Las
putas tristes de Gabo
Antonio
Mora Vélez
Tres temas
del universo garciamarquiano: el de la soledad, el del amor senil y el
de las putas, están presentes en esta nueva novela corta de Gabriel
García Márquez, “Memoria de mis putas tristes” (Editorial
Norma, 2004) que aumenta en un título más el legado narrativo
del autor más premiado, publicado y comentado de Colombia. Ella
cuenta la historia de un periodista “inflador de cables” y columnista de
temas anacrónicos al cual las mujeres de vida horizontal no le dejaron
tiempo para ser casado y quien se enamora, a la edad de 90 años,
de una niña obrera, flacuchenta y patona de catorce, que le es entregada
para su estreno sexual por la proxeneta Rosa Cabarcas.
Todo ocurre porque a esa edad en
la que casi todos los hombres ya están muertos, el personaje: feo,
tímido, anticuado y con un problema no definido de hemorroides o
de oxiuros, decide “regalarse una noche de amor loco con una adolescente
virgen” no tanto para probarse que todavía servía sino para
honrar sus noventa años de soledad y olvidarse, así fuera
por unos momentos, de los achaques de la vejez. Como es de suponer, el
“sabio triste” –que así lo llamaba Rosa Cabarcas— se limitó
a acariciarle todo el cuerpo a la doncella durante las horas de vigilia,
y a constatar que él –no obstante su cara de caballo-- “ya no estaba
para esos trotes”.
Esta novela, igual que “El amor en
los tiempos del cólera”, es un elogio y defensa del amor de los
ancianos, sobre todo si éstos, como en el caso del personaje, han
quedado solos en la vida. Pero a diferencia de Florentino Ariza, el Sabio
Triste o Mustio Collado, se enamora, no de una mujer “de sociedad”, sino
de una joven empleada en “el arte inmemorial de pegar botones” que iba
camino a la prostitución y que bien podía ser su bisnieta
y con quien decide dormir las noches que le quedan de vida “abrazado a
ella hasta el canto de los gallos” y a “morir de buen amor en la agonía
feliz de cualquier día después de (sus) cien años”,
convencido por su amiga proxeneta de que “no hay peor desgracia que morir
solo”
Pero más por lo que cuenta
–que es poco--, la novela encanta por el cómo lo cuenta, y sobre
todo por el lenguaje que utiliza. Sus 109 páginas son un desfile
de palabras deslumbrantes, desde las extrañas (calamaio, gonfia,
frémito, malapodán), las poco usadas (avorazado, sólito,
escabel, regaliz), las olvidadas (pudín, espejuelos, tocador, jeme,
pretina, leontina) hasta las que nombran realidades de nuestra vida cotidiana
como abalorios, celaje, resuello, mamotreto, estropicio, desparpajo, etc.
Son también un despliegue de adjetivaciones originales como pisos
ajedrezados, sudor fosforescente, oro alborotado, nubes erráticas,
fragancia montuna, y de esas frases macondianas que son como lamparazos
de pensamiento y que han hecho célebre a nuestro premio Nobel, como
la que constata que “se envejece más y peor en los retratos que
en la realidad”. Pero hay una palabra en especial cuyo uso por el Gran
Maestro de la Literatura celebro: aguaita, que es usada por nuestros
campesinos y que hasta hace poco era estigmatizada como “corroncha”. Y
me gusta porque su uso por García Márquez le confiere a ella
y a otras más (fojas, mamasanta, culo, puta, guaricha, machucante..),
la dimensión literaria que les hacía falta para tener derecho
a existir y a ser leídas.
“Memorias de mis putas tristes” no
es la mejor obra de García Márquez. Llego, incluso, al atrevimiento
de afirmar, sin ser teórico ni crítico literario, que es
una obra menor en el conjunto de su herencia creativa. No alcanza a tener
la magia de “Cien años de soledad”, ni la belleza de los “Doce cuentos
peregrinos”. No tiene la solidez estructural de “El coronel no tiene quien
le escriba” ni la consistencia temática y narrativa de “El
amor en los tiempos del cólera” o de “El Otoño del patriarca”.
Pero es una visión muy íntima y realista del hombre que alcanza
la edad de la nostalgia. Una oda al amor, y a la vejez que llega con su
compañía. Una prueba más de que el amor es ciego y
va siempre acompañado de la locura. Y está escrita en el
mejor castellano literario y por el hombre que mejor lo escribe: Gabriel
García Márquez.
29 de Noviembre de 2004
Antonio
Mora Vélez
Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar
|