Agustín Díaz Pacheco - rodelu.net
16 de diciembre de 2004
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Carlos Pinto Grote,
Premio Canarias de Literatura 1991

La sensibilidad escrutadora

Agustín Díaz Pacheco

 
Existe un poema de un magnífico creador canario (“Hace ya días que no me vengo a ver” *) que contiene un texto originalmente inverosímil y de inteligente ironía, pero da que pensar por su interesante dualidad: Hace ya días que no me vengo a ver, / porque estoy insufrible. / No sé cómo soporto el tedio visceral / en el que estoy hundido. / Por ello, hacerme una visita / 
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Carlos Pinto Grote
puede ser una larga tortura / y prefiero olvidar la amistad que me tengo y dedicar el tiempo a esa mala costumbre en que consiste / la vida en relación / aquel saludo, / una conversación sobre política local / inaguantable. / Espero mejorar la próxima semana. / Entonces me diré unas cuantas verdades, / a ver si así, las cosas se componen / y vuelvo a tolerar mi compañía. Leer este irónico poema puede hacernos reflexionar sobre si ha brotado de una persona profundamente exhausta, víctima de una tensa polémica entre el Soma y la Psiquis, el Ying y el Yang, y hasta del Alma y la Carne. Pero el autor del mencionado poema, que expresa una imaginaria dualidad de la cual tiene plena conciencia, y que puede estar en la encrucijada del Consciente y el Inconsciente, no es otro que una persona exquisita y equilibrada: Carlos Pinto Grote; hombre en quien destaca el médico y el escritor. Dado que existimos –en la acción de evitar el naufragio- en la vorágine de una realidad ante la cual se enfrenta la imaginería literaria, asistimos a un ficticio desdoblamiento, aunque no patológico puesto que el poema se vertebra conforme al fluir de la conciencia o la verosimilitud del vómito catártico. El poema, como expresión literaria, se reconcilia por obra del escritor y surge la narrativa que habita libros como Las horas del Hospital y otros cuentos (fue objeto de la avezada pasión lectora del también médico y buen escritor que fue José Zamora Reboso, lamentablemente desaparecido), Objetos del desván y de pasamanería, y Un poco de humo y otros relatos.

El primero de los citados libros consta de una acertada introducción a cargo de los profesores y escritores Antonio Álvarez de la Rosa y Daniel Duque, quienes exponen:” ...lo inquietante de Carlos Pinto Grote no sólo es que sea un hereje en ambos sentidos [refiriéndose a la coherencia y a la equivocación] y en grado sumo, con todas las virtudes apuntadas y algunos defectos silenciados, sino que lo reconoce, lo acepta y, para colmo, confiesa no importarle nada su consciente nadar contra corriente”. De lo apuntado por los introductores, cabe deducir que Carlos Pinto Grote tal vez sea un coherente rebelde e indagador de la autenticidad, convencido de la ética, tan escasa en ciertos ámbitos, sobre todo el político (abundante en celosos doctores de la demagogia, en profesionales de la mentira y el cinismo quienes cuentan con sus secuaces, sin olvidar a tantos estómagos agradecidos...), y de la estética, pasando por su manifiesta singularidad.

Los tres libros (afortunadamente reeditados y recientemente publicados por Ediciones Idea**), constituyen a la vez una invitación y un reto para cualquier lector que se precie. Invitación para que profundicemos en su prosa, donde coexisten sencillez y signos ocultos; escritor versátil y para quien tanto el mundo de las ideas como los recursos del lenguaje se hacen arte. Reto porque al descubrir derroca la superficie. Presente siempre: sensibilidad, denuncia y dolor, cuando en uno de sus cuentos (“Las vacaciones del Doctor Radek”) no duda en escribir: “Y nos alejamos de la paz de cada día. Cansados de la Tierra, queremos ir a las estrellas, sin pensar que eso, hace mucho tiempo, fue logrado por los poetas, los únicos capaces de tener realmente las estrellas en la mano. Pero tampoco los hemos comprendido”. Lo que él escribe, es decir, el texto que precede, no es más que la firme constatación de un hecho real, aún utópico; la convicción, mediante una metáfora, y el dolor, expresado al tener una exacta noción de que se ignora y no se sabe o no se quiere comprehender. Lo grafía de manera nada usual; más que con tinta, las frases contenidas en su cuento parecen haber sido escritas con sudor y sangre, la de quien escruta desde la sensibilidad y se convierte en espeleólogo de sombras y semipenumbras, las que laten en misteriosos laberintos donde penetra el médico psiquiatra y el escritor, y eminentemente, el hombre, y también muestra su disconformidad con un presente chato y anodino, donde predomina la mediocridad, el hastío y la deliberada ausencia de horizontes. La escritura de Carlos Pinto Grote implica una doble presencia: la del médico psiquiatra, como ya he referido, ocupado en la incesante tarea de ahondar, desde la sensibilidad y el conocimiento, en el laberinto humano y tratar de amansar el sufrimiento enmascarado (sólo que en ocasiones) que puede campar a sus anchas en forma de obsesiones, claroscuros y bruscos altibajos del ánimo. Esto no quiere decir que sus protagonistas sean seres alienados o sujetos a un tormentoso interior, pero si ya de por sí el escritor, el auténtico escritor, se define por una sutil perspicacia que conlleva virtudes psicológicas –y no me refiero a un criterio literario caracterizado por el psicologismo- el psiquiatra y escritor posee una vasta experiencia al intentar abordar la compleja conducta humana, lo que en muchas ocasiones lo convierte en un psiconauta que navega en un desquiciado mas. La abisalidad vertical de la mente es una complicada tarea en la que el psiquiatra ejerce la resistencia o que quizá llegue a sufrir, a sentirse impotente en bastantes momentos, por cuanto la convulsión individual puede ser el efecto del irresoluto, por contradictorio y antagónico, exterior social, y en afanoso buscador de claridades. En el primer aspecto vale citar al escritor ruso Antón Chéjov cuando se refería a la medicina: “El estudio de la medicina ha tenido gran influencia en mi obra literaria /.../; ha enriquecido mi conocimiento, cuyo valor real, para mí, como escritor, sólo puede comprenderlo quien también sea médico”. No obstante, quizá lo que argumentó Antón Chéjov sea susceptible de adhesiones y rechazos, pero, en todo caso, es una opinión bastante polémica al proclamar cierto reduccionismo; de ahí que resulte osado, pero del todo necesario, disentir o convertirse en epígono de su atrevimiento. Resulta innegable que la medicina y la literatura han ido muchas veces de la mano; el dolor humano, el temor, la angustia y las situaciones limite conviven con la medicina, y en multitud de ocasiones el ser humano se sabe vulnerable y entonces muestra su verdadero rostro: frágil y titubeante, lastrado de dudas y extremas ansiedades. En una palabra: pánico socialmente reprimido. En cuanto al segundo aspecto, la vocación escritural puede surgir en bastantes personas bien por una imperiosa necesidad de catarsis o bien porque los condicionantes culturales de carácter familiar pueden influir decisivamente en el código electivo del escritor. En el caso de Carlos Pinto Grote, hay que incidir en los eslabones de una saga familiar, no en vano su padre, el significado poeta Pedro Pinto de la Rosa, dirigió la revista Mensaje entre 1945 y 1947, al igual que sus nietos Carlos Eduardo y María Pinto Trujillo destacan como poetas. Lo cierto del caso es que tanto la poseía como la narrativa de Carlos Pinto Grote se alzapriman, adquiriendo un ritmo enraizadamente humano. Nos hallamos ante un hacedor minucioso, pulcro y riguroso, nada exento de reflexiones y posturas críticas sobre lo que acaece en su entorno. A las anteriores categorías se suma la de ser una persona signada por un espíritu en el que se afirma el ánimo propio de una perenne juventud, y también a quien sabe establecer una actitud de probado interés y apoyo a otros escritores y artistas (muchos de ellos jóvenes) de manera decidida e irrebatible.

Los tres libros recientemente publicados vienen a ser el contrapunto respecto a determinada literatura con fijaciones localistas, la que resulta delimitada por un espacio geográfico hipnóticamente insularista. (Se agradecería más imaginación...). La cultura es local por origen, pero universal por irradiación, y la literatura no debe exclusivizarse al topos real; entonces hay que hilar fino. Conciliar el medio con lo imaginado, o bien con lo autobiográfico, figura en Las horas del Hospital y otros cuentos, pero con la salvedad de que las historias contadas no quedan eclipsadas por el ambiente en el que se desarrollan: el antiguo Hospital Civil de Santa Cruz de Tenerife. El mencionado eclipse permanece ausente, lo brevemente narrado obedece a evocaciones y registros de la memoria, evitando estereotipadas recreaciones, confiriéndole a los protagonistas de sus cuentos suficiente dimensión humana y literaria. Catorce cuentos de Las horas del Hospital y otros cuentos se desarrollan en una época donde los hospitales no poseían los avances tecnocientíficos hoy existentes (deshumanizados e infrautilizados), pero rezumaban humanidad, y los pacientes no eran estabulados por una repugnante burocracia hoy tan dominante. Los ocho cuentos restantes deambulan conforme a la arbitrariedad del autor. Destacan, entre otros, los que llevan por título “Los guardianes del tesoro escondido”, ficción cuasimítica, y “Las vacaciones del Doctor Radek”, a mitad del diálogo filosófico y con atrevidos atisbos propios de la ciencia ficción y en el que se conjuga una lograda ironía y un sutil humor.

El monólogo interior, la dilación del desenlace de cuentos que giran sobre sí mismos, el abismo personal, el carácter anónimo de los protagonistas, la inexistencia de comarcas precisas, la apuesta filosófica, demostrada en “La ocupación definitiva”, o la rememoración, presente en “Lo irremediable”, presiden los veinte cuentos de Objetos de desván y trajes de pasamanería, cuyo prólogo realiza Solita Salinas de Marichal.

La pesquisa policiaca y la intriga, la omnipresencia de un protagonista, Charles Ensor, la restitución en “El corazón de la Madonna”, el misterio paranormal y la sinrazón satánica en “Una presencia peligrosa”, son algunos de los ocho cuentos de Un poco de humo y otros relatos. En él, un cuento “Una larga venganza”, donde constan dos referencias o tal vez alter ego, Carlos Bartlet y Celia Bartlet. Cuentos que adquieren cierto aroma británico.

Ahora es cuando los dos Carlos Pinto Grote nos entregan tres libros de cuentos, dispares entre sí, salvo un hilo conductor pasado a través del ojo de aguja de quien escruta sensiblemente lo que acontece o es imaginado. Entonces el escritor se visita, se soporta y nos soporta, mejora sin que llegue otra semana, y hasta vuelve a tolerar su compañía. Carlos Pinto Grote, quien recibiera en 1991 el Premio Canarias de Literatura por su sobresaliente trayectoria, nos brinda tres buenos libros. Y podríamos preguntarnos respecto a valiosos escritores situados en Canarias que a veces reciben agasajos o fugaces homenajes y luego resultan cuasiestigmatizados o les premeditan variadas mordazas. Canarias, la hijastra de la literatura española, humillada y servil, la que dispensa servidumbre a relampagueantes escritores radicados en la España continental -y nos visitan-, que imparten insoportables conferencias o algunos presentan caóticos libros, Canarias (tierra donde abunda la resignación y en la que no cesa una constante envidia, rencor acumulado, crispación y beligerancia, que invita al inxilio o la resistencia pacífica), doblemente marginada, tan sólo conocida por la belleza de sus paisajes, catalogados como exóticos por demagogos y fenicios intermediarios, respectivamente. No obstante, hay excepciones, y es la que ha merecido Carlos Pinto Grote al ser invitado por Magua SL al dar un recital poético en Zamora el 15 de octubre pasado, con la siempre inteligente presentación de Jorge Rodríguez Padrón, un creador de talento, al que algunos mediocres y barriobajeros de determinada parcela (¿cultural?) han querido desterrar, sin poder lograrlo. Como establece Ángel Fernández Benéitez (2C Revista Semanal de Ciencia y Cultura, página11; La Opinión, sábado 20/11/2004): “A partir del año 2002 han ido pasando por la sala de Caja Duero, empresa que financia al grupo Magua SL, Francisco Brines, Antonio Gamoneda, Ana Rosetti, Clara Janés y Carlos Pinto Grote”. Sin embargo, muchos son los culturos radicados en Canarias que no cesan en tirar piedras, envueltas en saliva, contra su propio tejado, que es de cristal y en torno a una mesa, hombres y mujeres, pacientemente sentados ante un plato vacío y una copa de hiel. Cuánto miserable...

(*) Antología poética, CCPC, página 134, Canarias, 2004.

(**) Las horas del Hospital, cuentos, Ediciones Idea, 149 páginas, Canarias, 2004; Objetos de desván y pasamanería, Ediciones Idea, 249 páginas, Canarias, 2004, y Un poco de humo y otros relatos, Ediciones Idea, 147 páginas, Canarias, 2004; los tres libros de la autoría del escritor Carlos Pinto Grote.
 

Agustín Díaz Pacheco
Escritor español, reside en La Laguna (Tenerife, Canarias)
lykos87@yahoo.es
 
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