"
Fue bastante fácil decidir someter a Augusto Pinochet a proceso
por el homicidio calificado de una persona y el secuestro permanente de
otras nueve, durante la Operación Cóndor", declaró
ayer el juez de fuero Juan Guzmán Tapia, a cargo del caso.
El
anuncio del magistrado de que "Pinochet está mentalmente apto para
enfrentar todas las etapas propias de un juicio criminal" y el subsecuente
arresto domiciliario provocó las reacciones acostumbradas en episodios
similares anteriores: el júbilo de víctimas sobrevivientes
y de familiares de los que ya no están. Y la inmediata apelación
de la defensa del general.
Lo
anterior deja en evidencia el grado del daño causado por los 16
y medio años de dictadura de Pinochet y hasta qué punto Chile
padece aún las secuelas de esa tragedia. Si se tratara de un país
donde la institucionalidad estuviera a salvo de presiones y amenazas de
"poderes fácticos", si el estado de derecho fuera un profundo concepto
de nación más que una situación circunstancial, si
hubiera convicción generalizada entre las autoridades de que la
justicia es un requisito inexcusable de la democracia, Pinochet y su enorme
lista de secuaces habrían sido ya juzgados y condenados en estos
14 años de post-dictadura. Y no habría que festejar que los
representantes del Poder Judicial cumplieran con su deber. Y los defensores
de lo indefendible no se atreverían, como aún hoy lo hacen,
a apelar en favor de Pinochet con el increíble argumento de que
al procesarlo "se violan sus derechos humanos."
El
gobierno chileno, en ocasiones como ésta, destaca que en Chile "las
instituciones funcionan", como si ello fuera una excepción digna
de destacarse y no un mandato constitucional.
Los
aliados de entonces
Para
dar el golpe que derrocó al gobierno constitucional de Salvador
Allende, Pinochet contó con el apoyo documentado del gobierno de
Estados Unidos, de la clase empresarial chilena, de los partidos de derecha
y del centroderechista Partido Demócrata Cristiano. Parte de la
jerarquía eclesiástica católica también lo
apoyó.
Con
los años Washington disminuyó su apoyo a la dictadura y finalmente
alentó una salida democrática pactada. La izquierda había
sido duramente golpeada, las organizaciones de participación popular
arrasadas, la libertad de expresión erradicada por decreto. La "nueva
institucionalidad" plasmada en la Constitución de 1980 parecía
garantía suficiente para que nunca más la izquierda pudiera
gobernar en Chile.
La
clase tradicionalmente dominante en Chile, convertida por obra de Pinochet
en clase gobernante, apoyó sin reservas al general y su legado hasta
después de traspasado el mando de la nación a los civiles,
tras ser derrotado en el plebiscito de octubre 1988.
Hoy,
Washington ve en la "democracia protegida" chilena un modelo a seguir.
Pinochet, el aliado de ayer, el encargado de hacer el trabajo sucio, ya
no le es útil.
El
Senado estadunidense investiga el origen de los dineros que Pinochet depositó
en el banco Riggs de ese país, incluso con identidad falsa, y de
cuyo origen no hay explicaciones convincentes. Esta situación, advierten
los que saben, puede llevar a Pinochet ante tribunales de Estados Unidos.
Augusto
Pinochet se encargó de concitar la lealtad blindada de sus camaradas
de armas involucrando a parte importante de los altos mandos castrenses
en la planificación y decisión de los crímenes del
régimen. A la oficialidad le encargó la ejecución
de esos crímenes que la tropa simplemente llevó a cabo en
cumplimiento de órdenes superiores. A todos advirtió que
la inmunidad de los miembros de las instituciones armadas sería
tal mientras la suya, como autoridad máxima del régimen militar,
permaneciera intacta.
Iniciada
la transición a la democracia -en marzo de 1990- comenzaron a aflorar
innumerables evidencias de atrocidades cometidas como política de
Estado durante la dictadura, que siempre estuvieron allí, pero que
un Poder Judicial obsecuente y permisivo prefirió ignorar. Pinochet
y los altos mandos de las fuerzas armadas sentenciaron: "excesos personales".
Incluso
respecto de la Operación Cóndor, coordinación
represiva de los regímenes dictatoriales del Cono Sur de América
cuya acta de nacimiento se escribió en Santiago el 25 de noviembre
de 1975, durante una reunión de los responsables de seguridad de
cada país, convocada por Chile, Pinochet y sus secuaces negaron
responsabilidad e incluso conocimiento.
Hasta
fechas muy recientes la táctica del dictador surtió efecto
tanto con sus camaradas de armas como con los civiles que lo apoyaron sin
reservas.
Sin
embargo, ante el peso de la evidencia y la tenacidad de los defensores
de derechos humanos, la justicia chilena, tardía y vacilante, ha
comenzado a actuar. Y Pinochet se va quedando solo.
Al
reconocimiento de las cúpulas castrenses de que sí hubo responsabilidad
institucional en los crímenes de lesa humanidad contra opositores,
se unió en días recientes el reclamo del general en retiro
del ejército chileno, Manuel Contreras Sepúlveda, el Mamo,
quien se declaró molesto con el ex dictador "por eludir sus responsabilidades
y dejar a sus subalternos el peso de los hechos."
Contreras
fue titular de la Dirección de Inteligencia Nacional (Dina) policía
política del régimen y anfitrión de la reunión
inaugural de la Operación Cóndor.
Una
de sus declaraciones judiciales -hecha en 1997- determinó la decisión
del juez Guzmán de procesar a Pinochet. Fue la siguiente: "Yo, en
cumplimiento también a normas militares, fui nombrado el día
13 de noviembre de 1973, Delegado del Presidente de la Junta de Gobierno
en esa fecha y posteriormente Presidente de la República. Este documento
fue básicamente el nombramiento único que recibí del
Presidente de la República durante mi permanencia en la Dina, y
por el cual se me autorizaba para actuar en nombre del Presidente. El director
real de la Dina no era yo, sino que tendría que haber sido el Superior
Directo de la Dina, que de acuerdo al mismo decreto antes expuesto era
inicialmente la Junta de Gobierno, a continuación el Presidente
de la Junta de Gobierno y posteriormente el Presidente de la República".
Contreras
purgó ya una sentencia de siete años por el asesinato de
Orlando Letelier -ministro de Relaciones Exteriores Allende- perpetrado
en Washington en 1976. Y enfrenta numerosas querellas por torturas y desaparición
de personas.
Parte
de la jerarquía eclesiástica que apoyó al dictador
por acción o por omisión, ensaya hoy un ecléctico
llamado a perdonarse... mutuamente.
Esa
masa informe de los que no eran clase dominante, ni empresarios, ni ricos,
pero que apoyaron el golpe militar y la dictadura "por salvarlos de los
horrores del comunismo ateo y perverso" argumentan hoy "nunca supimos lo
que estaba ocurriendo." Y agregan: "Si hubiéramos sabido..."
La
clase dominante, los empresarios y los nuevos empresarios, los ricos y
los nuevos ricos así como los partidos de derecha se dividen entre
los que justifican todo "porque vivimos una guerra" y los que marcan distancia,
ofendidos "como clase" por actos de corrupción: "Una cosa es frenar
al marxismo y otra muy distinta es meter las manos."
El
actual torrente de denuncias, querellas y condenas contra represores demuestra
que los temores han disminuido tanto en los denunciantes como en los jueces.
Los
incondicionales a Pinochet son cada día menos. Y los juicios contra
Pinochet son cada día más: están en curso el del asesinato
del general Carlos Prats y su esposa Sofía Cuthbert. El de los dineros
del banco Riggs. Algunos en preparación por su responsabilidad en
las torturas contra presos políticos que quedaron en evidencia con
el Informe Valech. Y el de nueve secuestros permanentes y un homicidio
calificado, en la Operación Cóndor.
Dependerá
de la Corte Suprema que el ex dictador evada una vez más la justicia
escudado en la demencia.
Pero
la culpabilidad de Augusto Pinochet en crímenes de lesa humanidad
es ya definitivamente indiscutible.