puede ser una
larga tortura / y prefiero olvidar la amistad que me tengo y dedicar el
tiempo a esa mala costumbre en que consiste / la vida en relación
/ aquel saludo, / una conversación sobre política local /
inaguantable. / Espero mejorar la próxima semana. / Entonces me
diré unas cuantas verdades, / a ver si así, las cosas se
componen / y vuelvo a tolerar mi compañía.
Leer este irónico poema puede hacernos reflexionar sobre si ha brotado
de una persona profundamente exhausta, víctima de una tensa polémica
entre el Soma y la Psiquis, el Ying y el Yang, y hasta del Alma y la Carne.
Pero el autor del mencionado poema, que expresa una imaginaria dualidad
de la cual tiene plena conciencia, y que puede estar en la encrucijada
del Consciente y el Inconsciente, no es otro que una persona exquisita
y equilibrada: Carlos Pinto Grote; hombre en quien destaca el médico
y el escritor. Dado que existimos –en la acción de evitar el naufragio-
en la vorágine de una realidad ante la cual se enfrenta la imaginería
literaria, asistimos a un ficticio desdoblamiento, aunque no patológico
puesto que el poema se vertebra conforme al fluir de la conciencia o la
verosimilitud del vómito catártico. El poema, como expresión
literaria, se reconcilia por obra del escritor y surge la narrativa que
habita libros como Las horas del Hospital y otros cuentos (fue objeto
de la avezada pasión lectora del también médico y
buen escritor que fue José Zamora Reboso, lamentablemente desaparecido),
Objetos
del desván y de pasamanería, y Un poco de humo y otros
relatos.
El primero de los citados libros
consta de una acertada introducción a cargo de los profesores y
escritores Antonio Álvarez de la Rosa y Daniel Duque, quienes exponen:”
...lo inquietante de Carlos Pinto Grote no sólo es que sea un hereje
en ambos sentidos [refiriéndose a la coherencia y a la equivocación]
y en grado sumo, con todas las virtudes apuntadas y algunos defectos silenciados,
sino que lo reconoce, lo acepta y, para colmo, confiesa no importarle nada
su consciente nadar contra corriente”. De lo apuntado por los introductores,
cabe deducir que Carlos Pinto Grote tal vez sea un coherente rebelde e
indagador de la autenticidad, convencido de la ética, tan escasa
en ciertos ámbitos, sobre todo el político (abundante en
celosos doctores de la demagogia, en profesionales de la mentira y el cinismo
quienes cuentan con sus secuaces, sin olvidar a tantos estómagos
agradecidos...), y de la estética, pasando por su manifiesta
singularidad.
Los tres libros (afortunadamente
reeditados y recientemente publicados por Ediciones Idea**), constituyen
a la vez una invitación y un reto para cualquier lector que se precie.
Invitación para que profundicemos en su prosa, donde coexisten sencillez
y signos ocultos; escritor versátil y para quien tanto el mundo
de las ideas como los recursos del lenguaje se hacen arte. Reto porque
al descubrir derroca la superficie. Presente siempre: sensibilidad, denuncia
y dolor, cuando en uno de sus cuentos (“Las vacaciones del Doctor Radek”)
no duda en escribir: “Y nos alejamos de la paz de cada día. Cansados
de la Tierra, queremos ir a las estrellas, sin pensar que eso, hace mucho
tiempo, fue logrado por los poetas, los únicos capaces de tener
realmente las estrellas en la mano. Pero tampoco los hemos comprendido”.
Lo que él escribe, es decir, el texto que precede, no es más
que la firme constatación de un hecho real, aún utópico;
la convicción, mediante una metáfora, y el dolor, expresado
al tener una exacta noción de que se ignora y no se sabe o no se
quiere comprehender. Lo grafía de manera nada usual; más
que con tinta, las frases contenidas en su cuento parecen haber sido escritas
con sudor y sangre, la de quien escruta desde la sensibilidad y se convierte
en espeleólogo de sombras y semipenumbras, las que laten en misteriosos
laberintos donde penetra el médico psiquiatra y el escritor, y eminentemente,
el hombre, y también muestra su disconformidad con un presente chato
y anodino, donde predomina la mediocridad, el hastío y la deliberada
ausencia de horizontes. La escritura de Carlos Pinto Grote implica una
doble presencia: la del médico psiquiatra, como ya he referido,
ocupado en la incesante tarea de ahondar, desde la sensibilidad y el conocimiento,
en el laberinto humano y tratar de amansar el sufrimiento enmascarado (sólo
que en ocasiones) que puede campar a sus anchas en forma de obsesiones,
claroscuros y bruscos altibajos del ánimo. Esto no quiere decir
que sus protagonistas sean seres alienados o sujetos a un tormentoso interior,
pero si ya de por sí el escritor, el auténtico escritor,
se define por una sutil perspicacia que conlleva virtudes psicológicas
–y no me refiero a un criterio literario caracterizado por el psicologismo-
el psiquiatra y escritor posee una vasta experiencia al intentar abordar
la compleja conducta humana, lo que en muchas ocasiones lo convierte en
un psiconauta que navega en un desquiciado mas. La abisalidad vertical
de la mente es una complicada tarea en la que el psiquiatra ejerce la resistencia
o que quizá llegue a sufrir, a sentirse impotente en bastantes momentos,
por cuanto la convulsión individual puede ser el efecto del irresoluto,
por contradictorio y antagónico, exterior social, y en afanoso buscador
de claridades. En el primer aspecto vale citar al escritor ruso Antón
Chéjov cuando se refería a la medicina: “El estudio de la
medicina ha tenido gran influencia en mi obra literaria /.../; ha enriquecido
mi conocimiento, cuyo valor real, para mí, como escritor, sólo
puede comprenderlo quien también sea médico”. No obstante,
quizá lo que argumentó Antón Chéjov sea susceptible
de adhesiones y rechazos, pero, en todo caso, es una opinión bastante
polémica al proclamar cierto reduccionismo; de ahí que resulte
osado, pero del todo necesario, disentir o convertirse en epígono
de su atrevimiento. Resulta innegable que la medicina y la literatura han
ido muchas veces de la mano; el dolor humano, el temor, la angustia y las
situaciones limite conviven con la medicina, y en multitud de ocasiones
el ser humano se sabe vulnerable y entonces muestra su verdadero rostro:
frágil y titubeante, lastrado de dudas y extremas ansiedades. En
una palabra: pánico socialmente reprimido. En cuanto al segundo
aspecto, la vocación escritural puede surgir en bastantes personas
bien por una imperiosa necesidad de catarsis o bien porque los condicionantes
culturales de carácter familiar pueden influir decisivamente en
el código electivo del escritor. En el caso de Carlos Pinto Grote,
hay que incidir en los eslabones de una saga familiar, no en vano su padre,
el significado poeta Pedro Pinto de la Rosa, dirigió la revista
Mensaje
entre 1945 y 1947, al igual que sus nietos Carlos Eduardo y María
Pinto Trujillo destacan como poetas. Lo cierto del caso es que tanto la
poseía como la narrativa de Carlos Pinto Grote se alzapriman, adquiriendo
un ritmo enraizadamente humano. Nos hallamos ante un hacedor minucioso,
pulcro y riguroso, nada exento de reflexiones y posturas críticas
sobre lo que acaece en su entorno. A las anteriores categorías se
suma la de ser una persona signada por un espíritu en el que se
afirma el ánimo propio de una perenne juventud, y también
a quien sabe establecer una actitud de probado interés y apoyo a
otros escritores y artistas (muchos de ellos jóvenes) de manera
decidida e irrebatible.
Los tres libros recientemente publicados
vienen a ser el contrapunto respecto a determinada literatura con fijaciones
localistas, la que resulta delimitada por un espacio geográfico
hipnóticamente insularista. (Se agradecería más imaginación...).
La cultura es local por origen, pero universal por irradiación,
y la literatura no debe exclusivizarse al topos real; entonces hay que
hilar fino. Conciliar el medio con lo imaginado, o bien con lo autobiográfico,
figura en Las horas del Hospital y otros cuentos, pero con la salvedad
de que las historias contadas no quedan eclipsadas por el ambiente en el
que se desarrollan: el antiguo Hospital Civil de Santa Cruz de Tenerife.
El mencionado eclipse permanece ausente, lo brevemente narrado obedece
a evocaciones y registros de la memoria, evitando estereotipadas recreaciones,
confiriéndole a los protagonistas de sus cuentos suficiente dimensión
humana y literaria. Catorce cuentos de Las horas del Hospital y otros
cuentos se desarrollan en una época donde los hospitales no
poseían los avances tecnocientíficos hoy existentes (deshumanizados
e infrautilizados), pero rezumaban humanidad, y los pacientes no eran estabulados
por una repugnante burocracia hoy tan dominante. Los ocho cuentos restantes
deambulan conforme a la arbitrariedad del autor. Destacan, entre otros,
los que llevan por título “Los guardianes del tesoro escondido”,
ficción cuasimítica, y “Las vacaciones del Doctor Radek”,
a mitad del diálogo filosófico y con atrevidos atisbos propios
de la ciencia ficción y en el que se conjuga una lograda ironía
y un sutil humor.
El monólogo interior, la dilación
del desenlace de cuentos que giran sobre sí mismos, el abismo personal,
el carácter anónimo de los protagonistas, la inexistencia
de comarcas precisas, la apuesta filosófica, demostrada en “La ocupación
definitiva”, o la rememoración, presente en “Lo irremediable”, presiden
los veinte cuentos de Objetos de desván y trajes de pasamanería,
cuyo prólogo realiza Solita Salinas de Marichal.
La pesquisa policiaca y la intriga,
la omnipresencia de un protagonista, Charles Ensor, la restitución
en “El corazón de la Madonna”, el misterio paranormal y la sinrazón
satánica en “Una presencia peligrosa”, son algunos de los ocho cuentos
de Un poco de humo y otros relatos. En él, un cuento
“Una larga venganza”, donde constan dos referencias o tal vez alter
ego, Carlos Bartlet y Celia Bartlet. Cuentos que adquieren cierto aroma
británico.
Ahora es cuando los dos Carlos Pinto
Grote nos entregan tres libros de cuentos, dispares entre sí, salvo
un hilo conductor pasado a través del ojo de aguja de quien escruta
sensiblemente lo que acontece o es imaginado. Entonces el escritor se visita,
se soporta y nos soporta, mejora sin que llegue otra semana, y hasta vuelve
a tolerar su compañía. Carlos Pinto Grote, quien recibiera
en 1991 el Premio Canarias de Literatura por su sobresaliente trayectoria,
nos brinda tres buenos libros. Y podríamos preguntarnos respecto
a valiosos escritores situados en Canarias que a veces reciben agasajos
o fugaces homenajes y luego resultan cuasiestigmatizados o les premeditan
variadas mordazas. Canarias, la hijastra de la literatura española,
humillada y servil, la que dispensa servidumbre a relampagueantes escritores
radicados en la España continental -y nos visitan-, que imparten
insoportables conferencias o algunos presentan caóticos libros,
Canarias (tierra donde abunda la resignación y en la que no cesa
una constante envidia, rencor acumulado, crispación y beligerancia,
que invita al inxilio o la resistencia pacífica), doblemente marginada,
tan sólo conocida por la belleza de sus paisajes, catalogados como
exóticos por demagogos y fenicios intermediarios, respectivamente.
No obstante, hay excepciones, y es la que ha merecido Carlos Pinto Grote
al ser invitado por Magua SL al dar un recital poético en Zamora
el 15 de octubre pasado, con la siempre inteligente presentación
de Jorge Rodríguez Padrón, un creador de talento, al que
algunos mediocres y barriobajeros de determinada parcela (¿cultural?)
han querido desterrar, sin poder lograrlo. Como establece Ángel
Fernández Benéitez (2C Revista Semanal de Ciencia y Cultura,
página11; La Opinión, sábado 20/11/2004): “A
partir del año 2002 han ido pasando por la sala de Caja Duero, empresa
que financia al grupo Magua SL, Francisco Brines, Antonio Gamoneda, Ana
Rosetti, Clara Janés y Carlos Pinto Grote”. Sin embargo, muchos
son los culturos radicados en Canarias que no cesan en tirar piedras,
envueltas en saliva, contra su propio tejado, que es de cristal y en torno
a una mesa, hombres y mujeres, pacientemente sentados ante un plato vacío
y una copa de hiel. Cuánto miserable...
(*)
Antología poética,
CCPC, página 134, Canarias, 2004.
(**) Las horas del Hospital, cuentos,
Ediciones Idea, 149 páginas, Canarias, 2004; Objetos de desván
y pasamanería, Ediciones Idea, 249 páginas, Canarias,
2004, y Un poco de humo y otros relatos, Ediciones Idea, 147 páginas,
Canarias, 2004; los tres libros de la autoría del escritor Carlos
Pinto Grote.