Empeñado
en encubrir a los mandos militares que ordenaron asesinar a los legisladores
Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez, secuestrados el 18 de
mayo de 1976 en Buenos Aires, el ex presidente Julio María Sanguinetti
apeló a una maniobra dialéctica y a un juego de palabras
para entorpecer la acción de la justicia, durante el interrogatorio
a que fue sometido como testigo, el viernes 3. Ante el juez penal Roberto
Timbal y la fiscal Mirtha Guianze, Sanguinetti reconoció que "hubo
una posible conexión uruguaya" con los
ejecutores
argentinos de Michelini y Gutiérrez Ruiz, y que "era evidente que
esta conexión refería a eventuales mandos militares o policiales
uruguayos". El actual secretario general del Partido Colorado hizo uso
y abuso del condicional, salvo para afirmar, en rueda de prensa, que en
ningún momento había mencionado nombres concretos.
Sanguinetti
fue convocado a sede judicial para testificar en el expediente donde ya
declararon el ex presidente Juan María Bordaberry, el ex canciller
Juan Carlos Blanco, y los ex senadores Alberto Zumarán y Juan Raúl
Ferreira. El objetivo de los magistrados es determinar si la orden de asesinar
a Michelini y Gutiérrez Ruiz partió de los mandos militares
uruguayos de la época y si fue un acto de gobierno. El juez y la
fiscal indagaron en las afirmaciones contenidas en las actas de la Comisión
Investigadora del Senado, donde el ex obispo de Montevideo, monseñor
Carlos Partelli, describió cómo, muy poco después
de los asesinatos, recibió un testimonio según el cual la
decisión de ejecutar a los dos exiliados había sido adoptada,
por mayoría de votos, en una sesión del Consejo de Seguridad
Nacional (cosena), integrado por el presidente, los ministros de Defensa,
de Relaciones Exteriores y del Interior, y los comandantes en jefe de las
tres armas.
Bordaberry
y Blanco negaron enfáticamente que el cosena hubiera puesto a votación
los asesinatos, y por sus declaraciones parecían haber estado totalmente
al margen de los acontecimientos, como si no hubieran ocupado los altos
cargos en el momento de los acontecimientos. Esa alegada ignorancia, que
contrasta con el fluido intercambio de información y contactos que
el gobierno uruguayo mantuvo con el argentino en los meses y días
previos a los asesinatos, impulsó a los magistrados a convocar a
Sanguinetti para que informara sobre los elementos de juicio que lo llevaron
a aplicar la ley de caducidad en este caso, en 1989. Los magistrados querían
saber específicamente qué información había
recabado el entonces presidente de la República, información
que involucraba a los mandos militares y a oficiales de las Fuerzas Armadas
en los asesinatos de Buenos Aires.
AYUDAMEMORIA
El 14 de marzo
de 1989, exactamente un mes antes del referendo que confirmó la
vigencia de la ley de caducidad, el presidente Sanguinetti respondió
el mensaje Nº 16, del 8 de febrero de ese año, elevado por
la Suprema Corte de Justicia, referido al oficio 32 del juzgado penal de
11º turno que investigaba la denuncia sobre los asesinatos de Michelini
y Gutiérrez Ruiz y preguntaba a la Presidencia si ese episodio debía
ser considerado en los beneficios de la ley de caducidad.
La respuesta
de Sanguinetti, firmada también por el teniente general Hugo Medina,
ministro de Defensa, era propia de su estilo. Afirmaba que los militares
denunciados en la causa "quedarían fuera de la aplicación
de la ley penal uruguaya en virtud de que ha mediado intervención
previa de autoridades argentinas". Olvidaba mencionar, prudentemente, que
él había interferido directamente en el trámite de
la justicia argentina demorando durante más un año un pedido
de extradición de tres oficiales y un policía, requeridos
por un juez federal argentino por diversos delitos, entre ellos los asesinatos
de los dos legisladores.
Pero dado que
la argumentación era endeble;y cabía la posibilidad de que
el juez continuara las indagaciones&endash; Sanguinetti estampó
en el documento la siguiente directiva: "No obstante ello, y para el caso
de que la opinión expuesta pudiera ser controvertida, el Poder Ejecutivo
;de acuerdo a lo que establece el artículo 3 de la ley Nº 15.848;
considera que los hechos investigados en esos antecedentes se encuentran
comprendidos en el artículo 1 del mencionado cuerpo legal". No escribió
en condicional; no dijo "se encontrarían" o "eventualmente se encuentran",
o, como llegó a decir ahora:
"dio por válido
el rumor";. Para nada: afirmó sin lugar a dudas que los asesinatos
de Michelini y Gutiérrez Ruiz estaban comprendidos en la caducidad,
después de aplicar el artículo 3 según el cual el
presidente debe investigar si en los hechos estaban involucrados militares
y policías que actuaron en función de órdenes emitidas
por los mandos.
Sólo
las especiales circunstancias que vivía el país, aquel arrollador
terrorismo propagandístico del que Sanguinetti fue artífice
principal y que prometía regresar a los oscuros días de calabozos
y cuarteles si se llegaba a derogar la ley de caducidad, permitieron que
la sorprendente afirmación pasara desapercibida. De hecho dos años
antes, cuando el 22 de diciembre de 1986 una mayoría de senadores
blancos y colorados votaba la ley de caducidad, voceros del gobierno y
del herrerismo no tuvieron empacho en afirmar que, por supuesto, la caducidad
no corría para el episodio de Michelini y Gutiérrez Ruiz,
pese a lo cual un artículo que expresamente excluía el caso
desapareció misteriosamente del texto en los minutos finales de
la alocada aprobación parlamentaria, no fuera el caso de que el
ministro de Defensa, teniente general Medina, que había secuestrado
en su caja fuerte las citaciones a militares, quedara en orsay, y con él
el gobierno desacatando a la justicia; había que desacatarla pero
de forma legal.
De hecho, aquella
comunicación de marzo de 1989 zanjaba cualquier discusión
al respecto: el presidente había investigado y la información
que le dieron los mandos militares confirmaba que en los asesinatos habían
participado policías y militares uruguayos que cumplieron órdenes
superiores. En verdad, todo coincide: los viajes de Blanco a Buenos Aires;
las comunicaciones para que retuvieran en Argentina a los exiliados; la
suspensión de los pasaportes; los pedidos de vigilancia; y, tal
como se ha revelado ahora, según una confesión del inspector
Hugo Campos Hermida al periodista John Dinges, después de la reunión
del cosena, la resolución que cambiaba el objetivo del operativo,
inicialmente un secuestro, que se transformó en una ejecución
para abortar totalmente cualquier conato de negociación de una transición
política.
CADUCIDAD
POR LAS DUDAS
Lo que concretamente
querían saber el juez y la fiscal cuando citaron a Sanguinetti el
viernes 3 era qué clase de información manejó siendo
presidente y qué tipo de evidencias obtuvo sobre las órdenes
impartidas y la participación de militares uruguayos. Una vez más
Sanguinetti quiso hacer un dribbling: dijo a los magistrados que amparó
los homicidios en la ley de impunidad porque "admitió por válida
la alegada versión, según la cual, los dos legisladores fueron
asesinados por argentinos que actuaron en coordinación con presumibles
mandos militares uruguayos". Dijo que "supuso" que "había una posible
conexión uruguaya" con los ejecutores argentinos, y que "era evidente
que esta conexión refería a eventuales mandos militares o
policiales".
Tanta ambigüedad
tenía una razón: ¿cómo ayudar a su correligionario
Bordaberry, de quien "se suponía una atribución específica
de responsabilidad", y a la vez evitar cualquier información concreta?
La solución no fue buena, pero es la única que se le ocurre
después de tantos años de encubrir la impunidad: aplicó
la caducidad "por las dudas", haciéndose eco de las versiones que
circulaban. Tras su comparecencia queda
en evidencia
que tanto en 1989 como en este diciembre de 2004, Sanguinetti sigue poniendo
trabas al accionar de la justicia. Si, como dice ahora, aplicó la
caducidad por simple presunción, entonces en 1989 mintió
a la justicia al afirmar que los asesinatos de Michellini y Gutiérrez
Ruiz estaban comprendidos en el artículo 1 de la ley, en función
de la aplicación del artículo 3. Con ello logró que
se archivara la investigación.
Pero si, como
es evidente, Sanguinetti supo en detalle la participación uruguaya
en los asesinatos, entonces ahora, al negarle la información a los
magistrados, está, nuevamente, interfiriendo con la justicia. Está,
como siempre, siendo coherente: ubicándose del lado de los victimarios.