| Periodista
Digital de España - 6 de diciembre de 2004
Unos 800 millones de personas
pasan hambre en el mundo, la misma cantidad que los que padecen obesidad
Ocho
razones
por
las que hay hambre en el mundo
¿Qué pasa? Guerras,
catástrofes naturales y corrupción tienen mucho que ver.
Pero hay un factor clave que pasa inadvertido para muchos: el comercio
injusto, los países ricos bloquean a los pobres con sus productos.
La ONG Intermón Oxfam, con la ayuda de famosos como Antonio Banderas
o Michael Stipe, ha puesto en marcha una campaña internacional por
unas reglas más justas de comercio.
John
Carlin El País
En alguna parte de El País de
hoy, como en otros periódicos a lo largo y ancho de Europa y Estados
Unidos, habrá algún artículo, algún anuncio
sobre las grandes obsesiones dietéticas de los hombres y mujeres
de los países ricos: ¿cómo adelgazar?, ¿cómo
hacer para no comer tanto?
Mientras muchos de nosotros venderíamos
nuestras almas por conseguir la pastillita mágica que nos permitiera
hartarnos de churros, chorizo y huevos fritos sin aumentar de peso, y (claro)
sin incrementar los niveles de colesterol, hay 800 millones de personas
en el mundo que se van a la cama todas las noches con hambre. Y hay más
de 800 millones que tienen sobrepeso o padecen obesidad, según el
Worldwatch Institute de Washington, un organismo que se dedica meticulosamente
a acumular esta clase de datos.
Más estadísticas, todas
de Naciones Unidas: cada cinco segundos muere un niño de hambre;
uno de cada cinco niños en Estados Unidos es peligrosamente obeso;
10 millones de personas mueren cada año debido al hambre o las enfermedades
que provocan y acentúan la malnutrición; el mundo produce
comida más que suficiente para todos los seres humanos; el presupuesto
total mundial que dan los Gobiernos de los países ricos para el
desarrollo de los países pobres es de 50.000 millones de dólares
al año; el presupuesto de Estados Unidos para la guerra en Irak
(según cifras oficiales de ese país) hasta la fecha ya duplica
esa cantidad.
El hambre, que mata directa o indirectamente
a nueve veces más personas cada día de las que murieron en
las Torres Gemelas de Nueva York, es la manifestación más
extrema posible de la pobreza, del fracaso humano. Reducir la cifra de
gente hambrienta en el mundo a la mitad ha sido identificado como una prioridad
dentro de los Objetivos Milenio de Naciones Unidas para los próximos
10 años.
Aparte de organizaciones pertenecientes
a la ONU, hay 1.200 ONG comprometidas con este esfuerzo. Con el objetivo
de establecer por qué hay tanta hambre en el mundo, EPS ha sondeado
las opiniones de representantes de la ONU, especialmente del Programa Mundial
de Alimentos; de ONG, entre ellos Ignasi Carreras, director general de
Intermón Oxfam; de académicos especialistas en el tema; y
de expertos de todo tipo –de médicos a banqueros– en África,
el continente donde el hambre es más endémica y devastadora.
No todos estaban de acuerdo en todo,
pero en lo que hubo consenso fue en que la respuesta a la pregunta era
más compleja y diversa de lo que podría pensar gente que
no ha profundizado en el tema. Aquí, en una síntesis de la
información recopilada, hay ocho razones por las cuales tantas personas
en los países pobres se mueren de hambre al mismo tiempo que tantas
en los países ricos se mueren de tanto comer.
01. La incompetencia o corrupción
de los Gobiernos de los países más pobres
El ejemplo más caricaturesco
lo da Guinea Ecuatorial, donde el presidente y su familia se han beneficiado
con una extravagancia faraónica del descubrimiento de grandes yacimientos
petrolíferos sin pensar ni un segundo en el 90% de la población
que sufre hambre y abandono. Mientras el hijo del presidente ocupa suites
en los hoteles más lujosos de Los Ángeles y París,
y derrocha dinero comprando trajes en Rodeo Drive y la Rue Faubourg Saint
Honoré, los ingresos medios de los habitantes que no son familia
o amigos del presidente permanecen por debajo de un euro al día.
En Angola, donde no sólo hay
petróleo sino una extensa riqueza mineral, una larguísima
guerra civil terminó hace dos años, pero los gastos militares
no han disminuido: siguen acaparando un 30% del presupuesto gubernamental.
En Nicaragua, donde la mitad de la población vive en condiciones
de pobreza extrema, el 85% de la deuda externa ha sido condonada en los
dos últimos años, pero todavía no hay señal
de que haya subido el presupuesto, por ejemplo, para la educación.
La prueba más contundente de lo devastadores que son los Gobiernos
malos con políticas ineptas se ve en el hecho de que las dos hambrunas
más grandes del siglo XX ocurrieron en Ucrania, en tiempos de Stalin,
y en China, en tiempos de Mao. (“¡Ideologías que despueblan
el mundo!”, se lamenta el personaje Herzog, del novelista Saul Bellow).
Ni Stalin ni Mao perdieron el poder
como consecuencia de los millones de personas que murieron entonces. Ni
siquiera vieron su poder diluido. Lo mismo ocurre hoy en muchos de los
países donde la gente come mucho menos de lo que podría si
los Gobiernos se interesaran más por su bienestar. El hambre, incluso
a nivel masivo, no conlleva un coste político. Quizá un dictador
africano considere sensato abastecer de alimentos a la población
urbana, al menos de la capital, con la única intención de
mantener el orden público. Pero si los habitantes de las zonas rurales
más aisladas sufren malnutrición, ¿qué importa?
Por eso el premio Nobel Amartya Sen,
economista hindú de la Universidad de Oxford, argumenta en su libro
Desarrollo y libertad que existe un vínculo muy claro entre tiranía
y hambre, democracia y prosperidad. En las democracias, escribe Sen, no
hay hambruna. “Los gobernantes autoritarios, que pocas veces pasan hambre
(u otras calamidades económicas), no tienen el incentivo para tomar
el tipo de medidas necesarias para que las hambrunas se prevengan”.
En las democracias, en cambio, los
Gobiernos sí tienen un fuerte incentivo para mostrarse responsables
ante las necesidades más elementales del electorado: si no lo son,
la próxima vez que la gente vote es probable que pierdan el poder.
02. La poca fe de los grandes
países capitalistas en el libre mercado
Al menos a la hora de comerciar con
productos agrícolas. Uno de los grandes escándalos a nivel
mundial, uno que todos reconocen pero pocos de los que podrían hacer
algo al respecto abordan con la necesaria seriedad, es el de los subsidios
que los agricultores de Estados Unidos y Europa reciben de sus Gobiernos.
Las reglas del comercio internacional son tan injustas que si los mismos
principios se aplicaran en un partido de fútbol se provocarían
disturbios.
Es como si el arbitro en un
Francia-Burkina Faso hubiese sido pagado por los franceses para asegurarles
que todos los goles del equipo africano serían anulados, y, por
si acaso, la mitad de los rivales expulsados antes de acabar el primer
tiempo. El Gobierno del presidente Bush gasta 4.000 millones de dólares
al año en subsidios para sus productores agrícolas. Lo que
esto significa, en la práctica, es que, por ejemplo, los productores
de algodón en Senegal van a la bancarrota. Los estadounidenses inundan
el mercado y expulsan a los senegaleses de él.
Lo que es casi peor, inundan
los propios países productores de algodón –o maíz
o azúcar– con materia prima barata, lo que hace que los agricultores
locales no puedan ni siquiera competir con los productos importados. La
imagen del obeso ciudadano de Iowa, Estado agrícola por excelencia,
contrastada con la del esquelético etíope, retrata a la perfección
esta gran injusticia global. Los europeos son igual de culpables.
Hacen exactamente lo mismo con otros
productos; una de las razones por las cuales algunos africanos, huyendo
del hambre, se suben a pateras en Marruecos y (si tienen suerte) llegan
a las costas españolas, generando problemas que proceden, al menos
en parte, de la desleal competencia de la que son cómplices España
y el resto de la Unión Europea.
03. Las guerras y la inseguridad
en general
Los peores casos de hambruna en África
en los últimos años se han dado en tiempos de guerra. El
frágil equilibrio que permite que, aunque la gente pase hambre,
sobreviva, se rompe y ocurre lo que ahora en Sudán y hace 20 años
en Etiopía. Las guerras desplazan a la gente de sus tierras ancestrales,
destruyen la infraestructura alimentaria, bloquean el acceso físico
a comida de otras partes y dejan secuelas –por ejemplo, la muerte de individuos
que saben cultivar la tierra– de las que las comunidades afectadas tardan
años en recuperarse.
En Afganistán, el volumen
de minas antipersonas enterradas en los varios conflictos militares que
se han llevado a cabo desde 1979 ha hecho que más de la mitad de
la tierra agrícola no pueda ser cultivada. Los europeos que recuerdan
la Segunda Guerra Mundial, o la Guerra Civil española, entienden
la ecuación guerra = malnutrición. Para un joven español
o francés, hoy en día es casi inimaginable.
04. Dan pescado cuando hay hambruna,
pero no enseñan a pescar
cuando no la hay
Los países ricos responden
bien cuando ocurre una catástrofe, pero lo que no han sabido hacer
es ayudar a que se evite, o crear las condiciones para que los problemas
del hambre endémica desaparezcan. O al menos no con el empeño
necesario.
Un buen ejemplo lo da Etiopía,
uno de los países del mundo donde más hambre hay. En 1984,
el cantante irlandés Bob Geldof reunió a algunos de los mejores
artistas musicales de la época y grabó una canción
para recaudar fondos para las víctimas de la terrible hambruna etíope
de aquel año. La iniciativa se llamó Band Aid y logró
recaudar mucho dinero. Hoy, Geldof, Bono y unos 40 artistas más
han hecho lo mismo, en este caso para las víctimas de Darfur, en
Sudán.
El problema es que en los 20 años
que han pasado desde aquel gran despertar de la conciencia internacional
que Band Aid representó los problemas de Etiopía son los
mismos. No hay hambruna hoy, al nivel de 1984, pero hambre permanente sí.
En un contexto en el que la ayuda internacional a los países pobres
se ha ido reduciendo, Etiopía ha recibido lo que un alto funcionario
de la ONU calificó como cantidades “lamentables” del exterior.
En un año bueno, cuando las
cosechas rinden a tope, entre dos y tres millones de personas de Etiopía
necesitan comida del Programa Mundial de Alimentos u otros organismos internacionales.
En un año malo, el número asciende hasta una cantidad entre
12 y 15 millones.
El problema es que: 1. Salvo brotes
como Band Aid cada 20 años, los habitantes de los países
ricos no se interesan lo suficiente como para presionar a sus Gobiernos
para que inviertan más en ayuda a los pobres del mundo que en nuevos
submarinos. 2. Mientras se reacciona de manera ágil y eficaz y contundente
(sin escatimar las inversiones), a la hora de las grandes crisis, tipo
Darfur, existe poco afán por el trabajo lento, gradual, poco glamuroso
(lejos de las cámaras de la CNN) que se requiere para ir paulatinamente
ganando terreno al hambre, y previniendo así las grandes hambrunas
antes de que ocurran.
05. Hay amores que matan y gente
que se acomoda a la supervivencia
Aunque la ayuda internacional es
insuficiente, a veces es demasiado. Se crea un problema de dependencia
que hace que comunidades enteras pierdan la costumbre de alimentarse a
sí mismas. En Ruanda, un país muy pobre que ha recibido mucha
ayuda alimentaria desde el genocidio de 1994, una ministra del Gobierno
se quejaba, en una conversación hace un año, de que su gente,
o mucha de ella, había perdido la costumbre de trabajar; de cultivar
sus tierras.
Siempre habían vivido en un
nivel de subsistencia, pero ahora la subsistencia no procedía de
su propio trabajo, sino del camión semanal de reparto de comida.
Incapaces de concebir –y esto tiene todo que ver con la falta de educación–
una ambición más elevada que la mera supervivencia (lo cual
desesperaba a la ministra, una mujer que había estudiado en el extranjero),
habían dejado de preocuparse por desarrollar la economía
local.
Vivían la vida casi de animales
de zoológico. No muy digna, quizá, pero despreocupada, tranquila.
Un ejemplo alternativo, pero que conduce a la misma conclusión,
es el de aquellos angoleños que vivían en zonas rurales tan
remotas durante la guerra que jamás recibieron ayuda. Hoy, que el
país recibe menos ayuda que en aquellos tiempos de crisis, son ellos
–los que no se acostumbraron a tener sus necesidades básicas satisfechas
por gente caída del cielo– los que mejor se han adaptado, los que
saben organizar sus vidas de manera productiva, responsable y eficaz. “Cuando
tiene que hacerlo”, como comentó Ignasi Carreras, de Intermón
Oxfam, “la gente se espabila”.
06. Las enfermedades
La malaria, el sida y la tuberculosis
causan hambre. No es sólo que el hambre cause enfermedad. Porque
cuanto más enfermo de malaria esté un señor en Mozambique
que vive en una zona rural, menos posibilidades tendrá para trabajar
en el campo y dar de comer a su familia, y alimentarse a sí mismo.
Con lo cual se crea un círculo vicioso enfermedad-hambre-más
enfermedad-más hambre. Así se va hundiendo una familia, una
comunidad, un país.
No sólo se ve afectada la
cantidad de comida a ingerir, sino también la calidad. La proporción
de carbohidratos respecto a las proteínas aumenta en la dieta cuanta
más pobreza hay. (La Dieta Atkins, la que permite consumir todas
las proteínas que uno quiera con tal de no tocar los carbohidratos,
definitivamente no es para gente pobre, ni siquiera en EE UU). Lo cual
a su vez supone una deficiencia de los micronutrientes de los que se derivan
el hierro, el zinc, el yodo y las vitaminas. Se podrá sobrevivir
sin las cantidades de estos micronutrientes consideradas básicas
en Occidente, pero no se puede llevar una vida sana. La vulnerabilidad
es extrema.
07. El determinismo geográfico
El clima y otras fuerzas ineludibles
de la naturaleza pueden influir de manera decisiva en los hábitos
alimenticios de la gente. Los países donde hay hambre son los países
calientes de la Tierra, los que están situados entre las latitudes
de los trópicos. Estos países son, por un lado, más
vulnerables a sequías o inundaciones –a la violencia meteorológica–
que los países del norte. Pero, por otro lado, existe la paradoja
de que, en términos históricos, son países más
fértiles que los fríos; están menos a la merced de
los cambios bruscos estacionales.
Una persona que no tiene ingreso
alguno va a poder sobrevivir por su cuenta en la selva del Congo, va a
poder encontrar comida en los árboles con más facilidad que
una persona sin ingresos en los bosques de Finlandia. En tiempos prehistóricos,
vivir en el Congo en vez de en Finlandia era una ventaja. Lo que ocurre,
como cuenta Jared Diamond en su libro sobre la evolución de las
civilizaciones Armas, gérmenes y acero, es que los humanos que habitan
los países más fríos e inhóspitos se ven obligados
a buscar formas de conservar la comida para el invierno, de planificar
para el futuro.
Por ejemplo, antes de la refrigeración,
utilizando la sal. Esta necesidad de conservar hizo que la relación
con la comida se volviera más sofisticada en los países del
norte que en los del ecuador o el sur.
08. La caridad comienza en casa
La solución al problema del
hambre es muy sencilla de identificar y muy difícil de llevar a
cabo: el desarrollo. A no ser que sea especialmente incapaz o tenga muy
mala suerte, la gente que vive en Norteamérica, Europa o Japón
no pasa hambre. No está mal nutrida. Y vive hasta los 75 años
y más.
En África viven 20 o 30 años
menos. Ignasi Carreras está en el negocio de ayudar a los hambrientos,
pero él lo tiene claro: regalar comida no es, a mediano o largo
plazo, la solución. “Lo más importante es que la gente sepa
cómo ganarse la vida, que se valga por sí misma”, dice. El
hambre es sencillamente la pobreza llevada a su máxima expresión.
Con lo cual, lógicamente, hay que combatir la pobreza, hay que dar
a la gente los medios y las condiciones para que puedan enriquecerse. Esto
supone, primero, abordar los siete problemas anteriores mencionados en
este artículo, sin excluir una cooperación internacional
justa, responsable y enfocada con sensatez.
Pero ante todo, según
lo entienden Carreras y –entre muchos más– el Nobel Amartya Sen,
hay que procurar crear sociedades democráticas en el sentido más
amplio y profundo de la palabra. Esto no implica tanto la celebración
de elecciones como la creación del conjunto de factores –Estado
de derecho, medios libres de comunicación– que llevan a la creación
de una sociedad civil cuyos valores son más duraderos que los de
cualquier Gobierno o partido político. El hambre no es un problema
de malas cosechas o de falta de tierra. (En Japón comen mejor que
en Argentina).
Es un problema con origen humano.
Obedece a malas decisiones de determinadas personas, especialmente de las
clases gobernantes. Cuanto más responsable y preparada sea la gente
en el poder, y cuanto más generosa la gente en los países
cuyos problemas de supervivencia elemental están resueltos, menos
hambre habrá en el mundo. El problema es que todo esto, como demuestra
la historia de la especie, es mucho pedir.
Más información de
la campaña por un comercio más justo: teléfono de
Intermón Oxfam: 902 330 331. www.intermonoxfam.org y www.comercioconjusticia.com.
Antonio Banderas y el maíz
El actor y director español
que triunfa en Hollywood ha elegido el maíz para concienciar al
mundo sobre el comercio injusto. Cinco millones de familias campesinas
de México se enfrentan a la ruina porque el Gobierno de Estados
Unidos subvenciona a sus empresas agrarias, que exportan su producción
a su vecino del sur. En los últimos 10 años, la exportación
de maíz de EE UU a México se ha triplicado y los precios
de este producto han caído un 70%.
Michael Stipe y la leche
El cantante de REM ha elegido los
productos lácteos en su campaña de sensibilización.
Intermón Oxfam da datos preocupantes: las grandes empresas europeas
reciben cada año más de 1.000 millones de euros en subsidios
a la exportación. Con esos recursos inundan los mercados del Tercer
Mundo de leche en polvo, que amenaza el sustento de los productores autóctonos.
Con el café pasa otro tanto. Entre 2000 y 2003 su precio se redujo
a la mitad; 25 millones de familias que cultivan café viven una
grave amenaza.
Tamara Rojo y las plumas
La bailarina española, estrella
del Royal Ballet de Londres, se ve aquí inundada de plumas. La crianza
de pollos es una de las salidas para muchos campesinos en África
Occidental, pero en los últimos años no pueden competir con
las importaciones baratas procedentes de países europeos como Francia
y Bélgica. Entre 2001 y 2003 se perdieron 2.500 empleos en Senegal
por las importaciones de pollo. En 2002, Ghana aprobó implantar
aranceles a estos productos, pero el FMI obligó al Gobierno a no
aplicarlos.
Thom Yorke y el chocolate
El líder del grupo británico
Radiohead, revolucionarios del pop, se ve en la imagen bañado de
chocolate. El cacao es un producto del que dependen millones de campesinos
en 50 países. Costa de Marfil, Ghana, Nigeria y Camerún producen
alrededor de dos terceras partes de la producción mundial de cacao,
pero los cuatro figuran entre los países más pobres. Las
presiones de las multinacionales han rebajado el precio que pagan a los
campesinos por libra de cacao desde 1,80 dólares en 1977 hasta 0,80
en 2003.
Alanis Morissette y el trigo
La cantante canadiense se ve ‘atacada’
por el trigo. Estados Unidos y la UE representan la mitad de las exportaciones
de trigo del mundo, y lo venden entre un tercio y un 46% por debajo del
coste de producción. Mientras se obliga al Tercer Mundo a desmontar
sus aranceles, los países ricos los inundan con sus productos subvencionados.
Algo parecido sucede con el arroz. La UE y Japón protegen sus mercados
con altas barreras arancelarias. A los países del Sur se les paga
por su arroz un 60% menos que en 1980.
Youssou N’Dour y el algodón
El cantante senegalés, uno
de los pioneros del éxito de la música étnica en el
mundo, llama la atención sobre las desigualdades en el comercio
del algodón. Intermón Oxfam aporta las cifras: 25.000 explotaciones
y empresas de EE UU controlan el mercado mundial. Las subvenciones de este
país a la exportación de algodón triplican el presupuesto
total de ayuda a África de EE UU. Esos subsidios superan el PIB
de Burkina Faso. El algodón es la principal fuente de ingresos agrícolas
de países como Benin, Malí, Chad y Togo.
Bono y el azúcar
Con esta secuencia de fotos, el cantante
y líder de U2 quiere contribuir a denunciar el sistema europeo de
producción de azúcar, que prima a grandes explotaciones para
que produzcan más de lo que consumen los europeos e inunden cada
año los mercados mundiales con cinco millones de toneladas de este
producto, a precios inferiores a los costes. Esto arruina a los campesinos
pobres de algunos de los países más pobres, como Mozambique,
Malawi y Etiopía.
Famosos
para un comercio justo
Rafael
Ruiz
Los responsables de comunicación
de las ONG lo saben bien y lo suelen decir al oído: en el mundo
desarrollado, con tal proliferación de mensajes y de información,
enseguida se corre el riesgo de saturación, y la repetición
de cifras de la desigualdad en el reparto de la riqueza y de imágenes
que demuestran cómo viven los menos favorecidos topan, en determinado
momento, con el muro de lo ya demasiado visto, que no remueve conciencias.
Por eso, la ONG Intermón Oxfam
(IO) ha decidido esta vez plantear una campaña internacional de
otra manera, dándole la vuelta. Para explicar un tema difícil
de explicar, las relaciones injustas de comercio entre el Norte y el Sur,
ha contado con la colaboración de personajes famosos –los que salen
en estas páginas–, líderes de opinión que han prestado
su imagen para llamar la atención, para que la gente se fije y enfoque
bien un problema: desde sus privilegiadas posiciones, los países
ricos inundan –por eso, los famosos aparecen en las fotos metafóricamente
inundados con chocolate, maíz, trigo, leche– con sus productos agrícolas
subvencionados a los países del Tercer Mundo, que siguen viviendo
básicamente de la agricultura –mientras países como Bélgica
y Holanda tienen menos de un 10% de población rural; en otros, como
Ruanda y Uganda, más del 85% son campesinos–.
Los saturan, los bloquean, les hacen
imposible competir en el mercado mundial; es más, ni siquiera les
dejan margen para poder vender sus productos en su propia tierra. La supuesta
globalización no es tal. El Fondo Monetario Internacional (FMI),
el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio (OMC) establecen
un juego con reglas desiguales. Explican en Intermón Oxfam que a
los países en desarrollo se les obliga a abrir sus fronteras, a
desarmarse de aranceles y cualquier otra medida proteccionista –en aras
del libre comercio–, pero, a la vez, los países más desarrollados
–la UE y EE UU– usan las subvenciones agrícolas para poner en el
mercado productos, como el trigo y el azúcar, a precios por debajo
de su coste.
Competencia desleal. Además,
las multinacionales alimentarias fuerzan continuamente a la baja el precio
de materias como el cacao y el café –sus precios en origen, lo que
se paga a los que cultivan la tierra, han caído a la mitad en los
últimos años–. Así la situación, los campesinos
del Sur sencillamente se mueren de hambre. Estas reglas injustas de comercio
constituyen una de las claves con más ramificaciones de por qué
hay hambre.
Los agricultores y ganaderos del
Tercer Mundo no ganan para salir adelante; son vulnerables a episodios
de sequía o violencia. Lo dice en dos frases Intermón Oxfam:
“900 millones de campesinos no pueden vivir dignamente de su trabajo. Han
sido arrastrados a la ruina porque no pueden competir con los productos
baratos subvencionados por los países ricos”. “Millones de familias
pasan hambre por la crisis de materias primas.
Deben vender sus cosechas por menos
de lo que les cuesta producirlas, mientras las grandes empresas aumentan
sus ganancias por los bajos precios que pagan por ellas”. La ONG dice que
ahora es el momento de luchar por cambiar, ya que en septiembre el Gobierno
español lanzó en las Naciones Unidas, junto a Francia, Brasil
y Chile, la Alianza contra el Hambre, que persigue acabar en 2015 con lo
que John Carlin describe en su reportaje como “la manifestación
más extrema del fracaso humano” y porque en 2005 se celebra en Hong
Kong la próxima reunión de la OMC, que trazará las
coordenadas hasta 2020.
Para presionar intentan recoger
millones de firmas. Dicen que desde abajo también se puede influir,
y ponen como ejemplo dos campañas de firmas que sí sirvieron:
la que en 2001 llevó a las empresas farmacéuticas a retirar
la demanda contra Suráfrica por aprobar una ley que facilitaba el
acceso a medicamentos contra el sida más baratos que los patentados,
y la que en 2003 convenció a Nestlé para reducir de 6 a 1,5
millones de dólares su reclamación al Gobierno de Etiopía
por nacionalizar una empresa filial. |