| Página/12
de Argentina - 14 de diciembre de 2004
Relatos
de los supervivientes de Pinochet
El informe
sobre las torturas aplicadas por la dictadura, que se presentó hace
un mes, conmovió a la sociedad chilena. El desgarrante recuerdo
de algunas víctimas.
Manuel
Délano *
Desde Santiago
Ese
día tenía examen de química. Al salir de su casa,
cuando Mariluz Sabrina Pérez partió temprano a clase en el
Liceo 12 de niñas, vio a los agentes de la DINA (Dirección
de Inteligencia Militar) que la esperaban. Si se volvía, podía
pasarles algo a sus padres. Prefirió correr: ya había estado
detenida antes, a los 16 años, durante el golpe militar, y estaba
ayudando a asilar perseguidos de la dictadura. La capturaron y metieron
en un coche. Su última imagen, porque después estuvo vendada
muchos días, fue del amigo que la había entregado a la DINA
en los interrogatorios, con esposas, ensangrentado, sentado en el coche
y, como después supo, con los testículos quemados. Sabrina,
como le dicen, entonces una colegiala y socialista, perdonó al amigo
con un infantil: “¿Cómo estás?”.
Su tránsito
por el infierno de Villa Grimaldi, el mayor chupadero (centro de detención)
clandestino de Pinochet es el de muchos de los más de 27.000 chilenos
reconocidos por una comisión independiente como víctimas
de la tortura y prisión política en la dictadura. “Me recibieron
con un telefonazo (fuerte golpe con ambas manos en los oídos), me
quitaron el uniforme escolar y quedé desnuda. Me enviaron directa
a las sesiones: me pegaron, me pusieron electricidad en los pezones, en
todo el cuerpo, me violaron, quedé con quemaduras y lesiones en
la vagina, perdí mi capacidad de soñar’. Han pasado 29 años
y Sabrina, hoy jefa de acción social en una de las comunas más
pobres de Santiago, con lágrimas en los ojos cuenta: “Me causaban
lesiones para asegurarse de que no pudiera concebir. Cuando fui adulta,
sufrí muchas pérdidas antes de lograrlo. Tener un hijo era
ganarle a la DINA.” Valora el informe de la comisión, pero critica
que no haya dado los nombres de los torturadores a la Justicia. “Le faltó
mucho. Yo pondré tres querellas: una con otras personas, contra
el Estado, por no entregar los nombres de los torturadores; otra por las
torturas a mí, y otra porque era menor de edad cuando fui detenida.”
El poeta Jorge
Flores (46) es otro de los 1100 niños víctimas de la tortura
y prisión por la dictadura. Su adolescencia terminó a los
16 años, al pasar del liceo a las torturas de la DINA, que lo secuestró
y llevó a un recinto clandestino, para que entregara a un hermano
mayor. Desnudo, aterrado, después de una golpiza brutal, Flores
rompió en llanto. “¡Para de llorar, maricón!”, le dijo
uno de los agentes, y le propinó un culatazo. Lo colgaron boca abajo,
de los pies, hasta que desmayó del dolor. Mientras su familia lo
buscaba con desesperación, un oficial de la DINA lo llevó
a casa de una tía para chantajear a su familia. Varios de los que
estuvieron detenidos con él siguen desaparecidos hasta hoy. Escribió
su historia en un libro testimonial, Londres 38, nombre del lugar de detención.
“Porque no me pertenece”, dice.
“Ya pasó
el dolor físico, pero cuando despierto todavía pienso que
me irá mal, que algo malo me sucederá a mí o a mi
familia y estoy todo el día tratando de sobreponerme”, afirma Flores.
Con dos hermanos muertos en la dictadura, un primo desaparecido y una asesinada,
él y su hija vieron juntos en televisión a Manuel Contreras,
ex jefe de la DINA. ‘¿Ese fue? ¿Por qué no rompés
el televisor?’, le preguntó su hija. Según Flores, el informe
“es muy positivo, un gran logro, porque ha quedado en el archivo para las
futuras generaciones, nos repara moralmente y ya nadie nos puede ningunear.
Es importante que la Justicia lleve a los sicarios a la cárcel,
pero la verdad es que es tanto el daño que nada lo puede pagar.”
Muchos torturados
y detenidos por la dictadura no fueron a declarar ante la comisión
que hizo el informe. Algunos, como Marcelo Castillo, gerente de comunicaciones
de Chilectra, filial de Endesa España, detenido dos veces, por militares
y carabineros, y que sufrió golpizas y simulacros de fusilamiento,
porque creyó que era sólo para los casos más extremos,
lo mismo que pensó la periodista María Olivia Mönckeberg,
detenida una semanaen un cuartel de la DINA. Organismos de derechos humanos
elevan a más de 100.000 el número total de víctimas
de la tortura y prisión. De hecho, en la comisión esperaban
cerca del doble de los 35.000 testimonios que recibieron.
A Ricardo
Aguilera (51), técnico en instalaciones de calefacción, lo
detuvo primero la Fuerza Aérea, después la policía
civil y finalmente estuvo encarcelado. La primera vez, en 1974, permaneció
10 días encapuchado, a ciegas, “en la moledora de carne, la Academia
de Guerra de la Fuerza Aérea”. Durante “tres días y tres
noches me obligaron a estar de pie junto a una pared, sin poder apoyarme,
dormir, moverme ni comer, en medio de los gritos de torturados, mientras
los guardias ponían música de Cat Stevens”.
Después,
en 1984, cayó por segunda vez, en un control policial de vehículos,
con un grupo de amigos. Tenía escondido en la ropa un documento
del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) y se lo encontraron. Lo
separaron de los demás. Desnudo y envuelto en una frazada, como
un bulto, los detectives lo trasladaron a la Brigada Investigadora de Asaltos.
“Me dieron con todo. Ahí sobrepasé el umbral humano. Golpizas,
parrillas (electricidad), teléfono, asfixia, simulacro de fusilamiento.
Varias torturas al mismo tiempo. Me colgaron de pies y manos, mientras
me pegaban y me ahogaban haciendo tragar agua con una manguera por la boca
y la nariz. Perdí la noción del tiempo y me desmayaba, me
tiraban agua y seguían.” De vez en cuando, un médico lo revisaba
para que continuaran. “Yo gritaba con todos mis pulmones, en un alarido
interminable, para que el dolor saliera de mi cuerpo.”
Hasta hoy,
Aguilera quedó con secuelas, dolor en sus articulaciones, se truncó
su proyecto de ser artista, que ahora quiere recobrar, y quedó a
la defensiva en la vida. “Pasa un coche rápido y tengo un vuelco
en el corazón. Siempre miro quién anda cerca, me fijo en
los demás.” Sus penurias no terminaron con la condena a cinco años
de prisión por complicidad en entrada clandestina en el país.
Después de los tormentos, una cárcel pública de Pinochet
casi parecía amable. Pero a los pocos días, los aparatos
de seguridad envenenaron con la toxina del botulismo a los detenidos en
su celda. Dos murieron y él y un hermano suyo quedaron graves. El
caso se investiga hasta hoy. Las denuncias apuntan a experimentos de la
represión con los prisioneros y a que quisieron enviar un mensaje
a todos los presos políticos: ni en la cárcel estaban seguros.
Han pasado 29 años, pero Darío Rojas todavía tiene
la pesadilla de que lo siguen buscando. Hasta ahora no había contado
detalles y sus hijos no los han sabido. De tantas veces que le aplicaron
electricidad en Villa Grimaldi, lugar al que lo trasladó la DINA
después de su detención en Antofagasta, donde quería
instalar una radio clandestina contra la dictadura, quedó “con una
disfunción neurológica” que le provoca sentir en ocasiones
sus “propios impulsos eléctricos”. Técnico en informática,
reacciona en contra del dolor de una inyección o si alguien lo golpea.
‘Se exacerbó mi instinto de protección’, afirma. Reivindica
del informe que ahora todos sepan que la tortura obedecía a una
instrucción del mando, y valora que la sociedad hable del tema,
aunque cuestiona que hayan debido pasar tantos años. “Me siento
un superviviente de la locura, del terror, de los gritos. Todavía
me sorprendo de la crueldad a la que pueden llegar las personas, y de la
enorme capacidad de cariño de los compañeros prisioneros
para reconfortarte cuando volvías de las sesiones.”
El psiquiatra
Daniel Díaz (52), detenido por la Armada en Talcahuano cuando era
estudiante de Medicina, recuerda con más dolor que hayan torturado
a otras personas a su lado, mientras él no podía hacer nada,
que los tormentos contra él. Estuvo un mes y medio secuestrado,
sin que nadie supiera dónde y negaran su detención. Considera
la tortura un método para mantener sojuzgada a la población.
Fue el penúltimo día a declarar a la comisión. “Me
sorprendí de la cantidad de recuerdos que tenía, todo estaba
ahí. Después del informe, la situación es liberadora
y esperanzadora.”
* De El País
de Madrid. Especial para Página/12.
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