París
y la estética
Carlos
Tobal
Viernes, 30 de abril
Son las cinco menos veinte PM. Tomamos
cerveza detrás del Museo Pompidou. La gente se sienta a las mesitas
redondas de mármol, hombro a hombro, casi pegados por la voz, el
humo o el aliento. Fuman y actúan naturalmente en solitario. Todos
mirando al frente, estamos alineados sobre sillas linderas de ratán.
Hay una relación entre el énfasis de los gestos parisinos
y un sobrante en el tiempo. Uno debería cambiar de sintonía.
Se oye un ruido de fondo a metales frotándose. La galantería
es una seducción que disciplina las costumbres. París es
un museo viviente de siglos intercalados.
Cruzando la calle, la escalinata
desciende a una explanada rectangular que desemboca en el Pompidou. Edificio
monumental de vidrio y cemento con forma apaisada de gusano encogido. Los
pintores de abajo fingen talento, turistas posan con expresión de
retrato.
Sábado de mañana.
Primero de mayo
El sol -tranquilo- se filtra por
la ventana del cuarto en la planta baja del hotel en la rue Daguerre
(el fotógrafo). El mate se enfría, los sindicatos van juntándose
en la Torre y en los alrededores del Cementerio de Montparnasse, Cortázar
aun duerme entre los pastos. Más tarde, despertará cuando
yo investigue su antigua ruta. Éste fue su barrio, en los inicios.
En el número 4 de la
rue Daguerre (buhardilla, sexto piso
por escalera de roble) encontré un poeta muy joven de Minas Gerais
que, habiendo identificado una similitud con la música de su propia
escritura, estaba rastreando el Candomblé oculto dentro de la antigua
poesía del hindú Adeodato Barreto. Ahora, me perderé
entre las banderas rojas frente a la Bastilla, tratando de vencer algunos
prejuicios.
Domingo, 2 de mayo
Ayer: todavía París,
mezclado en el tumulto prolijo de la gran manifestación.
Revolución Francesa: me imagino
la pueblada... en las películas los revolucionarios aparecen siempre
desarrapados. Luego, para la época de Robespierre, muestran patrullas
de soldados avanzando por callejuelas, fusil, bayoneta calada, oficial
con peluca, chaleco ajustado, pantalón estrecho abotonado en las
piernas, una carreta para los presos. En la Comuna, los revolucionarios
quemaban edificios para demorar la represión. La prensa -contó
Marx- toleraba bien las masacres e incendios fruto de bombardeos de ejércitos
regulares, pero tildaba a la quema popular de terrorista. Durante las barricadas
de 1848, Baudelaire repartía un periódico que él mismo
escribía. La historia pega la revolución a la guillotina.
La palabra traición debería admitir matices: se ha convertido
en un mismo carro, cada vez más lleno, que atraviesa las épocas.
La Bastilla fue destruida, en su
lugar, quedó un vacío circular y asfaltado. Una pirámide
redonda en el medio, especie de obelisco greco romano de piedra,
hendiduras e incrustaciones.
Hay historia, el sistema funciona
¿alguien intenta derrocarlo?
El francés -aquí, en
la retórica- tiene un arrastre en la tonada, cantito envolvente
tan alegre como grave, audaz, machacón, especie de musiquita que
estira el lenguaje y le hace de acolchamiento móvil a todas las
singularidades. Así, el sistema genera las blanduras que van abriendo
pliegues funcionales donde ubicar las protestas. Los pliegues conservan
el contacto con el todo, no rompen, son como alerones extendidos que embolsan
el aire y desagregan velocidad.
Anoche, vi dos películas francesas,
una, mostraba la vocación alegre de un ladrón de casas de
aquel antiguo París que añoraba Baudelaire. Solitario, valiente
y romántico, él se integraba a la aristocracia, frecuentaba
el clero, cuyas jerarquías conocían y alimentaban su secreto.
La otra, debía llamarse Madame
La, por la referencia acortada del rango del esposo. La mujer es nombrada
con el grado feminizado de su cónyuge. Éste, jefe militar
de una colonia francesa, pequeña isla casi perdida en el mar, debía
cuidar a un convicto por homicidio traído de París, en su
espera de una guillotina que no llegaba y de un verdugo. La decapitación
del preso (a quien ella amaba en secreto, pero a la vista del pueblo y
bajo tolerancia del marido) interrumpió la alfabetización
emprendida por la señora. El miserable, cariñoso y forzudo,
ayudaba a los lugareños en sus tareas despertando el afecto popular.
Tuvo hijos con una vecina. Era el único honesto -sin dobleces- del
caserío. Se negó a huir. Hubo que terminar de decapitarlo
con un hacha porque la guillotina oxidada hizo a medias su trabajo. La
lucha del matrimonio contra la burocracia pueblerina –pusilánime,
leguleya y burguesa- desembocó en el fusilamiento del Capitán.
Sin embargo, Madame La Capitana, no será arrastrada por la
tragedia y envejecerá dignamente contando la historia.
El Mariscal Petain fue degradado,
pero en el Cementerio de Montparnasse, su esposa conserva el título
de “La Mariscala Petain”.
Infinidad de micro colisiones se
eluden gracias a la natural disposición disciplinaria, que moja
y enfría intensidades. Lubricación que despide el ser francés.
Tienen una mezcla de hipocresía que se renueva e incorpora a los
valores, sin desmedro del sentido de justicia y sumisión a las leyes.
Así, el choque se transforma en frotamiento: ese rumor se escuchó
el primer día detrás del museo, los franceses no lo oían.
Sólo a mí, forastero reciente, me resultó intolerable.
El diámetro del umbral refractario insito, en ellos, es mayor. Se
permite estacionar promiscuidades y en el momento de producirse la colisión,
el roce retumba pero conserva. Verticales hasta que estallan por acumulación
de vibraciones, quizá cada cien años (como decía Neruda).
Hasta Mayo del 68, explotaron varias veces.
Lunes, 3 de mayo
Entonces, la manifestación
del sábado fue un desfile. Muestrario de fuerzas, multicolor y optimista.
Los más compactos eran los obreros anarquistas: avanzaban al son
de la Internacional en castellano y las banderas rojinegras. Los comunistas
-innumerables- tenían a sus líderes a la orilla del público
que los miraba marchar. Repartían diarios y panfletos cual militantes
de base y saludaban uno a uno como políticos en campaña.
También firmaban autógrafos. Joviales, con pelo desteñido
de veteranos de guerra, trajeados de parroquianos rurales en misa de domingo,
se mezclaban con la gente rodeados de cariño. Se les notaba, a los
funcionarios, una banda que les cruzaba el pecho, el color variaba según
la región que representaran. Vi, creo, dentro de la algarabía
de la formación, rostros surcados como mapas, miradas fijas nubladas
de pasado.
La policía se notó
recién al final, venían en malón, alarmados, en tanquetas
con toda la artillería, detrás de los kurdos, última
columna que avanzaba mezclando canciones, bailes y vestiduras típicas
con la foto gigante del Che y la de un bigotudo de camisa floreada y pelo
ensortijado.
Martes, 4 de mayo
¿Cuál sería
el lugar de las viejas derrotas?, ¿de la resignación? ¿Qué
se aprende del terror sufrido? ¿Cuándo había que esperar
o pasar a la acción?
Pensé en el acto del año
pasado en Buenos Aires, frente al Palacio de los Tribunales, contra la
Corte Suprema. Era el aniversario de la muerte de Vallejo. Había
largas telas con fotos de desaparecidos. Instantáneas que los capturaron
en algún momento vital. Se notaba el paso del tiempo por la moda
que surgía de las fotografías. Ellos, habían quedado
detenidos en aquella juventud. Hoy, serían viejos como nosotros.
La Guardia de Infantería, desplegada en lo alto de la escalinata,
parecía a punto de reprimir.
Recuerdo que había un padre
con bastón que sacaba energía de algún lado para sostener
la sábana. Llevaba la punta dentro del puño, en su esfuerzo
había un gesto de orgullo. Yo levantaba, a su lado, un costado.
En la parte baja de la escalinata, se había armado una conferencia
de prensa y dejé mi lugar vacío. Él sostuvo ambos
fragmentos prescindiendo del bastón. Entonces pensé: “habrá
de morir y su hijo permanecerá en la foto intocado”.
El Cementerio de Montparnasse fue
inesperado. Las religiones entreveradas. Al principio, más parecía
una biblioteca, una enciclopedia de huesos acostados. Exceso agolpado de
nominaciones, supone, no a un visitante extranjero, sino deudos con tradición
caminando levemente, lavando personalmente los mármoles, sustituyendo
flores.
Un halo renovaba la actualidad de
los fallecimientos y la pompa negaba falsamente la desgracia. Recordé
los labios engolados del General De Gaulle moviéndose, ya viejo,
en la pantalla de TV.
La tumba de Marguerite Duras estaba
abandonada, cemento triste de moho, el resto chueco de una vieja flor reseca.
Sus libros viven, ella relataría:
"En su hueco, la mujer -quizá-
permanece inmóvil. Él eleva la cabeza, escucha la voz: -No
te engañes pequeño, ellos no están, todo es hueso...
son sólo nombres. Nombre y cenizas: la muerte es la muerte. Retornaría
enseguida a la tercera persona, y en su estilo de guión, agregaría:
“Lento. El visitante mira a su alrededor. El asfalto, los árboles
flacos, el gris de los mármoles. Silencio, un pájaro inmóvil
de vidrios espejados. Sí, la muerte está en todos lados...
Todavía escuchará aquella voz: “Retírate, bastará
con mi recuerdo”.
Cortázar, no obstante, parecía
el más feliz, al lado de su noviecita, debajo de una escultura de
lombriz alegre a punto de volar, cuadernos mojados de chicos con letras
y dibujos, la lápida tenía una hendidura y una flecha curva,
con la leyenda: "abrir por acá". Habría que leer “Instrucciones
para llorar”.
El pobre Ch. Baudelaire, mezclado
en las barricadas de la Comuna, no exento de interés personal, gritó:
“¡Muerte al General Aupick!”. Por la fecha de la lápida común
que reza: “Jacques Aupick, General de división, 27-4-1857”, es evidente
que no lo escucharon.
Repleto también de cartas
–sin duda de amor- con tinta corrida por la lluvia, ni muerto pudo escapar
al abrazo del tal General Aupick, su padrastro que -junto a su madre- lo
sigue aplastando en la tumba.
César Vallejo estaba
perdido y la tristeza me sacó las fuerzas para buscar a Sartre y
Simone de Beauvoir.
Noche del martes
Desperté soñando, angustia
que no cierra, enciendo el velador. En este hotel es imposible caldear
el agua para el mate, las calenturas en Francia también tienen su
horario. Abro el libro en cualquier lado, leo “Las Viejecillas”.
¿Qué es lo que impulsa
el amor por Baudelaire? No sé sí, literariamente, le interesó
la gloria. Querría -pienso- ser querido por su desgracia, por las
mismas absurdas razones que los personajes de Wagner se amaban entre sí.
Estaba enamorado de la lucha.
Habría una diferencia entre
fracaso y derrota. El fracaso es aplastante, tiene algo de justo, de la
complicidad de la víctima que, a pesar de todo, continúa
viva y morirá civilmente. A partir del fracaso, se convierte en
un sobreviviente y ejerce la nostalgia. En adelante, el problema será
adecuar la ambición a su fuerza. El fracasado, en algún momento,
renunció al heroísmo y eso se presiente en los intersticios
de su tumba.
Los franceses son propensos a la
pompa –en el cementerio, se veían grandes inscripciones cursivas
grabadas en diagonal sobre la lápida que se eleva en vertical: “Mort
pour la France, pour la France!”. Se destacaba el facsímil colorido
de las medallas grabadas dentro del mármol negro- pero en algún
momento esos supuestos héroes -aunque golosos con el fausto, tal
vez por eso mismo- tuvieron que hacer una íntima elección
entre el cuerpo y la gloria.
La derrota, en cambio, está
más cerca de la tragedia, puede ser injusta e implica al enemigo.
El escritor suele transitar los márgenes del mundo, también
se incorpora, pero necesita correrse para ver. Ahora, si su militancia
se nota, su anhelo de reconocimiento -para sí o sus ideas- queda
expuesto y convoca el desprecio.
El hambre llama al hambre, no a la
solidaridad. Solitario, militaba contra el mundo. Su época desplegó
crueldad sobre él. No era inocente, necesitaba a sus opresores,
no se salió del abrazo. Pero ese fue el problema de su vida. La
obra resultó exitosa, póstumamente. Su muerte, entonces,
fue irónica. El poeta ha quedado suspendido, inmune en la bisagra
e irá muriendo, trazo a trazo, a medida que la humanidad gaste -si
puede- la belleza cristalina de sus sinuosas figuras.
Aquel fatídico 15 de marzo
de 1866, en el borde de un escalón, su cerebro claudicó ante
la visión impresionante del confesionario jesuita de la Iglesia
de Saint-Loup de Namur, (“maravilla siniestra y galante”, él había
dicho).
Sufrió un ataque que lo dejó
mudo. Su larga -amorosa- agonía habrá de corresponder con
la sibilina belleza de sus decrépitos personajes. Le cantó
a la muerte viviente que se entrevera en los cuerpos. Desenmascaró
la objetiva crueldad que despedía la voz de los poderes. El mal,
según se lo conocía, no era tal: la diferencia con el bien
dependía de la posición. La verdad estaba invertida y el
peso de los valores dependía del sitio en la rueda de la fortuna.
Lo que se dice Piedad, era la mano hipócrita y monstruosa, cruel
por legalidad, que hace su tarea valiéndose del tiempo y del acaparamiento
trivial de las fuerzas productivas.
Lo bello es la cara externa del amor,
el odio puede serlo gracias al brillo de la mirada, se espía a través
de las arrugas. Según él reclamó, un cartel limita
la entrada de perros a la necrópolis.
Se me caen los párpados, apagaré
la luz. Cual un fantasma, un poeta transparente y callado (sólo
se notará cierto rumor del pedregullo, un bastón que circula
inclinado, tal vez una rama) cada setenta años, tras largas siestas,
saldrá por las noches, caminará entre las matas, inventariando
los nuevos habitantes del Cementerio de Montparnasse, luego -aburrido-
volverá a su lugar.
Miércoles, 5 de mayo
Avenue Maine, medianoche.
Los parisinos suelen orinar en la acera, son más los charcos nocturnos.
Uno avanza esquivando el líquido y salta levemente para evitar el
afluente angosto que desciende largo hacia la calle.
También hay cartoneros: trabajan
sólo de noche, parecen buscar en la basura objetos específicos.
Van de a uno. A su vez, los desalojados, bajo el alero de algún
gran banco o entidad financiera, se arman una especie de family room
con deshechos. Durante el día, duermen profundamente envueltos enteros
en trapos o restos de tela.
Están prohibidos los desalojos
durante el invierno. Creen, con eso, evitar las muertes por congelamiento
en la vía pública. Aunque sólo logren que el hipotético
helamiento se atribuya -directamente- a tal desalojo, es una delicadeza.
El desalojo se ejecutará recién pasado ese invierno. Pero,
cuando en el año siguiente el frío retorne, encontrará
-aún en la calle- a los desalojados. Los que, seguramente, morirán
y la naturaleza será la culpable visible del aciago final. A la
mañana, alguien del tráfico urbano llamará a la Municipalidad
y el camión removerá el bulto. Una peste paulatina que transita
por debajo.
La primera piedad habrá sido,
entonces, regalarles la vida de los meses intermedios. Su disimulado reverso,
la decisión oficial de que, tapados por las sombras, mueran oscuros
en solitarias veredas.
Antes de llegar a la puerta del molinete
que impide el paso sin el boleto magnético, el acceso al Metro tiene
un tramo subterráneo de tránsito materialmente libre.
Ese túnel tiene un cartel
que me pareció inexplicable, dice:
“Trayecto reservado únicamente
para viajeros munidos del correspondiente boleto pago”
Disposición
inútil por la obviedad.
Podría ser el refugio de un
desalojado, la prohibición, para transitar o permanecer en el túnel
es aplicable (sutilmente) sólo a él, que no podría
justificar su calidad de viajero y carecería de boleto pago. Pero
las rejas, lindas, de la estación Odeon son
Art Noveau.
En algún momento -supe- hubo
un movimiento popular que hizo abrir algunas estaciones para abrigo nocturno
de los deambuladores sin techo.
Jueves, 6 de mayo
Salgo a las seis de la mañana,
caminando por la rue Daguerre, con el antojo de comprar una baguette
caliente y un queso camberbert. La calle es angosta, un tramo de siete
u ocho cuadras entre dos avenidas (acá, como las cuadras son irregulares,
las cuentan por minutos de caminata), conseguir un cuchillo, volver al
hotel, aprontar el mate.
La arteria está llena de locales
y escaparates a los costados. Se ve el armado de la infraestructura de
los negocios, la vereda es el lugar de exhibición, lavan los pisos
con mangueras, empleados de la noche que se van y los matutinos que llegan.
El enorme camión verde de la basura con implementos mecánicos
interrumpe el tránsito.
Hace frío. Los parroquianos
todavía toman vino de pie alrededor del mostrador, otros desayunan
en mesitas al lado de las ventanas. Me acuerdo de la taberna de Moderato
Cantabile: Marguerite Duras, la década del 50’. Jean-Paul Belmondo,
Jeanne Moreau. (Se escuchaba las notas del piano que bajaban desde un ventanal,
hubo un asesinato pasional entre las mesas.)
Había una sola industria en
el pueblo en la que todos trabajaban. Ella era la esposa del Presidente
de la fábrica. Vivía en la mansión del caserío.
Empezó a beber vino con un obrero mientras esperaba que su hijo
terminara las clases de piano. El vino lo servía la tabernera, sobre
la barra, en vasos altos, acampanados. Se tomaba de pie. La relación
con el obrero se hizo habitual y etílica. Los parroquianos guardaron
reserva; casi no miraban. El sonido de fondo era la lección de piano
cuyo rumor descendía sobre el lugar, repitiendo las mismas notas,
indefinidamente. El hastío de ella la impulsaba a coquetear con
la muerte violenta. Quería romper la rutina, reeditar la pasión
de los amantes cuya tragedia había desembocado en el asesinato del
bar. Él, era representante del rústico amor masculino y,
en cada encuentro, le entregaba fragmentos de las averiguaciones que había
hecho (o inventaba) sobre la historia trágica de aquellos amantes.
Desde afuera, el bar de la rue
Daguerre parece envuelto en una sola conversación pueblerina que
viene del día anterior. El humo flota, la habitualidad del encuentro
se deduce de la mansedumbre de las risas y los gestos que veo a través
del ventanal. Pego la cara contra el vidrio, sin atreverme a entrar (después
me arrepiento). Me invade, de pronto, cierto temor al ridículo.
Tienen otra versión de sombras
y luces. El umbral para el pudor está corrido, se reemplaza por
el silencio extendido, lo que se dice “sentido de la oportunidad”. Otra
vez, vi alguien que eructaba ruidosamente, y él solo se justificó,
exclamando: “La nature... (est un temple divin”, decía
Baudelaire.)
Hay sitios que son como escenarios
con obra teatral en curso. Al entrar, uno irrumpe a la vista de todos.
Se puede, incluso, pensar libremente intimidades en voz bien alta (vi mucha
gente hablando sola). Se toleran recíprocamente los secretos, lo
íntimo puede mostrarse sin escándalo. Repudiable, en todo
caso, sería la puritana indiscreción. La hipocresía
es regla civilizadora: “¡Oh monstruosidades que claman por un manto!”,
dijo Baudelaire.
Más que obscenos son lúbricos
de un respeto asiático por la escenografía. De ahí
la elegancia. Personalmente, no son sucios, sino adictos al contraste radical
de los olores. Auguran “merde... merde!” para desear ¡buena
suerte! Ellos le dan importancia a la homofonía con mer (mar)
y mère (madre), lo que muestra la alta estima en que tienen
a la mierda. Las señoras ricas de Buenos Aires, coquetamente, lo
repiten en francés convencidas de que es signo de audacia y buen
gusto.
Entonces, si ocurre una catástrofe
en sitio público, se abren en abanico y observan absortos la sangre,
los detalles, los daños... la historia. Se interrumpen los ruidos
como si hubiera alguna coordinación general. Llega el auxilio público,
la gente los deja hacer. Alguien, en medio del silencio, podrá vociferar
su indignación, hacer un reclamo de justicia social (los oyentes
asentirán pensativos, en general, los accidentados son trabajadores,
y la protesta se incorpora al paisaje, como una instantánea impresionista).
El que estaba leyendo no dejará
de leer. (También los desalojados, protegidos bajo un alero de la
lluvia nocturna, leían algún libro tranquilamente aprovechando
la luz del alumbrado. Los franceses leen casi todo el tiempo.) Al rato,
retornará el tránsito y el ruido ciudadano: avanzando sobre
la arena, la mer borra las huellas del dolor transcurrido.
Viernes, 7 de mayo
13 horas. Librería Shakespeare,
parece del siglo XVIII, está llena de libros en inglés entre
escalones y mosaicos irregulares. Estoy sentado afuera, sobre unos bancos
macizos de madera, bajo árboles que se asoman al empedrado, al lado
del resto de bronce pintado de una vieja fuente con la escultura de cuatro
mujeres que se abrazan desnudas en actitud ingenuamente lasciva. Cruzando
el Sena se ve la Catedral de Notre Dame. Hay libros en cajas sobre la vereda,
los turistas revuelven, obreros extranjeros hacen reparaciones. Un rincón,
aún más antiguo de la librería está cerrado,
sólo puede espiarse a través de los vidrios.
Llega un gran gordo que canta y está
pegando afiches de propaganda en la pared, por sobre mi cabeza, de un concierto
–dice- de las más bellas obras de Chopin “en la Iglesia de Saint
Julien le Pauvres”. El encargado de la librería es un joven
rubio simpatiquísimo, lamento no dominar el idioma para internarme
en las obras. Una panorámica de la librería tiene una leyenda
de su fundador, George Withman, dice: “No sea inhóspito con los
extranjeros porque los ángeles se molestarán”.
Sigo el rastro de los carteles, son
anaranjados, llego a un hotelucho todo de madera donde estuvo Víctor
Hugo. Se llama “Esmeralda” como una de sus obras, ¿qué menos?
Parece un edificio demediado. Entro. El hombre de la caseta habla perfecto
castellano. Debe ser peruano. Me pica la curiosidad por las habitaciones.
Pregunto, es un alivio hablar con soltura. Hay una sola disponible por
una noche. Le pido visitarla. Me mira cómplice, tal vez porque se
estacionó una mujer a mi lado. Me insiste: únicamente hasta
la mañana siguiente. Es la 14 del tercer piso, sin intención
de acompañarme, me da un gran llavero medieval de madera.
Voy subiendo las escaleras laberínticas,
la madera retumba. Pienso: “No limpian desde que se fue Víctor Hugo”.
Antes de los puentes sobre el Sena, aquí estaban los arrabales.
Es un resto del París de Baudelaire.
Durante la Comuna hubo obreros que
se dirigieron a Notre Dame para incendiarla. Otros comuneros se lo impidieron.
Desde este edificio, se hubiera podido contemplar toda la escena. Todavía
se discute quién tenía razón.
Lo más importante de la habitación
es la cama, detrás le implantaron un baño: rococó
con largos pelos olvidados de una gran dama anterior de secretos olores.
Desde la ventana la vista es amplísima, plazas, árboles,
la cúpula de la Iglesia. La Catedral de Notre Dame.
Debería haber tenido una amante
francesa, austrohúngara o caribeña, que se asomara semidesnuda
azorada por la placidez del Sena. Yo irrumpiría de golpe con la
fuerza de los tres mosqueteros y, habiendo atado mi caballo en el travesaño
de la entrada, la montaría -reflejado en el espejo- sin que ella
cambiara de inclinación ni dejara de mirar el paisaje.
Sábado, 8 de mayo
En el 18, rue de Bellechasse,
camino al Museo D’Orsay, hay un edificio neoclásico, panzón
y solemne, la Academia de Agricultura de Francia. En la entrada, pintaron
sobre la piedra una raya negra, con un cartel que dice: “Crue de la
Seine, 28 janvier 1910”. Es decir, hicieron registro visible del nivel
y la fecha en que el Sena desbordó inundando los alrededores, como
si detrás de las paredes hubiera señores de traje negro,
corbata floreada encargados de ponerle cartelitos al tiempo. Nuestra Avenida
Juan B. Justo, entonces, que no cesa de acoger las aguas del Arroyo Maldonado,
sería digna de conmemoraciones equivalentes.
París nunca alcanza, antes
de empezar la adaptación hay que iniciar la partida. Todo es trabajo,
el primer punto es el idioma, el desarrollo de las tonalidades suena a
engolamiento de quien habla con la boca llena, está pegado al amor
por Francia, orgullo difícil de compartir.
Apareció un libro póstumo
de Marc Bloch, historiador, fusilado por los alemanes el 16 de junio de
1944. Intuyendo que su sacrificio sería depreciado empujaba para
ponerse en la fila de los devotos. Su padre en 1870 había defendido
Estrasburgo en contra del triunfante asedio alemán. La vocación
les venía del bisabuelo que ya en 1793 combatió por Francia.
Catedrático, Profesor Titular
de Historia Económica en la Sorbona, Capitán, condecorado
en las dos guerras mundiales, mártir de la resistencia antinazi,
Bloch para defenderse contra el desprecio a los metecos, exhumó
a pie de página una bella carta ajada que su bisabuelo Getschel
Bloch -soldado judío- voluntario en la primera línea de fuego,
había escrito en hebreo-yidish en medio de las balas alemanas.
Los franceses portan una transacción
personal que liga la eficiencia global con la tradición, se lo inculcan
desde chicos. Se relaciona con la agricultura, la herencia por generaciones
de la manera de trabajar la tierra, un artesanado rural de familia. El
equivalente en el “espíritu militar” sería el aprecio del
orden entre los mandos. En Argentina, “subordinación y valor”, se
usan como sinónimos.
Sciarretta hablaba de la predestinación
calvinista: cada uno posee un sitio prefijado para sufrimiento o placer.
Teniendo, por fuerza del idioma, reducidala suerte a mera “chance”,
se hace acopio de honores por mérito, fructificando la responsabilidad
social.
Quién se salva o se pierde
es un misterio establecido por decisión de Dios. También
quiénes están predestinados a la destrucción, al mal,
al castigo, a alguna maravilla. Es funcional al desarrollo capitalista.
La torpeza es antifrancesa, el Mariscal Petain más que traidor,
habría sido un estúpido viejo vil que confió en la
invulnerabilidad de la línea Maginot.
La sabiduría, acá,
es el placer por los estamentos republicanos, que Bloch vivía como
adelanto de un sueño. La Nación existe, uno se incluye por
elección. Es un espacio de seguridad en que el buen burgués
se funde con el demócrata. La burocracia sobreabunda y pertenecer
tiene sus beneficios.
Domingo, 9 de mayo
Último día, mañana
me voy.
Después de una lluvia fugaz
caminaba por la rue Daguerre. El sol del crepúsculo iluminaba
el agua y la gente toda junta salió de sus cuevas, gesticulaban
y circulaban con las mismas maneras que yo les había visto los días
anteriores. Incluso el ritmo parecía responder a una melodía
muda impresa en sus cabezas. Idénticas medias sonrisas, la rigidez
de los torsos, la suave combinación de colores en la ropa. Los peinados...
la escena completa parecía prevista por el mismo director.
Me sentí, de pronto, dentro
del Truman Show: la película que contaba la vida de un muchacho
dentro de un reality show televisivo, el pueblo era un gran estudio
cinematográfico y todos sus habitantes eran actores cumpliendo su
rol. Para Truman la ficción era la realidad. Nació ya cautivo
y creció dentro del espectáculo, en una vida rosa algodón.
Toda la ciudadanía seguía la telenovela y rezaba para que
él, sí, pudiera salirse del abrazo, teniendo el coraje de
dar un salto de libertad en representación de todos.
En
La Invención de Morel
la realidad está libre y la irrealidad presa dentro de una mecanismo.
Él, llega de la realidad a una isla, pero es un fugitivo. En el
subsuelo de un viejo edificio abandonado encuentra una película
que funciona sin fin en la que está la mujer de sus sueños
de la cual se enamora irremisiblemente. Pergeña la forma técnica
de introducirse en el film. A la vez que descubre el camino para hacerlo,
se percata que uno de los personajes -como él- es un enamorado tardío
que utilizó el mismo artilugio. Ahora, la introducción en
la ficción le costará la vida. La pasión lo impulsa
al cambio y, de alguna manera, es un héroe o un pintor rendido a
su modelo.
Truman al salirse, abandona el rol
de héroe, pasa de cautivo a fugitivo, pero no escapará del
espectáculo que ya dominó la vida real. Uno se debate dentro
de circuitos envolventes que se abrazan entre sí, podrá cambiar
de circuito pero no zafará del abrazo. A nadie se le ocurre violar
las jerarquías, hay como una alianza entre el autismo cultural y
la paz de la vida corriente. Tanto Truman como Morel escapan de una prisión
para entrar en otra.
Tal vez desde las tinieblas, sólo
reconozco la aptitud francesa para la lógica, su apego a la constancia
y estoy como el peor alumno rumiando en el fondo de la clase. Cerca de
la partida, me queda una sensación de pérdida, como de renuncia
sin objeto, en medio de ellos me pregunto ¿qué hice aquí?
Viajaba, en el metro, con el poeta
brasilero. Apretados en butacas cruzadas, estábamos pegados a una
chica que leía y a un señor de anteojos. Yo le contaba mi
teoría sobre los franceses, y le ponía de ejemplo a nuestros
vecinos de asiento, analizando sus fisonomías en voz alta. Ninguno
se inmutó y mis referencias a ellos eran cada vez más puntillosas,
simplemente no existíamos. Luego, en el bar, había dos norteamericanos
de prominentes cabellos, entrados en carnes y pelo atado usando una gomita.
Con aire de profesores universitarios, hablaban en inglés casi gritando
orgullosos de lo que decían, relataban cosas de Chicago como si
estuvieran ahí.
¿Quién es dueño
de los estilos? El orgullo es el leitmotiv para justificar la pelea entre
ciudadelas imperiales que no terminan de caer. Debe haber un director o
un pensamiento madre sin pensador. Los personajes quedarán finalmente
pegados al papel asignado. Vistos desde afuera responden a una media estética,
incluso sus acciones son fieles a reglas de crescendo e intriga.
Salvo los artistas, el francés
medio es hermético pero nadie lo sabe porque sus ademanes recuerdan
a los teatros. Es portador de una cultura, no su dueño. Refractario
al otro distinto, su idiosincrasia, sin embargo, se va integrando con la
multiplicidad de inmigrantes. Mientras, cumplen los cánones generalizados
por los pintores impresionistas. La unidad es un montaje, un agregado publicitario
de segmentos y puntos. La intensidad y los colores imitan a los cuadros,
las películas también imitan a los cuadros. La gente marcha
según la marca para sus pasos. ¡Oh la estética!
Mayo de 2004
Carlos
Tobal
Abogado y escritor argentino
carlostobal@tutopia.com
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