| Periodista
Digital de España - 10 de Diciembre de 2004
La mentira
como virus totalitario
Paolo
Flores d,Arcais - El País
Las respuestas dadas por José
María Aznar en su comparecencia del 29 de noviembre en la Comisión
de Investigación del 11-M conciernen a todos los ciudadanos
europeos (es más, occidentales), no sólo a los españoles,
a pesar de que Aznar ya no desempeñe ningún papel
en la política europea (tampoco tiene un cargo oficial en la española).
Su deposición ha vuelto a
plantear de forma clamorosa un problema crucial (y removido) de la crisis
por la que atraviesa actualmente la democracia liberal (hasta en su mismo
"corazón": los Estados Unidos): la relación entre política
y mentira.
¿Es compatible la democracia
liberal con la destrucción de esas que Hannah Arendt denominaba
las "modestas verdades de hecho"? Su respuesta (y la nuestra) es un rotundo
y sonoro "No".
La destrucción de las verdades
de hecho y su sustitución por una "verdad" de régimen son,
en efecto, una de las características esenciales de los totalitarismos.
(No por casualidad, tras haber suprimido los testimonios deben suprimir
también a los testigos: primero se borra a Trotski de las fotografías,
después se le "borra" en la realidad, es decir, se le asesina.
La mentira sistemática, cuyo
objetivo es el de suprimir las "modestas verdades de hecho", puede alentar
otros crímenes).
Es cierto que el derecho a la mentira
(es más, la mentira como virtud política) tiene una gran
tradición. Pero antes de la democracia. La mentira como virtud del
"realismo político" consiste en engañar a los enemigos. Que
algunas veces (más bien siempre, por lo menos potencialmente) son
también súbditos.
Pero en democracia ya no hay
súbditos, sólo hay ciudadanos soberanos. Un Gobierno que
miente a los ciudadanos es en consecuencia un Gobierno que les priva de
su soberanía, esa soberanía que, por medio de un mandato,
constituye la única fuente de legitimidad del Gobierno. Y la acción
de sustraer la soberanía se llama, técnicamente, golpe de
Estado.
Por tanto, toda mentira de Gobierno
es, técnicamente hablando, un "golpe de Estado" latente. Una tentativa.
Un preludio. Un indicio. Porque trata a los ciudadanos como enemigos, y
no como soberanos: usurpa su poder.
Pues bien, es un hecho, y un hecho
aclarado (más allá de toda duda razonable, de acuerdo con
la fórmula que escuchamos en todas las películas estadounidenses),
que el Gobierno de Aznar mintió más de una vez entre el jueves
11 y el domingo 14 de marzo. El País publicó
en su día una minuciosa cronología, hora a hora. Ya no es
posible desmentir la reconstrucción cronológica de los hechos.
Examínesela con minuciosidad
las veces que se quiera, y se podrá constatar que más de
una vez el Gobierno -a pesar de que ya había recibido de la policía
y de los servicios secretos elementos para una pista islámica- siguió
privilegiando la de ETA. Es más: siguió privilegiándola
incluso cuando la pista de ETA se estaba desvaneciendo. Y cuando fue evidente
que era una pista absurda, siguió insistiendo que, en cualquier
caso, ETA podría estar implicada como "conexión" con los
terroristas islámicos.
El Gobierno de Aznar mintió
y manipuló en esos cuatro dramáticos días (en efecto,
decir la verdad significa decir "toda la verdad y nada más que la
verdad", como enseña el cine estadounidense). De estas mentiras
es de lo que se debería haber hablado el 29 de noviembre.
Sin embargo, se habló de otras
cosas. Aznar no respondió a ninguna pregunta sobre los hechos. Pero
las preguntas sobre los hechos, en 11 horas de "interrogatorio", fueron
bastante raras (y hechas con poca insistencia). Aznar celebró sencillamente
un mitin. Pero es necesario añadir que con demasiada frecuencia
los diputados que lo "interrogaban" llevaron a cabo a su vez contramítines,
en vez de insistir sobre las verdades de hecho y sobre las mentiras de
su Gobierno.
De esta forma, Aznar se permitió
trastocar los hechos, y acusar de mentir a los medios de comunicación
que, poco a poco y tras la desorientación inicial (¡alentada
además por la desinformación gubernamental!), permitieron
a los españoles conocer progresivamente la verdad. Sobre ellos precisamente
(y no sobre la desinformación de los medios de comunicación
controlados e inspirados por el Gobierno) afirmó: "Mintieron de
forma vil, miserable y repugnante hasta dar asco".
En psicoanálisis se llama
"proyección": atribuir de forma inconsciente a otros lo que se sospecha
con intensidad de uno mismo. La única diferencia es que en el caso
de Aznar quizás habría que eliminar el "de forma inconsciente".
Pero no es suficiente indignarse por todo esto (aunque sea necesario para
todo aquel que se tome en serio la democracia).
Hay que preguntarse: ¿por
qué Aznar ha decidido reiterar la mentira? ¿Y reiterarla
con agresividad? Evidentemente, porque considera que la mentira compensa:
en términos de consenso y de refuerzo político.
Parece una paradoja, dado que Aznar
debe su derrota a sus mentiras entre el 11 y el 14 de marzo. La experiencia
histórica demuestra que todo atentado favorece un apiñamiento
espontáneo de la población en torno al Gobierno. Si el Gobierno
de Aznar hubiera informado a la opinión pública de forma
precisa y en el momento justo de todos los indicios sobre la posibilidad
de la pista islámica y, posteriormente, de su prevalencia, hoy estaría
todavía (por desgracia) en La Moncloa. Las mentiras de Aznar han
sido por tanto una bendición para la democracia.
¿Por qué insiste entonces?
Seguramente no por masoquismo, sino más bien porque es consciente
de que las imprevistas y benéficas consecuencias de esas mentiras
-el movimiento popular de indignación que lo derrotó en las
urnas- constituyen hoy una excepción. Y, con toda seguridad, la
reelección de Bush le ha reafirmado en esa convicción.
Bush, en efecto, ha ganado no a pesar
de sus mentiras, sino precisamente por haber rechazado reconocerlas con
arrogancia, y por haber hablado de otras cosas (como Aznar en las Cortes
hace unos días). Un "hablar de otras cosas" que no tiene en cuenta
las "modestas verdades de hecho", sino que sólo tiene como objetivo
construir y reforzar una identidad/pertenencia basada en ciertos "valores"
y en la difamación de los adversarios.
En el caso de Bush, estos "valores"
son los de un fundamentalismo protestante totalmente fanático, que
lo anima a declarar que ha recibido el programa electoral directamente
de Jesús (declaración especular a la del fundamentalismo
islámico que recita: ’El Corán es nuestra Constitución’).
En Occidente ya está
en curso un choque que no había sido previsto por la filosofía
política liberal y por la ciencia política: aquelentre el
valor de las "modestas verdades de hecho" y la voluntad de anhelar los
valores propios de pertenencia, la propia "identidad" política,
incluso en perjuicio y como destrucción de las modestas verdades
de hecho.
Un choque que, sin duda alguna, era
considerado como un choque de civilizaciones, pero entre el Occidente liberal-demócrata
y sus antagonistas totalitarios. Y que, sin embargo, hoy se vuelve a plantear
en el seno del Occidente mismo, cambiando de forma radical el sentido de
la tradicional contraposición entre derecha e izquierda.
El amor (sí: el amor, la pasión
civil, el deseo) por las modestas verdades de hecho debería constituir
el ethos común e indestructible de toda la ciudadanía democrática:
de derecha, de centro, de izquierda, y de cualquier otro matiz. La indignación
por la mentira política debería ser automática en
todo ciudadano, puesto que, como hemos visto, el ciudadano engañado
es un ciudadano tratado como un súbdito, al que se le ha robado
la soberanía.
El orgullo (imperial) inglés
afirmaba "right or wrong, my country", expresando exactamente la idea de
una contraposición respecto a los enemigos. Pero cuando, en el seno
de un mismo país, alguien puede actuar según la lógica
de "true or false, my party", significa que considera enemigos no sólo
a los que no piensan como él, sino que considera hostes a todos
a los que todavía les preocupan las modestas verdades de hecho.
Una forma suave de lógica de guerra civil.
Con Bush, con Aznar (y por supuesto,
con Berlusconi) no tenemos que vérnosla con partidos de derecha,
en el sentido tradicional del término, sino con fuerzas extrademocráticas
(si no se quiere admitir, por cautela diplomática, que son más
exactamente fuerzas antidemocráticas), porque al defender con orgullo
y arrogancia su "derecho" a manipular y abolir los hechos, inoculando de
forma masiva un virus totalitario en las democracias liberales, destruyen
la base común (la realidad de los hechos) sobre la que dividirse
según las diferentes opiniones.
Es decir, destruyen los cimientos
-como valor irrenunciable- de una convivencia civil. |