«Los indios no piensan -escribió
el educador en Civilización y barbarie- porque no están
preparados para ello, y los blancos españoles habían perdido
el hábito de ejercitar el cerebro como órgano».
«[En Estados Unidos] los indios
decaen visiblemente -escribió luego el humanista, con una extraña
mezcla de Charles Darwin y teólogo fatalista, producto quizás
de sus viajes por Inglaterra y sus antiguas colonias-, destinados por la
Providencia a desaparecer en la lucha por la existencia, en presencia de
razas superiores...».
El modelo dialéctico de Sarmiento
es simplificador y se basa en la oposición entre ciudad -civitas-
y campo, entre civilización y barbarie. Si
algo o alguien era identificado con uno de los primeros dos términos,
corría el riesgo de ser atado inmediatamente con uno de los dos
últimos. Y el término negativo debía ser combatido:
«Pregúntesenos ahora por qué combatimos? Combatimos
por volver a las ciudades su vida propia».
La ciudad es el destino de la historia
y todo lo que no pertenezca a ella pertenece al pasado y al terror. «La
guerra de la revolución argentina –escribió Sarmiento- ha
sido doble: primero guerra de las ciudades, iniciadas en la cultura europea,
contra los españoles, a fin de dar mayor ensanche a esa cultura;
segundo, guerra de los caudillos contra las ciudades, a fin de liberarse
de toda sujeción civil y desenvolver su carácter y su odio
contra la civilización. Las ciudades triunfan de los españoles,
y las campañas de las ciudades. He aquí explicado el enigma
de la revolución argentina, cuyo primer tiro se disparó en
1810 y el último no ha sonado todavía».
Pero si «las masas» son
incapaces de ver el destino de la historia -el futuro-, tampoco alcanzan
a ver algo más probable: el pasado. Sarmiento se queja de que el
pueblo -las masas- no son capaces de ver más allá del presente,
razón por la cual tampoco ven la decadencia y la destrucción
de las ciudades, de los pueblos del interior.
Al comparar la decadencia de los
pueblos del interior demuestra su perspectiva española: «Sólo
la historia de las conquistas de los mahometanos sobre Grecia presenta
ejemplos de una barbarización, de una destrucción tan rápida»,
olvidando o ignorando que gran parte de la cultura griega -paradigma de
lo clásico y la civilización para un europeo del siglo XVIII-
se salvó por la reproducción que hicieron de sus textos los
árabes.
Refiriéndose al dictador Juan
Manuel de Rosas, nos da una idea de un buen morir, de un matar civilizado:
«el ejecutar con cuchillo, degollando y no fusilando, es un
instinto de carnicero que Rosas ha sabido aprovechar para dar todavía
a la muerte formas gauchas y al asesino placeres horribles». Es decir,
se identifica al gaucho, al habitante de las pampas- con lo bárbaro
y terrible: el gaucho no faena corderos como en los saladeros, sino degollando.
Lo mismo acostumbra hacer cuando mata a otro hombre. Morir por una bala
de cañón o morir fusilado es una forma civilizada de morir,
no una «forma gaucha».
Repetidamente compara lo bárbaro
con África (con el interior de África) y con los pueblos
asiáticos «que no ha debido nunca confundirse con los hábitos,
ideas y costumbres de las ciudades argentinas, que eran, como todas las
ciudades americanas, una continuación de la Europa y de la España».
Así resulta que un rebelde
rural como Artigas debía ser identificado con lo bárbaro,
olvidándose lo más valioso para la historiografía
de la época, es decir, los documentos escritos, y haciéndose
eco de anécdotas orales, característica de lo mitológico,
de lo bárbaro -según sus propios parámetros-.
El hombre que, al vencer en la Batalla de las Piedras (1811) pidió
«clemencia para los vencidos», es retratado por Sarmiento como
«terrorista», como un caudillo bárbaro, como un tártaro.
Así deja en sus escritos el
relato de la forma en que la montonera de Artigas mataba a sus enemigos,
dejando lo peor del horror a la imaginación herida de sus lectores:
«los cosía dentro de un retobo de cuero fresco y los dejaba
así abandonados en los campos. El lector suplirá todos los
horrores de esta muerte lenta».
«La montonera, tal como apareció
en los primeros días de la República bajo las órdenes
de Artigas, presentó ya ese carácter de ferocidad brutal
y ese espíritu terrorista que al inmortal bandido, al estanciero
de Buenos Aires estaba reservado convertir en un sistema de legislación
aplicado a la sociedad culta, y presentarlo, en nombre de la América
avergonzada, a la contemplación de la Europa» (Sarmiento).
Como todo bárbaro, como todo
terrorista, la lucha del milico de campaña no podía tener
un signo positivo: «Artigas era enemigo de los patriotas y de los
realistas a la vez». Su principio era el mal, la destrucción
de la civilización, la barbarie. Sus instintos son, necesariamente,
«hostiles a la civilización europea y a toda organización
regular. Adverso a la monarquía como a la república, porque
ambos venían de la ciudad y traían aparejado un orden y la
consagración de la autoridad». El bárbaro debe ser
anárquico, amante del desorden, que es lo opuesto a la «civilización
europea» -salvando la redundancia.
Contrariamente a estos juicios, José
Artigas propuso, a principios de 1813, veinte artículos que serán
rechazados por Buenos Aires, la gran ciudad centralizadora, el paradigma
-después de Londres y París- de la civilización sarmentiana.
En el Segundo artículo de
Las Instrucciones del año XIII, los bandidos, los terroristas
del General José Artigas propusieron que la nueva unión de
provincias «no admitirá otro gobierno que el de confederación
[y] promoverá la libertad civil y religiosa en toda su extensión
imaginable [artículo 3.º]. Como el objeto y fin del Gobierno
debe ser conservar la igualdad, libertad y seguridad de los Ciudadanos
y los Pueblos, cada Provincia formará su gobierno bajo estas bases
[Artículo 4.º], así éste como aquel se dividirán
en poder legislativo, ejecutivo y judicial [Artículo 5.º].
Estos tres resortes jamás podrán estar unidos entre sí,
y serán independientes en sus facultades [Artículo 6.º]».
Todo lo cual demuestra no sólo
conocimiento de las nuevas ideas que estaban naciendo en la civilizada
Europa y la futura gran nación de los Estados Unidos, sino también
una sensibilidad difícilmente calificable como bárbara,
aún en el sentido arbitrario que le confería el propio Sarmiento,
como cualidad de imitación de los pueblos anglosajones. Esto demuestra,
una vez más, el desconocimiento del educador argentino sobre su
propia tierra y la gran muralla que le impedía salirse de su propia
metáfora que oponía la ciudad al campo, el traje al chiripá.
Los últimos artículos
de las Instrucciones, breves como los anteriores, advierten de un
mal que se reproducirá en el continente por casi doscientos años
más: «Artículo 18.º: El despotismo militar será
precisamente aniquilado con trabas constitucionales que aseguren inviolable
la soberanía de los pueblos» (Instrucciones). Recomendación
que resulta aún más significativa por lo temprano de su fecha
histórica, por la formación militar de José Artigas
y por haberse reunido esta asamblea en un campamento militar. Cualquiera
de estos factores, por sí solos, fue suficiente para que en años
más recientes de nuestra orgullosa modernidad se violasen cada una
de estas recomendaciones constitucionales, humanas y democráticas,
en cada uno de los países latinoamericanos. Y en la amplia mayoría
de los casos, el crimen, la violación de los Derechos Humanos y
la barbarie fue delicadamente administrada por las elites más cultas
y «civilizadas» de la sociedad.
El estilo de Sarmiento es directo
y provocador. Su estilo llega a ser, por momentos, agresivo, olvidando
el recurso a los argumentos con digresiones como: «Todos los tribunales
están desempeñados por hombres que no tienen el más
leve conocimiento del derecho, y que son, además, hombres estúpidos
en toda la extensión de la palabra». Cuando analice su propio
tiempo y lo compare con sus modelos personales de éxito nacionales,
a los cuales recomendó imitar casi toda su vida, reconocerá
tristemente el fracaso de América Latina, de un pueblo, una raza
y una cultura que nunca reconoció como propia. En su ensayo Sarmiento
y el desarraigo iberoamericano, José Luís Gómez-Martínez
concluirá con una observación inevitable: «De este
modo se ocultaban las verdaderas causas del fracaso iberoamericano: La
falta de originalidad, la imitación absoluta, el despego de las
propias circunstancias que preferían ignorar. Nunca se había
contado con el pueblo para gobernarlo; se le había dado constituciones
que no sentía, leyes que se oponían a sus tradiciones y que
le eran desconocidas y, ahora, se les acusaba también de fracaso
de unas formas de gobierno en las cuales no le habían permitido
participar».