| Página/12
de Argentina - 2 de enero de 2005
Apagar
las velas
Osvaldo
Bayer
Aquí,
en Alemania, la inesperada noticia era esperada. La Iglesia Católica
se está derrumbando. De ser la Iglesia Católica más
rica de todo el mundo, a esto, la miseria a corto plazo. La que más
ponía dinero en el imperio vaticano –de ahí la influencia
del cardenal Ratzinger, el dueño actual del dogma– pareciera hoy
una empresa en liquidación. Se venden iglesias, se dejan cesantes
a empleados, se bajan sueldos. En la misa de los domingos hay sólo
tres, cuatro filas de asientos ocupadas. La voz del cura pareciera tener
un eco definitivo en el vacío. Los coros son de tres o cuatro personas,
casi todas ancianas. En los 27 obispados se han parado todos los trabajos
de reparaciones. Sólo se habla de ahorrar, ahorrar. Poco a poco
se van cerrando los establecimientos de educación y de vida social.
Las parroquias son juntadas; de tres, una; de cinco, dos. No se va a poder
seguir con la organización de ayuda a comedores infantiles, asilos
de ancianos, escuelas y hospitales. Donde más hace falta dinero
es en las iglesias de Berlín, de Hamburgo, de Aquisgrán.
Centros claves. En esta última ciudad, los sueldos de los empleados
de las iglesias han sufrido un corte del 17 por ciento. En cuatro años
los empleos se van a reducir en un 23 por ciento, es decir, la cuarta parte
del personal. En el último tiempo, Berlín ha cesanteado a
300 empleados. De los 1300 puestos que había, sólo deben
quedar 800. En Treveris se van a ahorrar 5,2 millones de euros.
En este año, las entradas
de la Iglesia Católica cayeron un ocho por ciento. El obispado de
Bamberg dio el gran batacazo cerrando el establecimiento de educación
para asistentes laicos. Y esto, a pesar de que el clero sufre una aguda
crisis de falta de sacerdotes. Este es otro de los grandes problemas del
catolicismo alemán. En Magdeburgo se vivió con tristeza que
fuera eliminado el sobresueldo que se daba en Navidad a sus empleados.
Esta vez, nada.
Donde se puede ver más la
crisis es en los edificios de las iglesias. Se podría llamar a este
capítulo “las iglesias de los bancos vacíos”. La iglesia
ha empezado a alquilar sus iglesias con altares, para otras actividades.
En Bielefeld, un diario tituló: “Gastronomía en vez de misas”.
Es que la iglesia de San Martín se convirtió en un restaurante
de lujo. Así, la iglesia se ahorra 12.000 euros anuales de manutención
y cobra alquiler por la iglesia y sus jardines. Nadie hubiera pensado en
que se llegaría a la “privatización” de las iglesias. Todo
se globaliza. Un estudio señala que muy pronto de las 32.000 iglesias
de Alemania serán vendidas o demolidas una tercera parte. En los
próximos cinco años no van a poder seguir financiándose
treinta iglesias, que pasarán a ser restaurantes, lugar de exposiciones
o casas de baile para la juventud. En las aldeas serán cerradas
en el futuro muchos centenares. En algunas de esas iglesias se organizan
conciertos de música clásica o también de jazz.
La pregunta es por qué las
iglesias van quedando vacías. Todos –menos los capitostes de Roma–
han comenzado a dudar. Mientras la ciencia avanza, la iglesia se queda
en sus interpretaciones. Mucha discusión trajo la intervención
de un obispo del Norte alemán que para explicar la catástrofe
natural de Indonesia habló de: “Dios, en su infinita bondad, ha
querido ponernos a prueba”. Bien, esto ya desbordó el vaso de la
paciencia. Aquí, en vez de la vela y la oración urgía
la rápida ayuda para los miles y miles de necesitados. Y, por sobre
todo, el estudio ya del porqué de esas catástrofes. Meternos
en la ciencia para poder descubrir lo que nos amenaza en el futuro. Y no
la procesión pidiendo la ayuda del Señor y el perdón
de nuestros pecados.
La Iglesia tiene que ayudar con
toda su fuerza a descubrir los enemigos del ser humano. Apoyar a la ciencia,
no negarla. En todos los siglos de su existencia no ha ayudado a resolver
ninguno de los grandes problemas del ser humano: el hambre, la desocupación,
la guerra, la sexualidad ante la violación, la defensa de la madre
soltera. La moral profunda y no aquella que empieza con la castidad de
sus sacerdotes. El dignificar el amor y no sospecharlo de pecado como la
vejación de obligar a creer en la virginidad de la virgen María.
Y actuar. No querer arreglar todo con una procesión de desocupados
al santo de la esquina sino en la gran columna de protesta que reclame
el fin de un sistema de despojo y explotación. No el espectáculo
de un Papa balbuceante sino la marcha de todos los obispos del mundo a
Washington para reclamar el fin de la guerra y de la muerte por los cobardes
bombardeos aéreos. No, todo se resuelve rezando a Dios en su infinita
bondad, el Dios ese que permite la muerte de niños quemados vivos
desde el cielo por los aviones de las bestias humanas. (La Iglesia argentina
en vez de apoyar al artista León Ferrari con esa su genialidad de
crucificar al buen Jesús en un avión norteamericano de bombardeo,
hizo todo lo burocráticamente posible del poder para tratar de ensuciarlo
y mandarlo al infierno. Pero artistas como León Ferrari jamás
se irán al infierno si justamente luchan siempre por el paraíso
en la vida.)
La Iglesia Católica se derrumba.
La gente ya no quiere rezar a la eterna bondad de Dios. Quiere ver a Jesús
en las calles. Como ya los hubo y los hay. Monseñores como Angelelli,
de Nevares, Hesayne, curitas como Cajade, Morlachetti, Antonio Puigjané
demuestran qué hubiera hecho Jesús en las calles argentinas.
Con los bolsillos llenos de pan y no de velas. Con las gargantas llenas
de cantos de lucha contra el egoísmo, como aquellos trabajadores
de principios de siglo que luchaban para poder mandar a la escuela a sus
hijos y comprarles alpargatas. Llenar las iglesias con el coraje de la
justicia. Que se conviertan en lugares de construcción de la solidaridad
y la mano abierta y no se alquilen para poner restaurantes de lujo. La
Iglesia, para que en su interior no se mate más al evangelio y para
que Jesús nos llene con su hermosa sabiduría. No hay un mandamiento
más importante que el amor, nos dijo. El amor y no la virginidad.
Señor obispo Bergoglio: traiga
pan y no velas a las iglesias. No cierre las exposiciones de arte sino
ábralas para que la mente humana navegue en las ilusiones y critique
el egoísmo. No queme las brujas –como en la Inquisición–
sino escúchelas. Ellas saben lo que ignoramos y la verdadera sabiduría
es siempre bondad, porque es la búsqueda de los misterios que actualmente
nos dominan. En vez de plegarias, ciencia. El saber, descubrir qué
es el hombre y no pedir perdón con la vela y la plegaria.
Antes de que queden vacías
las iglesias, monseñor Bergoglio, llénelas de voces de pueblo
con la palabra justicia y solidaridad en las gargantas. Se imagina que
si los obispos y los sacerdotes con un nuevo pueblo con los principios
del verdadero evangelio hubiera llenado las iglesias y salido a la calle
no habría existido el horrendo crimen de la desaparición.
Pero la “jerarquía” se quedó encendiendo velas y rezando
el rosario.
La gente abandona las iglesias en
Alemania donde transcurrió toda una historia vívida de traiciones
a las enseñanzas de Jesús. Antes que los templos pasen a
ser restaurantes de lujo, los pueblos tienen que ocuparlos, tienen que
convertirlos en verdaderos templos del saber y de la ética. |
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