| Periodista
Digital de España - 6 de diciembre de 2004
Los muertos
silenciosos de Irak
Jeffrey
D. Sachs El País
Cada vez
hay más pruebas de que la guerra de Estados Unidos en Irak ha acabado
con la vida de decenas de miles de civiles iraquíes, quizá
más de 100.000. Aun así, esta carnicería es sistemáticamente
ignorada por Estados Unidos, donde los medios y el Gobierno retratan una
guerra que carece de muertes civiles, ya que no existen civiles iraquíes,
sólo insurgentes.
El comportamiento de EE UU y la percepción
que tiene de sí mismo revelan la facilidad con la que un país
civilizado puede embarcarse en la matanza a gran escala de civiles sin
debate público alguno. A finales de octubre, la revista médica
británica Lancet publicó un estudio de muertes civiles en
Irak desde que comenzó la invasión capitaneada por EE UU.
El sondeo señalaba que habían
muerto 100.000 civiles iraquíes más que el año pasado,
cuando Sadam Husein seguía en el poder, y este cálculo ni
siquiera incluía las excesivas muertes en Faluya, lo que se consideró
demasiado peligroso para su inclusión. El estudio también
apuntaba que la mayoría de muertes fueron producto de la violencia,
y que un alto porcentaje de esas muertes violentas fueron causadas por
los bombardeos aéreos estadounidenses.
Los epidemiólogos reconocieron
la incertidumbre de estos cálculos, pero presentaron suficientes
datos para garantizar una investigación complementaria urgente y
un replanteamiento por parte de la Administración de Bush y el Ejército
de EE UU sobre los bombardeos en zonas urbanas de Irak.
La reacción pública
de Estados Unidos ha sido tan asombrosa como el estudio de Lancet, y es
que la reacción ha sido nula. El cacareado The New York Times ofreció
una única historia de 770 palabras en la página 8 del periódico
(29 de octubre). Según parece, el reportero del Times no entrevistó
a ningún funcionario de la Administración de Bush o del Ejército
estadounidense. No aparecieron artículos o editoriales de seguimiento,
y ningún reportero de The New York Times evaluó la historia
sobre el terreno. La cobertura en otros periódicos estadounidenses
fue igualmente frívola. The Washington Post (29 de octubre) publicó
un único artículo de 758 palabras en la página 16.
Los recientes informes sobre el bombardeo
de Faluya también han supuesto un ejercicio de abnegación.
The New York Times (6 de noviembre) escribió que "aviones de combate
bombardearon posiciones rebeldes" sin mencionar que "las posiciones rebeldes"
en realidad se encuentran en barrios civiles. Otro artículo de The
New York Times (12 de noviembre), que citaba a "mandos militares", anunciaba
diligentemente que "desde que se inició el asalto el lunes han muerto
unos 600 rebeldes, junto con 18 estadounidenses y cinco soldados iraquíes".
El tema de las bajas civiles ni siquiera se mencionó.
La violencia es sólo una de
las razones del aumento de las muertes civiles en Irak. Los niños
de las zonas urbanas de la guerra mueren en gran número por diarrea,
infecciones respiratorias y otras causas, debido a la peligrosidad del
agua potable, la falta de alimentos refrigerados y la acusada escasez de
sangre y medicamentos básicos en clínicas y hospitales (siempre,
claro está, que los civiles se atrevan siquiera a abandonar sus
casas para acudir al médico). Aun así, la Media Luna Roja
y otras agencias de ayuda humanitaria han sido incapaces de aliviar a la
población civil de Faluya.
El 14 de noviembre, la portada de
The New York Times arrancaba con la siguiente descripción: "Tanques
del ejército y vehículos de combate arremetieron contra el
último bastión rebelde de Faluya al atardecer del sábado,
después de que los aviones de combate y la artillería les
allanaran el camino con un feroz bombardeo en el distrito.
A primera hora de la tarde, 10 columnas
de humo se elevaban al sur de Faluya, mientras se cincelaba en el cielo
del desierto y probablemente exclamaba la catástrofe de los insurgentes".
Una vez más, prácticamente no se menciona la catástrofe
de los civiles cincelada en ese cielo del desierto. Sin embargo, hay una
breve alusión a mitad de la historia a un padre que visita a sus
hijos heridos en un hospital, y declara que "ahora los estadounidenses
están disparando aleatoriamente a cualquier cosa que se mueva".
Unos días más tarde,
un equipo de televisión estadounidense se encontraba con tropas
de EE UU en una mezquita bombardeada. Con las cámaras en marcha,
un marine estadounidense se volvió hacia un iraquí desarmado
y herido estirado en el suelo y le asesinó con varios disparos en
la cabeza. (Se habla de otros casos similares de asesinato manifiesto.)
Pero puede decirse que los medios estadounidenses pasaron por alto este
espeluznante incidente. De hecho, The Wall Street Journal escribió
un editorial el 18 de noviembre reprobando a los que criticaban el hecho,
señalando, como es habitual, que, haga lo que haga Estados Unidos,
sus enemigos en Irak son peores, como si eso justificara los abusos estadounidenses.
No es así. Estados Unidos está asesinando a cantidades ingentes
de civiles iraquíes, consternando a la población y al mundo
islámico, y sembrando el terreno para una escalada de violencia
y muerte. Ninguna cifra de iraquíes masacrados traerá la
paz. La fantasía estadounidense de una batalla final, en Faluya
o en cualquier otra parte, o la captura de algún cerebro terrorista,
perpetúa un ciclo de derramamiento de sangre que pone en peligro
al mundo. Y lo que es peor, la opinión pública, los medios
de comunicación y los resultados electorales estadounidenses prácticamente
han dado rienda suelta al ejército más poderoso del mundo. |