García
Márquez,
la Real
Academia y los diccionarios
Rubén
López Rodrigué
Fue a los
cinco años el primer contacto de Gabriel García Márquez
con la letra escrita, con el que había de ser el libro fundamental
en su destino de escritor. Una tarde el abuelo lo llevó a conocer
los animales de un circo que estaba de paso en Aracataca, su pueblo natal.
Bajo la carpa grande como una iglesia, lo que más le atrajo fue
«un rumiante maltrecho y desolado con una expresión de madre
espantosa.
—Es un camello —me dijo el abuelo.
Alguien que estaba cerca le salió
al paso:
—Perdón, coronel, es un dromedario.
[...].
Sin pensarlo siquiera, lo superó
con una pregunta digna:
—¿Cuál es la diferencia?
—No la sé —le dijo el otro—,
pero éste es un dromedario. [...].
Aquella tarde del circo volvió
abatido a la oficina y consultó el diccionario con una atención
infantil. Entonces supo él y supe yo para siempre la diferencia
entre un dromedario y un camello. Al final me puso el glorioso tumbaburros
en el regazo y me dijo:
—Este libro no sólo lo sabe
todo, sino que es el único que nunca se equivoca.
Era un mamotreto ilustrado con un
atlante colosal en el lomo, y en cuyos hombros se asentaba la bóveda
del universo. Yo no sabía leer ni escribir, pero podía imaginarme
cuanta razón tenía el coronel si eran casi dos mil páginas
grandes, abigarradas y con dibujos preciosos. En la iglesia me había
asombrado el tamaño del misal, pero el diccionario era más
grueso. Fue como asomarme al mundo entero por primera vez.
—¿Cuántas palabras
tendrá? —pregunté.
—Todas —dijo el abuelo».[1]
Cuando el abuelo -quien fue soldado
en las guerras civiles colombianas- le regaló el diccionario lo
leyó como una novela, en orden alfabético y sin entenderlo.
Se le despertó tal curiosidad por las palabras que aprendió
a leer más pronto de lo esperado. Un gran maestro de música
dijo que un piano debe tenerse en la casa para que los niños jueguen
con él, y no es humano imponer el castigo diario de los ejercicios.
Esto fue lo que le sucedió al creador de Cien años de
soledad con el diccionario de la lengua castellana: siempre lo vio
como un juguete para toda la vida. No como un libro de estudio.
«Lázaro, levántate
y anda»
Decíamos que este diccionario
fue, es el libro básico de García Márquez en su oficio
de escritor. Las palabras son las herramientas del escritor, el artista
de la pluma escribe a la luz de las palabras. Se requiere de un buen diccionario
de la lengua, además de un diccionario etimológico y otro
de sinónimos y antónimos para conocer y manejar los utensilios
de trabajo.
Ser escritor supone que el tejido
de lenguaje no se parezca mucho al hilvanado por los demás, implica
tener un estilo más o menos innovador forjado en la fragua del trabajo.
Una norma básica del estilo es la palabra exacta, pues al escritor
que no defiende con fiereza la precisión de cada una de ellas se
le considera un impostor. Es obvio que un mayor dominio del vocabulario
no lo hará mejor en su arte. No se escribe sólo con vocablos.
En sentido estricto la palabra no
tiene significado sino que está en potencia de significación.
No dice nada. En la frase posee un determinado sentido según el
contexto en que se encuentra, puede recibir las acepciones que el diccionario
le asigna, pero también otras que no le atribuye, es decir, a ese
esqueleto se le pone el tejido muscular y nervioso de las nuevas significaciones.
Los vocablos sólo son palabras cuando son dichas por alguien, dice
Ortega y Gasset, así como un libro sólo existe si tiene un
lector. Un problema es que siendo rigurosos no existen los sinónimos,
un término no es igual a otro; pliego, memorial, documento y carta,
que aparecen como sinónimos, tienen un significado distinto.
El diccionario es un cementerio donde
yacen las palabras muertas. Y en tanto ellas implican siempre una metáfora,
una transposición de sentido, el escritor es un mago que puede convertir
la momia de la palabra en un ser rebosante de vida. En el Museo del Cairo
al cuerpo del faraón Ramsés II lo destruían los rayos
ultravioleta y una floración parasitaria. Fue llevado al Museo del
Hombre en París donde los especialistas examinaron la momia, la
rejuvenecieron con las técnicas más sofisticadas de la energía
atómica, la fotografiaron en alto relieve para que después
se hicieran copias parecidas, la envolvieron en sus bandas de lino oriundas
del antiguo Egipto, la aromatizaron con sándalos de los oasis del
Sahara, la volvieron a vestir con sus indumentarias faraónicas,
la atesoraron en una cabina de plástico indestructible y antiséptico
con el fin de preservarla de la contaminación y la depositaron en
un sarcófago para devolverla a su lugar de origen. De manera similar
procede el escritor que resucita los vocablos inertes del museo de los
diccionarios y los transforma en seres donde hierve la vida plena de sentido.
García Márquez mantuvo
la curiosidad por los vocablos hasta la adultez, cuando pelea a trompadas
con las palabras y por lo general son ellas las que salen ganando. Esta
guerra cotidiana no respeta límites: «Un pobre hombre solitario
sentado seis horas diarias frente a una máquina de escribir con
el compromiso de contar una historia que sea a la vez convincente y bella
agarra sus palabras de donde puede. La guerra es más desigual aún
si el idioma en que se escribe es el castellano, cuyas palabras cambian
de sentido cada cien leguas, y tienen que pasar cien años en el
purgatorio del uso común antes de que la Real Academia les dé
permiso para ser enterradas en el mausoleo de su diccionario».[2]
Las palabras las crea la gente en
la calle. No los académicos. Los autores de los diccionarios las
embalsaman por orden alfabético, luego de capturarlas casi siempre
con mucha tardía y en numerosas ocasiones cuando ya no tienen el
significado que les asignaron sus inventores. Desde antes de ser editado
todo diccionario de la lengua comienza a desactualizarse y por mucho que
se esmeran los autores no logran echarle mano a las palabras en su carrera
hacia el cajón desteñido del olvido. Al mausoleo del diccionario
le servirían de separadores nervaduras de hojas disecadas, plumas
de pájaros exóticos y alas de mariposas.
De ahí que García Márquez
siente una gran admiración por María Moliner, que con su
Diccionario de uso del español trabajó para él
sin saberlo. Esta mujer española elaboró un diccionario de
uso en el tiempo que le quedaba libre de remendar calcetines y de su oficio
de bibliotecaria, con el método infinito de agarrar al vuelo las
palabras desde que nacían y las escribía en fichas en la
comodidad de su casa; en especial las que hallaba en los periódicos
«porque allí viene el idioma vivo, el que se está usando,
las palabras que tienen que inventarse al momento por necesidad»,
dijo en una entrevista.
Los diccionarios de uso tienen la
ventaja de que intentan atrapar algo esencial para la buena escritura:
el significado subjetivo de las palabras. Además de plasmar lo que
significa cada palabra, también señala cómo se usa
y se incluyen otras que la pueden sustituir. Son diccionarios para escritores
y sus palabras llevan pegados olor, sabor y sonido. Así, García
Márquez relata que en un ardiente verano de Roma tomó un
helado que le supo a Mozart, y un amigo suyo probó en un restaurante
unos riñones al jerez y dijo suspirando que sabían a mujer.
Una tisana de hierbas viejas le supo a procesión de Viernes Santo,
un cordero y sus inclementes balidos de tono metálico se le pareció
a un faro, muchas veces ha comido un arroz con sabor a solapa y un pan
que sabe a baúl, y ha tomado un café con sabor a ventana
y una sopa que sabe a máquina de coser.
En cambio los diccionarios de la
lengua no pueden trazar la dimensión subjetiva de las palabras.
Cierta vez el filólogo Roberto Cadavid, con el seudónimo
de Argos, se preguntó en su columna de El Espectador qué
diferencia había entre un barco y un buque. El diccionario de la
Real Academia Española decía que un buque es un «Barco
con cubierta que, por su tamaño, solidez y fuerza es adecuado para
navegaciones o empresas marítimas de importancia». En esa
definición se confundía el barco con el buque y esto llevó
a pensar a García Márquez, quien tenía otra columna
en el mismo diario, que existía una diferencia subjetiva entre las
dos palabras. Los buques no servían sino para empresas fluviales,
eran los del río Magdalena, con dos chimeneas sustentadas con leña
e impulsados con una rueda de madera en la popa; mientras, según
se decía en casa de los abuelos con quienes se crió, los
barcos se utilizaban para empresas marítimas, eran únicamente
los de mar, como los que transportaban el banano desde Santa Marta hasta
Nueva Orleans.
En sus Notas de prensa García
Márquez destaca que un problema muy serio que nuestra desmedida
realidad tropicoamericana le plantea a la literatura es el de la insuficiencia
de palabras. Si a un lector europeo no se le describe un río, lo
más que puede imaginarse es algo tan grande como el Danubio, que
tiene 2.790 kilómetros, a diferencia del Amazonas, que tiene 5.500
kilómetros de longitud, es más ancho que el mar Báltico
y frente a Belén del Pará no se alcanza a divisar la otra
orilla. «Cuando nosotros escribimos la palabra
tempestad,
los europeos piensan en relámpagos y truenos, pero no es fácil
que estén concibiendo el mismo fenómeno que nosotros queremos
representar. Lo mismo ocurre, por ejemplo, con la palabra lluvia.
En la cordillera de los Andes, según la descripción que hizo
para los franceses otro francés llamado Javier Marimier, hay tempestades
que pueden durar hasta cinco meses. "Quienes no hayan visto esas tormentas",
dice, "no podrán formarse una idea de la violencia con que se desarrollan.
Durante horas enteras los relámpagos se suceden rápidamente
a manera de cascadas de sangre y la atmósfera tiembla bajo la sacudida
continua de los truenos, cuyos estampidos repercuten en la inmensidad de
la montaña". La descripción está muy lejos de ser
una obra maestra, pero bastaría para estremecer de horror al europeo
menos crédulo».[3]
Son interminables los ejemplos de
la necesidad de inventar todo un sistema de palabras nuevas para nuestra
realidad atravesada por el realismo mágico. F. W. Up de Graff, un
explorador holandés que se aventuró en el Amazonas a comienzos
del siglo XX, dijo que había transitado por una región donde
no se podía hablar en voz alta porque se desliaban torrenciales
aguaceros. Dijo que conoció un arroyo de agua hirviendo donde se
cocían huevos duros en cinco minutos. El propio García Márquez
dijo que en la costa caribe de Colombia un hombre le rezó una oración
secreta a una vaca con gusanos en la oreja, y vio caer los bichos muertos
mientras el fulano hacía la oración.
No insistiremos nunca lo bastante
en que el trabajo del escritor es con las palabras y su función
se mantiene por las palabras, con vocablos arrancados de lo más
hondo de su ser llena un manojo de papeles blancos. En el diccionario de
la Academia se aceptan las palabras ya a punto de fenecer, cuando están
muy gastadas por el uso, y sus definiciones son tan rígidas como
el cadáver momificado de Ramsés II. Fue contra esa pauta
que María Moliner se dedicó a escribir su diccionario en
1951 y lo dio por terminado en 1967; no obstante esos dieciséis
años de mística labor, continuó haciendo fichas a
la espera de que las nuevas palabras fueran incluidas en futuras ediciones.
García Márquez se refiere
al diccionario de la RAE en los términos despectivos de «terrible
esperpento represivo». Alguna vez quiso saber sobre las diferencias
entre fantasía e imaginación, pero las definiciones del diccionario
no sólo le resultaron muy poco comprensibles sino que, además,
se daban al contrario. En una imaginación estrecha y confusa, una
primera acepción definía a la fantasía como «una
facultad que tiene el ánimo de reproducir por medio de imágenes».
Y su segunda acepción fijaba que es «una ficción, cuento
o novela, o pensamiento elevado e ingenioso», lo cual le creó
un mayor desconcierto. Según lo que nuestro admirado escritor entendía
es que la fantasía no tiene nada que ver con el mundo en que habitamos,
es una pura creación fantástica de un gusto poco recomendable
en las producciones artísticas. Y pensaba que la imaginación
era la única creación en bellas artes que le parecía
válida, una virtud especial que portan los artistas para inventar
una nueva realidad a partir de la existencia que viven.
Es una afición suya encontrar
imbecilidades de los diccionarios y percatarse que a veces se dan cuenta
de que han hecho el ridículo y lo corrigen en una edición
posterior. Esto le pasó al de la Real Academia Española con
la definición de perro: «Mamífero doméstico
de la familia de los cánidos, de tamaño, forma y pelajes
muy diversos, según las razas, pero siempre con la cola de menor
longitud que las patas posteriores, una de las cuales levanta el macho
para orinar». Una precisión excesiva que se prestó
para muchas burlas.
La herramienta predilecta de García
Márquez es un diccionario de la vida real, como el descubrimiento
que hizo por casualidad de un diccionario de orígenes, a la vez
curioso y divertido. Se llama ¿Desde cuándo? y su
autor, Pierre Germa, cataloga el origen de ochocientos objetos y costumbres
de la vida cotidiana. En otra ocasión García Márquez
escuchó que Aldous Huxley se había leído los casi
treinta tomos de la Enciclopedia Británica y durante años
quiso emular la proeza. El consuelo fue leer en una noche ese diccionario
de la vida diaria con la misma tensión y el mismo deleite con que
se lee una novela de misterio.
El diccionario de orígenes
narra con precisión y donaire en qué lugar se construyó
el primer faro, quién fue el primero que se lanzó en paracaídas,
quién inventó la máquina de lavar, desde cuándo
se utiliza el aceite de ricino, en qué mar navegó el primer
petrolero y muchas otras curiosidades. «A los escritores les gustará
saber, por ejemplo, que una de las máquinas de escribir construidas
en el siglo pasado [XIX] se llamaba "el piano de escribir" y que su cliente
más entusiasta fue el escritor Mark Twain. Se preguntarán
sin duda -porque el diccionario no lo dice- qué se hizo de la máquina
de escribir en chino, que según se dijo hace muchos años
había sido inventada por el escritor americanizado Lin Yutang».[4]
Con el tiempo García Márquez
terminó por adherirse más a las leyes infalibles del sentido
común, al instinto del idioma según se escucha en la calle.
En su entender el mejor idioma es el más impuro, el más vivo,
no el más puro. La lengua que le parece más imaginativa,
más flexible, más expresiva es la de México, quizá
porque es la lengua de emergencia de un pueblo que sepultó los idiomas
nacionales antiguos y a la par aprendió de forma inadecuada el que
les llevó Hernán Cortés. Un buen ejemplo de esta apreciación
garcíamarquiana es que los mexicanos distinguen entre mendigo
(sin tilde) para el que pide limosna, y se usa más como sustantivo,
y méndigo (con tilde) para el que no la da, y se emplea más
como adjetivo.
Hubo que descolgar muchos almanaques
antes de que supiera por sí mismo, contrario a lo que le decía
el abuelo, que los diccionarios no lo saben todo y cometen equivocaciones
casi siempre muy divertidas. Pero se le quedó para siempre la costumbre
del ex coronel de consultar para todo el diccionario, ya que después
de escribir lo consulta para comprobar si están de acuerdo.
2 de diciembre de 2004
Rubén
López Rodrigué
Director de Rampa
rdlr@epm.net.co
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