| La
Jornada de México - 12 de diciembre de 2004
Globalización
y competitividad
Néstor
de Buen
El mundo está gobernado por el
imperialismo, conducta política impuesta por Estados Unidos, por
la competitividad como objetivo y por la globalización como extensión
del mundo capitalista. La frontera entre un mundo que podía discutir
entre socialismo y capitalismo se esfumó al caer el Muro de Berlín
y desaparecer la Unión Soviética. Noviembre de 1989 marcaría
el principio de las cosas a la manera imperial.
Es claro que la famosa guerra
fría, que mantenía tensiones entre la Unión de
Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS) y Estados Unidos,
con amenazas constantes de conflagración mundial: la crisis de Cuba
cuando barcos soviéticos trasladaban misiles de largo alcance y
otras crisis semejantes, no se calentó lo suficiente, pero los calentamientos
se produjeron en el más allá: Corea, Viet Nam y las reiteradas
acciones militares contra las democracias de Iberoamérica, sin olvidar
la evidente participación estadunidense en el derrocamiento del
presidente Salvador Allende.
A pesar de ello, Cuba se ha mantenido,
a veces con un precio difícil, como baluarte del socialismo, nada
menos que a unas cuantas millas de las costas de Florida.
Hoy el imperialismo inventa pretextos
y un nuevo enemigo: el terrorismo, y uno se pregunta si ese terrorismo
no tiene perfiles más claros en las agresiones infinitas a países
como Irán, Irak y Palestina, en esa tenebrosa combinación
que forman Bush y Sharon, que en las acciones sin duda terroristas de las
que el 11 de septiembre de 2001 sería el símbolo principal.
No falta quien afirme, sin embargo,
que en la maquinación del 11 de septiembre pudiera suponerse la
intervención de las mismas autoridades estadunidenses. Thierry Meyssan,
politólogo francés, ha escrito un libro impresionante: 11
de septiembre de 2001. La terrible impostura. Ningún avión
se estrelló en el Pentágono, de Editorial El Ateneo,
(Buenos Aires, agosto de 2003), en el que apunta, con datos concretos,
la alianza entre el gobierno de Bush y Osama Bin Laden. Hay, evidentemente,
intereses petroleros comunes, pero sobre lo que se dice en el libro yo
apuntaría algo más reciente y absolutamente sospechoso: la
aparición en la televisión de Osama Bin Laden tres días
antes de las elecciones en Estados Unidos, confesando su participación
en los hechos del 11 de septiembre y lanzando nuevas amenazas. No hace
falta ser muy mal pensado para concluir que ese discurso fue hecho a la
salud y para regocijo de Bush Jr. El miedo congénito al terrorismo,
que determina la política estadunidense, se convirtió en
pánico y en votos para los republicanos.
La competitividad, tan de moda, no
es más que la expresión del proyecto empresarial, elevado
a la condición mundial, de lograr bajos costos no importando el
sacrificio de puestos de trabajo y de salarios. Viviane Forrester, autora
del Horror económico, donde apuntó la frase de que
peor que la explotación es la falta de explotación, ahora
publica Una extraña dictadura (FCE, Buenos Aires, 2000),
obra en la que pone de manifiesto los procesos tortuosos de la competitividad
a expensas de la miseria de la mayoría de la población en
el mundo.
La competitividad, lema fundamental
de los aspectos económicos de la globalización, fue tema
principal en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte ("estimular
la competitividad de sus empresas en los mercados globales") y con el paso
del tiempo, ha arraigado en las reformas hechas o propuestas a las legislaciones
laborales del mundo. Se sirve de la productividad, que puede tener un aire
de bilateralidad, cuando beneficia también a los trabajadores (v.gr.,
con su participación en las utilidades que hoy los empresarios quieren
desaparecer), pero es en sí misma el baluarte de los esfuerzos del
capitalismo por obtener más beneficios, no importa a qué
costo social.
El imperialismo, acción esencialmente
política, avanza más con la globalización, que no
es otra cosa que asumir el control de los mercados de todo el mundo. Los
sistemas financieros mundiales, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional,
son los marines de esa permanente invasión sobre el territorio
de los países periféricos. Pero a esas invasiones conviene
agregar, de cuando en cuando, avances de los otros, con aviones, tanques
e infanterías, que sirven de aliento para convencer a los remisos
de las bondades del capitalismo.
La URSS desempeñó,
más allá de sus propios y monumentales defectos, el papel
de muro para impedir el progreso del sistema capitalista. El Muro de Berlín
era mucho menos un obstáculo para la huida de los alemanes del Este,
que un baluarte en contra del capitalismo estadunidense. Era un muro de
valores mucho mayores que los de su expresión física. Al
derrumbarse, la globalización y la competitividad de los países
capitalistas iniciaron su largo camino contra los derechos sociales.
Hoy, la esperanza está en
ese país monumental, China, que sin olvidar el Libro rojo
de Mao, ha iniciado con éxito notable un encuentro con el capitalismo
aparentemente de sentido social. Europa mejora su fuerza política
y económica, y en todo ello podrían apreciarse factores de
equilibrio mundial. Pero la defensa mayor en contra de esa competitividad
y globalización debe hacerse en la alianza de los países
de menores recursos, esfuerzo que acaba de encontrar un ejemplo importante
en el reciente pacto económico del conjunto de países que
forman América del Sur. Ojalá que nosotros no perdamos de
vista esa perspectiva. |