| La
Jornada de México - 1 de diciembre de 2004
Lecciones
de la imaginación
Sergio
Ramírez
Ahora que
celebramos este año el centenario del nacimiento de Alejo Carpentier,
que se cumple en el mes de diciembre, no puedo sino pensar en él
como el padre fundador de la imaginación mágica en nuestra
literatura, un aporte del Caribe al acervo de nuestra cultura hispanoamericana.
¿Dónde sino en el Caribe
de Carpentier habría de aparecer Henri Christophe, el personaje
de El reino de este mundo, antiguo cocinero de una fonda que peleó
por la libertad de los esclavos y luego inventó el trono de Haití
para coronarse rey? Un rey que llegó a tener poder de vida y muerte
sobre sus súbditos, los antiguos esclavos que él mismo había
liberado, después de pasar a cuchillo a los colonos franceses, y
que bajo su férula volvían a ser lo mismo de siempre, esclavos.
Una historia que no la magia, sino la realidad, sigue repitiendo incesantemente
en Haití.
El rey Christopher hizo construir
encima de las lejanas rocas de las cumbre del Gorro del Obispo la ciudadela
de La Ferrière, cada bloque de piedras subido a lomo de sus súbditos
esclavos, y en el palacio de cantera rosada de Sans Souci estableció
su remedo de corte francesa con duques y marqueses que llevaban ahora las
pelucas empolvadas de sus antiguos amos.
A las ventanas del palacio se asomaban
damas coronadas de plumas, con el abundante pecho alzado por el talle demasiado
alto de los vestidos de moda. En uno de los suntuosos salones ensayaba
una orquesta de cámara. Los oficiales de casaca roja y bicornio,
con espadas al cinto, parecían oficiales napoleónicos. ''Negras
eran aquellas hermosas señoras, de firme nalgatorio, que ahora bailaban
la rueda en torno a una fuente de tritones". Y aquel mundo maravilloso
se vuelve inexplicable para Ti Noel, el antiguo esclavo, ya anciano, que
lo está viendo todo con ojos de asombro, y sobre cuya espalda los
capataces van a encajar pronto una piedra para que la lleve, uno más
entre aquel hormiguero de esclavos, hasta la cumbre donde se construye
la fortaleza de La Ferrière.
Cuánto tiene que ver la ambición
de poder con estas fantasmagorías. Es que somos parte de una misma
tramoya, imágenes del mismo juego de espejos. Una gran olla en la
lumbre, donde hierven ambiciones y delirios. Y, otra vez, la vieja pregunta
acerca de la realidad y la imaginación. En las páginas de
su otra novela memorable, El siglo de las luces, suena el clarín
de una batalla, la batalla por los derechos del hombre que encandilará
la imaginación de ese héroe confuso que es Víctor
Huges, comerciante de ultramarinos transfigurado en revolucionario.
La Revolución Francesa viene
a proclamar la abolición de todos los privilegios reales, y los
de casta, a anunciar algo tan peligroso y disolvente como la abolición
de la esclavitud. Y Víctor Huges abolirá en Cayena y Guadalupe
la esclavitud bajo el directorio, agente fiel de Robespierre, y la restablecerá
sin parpadeos bajo el consulado, agente fiel de la restauración.
Lo que importa es el poder, no su color.
Las palabras que llevan a la acción,
y la acción que contradice las palabras. No hay conciliación
posible. Lo alegórico para Carpentier es que las revoluciones son
hechos históricos que desbordan la suerte de los personajes. Un
péndulo que va y viene, de la luz hacia la oscuridad, repitiendo
el mismo viaje desde siempre. El poder, que se vuelve contra los ideales.
Las revoluciones que terminan en fracasos éticos, y devoran a sus
propios hijos, como Saturno. Es una lección que todavía seguimos
aprendiendo.
No libra Carpentier a las revoluciones
de su sino trágico. Las revoluciones son deidades mudas, como la
guillotina embozada que Víctor Huges trae a América desde
Francia, y que navega en las aguas del Caribe sobre la cubierta de un barco
que será luego un barco fantasma. Nadie puede librar su cabeza de
ese péndulo con filo de guillotina que es el destino vestido con
los ropajes del poder.
Ya hemos oído muchas necedades
acerca del fin de la historia, y Carpentier no iba a ser quien se adelantara
a proclamar esas necedades. ''Una revolución no se discute, se hace",
proclama Víctor Huges. Pero para un novelista, que prueba no ser
ingenuo, la repetición de la historia humana no termina con ninguna
ideología, o con la imposición de un régimen político.
Porque los seres humanos siguen siendo los mismos, nos advierte. Víctor
Huges, el paladín de los ideales libertarios, termina cazando con
perros de presa por los montes a los esclavos que él mismo había
liberado.
Esta es una de las mejores lecciones
de la imaginación, dictada por la inclemente realidad, que Carpentier,
nuestro padre fundador, real y maravilloso, nos deja como perdurable herencia
literaria.
San José, noviembre 2004.
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