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5 de diciembre de 2004
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La Jornada Semanal de México - 5 de diciembre de 2004

Una moderna Casandra

Ricardo Bada


ELFRIEDE JELINEK, PREMIO NOBEL 2004

El próximo viernes 10 se entregarán en Estocolmo los Premios Nobel. Es el aniversario de la muerte de Alfred Nobel, inventor de la dinamita, para nombrar tan sólo la más inocente de sus invenciones (la dinamita goma y la balistita son más devastadoras todavía), y a fe mía que algún galardonado le hace honor al patrón del Premio. Este año se da el caso con el Nobel de Literatura.

Pensando a principios de octubre en pronósticos para el Nobel de Literatura, tan sólo se me ocurrieron tres mujeres ninguneadas en los últimos tiempos: Marguerite Yourcenar y Mary McCarthy entre las difuntas y Doris Lessing entre las vivas. Y lo que son las cosas: a los pocos días, la Academia Sueca decidió conceder por décima vez su galardón a una escritora y eligió para el caso a la austriaca Elfriede Jelinek. Dicho sea de entrada y sin la menor duda: mejor hubiese sido Doris Lessing, o Margaret Atwood, pero Elfriede Jelinek no es una mala elección, al menos desde un punto de vista literalmente Nobel –pues lo que escribe suele ser dinamita pura–, y también por dos razones más.

La primera de ellas, porque con la Jelinek se distingue por vez primera a un escritor austriaco, y hay que recordar que la república alpina, haciendo honor a ese gentilicio, ha poblado el panorama de la literatura en lengua alemana con algunas cumbres de primera categoría. Para empezar valgan los nombres de Karl Kraus y Stefan Zweig (quien curiosamente promovió la candidatura al Nobel de Literatura, y no al de Medicina, de Sigmund Freud), y para continuar, los de Arthur Schnitzler, Hermann Broch, el indeglutible Robert Musil, Heimito von Doderer, Albert Drach, Thomas Bernhard y, según el gusto de muchos, entre quienes no me cuento, Peter Handke: aunque el mérito sí se lo reconozco. Hora, pues, de que se haya reconocido también, en la persona de esta escritora tan especial, el aporte de Kakania a dicha literatura. Elías Canetti, por si alguien me lo citase como lapsus de mi memoria, no era austriaco sino igual que Hermann Hesse era suizo: sólo de pasaporte; y su último pasaporte fue británico.

Y en segundo lugar, Elfriede Jelinek no es una mala elección porque se trata de una buena escritora, si bien una voz interior me llama a capítulo y me dice que ser nada más una buena escritora es muy poco equipaje para subirse al tren del Nobel. Sobre todo pensando en por lo menos una docena de escritoras y escritores bastante más que buenos que se quedan en el andén: empiecen por Doris Lessing y terminen por Margaret Atwood, ya citadas, pasando por Adonis, Arthur Miller, Vargas Llosa, Gonzalo Rojas, Juan Goytisolo, Harry Mulisch, Hugo Claus, Pramoedia Ananta Toer, Harold Pinter, Antonio Lobo Antunes... Pero pedirle peras al olmo de la Academia Sueca es aquello que diría Shakespeare: trabajos de amor perdidos.

El día que se hizo público el premio, allá por el lejano octubre, estuve viendo en la tv alemana una entrevista ad hoc con el sumo pontífice de la crítica de este país, Marcel Reich-Ranicki, quien decía más o menos lo siguiente: que su entusiasmo por la obra de la Jelinek no era muy grande, pero que su simpatía y su respeto por el valor, la radicalidad, la decisión y la rabia con que defendía sus opiniones eran, ellos sí, enormes. Y uno de los monstruos sagrados del teatro en lengua alemana, Claus Peymann, aseveraba que Elfriede Jelinek es una Casandra moderna, una de esas voces indesoíbles y al mismo tiempo indesoídas que nos ponen en guardia ante la catástrofe que nos cerca y nos asedia, algo así como una voz predicando en el desierto de la vida contemporánea.

Dramaturga que se inició en 1979, con Lo que ocurrió después que Nora abandonara a su marido, o Los pilares de las sociedades, y que ha combatido en sus obras las lacras y el derechismo vergonzoso de la sociedad austriaca, es junto con Bernhard –aunque de una manera segundona y epigonal respecto al gran creador que Bernhard fue– el exponente más alto del rechazo al stablishment y a los sacrosantos valores de dicha sociedad. Novelista de increíble crudeza narrativa, sobre todo en la que pasa por ser su obra maestra, Lust, traducida en España por Carlos Fortea como El ansia, finalmente habría que concluir con Miguel Sáenz, uno de los mayores expertos en literatura alemana de que gozamos entre nosotros, que lo más valioso de su obra es el oído: como todos los austriacos cultos, su oído es de primera división. Y lo demostró en La profesora de piano, novela suya muy autobiográfica, llevada al cine por Michael Haneke con el título La pianista. Aunque luego le fallase en el drama Clara S. (la S. vale por Schumann), donde quiso demostrar que todo lo que compuso Schumann era obra de su esposa, Clara Wieck, gran virtuosa del piano.

Me queda por reseñar un pormenor hispánico de la obra de Elfriede Jelinek, y son las palabras liminares con que se abre la novela Lust (El ansia), unos versos de San Juan de la Cruz, de sus Canciones entre el alma y el Esposo, y que dicen: "En la interior bodega/ de mi Amado bebí,/ y cuando salía/ por toda aquesta vega,/ ya cosa no sabía,/ y el ganado perdí/ que antes seguía".

 
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