como abalorios, celaje, resuello, mamotreto, estropicio, desparpajo, etc. Son también un despliegue de adjetivaciones originales como pisos ajedrezados, sudor fosforescente, oro alborotado, nubes erráticas, fragancia montuna, y de esas frases macondianas que son como lamparazos de pensamiento y que han hecho célebre a nuestro premio Nobel, como la que constata que “se envejece más y peor en los retratos que en la realidad”. Pero hay una palabra en especial cuyo uso por el Gran Maestro de la Literatura celebro: aguaita, que es usada por nuestros campesinos y que hasta hace poco era estigmatizada como “corroncha”. Y me gusta porque su uso por García Márquez le confiere a ella y a otras más (fojas, mamasanta, culo, puta, guaricha, machucante..), la dimensión literaria que les hacía falta para tener derecho a existir y a ser leídas.

“Memorias de mis putas tristes” no es la mejor obra de García Márquez. Llego, incluso, al atrevimiento de afirmar, sin ser teórico ni crítico literario, que es una obra menor en el conjunto de su herencia creativa. No alcanza a tener la magia de “Cien años de soledad”, ni la belleza de los “Doce cuentos peregrinos”. No tiene la solidez estructural de “El coronel no tiene quien le escriba” ni la consistencia temática y narrativa de  “El amor en los tiempos del cólera” o de “El Otoño del patriarca”. Pero es una visión muy íntima y realista del hombre que alcanza la edad de la nostalgia. Una oda al amor, y a la vejez que llega con su compañía. Una prueba más de que el amor es ciego y va siempre acompañado de la locura. Y está escrita en el mejor castellano literario y por el hombre que mejor lo escribe: Gabriel García Márquez.

29 de Noviembre de 2004

Antonio Mora Vélez
Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar

 
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