| La
Jornada de México - 12 de diciembre de 2004
Elecciones,
elecciones, elecciones
Immanuel
Wallerstein
Las elecciones se han vuelto el lugar
común del mundo moderno. Casi todas las naciones las realizan, y
en repetidas ocasiones. Además, casi todo país afirma ser
una democracia. Cuando la mayoría de las personas usan la palabra
democracia, lo primero a lo que se refieren es a las elecciones, pero no
cualesquiera, sino las que llaman elecciones libres. Según casi
todas las definiciones, una elección libre es supuestamente aquella
en la que candidatos alternativos, representativos de distintos puntos
de vista, pueden presentarse a los electores, comunicarse con ellos con
libertad y ser electos por el voto libre de ellos. Se supone que el resultado
de tal elección libre es una decisión legítima respecto
de quién gobernará una unidad política (o, en el caso
de un referendo, qué decisión tendrá fuerza de ley).
Si una elección es libre, se espera que el bando perdedor reconozca
la derrota con honestidad y, por tanto, que acepte los resultados como
voluntad de la mayoría.
Existe un número enorme de
presunciones en esta descripción típica. Puesto que en muchos
casos, quizá en la mayoría, los comicios son importantes,
los electores a menudo se apasionan con ellos -antes, durante y después-
y con mucha frecuencia no aceptan pasivamente los resultados. Es decir,
denuncian que el proceso no se fue imparcial o que incluso fue fraudulento
y, por tanto, los resultados son ilegítimos. Esto ocurre muy a menudo.
Si uno piensa en las elecciones recientes o las próximas en el mundo,
ha habido una serie de ellas con resultados en disputa, por ejemplo en
Irán, Venezuela, Estados Unidos, Georgia y Ucrania en 2004, y Palestina
e Irak, programadas en 2005 y bajo impugnaciones por adelantado. Es importante
hacer notar que no todos los resultados electorales son controvertidos.
Muchos países las llevaron a cabo este año sin que hubiese
dudas serias sobre su legitimidad, por ejemplo Canadá, España,
Uruguay e India.
Es esclarecedor, por tanto, repasar
las dudas que se han planteado respecto de las elecciones impugnadas, y
las razones por las cuales no se celebraron con la tersura suficiente para
que nadie se molestara en escribir sobre ellas, excepto para analizar por
qué los ganadores obtuvieron el triunfo. Debemos comenzar por asumir
que en toda elección hay ciertas prácticas que no siguen
las reglas teóricas de legalidad e imparcialidad. Por lo regular
sólo se hace mucho escándalo cuando la disputa es tan cerrada
que tales prácticas pueden afectar los resultados anunciados.
La primera cuestión, tal vez
la más elemental, es quién tiene derecho a votar. El concepto
de elecciones libres y justas asume por lo general que todos los ciudadanos
de cierta edad (por lo común de 18 a 21 años) son elegibles
para votar. Hoy, sólo una elección en la que haya sufragio
universal de hombres y mujeres se considera libre. Puesto que tales disposiciones
tienden a ser legales en la mayoría de los países y están
en vigor desde cierto tiempo antes de la elección, la pérdida
de derechos electorales por lo general no se presenta como tema vigente.
Pero precisamente se le planteó en las elecciones de Estados Unidos,
donde, como las reglas varían según los estados individuales,
la cuestión de si los reos de delitos graves pueden votar es una
consideración importante. Sólo dos de los 51 estados permiten
votar a los presos. Y algunos estados privan para siempre de sus derechos
a tales delincuentes, incluso cuando hayan purgado su sentencia. Puesto
que los reos provienen en forma desproporcionada de grupos minoritarios,
en ciertos estados el efecto es reducir en forma significativa el derecho
de voto de los negros. Y esto, dado el sistema de colegio electoral, puede
afectar en forma decisiva el resultado. Por ejemplo, George W. Bush hubiera
perdido en 2000 si los reos de delitos graves no hubiesen estado privados
del derecho a sufragar en Florida. No está claro en qué medida
haya afectado esto los resultados en 2004.
¿Quién puede postularse
a un cargo? Este asunto tuvo gran importancia en el caso de Irán.
En el sistema actual, existe un órgano oficial que debe certificar
el derecho de todo candidato a postularse. Dicha estructura está
controlada por una de las principales facciones partidistas, la cual se
negó a certificar a gran número de candidatos de la otra
facción, que así quedaron excluidos de las boletas. En las
próximas elecciones palestinas, ¿permitirán los israelíes
que Marwan Barghouti, actualmente en prisión, se postule para presidente,
haga campaña y sea electo al cargo?
¿Quién tiene acceso
a los medios? Aquí se trata de quién los controla, sea el
gobierno o el dinero. En algunos casos -de manera notoria en Georgia, Irán
y potencialmente Irak-, el gobierno ha tenido férreo control de
los medios, con lo cual priva a la oposición de la capacidad de
presentar sus argumentos en ellos. En el caso de Palestina, Israel controla
los medios, y tendremos que ver cuál será el impacto de ese
control. El tema del dinero y de su impacto en los medios, los cuales venden
su espacio, ha sido materia de discusión durante mucho tiempo en
Estados Unidos.
Sin embargo, todos estos temas se
presentan, por decirlo así, antes de la elección real. Por
lo regular la mayoría de las quejas serias se dan respecto de ésta.
La primera es la intimidación de votantes, la cual puede adoptar
varias formas. Existe el efecto de movilizar a los votantes con métodos
de mano dura o, en sentido inverso, de impedirles acudir a las urnas. La
oposición lanzó esta acusación en Venezuela. Este
será, sin duda, un asunto importante en Irak. Pero existen formas
más sutiles de intimidación. Se alega que en Estados Unidos
cobró la forma de poner en duda sin fundamentos el derecho de voto
de ciertos ciudadanos o esparcir rumores sobre ese derecho. Se teme que
la presencia continua de militares israelíes en zonas palestinas
afecte o dificulte el voto de los palestinos, y sin duda las campañas
de algunos candidatos.
La cuestión más importante
siempre es el recuento final de votos, el cual fue punto de disputa en
Venezuela, Estados Unidos, Georgia, Ucrania y lo será muy probablemente
en Irán y Palestina. En Venezuela, la oposición objeta el
recuento hasta la fecha, pero grupos de observadores internacionales avalaron
el conteo y hoy los resultados son aceptados por la generalidad. En Estados
Unidos aún se impugna, incluso en tribunales, el recuento en algunos
estados. Una queja, resultado de la tecnología avanzada, es que
se manipularon resultados generados por computadora en lugares donde no
existe registro en papel. La evidencia, dispersa por toda la Internet,
procede de una serie de cálculos que muestran que algunos resultados
son sumamente improbables en términos estadísticos. En Georgia,
por efecto de la rebelión en las calles, el gobierno reculó
y de hecho reconoció que los resultados anunciados en un principio
eran fraudulentos. Estas cuestiones siempre se complican a causa de las
reglas referentes a los resultados, y de las decisiones de los tribunales
(que en sí mismos están sujetos a impugnaciones, como en
Venezuela, Estados Unidos y Ucrania).
Y luego está el asunto de
si se pueden tener elecciones justas y libres en situaciones de disturbios
políticos y militares. Este es el tema central respecto de las próximas
elecciones en Irak. Por ejemplo, la combinación de la insurgencia
y el llamado a boicotear o posponer las elecciones que realizan la mayoría
de los partidos políticos sunitas y las autoridades religiosas,
¿significará que la participación sunita en la elección
será mínima, y en tal caso los resultados podrán considerarse
legítimos?
Por último está la
cuestión de la interferencia externa. El gobierno venezolano acusó
a Estados Unidos de dar apoyo irrestricto a la oposición. En Georgia,
Ucrania, Irak y Palestina es evidente que fuerzas externas no sólo
están interesadas en los resultados, sino ejercen activamente su
influencia para afectarlos o para influir en el debate poselectoral respectivo.
En general, existe buena dosis de
hipocresía cuando se invoca el concepto de elecciones libres y justas.
Se supone que los comicios deciden resultados políticos, pero muy
a menudo la flecha de la causalidad apunta en la otra dirección:
la política decide los resultados oficiales, y a menudo, en los
comicios disputados, un acuerdo político tras bambalinas afecta
la probabilidad de que los resultados se consideren legítimos o
no.
No es que las elecciones no deban
ser libres y justas: lo que ocurre es que estamos muy lejos de asegurar
que realmente lo sean en todo el mundo. Norte y sur. Y una vieja máxima
nos dice que quienes viven en casa de cristal deben abstenerse de arrojar
piedras, o por lo menos hacerlo con mucha prudencia.
|