| La
Jornada de México - 12 de diciembre de 2004
En defensa
de la utopía
Guillermo
Almeyra
Alain Touraine, conocido sociólogo,
sostiene que la utopía es totalitaria, reaccionaria. José
Saramago, premio Nobel de Literatura y autor de un magnífico libro
utópico: El memorial del convento, dice a su vez que la utopía
provoca pereza mental. Ambos autores, sin embargo, apoyan al Ejército
Zapatista de Liberación Nacional: por lo visto, nunca hay que pedir
demasiada coherencia... Es posible que los dos hayan tenido en mente la
versión stalinista o maoísta de un supuesto marxismo, es
decir, una visión en efecto totalitaria, dogmática, religiosa,
de una teoría libertaria. Pero eso no quita que contradigan la historia
de la cultura y la historia política y social.
En nombre de la utopía cristiana,
de una Iglesia de iguales y del Reino de los Justos, se formó en
los primeros siglos de nuestra era una comunidad unida por la voluntad,
capaz de sacrificios y de grandes iniciativas, que sintetizó creativamente
mitos paganos de todo tipo y unificó pueblos y personas muy diferentes
hasta que esa religión (creación de lazos unificadores) desembocara
en ese aparato reaccionario que unía el poder imperial, terrenal,
con la policía de las mentes por una casta jerarquizada de sacerdotes,
la Iglesia, dirigida por un Papa-rey o por sangrientos emperadores y reyes
por derecho divino. No fue la utopía cristiana la que produjo las
Cruzadas, la Conquista, las guerras religiosas, la Inquisición.
Las raíces del totalitarismo hay que buscarlas, en cambio, en la
estructura social que permitió la afirmación del poder de
los déspotas.
En nombre del socialismo, millones
de seres humanos fueron capaces de toda clase de sacrificios, desarrollaron
enorme creatividad política y social, crearon por doquier escuelas,
cooperativas, sindicatos, bibliotecas, centros de estudio, desmontaron
los mitos y ritos culturales de las clases dominantes, crearon espacios
de autogestión, incursionaron audazmente en el terreno de la ciencia
y de las ideas, abriendo nuevas pistas al pensamiento. La utopía
no los homogeneizaba ni los inducía a la pereza mental. El poder
de los burócratas-sacerdotes, ignorantes y grises, con su Papa (Stalin
o Mao) y sus textos sagrados, tampoco en este caso es una consecuencia
de la utopía socialista, sino que, como primer medida, la puso fuera
de la ley. No hay socialismo, en efecto, sin democracia, libertad de crítica,
libre pensamiento. No tiene nada que ver con el socialismo el sistema del
partido único, de la Verdad oficial, de la infalibilidad de un Jefe
Supremo, de un Líder carismático y omnisapiente. En el socialismo
todos deben ser líderes, tal como todos los soldados del general
republicano Napoleón "llevaban en la mochila su bastón de
mariscal" que podían ganar en el campo de batalla.
Salvo en el caso de los socialistas
utópicos, profetas de sueños, que fijaban por anticipado
cada rasgo de los sistemas cerrados que pergeñaban y que por eso
fueron criticados por los clásicos marxistas, el socialismo es experimentación,
no imposición de "modelos". Y debe llevar a la liquidación
del Estado, ese corsé de hierro que ahoga a la sociedad, no a su
afirmación, y a la sustitución del mismo por lo que Marx
definía como "federación de libres comunas asociadas", promotoras
de la autogestión social generalizada. Touraine nunca fue socialista
ni se preocupó por la historia del movimiento obrero y, siendo francés,
conoció la increíble esterilidad del pensamiento oficial
de la intelectualidad comunista de su país, y Saramago pasó
desgraciadamente por la escuela del totalitario partido stalinista de Alvaro
Cunhal. Es lógico, pues, que habiéndose quemado hace unos
años huyan ahora del agua fría. Pero eso no les autoriza
a formular declaraciones sin previa reflexión.
La utopía, en efecto, es como
el horizonte, porque no es algo acabado sino un objetivo lejano que da
sentido y dirección a los pasos del caminante. Pero éste
avanza según se lo permitan sus piernas y por los caminos, trazados
ya por otros o que él esboza a campo traviesa, que no están
en los libros ni tienen por qué ser iguales para todos. Cada uno,
por otra parte, según su altura y la agudeza de su visión,
ve ese horizonte de modo distinto y actúa de modo diferente. Por
eso la utopía no desarrolla la pereza mental sino, por el contrario,
la creatividad y la discusión.
Ni los seres humanos ni las clases,
grupos y subgrupos que ellos integran, son puramente racionales. Los sentimientos,
la ira ante las vejaciones, la solidaridad o la piedad ante el sufrimiento
ajeno, y la esperanza, son también motores -en parte irracionales-
de la historia. Si todo se redujese a un frío cálculo de
las ventajas y desventajas de cada acción o a una evaluación
de la relación de fuerzas, nadie habría enfrentado jamás
a un enemigo más poderoso y jamás habría habido movimientos
sociales (como el cristianismo primitivo o el socialismo) o revoluciones.
Por suerte, no es así. La moral de los combatientes forma parte
-inasible, no valorable- de la relación de fuerzas, como lo prueba
la resistencia en Fallujah. Y el Principio Esperanza, sobre el cual teorizó
ese gran marxista "cálido", Ernest Bloch, es inseparable de la utopía
y la transforma en fuerza. Olvidarlo es un grave error. |