| Coletillas al Margen
El gran
reto de América Latina
Carlos
Angulo Rivas
La experiencia
de los últimos veinte años nos lleva a una sola conclusión
final. El destino de América Latina está, en lo fundamental,
ligado a la derrota y a la destitución de su “clase política”
instituida como la representación nacional de cada país.
El juego “democrático” legal al que es adicto este enjambre de políticos
enraizados, enfermos crónicos de los pezones presupuéstales
y líderes perpetuos unidos en los partidos políticos tradicionales,
constituye la razón de ser de esta “clase política”. La administración
del Estado en manos de esta gente es la misma, matemáticamente idéntica
y sin variantes precursoras, en tanto y en cuanto los variopintos partidos
viejos pueden ser numéricamente varios pero en el fondo uno solo
guiado por la santa alianza de la inmoralidad y la corrupción, enfermedad
endémica de la región que sólo puede terminar con
la cesantía, jubilación y desafuero de su “clase política”.
Tal situación ha ocurrido en Venezuela, Uruguay y en menor grado
en Brasil y Argentina, países donde aún existen expectativas
alentadoras. Y no podía ser de otra manera porque el viraje hacia
la izquierda de estas repúblicas (izquierda entendida como el espacio
político de las masas populares) es la aceptación tácita
y elocuente de un discurso político nacionalista, antimperialista
y anti globalización.
Sin embargo, el gran reto de la América
Latina de hoy sigue siendo cómo enfrentar la globalización,
el neoliberalismo privatizador, la desnacionalización de sus empresas,
la deuda externa y el control al comercio y las inversiones. Y si por un
lado alegra el ingreso de dirigentes progresistas a los gobiernos y se
celebran los triunfos electorales de la izquierda, por el otro debemos
preguntarnos hasta cuánto estos líderes están permitidos
de realizar sus planes una vez en el poder y hasta dónde podrán
cumplir con sus electores embebidos por el brío, la energía
y el ardor de la movilización por el cambio económico y social.
La herencia del neoliberalismo es
muy difícil de tratar y superar. Desde antes de asumir el gobierno
existen cargas contractuales asumidas por los Estados, donde el papel principal
de los que se van ha sido la deshonestidad y la corrupción, el barbarismo
de la entrega total por lo extranjero, la reducción de nuestras
economías a la dependencia absoluta del imperialismo. Allí
tenemos a Salinas de Gortari – Vicente Fox en México, Carlos Menem
– De la Rúa en Argentina, Henrique Cardozo en Brasil, Gaviria –
Samper – Pastrana –Uribe en Colombia, Carlos Andrés Pérez
y Rafael Caldera en Venezuela, la continuidad de Pinochet con Patricio
Aylwin y Eduardo Frei en Chile, Alberto Fujimori – Alejandro Toledo en
Perú, Sánchez de Lozada en Bolivia, Jamil Mahuad en Ecuador.
Así la pesada herencia del
neoliberalismo, en el cambio de imagen, o de política, conlleva
la carga negativa de los compromisos, obligando a los presuntos gobiernos
de izquierda a la negociación pragmática de ceder, a veces
más de la cuenta, con la finalidad de no quedar aislados. La Casa
Blanca bien lo sabe y presiona de forma eficaz a través de los organismos
internacionales que maneja (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial,
Banco Interamericano de Desarrollo, Organización Mundial de Comercio,
Etc.). En otras palabras, Washington acepta en lo político la transformación
de la imagen, es más ésta lo favorece; en cambio en lo económico
muestra inflexible severidad y ajusta cada vez más los cinchos del
estrangulamiento. Lo vemos claramente en Brasil, donde el radicalismo de
Lula Da Silva, ex líder sindical vinculado al socialismo, nada tiene
que ver con su tibio gobierno de “negociación” tras “negociación”.
Y si bien la elección de Lula creó, en un país de
175 millones de habitantes, 50 millones de los cuales viven en pobreza,
una preocupación en los sectores financieros nacionales e internacionales,
el discurso electoral que lo llevó al poder ha quedado en la retórica
de la demagogia grandilocuente. Poco o nada se ha hecho en lo económico
y social para revertir la situación de los más necesitados
de ese país. Lograr la legitimación de la Casa Blanca para
Brasil, viene siendo un costo elevado para la izquierda regional esperanzada
en el cambio revolucionario-transformador por otros medios, los diferentes
a las insurrecciones armadas de los guerrilleros de los años sesenta.
No todo está perdido
De todas maneras, los fenómenos
de Brasil, Argentina, Venezuela y últimamente Uruguay, pasando por
la destitución de Sánchez de Lozada en Bolivia, nos muestran
una participación popular masiva dispuesta a enfrentarse a la política
de sumisión total a los designios imperiales de la globalización.
En este avance, sin embargo, el liderazgo de la izquierda ha perdido la
brújula desde la caída del muro de Berlín. Por un
lado la ausencia de la tutoría de Moscú se hace sentir y
por el otro la “izquierda” fácilmente asimilable, la de las críticas
al “socialismo real”, se ha refundido o refundado a través de su
incorporación a la “clase política” tradicional. Estos sectores
ex progresistas financiados jugosamente a través de las ONGs refuerzan
los postulados de la globalización y son los que llaman con mayor
desesperación a la “gobernabilidad” en función de salvar
la “democracia”, el “estado de derecho”, la “sociedad civil”, etc.; y lo
hacen llamando a pactos infames y sin principios con los partidos tradicionales
de la derecha. Este tipo de frívola concertación, enmarcada
en la mentira contumaz de la democracia en abstracto, es una traición
al movimiento popular porque ¿qué otra cosa puede significar
un pacto con los partidos tradicionales, si no la defensa de la globalización,
el neoliberalismo y la hegemonía de Washington en los aspectos de
la economía, el comercio (ALCA) y el militar con las bases estratégicas
armadas establecidas por el Pentágono.
Los gobiernos actuales del ala atlántica
(Venezuela, Brasil, Argentina y el futuro de Uruguay) tienen ganada la
solvencia de las masas y deben asumir la responsabilidad de una combinación
entre el pragmatismo y los principios hasta situaciones límite,
anteponiendo éstos a los apretones de manos con Washington. Hugo
Chávez en Venezuela, sin haber sido un líder de la izquierda,
lleva con posiciones más definidas los destinos de su país,
todas éstas basadas en la ruptura del espinazo de los partidos tradicionales.
La destitución de la “clase política” venezolana, vía
la consulta popular permanente, ha logrado una mayor independencia respecto
a la Casa Blanca, protagonista principal en el fallido golpe de Estado,
en la huelga general de los sectores petroleros, en el sabotaje económico
y político; y finalmente en el financiamiento de la activa campaña
mediática y movilizadora de la oposición para la consulta
del voto revocatorio del mandato presidencial del líder bolivariano.
La clave de todo este asunto está
en que la simpatía hacia el espacio de la izquierda debe convertirse
en acciones concretas de lucha contra la globalización, la privatización,
la injerencia norteamericana en lo político, económico y
militar. El control ciudadano vía el ajuste de cuentas periódico,
mandatos revocatorios de por medio, es un terreno propio de la izquierda
no ideológica donde convergen amplios sectores no comprometidos
con la inmoralidad y la corrupción; es decir, los ligados a la reconstrucción
de nuestros países en razón de la equidad y la justicia social.
Los gobiernos coloreados de progresistas
por la acción de las masas son rescatables. Necesitan la coordinación
entre ellos y la unidad de acción en un acuerdo multilateral, para
empezar, de enfrentamiento radical a los programas del FMI, ensobrados
en la literatura reformista como lenguaje expropiado a la izquierda. Necesitan
paralizar las privatizaciones y revisar los contratos leoninos y arbitrarios
con que se condujeron ellas. Ampliar el mercado de comercio e inversiones
hacia Europa y Asia, donde por ejemplo la reciente visita del presidente
chino Ju Hintao a Brasil, Argentina, Chile y Cuba, inicia una carrera de
proyectos millonarios interesantes. Además, en esta secuencia de
medidas posibles en busca de la independencia económica se tiene
el recurso de la reestructuración tributaria en la demanda de la
justicia y la equidad. No en vano los gobiernos de la costa atlántica
están comprometidos con su ascenso popular al poder y con el proceso
de destitución de la “clase política” tradicional. El resurgimiento
de los movimientos de masas es una constante; la insurrección popular
y el derrocamiento de gobiernos en la región como los habidos en
Ecuador, Perú, Argentina y Bolivia, nos lleva a pensar en un despertar
carente de liderazgo político, pero efectivo en cuanto a decisiones
y soluciones democráticas parciales. Pero lo que debemos tener claro
es que no bastan la protesta popular y la oposición a las medidas
neoliberales, sino además el plan alternativo a la globalización
a fin de conjurar los visibles estragos de la pobreza, a raíz del
avance demoledor de esta política imperial.
La injerencia norteamericana
Con la reelección de George
W. Bush los planes del imperialismo son más claros; en consecuencia,
la izquierda tiene un enemigo no sólo visible sino destacado y peligroso,
por cuanto el unilateralismo que pretende imponer al mundo, incluye con
mayor razón a la América Latina. Bush requiere de un “patio
trasero” tranquilo y obediente, pero las sublevaciones democráticas,
no guerrilleras ni de lucha armada, a las que no puede tachar de “terrorismo”,
han despertador el temor de la ingobernabilidad porque las masas populares
han tomado conciencia que ganando la legalidad burguesa vía electoral,
la esencia retórica de los discursos sociales entran en franca contradicción
con la economía globalizadota del libre mercado y la privatización
de las industrias estratégicas.
Estados Unidos defiende el nuevo
orden establecido por el neoliberalismo y la globalización, llevando
a cabo acuerdos bilaterales con nuestros países como una forma de
dividir y anular toda posibilidad de acción conjunta. El gobierno
del ex socialista Lagos en Chile es el mejor modelo en relación
a los tratados especiales del libre comercio y armamentismo; allí
en el palacio La Moneda de Santiago se privilegia por encima de todo la
relación con Bush, con la firmeza de la desintegración, abandonando
a los países de la región, sobre todo a MERCOSUR. El ALCA,
negociado país por país, con Ecuador, Perú, Bolivia,
Colombia, etc. indica también, meridianamente, el propósito
de desintegración de Washington en América Latina. En esta
carrera el gobierno de Toledo en Perú, sostenido precariamente por
la inmoral “clase política” con apenas 7% de aceptación popular,
acelera pasos para firmar el ALCA, completando así el proyecto de
entrega total a sus amos de Estados Unidos y a sus jefes del FMI. Proyecto
iniciado con la traición a sus promesas electorales de humilde “indio”
quechua, de luchador reivindicativo de su raza y clase social, a fin de
cumplir estrictamente la agenda de Washington de las privatizaciones, los
pagos sin discusión de la deuda externa y el endeudamiento ascendente
a través de los intereses y la colocación de bonos del tesoro,
como antes lo hizo Menem en Argentina hasta llevar a la quiebra a su país;
además de extender el apoyo gratuito del Perú al plan Colombia
y al golpe militar en Venezuela. Toledo, al lado de Uribe, exhibe el peor
record de servilismo regional al imperio con el contradictorio crecimiento
económico macro del 6%, en tanto y cuanto ha convertido al Perú
en país primario exportador de materias primas (minería),
donde el famoso “chorreo” se va para los de arriba y nada para los de abajo,
con el agravante que las enormes utilidades se fugan del país.
La Casa Blanca y el Pentágono
defienden, pues, el mantenimiento de las reglas de juego impuestas por
ellos mismos en el orden económico, político y militar para
América Latina; y están dispuestos a defenderlas a como dé
lugar. La reciente reunión en Ecuador del Secretario de Defensa,
Ronald Rumfeld, con los ministros de defensa de los países de la
región y altos jefes militares, apuntó a discutir la “seguridad
del hemisferio” entendida por Washington como el resguardo de sus intereses
económicos en cada país. Y en esa nueva arquitectura arriesgó
a proponer la conversión de las Fuerzas Armadas latinoamericanas
en meras organizaciones policiales de control de las masas populares; lo
cual no es una novedad si, como hemos dicho líneas arriba, el problema
medular de la región es el de la ingobernabilidad. Asignarle a las
Fuerzas Armadas el papel de control del orden interno y la solución
de los conflictos domésticos, no sólo es desvirtuar la misión
de ellas sino proponer su desaparición como organismos de la defensa
territorial y de los intereses nacionales de cada país. De ser así
¿qué sentido tienen la continuidad del obsoleto Tratado Interamericano
de Asistencia Recíproca y la Junta Interamericana de Defensa? En
todo caso la propuesta norteamericana debería haber comenzado por
la eliminación de estos dos organismos creados a propósito
de la “guerra fría”, que resultaron no sólo inoperantes sino
una farsa en el conflicto de Las Malvinas, donde Estados Unidos se inclinó
por los ingleses. O en Panamá y Grenada, donde la intervención
militar de los marines se realizó unilateralmente sin consulta a
nadie. Y qué decir de Haití, últimamente, donde la
Casa Blanca decidió la caída de Arístides por no seguir
los lineamientos sacrosantos del neoliberalismo.
30 de Noviembre de 2004
Enviado por Cecilia
Tello |