| La
Jornada de México - 7 de diciembre de 2004
Muérete,
ETA
Pedro
Miguel
Hace tres décadas Euskadi Ta
Askatasuna asesinó en Madrid al almirante Luis Carrero Blanco y
con ello castró al régimen franquista y le impidió
perpetuarse. La democracia española actual nunca reconoció
lo que le debe a ese atentado ni a la carne de cañón aportada
por los etarras para la contraproducente represión desatada en los
últimos años del Criminalísimo. A los estados no suele
agradarles el recuerdo de sus factores fundacionales violentos y delictivos,
aunque no haya país en el mundo que no los tenga. Pero han pasado
30 años, y una cosa es hacer volar por los aires el Dodge Dart del
delfín de la dictadura y otra, muy distinta, provocar heridas menores
en una pierna a una niña que paseaba en el apacible parque de la
Robleda, en Santillana del Mar, o reventarles los tímpanos a unos
policías rasos.
El 20 de diciembre de 1973 la Goma-2,
plantada por ETA en la calle madrileña Claudio Coello, contaba con
el abono de un cálculo estratégico atroz, pero certero, para
iniciar el derrumbe del franquismo. Los patéticos puñados
de nitrato de amonio colocados el viernes en varias gasolineras de Madrid,
y los puestos ayer en diversos puntos de España tuvieron como propósito
desmentir el certificado de defunción política y moral del
grupo terrorista. Podrían ser tomados como los aspavientos cinematográficos
del vampiro después de recibir la estaca en el corazón, pero
son algo peor: los babeos de unos débiles mentales que acaban de
apoderarse de los restos de un juguete llamativo.
Estos etarras de nueva cepa no estarán
para saberlo -de hecho, no están para saber nada de nada-, pero
sus bombitas están destruyendo la última oportunidad que
les quedaba ya no para un entierro de las armas digno, sino al menos para
fabricar un pasaporte falso más, desaparecer para siempre y quedarse
a echar canas y barriga en un zulo sin nombre. Ya ni siquiera van a conseguir
la repulsa multitudinaria, sino, a lo sumo, que algunos jóvenes
vascos sean discretamente apaleados en las comisarías policiales.
Sus ataques ya causan más irritación que terror. Han convertido
la tarea de destruir el orden establecido en un embotellamiento de tránsito.
Me pregunto de cuántas idioteces
más tendremos que enterarnos antes que los rescoldos de los rescoldos
del grupo terrorista dejen de masturbarse con el susto de los parroquianos
de las cafeterías y antes que las generosas primeras planas de los
diarios españoles desistan de ayudarlos en esa tarea. A ver si,
por pura casualidad, no se muere una persona más en el estallido
de una de esas bombas torpes. A estas alturas habría que pedirles
a los etarras remanentes que dejen de hacer tonterías porque podrían
lastimar a alguien.
ETA tendría que dejar el camino
libre para que las organizaciones políticas y sociales abertzales
lleven las reivindicaciones nacionales tan lejos como puedan. Algo mejor
que lo actual podrían lograr, en todo caso, si los residuos etarras
dejaran de hacer ruido tonto.
De una vez por todas, ETA, haz el
favor de morirte rápido y en silencio.
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