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17 de diciembre de 2004
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Coletillas al Margen

El Neoliberalismo
juega los descuentos en América Latina

Carlos Angulo Rivas
El paquete neoliberal exportado por Washington a América Latina, no es el huerto paradisíaco de las libertades públicas, el libre mercado, la democracia, el crecimiento y el desarrollo, como dicen los analistas ventrílocuos del imperio. Y, felizmente, este modelo viene sufriendo la gran derrota que le depara la historia. Los pueblos han tomado cada vez mayor conciencia del significado real de esta política expoliadora, cimentada en la elección de una elite corrupta, degenerada y antinacional, constituida en la “clase política” de cada país. Los partidos políticos tradicionales, auspiciadotes del neoliberalismo por mandato supremo de los intereses imperialistas, han perdido legitimidad y apoyo popular, hasta el límite de convertirse en una mafia de negociadores del poder político circunstancial que proporciona el dominio y control del aparato del Estado y sus instituciones. Para este objetivo se valen de leyes especiales y del apoyo de los medios de comunicación en manos de empresarios enriquecidos por los favores, los sobornos y la degradación periodística. 

Y si es verdad que los economistas ortodoxos neoliberales dominan el discurso de las inversiones, el comercio y las finanzas, sus excesos de optimismo han tropezado con la esencia de la prédica, sobre todo por confiar ciegamente en la infalibilidad del mercado, convirtiéndose sus predicciones en verdaderos mitos que anticipan el fracaso total en un período determinado. En realidad el modelo neoliberal no funciona y menos en economías débiles como las nuestras, donde la globalización con la privatización de las industrias básicas y la apertura de mercados nos regresa a la era de los modelos primario exportadores de materias primas. El aliento a las inversiones de grandes capitales extranjeros en los servicios y la industria básica desalienta la inversión nacional donde los empresarios menores son los sacrificados y los otros (medianos y mayores) se convierten en meros especuladores financieros donde reina la corrupción. 

En este esquema artificialmente fabricado por el neoliberalismo se promociona la exportación, cuando todavía no se ha desarrollado un sólido mercado interno, base de cualquier desarrollo industrial autónomo. A este inconveniente los economistas neoliberales responden con la crítica al tamaño del mercado nacional y su mínimo volumen de absorción, en consecuencia dicen nace la necesidad de exportar; de allí también la fatalidad (ineludible) de rebajar los salarios reales y de anular las conquistas gremiales en el mercado laboral para, según agregan, ser competitivos en el mercado externo. De esta manera hemos caído en el círculo vicioso de la falta de inversión de los empresarios nacionales quienes, dedicados a la especulación, no se interesan por la transformación industrial; y obviamente si no hay creación de industria nacional no puede haber aumento del empleo ni de ingresos dirigidos a los sectores populares. La quiebra total del país, en el caso argentino, luego de los diez años de neoliberalismo a ultranza aplicado por Carlos Menem, es el ejemplo más claro del fracaso absoluto del modelo impuesto por la Casa Blanca, ya que en esa nación dominó el libre comercio, la especulación, la corrupción y la falta de planificación en virtud de que todos los problemas serían resueltos por la empresa privada y las leyes del mercado. 

El viraje no es tan fácil

La voluntad ciudadana en todos los países latinoamericanos está dada, pero un viraje radical para liberarnos de las ataduras del fracasado neoliberalismo no es tan fácil. Anunciar su muerte resulta prematuro, en tanto y en cuanto los gobiernos auspiciados por la globalización fomentada por Washington se mantienen a la fuerza, sin soporte popular, haciendo uso de una legalidad electoral confundida con la democracia real de la participación ciudadana. Pero las cosas vienen cambiando en dos nítidas corrientes, la de los liderazgos de izquierda con acceso al poder y la de las insurrecciones populares masivas como las ocurridas en Ecuador, Perú, Argentina y Bolivia. Los resultados de estas dos corrientes ciudadanas no son negativos, Ecuador, Perú y Bolivia siguen convulsionados en su lucha contra el neoliberalismo; Argentina, Brasil, Venezuela y ahora Uruguay se proyectan hacia la ruptura con los esquemas de los partidos políticos tradicionales, obedientes gendarmes de la política de la Casa Blanca. 

En el contexto político del conjunto de América Latina, el neoliberalismo está siendo sujetado, contrarrestado, porque en la conciencia de los pueblos existe no el prejuicio sino la realidad de enfrentar esa política de globalización que los perjudica enormemente, pues está bien diseñada para el enriquecimiento de las corporaciones multinacionales y la expansión imperial de los países industrializados, pero en perjuicio de los pobres y del medio ambiente. El desenlace de las falsificaciones de la “libertad” la “democracia” y el “libre mercado” como los pilares neoliberalismo y del futuro, donde la intervención del Estado debe ser nula o mínima, choca con la existencia de la pobreza, la falta de salud, educación y trabajo. Ausencia de bienestar social que hostiliza a la política cotidiana de los gobiernos; y a esa falta de control sobre los pueblos, Norteamérica llama ingobernabilidad y a toda tendencia contraria a sus planes expansionistas “populismo”. Sin embargo, la verdad es otra. 

La situación de postración y pobreza de los pueblos latinoamericanos requiere de la protección del Estado. Las razones históricas de esa necesaria protección es ineludible y no debe confundirse con el “populismo” vernáculo de los líderes tradicionales comprando votos con la mínima inversión de la “caridad política” con dineros del Estado. Los casos de Carlos Menem y Alberto Fujimori, dos impulsores del neoliberalismo en medio de la corrupción generalizada, son los ejemplos más paradigmáticos del “populismo” granjero de las canonjías y prebendas de las pequeñas obras pueblerinas, los regalos y las gotas de leche. Esto demuestra que en la mayoría de eventualidades los presidentes latinoamericanos no pueden eludir la responsabilidad de asumir por interés político, una minúscula parte de las necesidades primarias de los pueblos. La demagogia de los “regalos” es parte de la cultura de la “clase política” a ser destituida y además sostén de los gobiernos en la región entre la gente ignorante. 

Populismo de Hugo Chávez

Como puede observarse de un tiempo a esta parte, el presidente venezolano es una piedra en el zapato para George W. Bush y sus planes expansionistas y unilaterales en Latinoamérica. Acusado de dictador, déspota, tirano, golpista, autoritario, fascista, manipulador y otros epítetos por el estilo, el líder de la revolución bolivariana es, sin embargo, el más demócrata entre los demócratas. Y lo podemos afirmar porque él es el único presidente latinoamericano que practica la consulta popular permanente como un medio de avanzar en el proceso de destitución de esa lacra de partidos tradicionales corruptos que impidieron siempre el avance hacia la verdadera libertad del pueblo y la democracia como sistema de igualdad de derechos y equidad. Hugo Chávez es el promotor de grandes cambios en su país y en la región. La resolución de luchar, por otros medios, contra el neoliberalismo y la dependencia absoluta, lo coloca en la antesala de acontecimientos notables como los de haber elegido el sendero de los votos contra viento y marea, pese a los ataques de la prensa y la televisión nacionales e internacionales. 

Y en ese andar atípico y revolucionario ha ganado la confianza de las masas. Pues el comandante “golpista” sufrió un golpe de Estado promovido por la Casa Blanca, la OEA y la reacción internacional; una huelga general indefinida de seis semanas planteada como un boicot a la producción petrolera; sin embargo, confiando en su quehacer gubernamental y en su pueblo, ha ganado en las ocho ocasiones que lo pusieron a prueba como líder y como impulsor de las reformas. Desde la elecciones presidenciales de 1998 que ganó con el 63% de los votos y el apoyo a la convocatoria a una Asamblea Constituyente donde obtuvo el 88% pasando por el referendo de aprobación de la constitución 72% hasta ganar el referendo revocatorio con 59 % de los votos, su figura ha crecido internacionalmente, todo ello a pesar de la despiadada y feroz campaña de desprestigio financiada por oscuros intereses imperialistas. En el largo periplo de estos sucesos la voluntad de la mayoría ciudadana ha prevalecido, tanto que en las elecciones de octubre último, los candidatos a gobernador de Hugo Chávez vencieron en veinte de los veintitrés estados del país. 

Chávez tiene en su favor además, la tolerancia hacia una oposición embustera, cínica y criminal que maneja a los medios de comunicación con el descaro propio de una “clase política” derrotada, pero superviviente debido a su poder económico. Consta que el llamado “dictador” no ha cerrado ni un solo medio de comunicación ni ha enjaulado a sus opositores políticos, pese a sus premeditados y desmedidos excesos. Entonces ¿a qué se debe el éxito de Hugo Chávez en medio de la tormenta, en medio de las aguas agitadas por los poderosos políticos, militares, jueces, empresarios, magistrados y eclesiásticos, todos ellos inmorales y corruptos integrantes de la “clase política” expulsada del poder? La respuesta es meridiana si analizamos la apuesta nacionalista del presidente venezolano, líder de la revolución bolivariana, aunque Simón Bolivar no tenga mucho que ver con esto. 

En realidad lo de bolivariana es sólo un nombre para la unidad nacional de los venezolanos y para la posibilidad de una integración latinoamericana, cuya línea de partida se ha dado con la Comunidad Sudamericana de Naciones, en la reunión de presidentes de la semana pasada en el Cusco, Perú. Pero, la respuesta fundamental la pregunta sobre el éxito de Hugo Chávez está en el programa de gobierno que privilegia la inversión del Estado en los pobres, mejorando la sanidad y la salud, la educación con mejores sueldos a los maestros y la construcción de escuelas con la alimentación a los niños, desayuno, almuerzo y comida; la reforma agraria con la ley de tierras que castiga la improductividad con multas primero y la expropiación después a los terratenientes en caso de continuar abandonadas; las obras de infraestructura vial y la organización de brigadas de trabajo. En este sentido, el esfuerzo desplegado con la ayuda de los médicos cubanos y los promotores sociales constituye la inversión principal del país calificada por los enemigos del proceso como populista; ¿y que tiene de malo el populismo verdadero diametralmente opuesto al “populismo” de los “regalos” a cambio de votos? Los países de América Latina tienen la obligación de invertir en su gente hasta convertirla en el recurso humano indispensable para el progreso, el desarrollo, la independencia y la soberanía. Los recursos humanos de un país son, tanto o más importantes que los ambicionados recursos naturales de la minería, el petróleo, la pesca, la agricultura y los bosques; inclusive que los recursos financieros, comerciales, económicos y del capital.

30 de Noviembre de 2004

Enviado por Cecilia Tello

 
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