| La
Jornada de México - 31 de diciembre de 2004
Hombre
del año
Jorge
Camil
En la última
entrevista que Bob Woodward sostuvo con George W. Bush sobre las causas
que motivaron la invasión de Irak, el conocido periodista preguntó
al presidente: "¿no le preocupa la historia?", a lo que Bush, displicente,
con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón y encogiendo
los hombros, contestó: "¿la historia?, para entonces todos
habremos muerto".
El comentario, imbuido de un cinismo
espeluznante, es una muestra de aparador del pragmatismo político
estadunidense, ejemplo siniestro de la sentencia maquiavélica que
argumenta "el fin justifica los medios". ¿Qué importa la
historia si puedo lograr hoy mis objetivos personales: ganar una elección,
difundir la perniciosa guerra preventiva, apoderarme de las reservas
petroleras de Medio Oriente?
Hay otra frase histórica que
describiría con igual claridad el cinismo político de George
W. Bush: "después de mí, el diluvio", y un axioma religioso
que podría explicar el fundamentalismo que envuelve a la actual
administración: "yo soy el principio y el fin de todas las cosas".
Bush corroboró esa actitud
en días pasados cuando la revista Time, en una decisión
que sorprendió a los propios estadunidenses e irritó al resto
del mundo, lo designó "persona del año 2004". El presidente
reconoció que algunos de sus errores (aunque obviamente no los llamó
por su nombre) pudiesen ser resultado de la apretada agenda presidencial:
"han sucedido tantas cosas -afirmó pretendiendo justificarse- que
no he tenido tiempo de reflexionar". Reconocimiento inaudito que comprueba
el carácter coyuntural de las decisiones presidenciales, que en
el mejor de los casos han sido guiadas por ignorancia o irresponsabilidad,
y en el peor han sido fruto de intereses mezquinos.
La conocida revista, que desde 1927
ha declarado "persona del año" a un grupo abigarrado de dictadores
(Hitler, Stalin, Saddam Hussein, Nikita Jruschov), estadistas (Churchill,
De Gaulle, Willy Brandt, Konrad Adenauer) y hombres de bien (una pléyade
de científicos, pontífices y astronautas) escogió
en esta ocasión a un hombre que ratificó en el momento mismo
de recibir la distinción una indiferencia absoluta por el juicio
de la historia. "Cuando se emprenden cosas grandes -con esa osadía
describió sus inauditas decisiones políticas- la vida no
alcanza para verlas consumadas", para después añadir con
ignorancia supina: "por eso no espero que los historiadores de corto
plazo me traten bien". (Es posible que el presidente, famoso por su
ignorancia, haya utilizado el término historiadores de corto
plazo pretendiendo referirse a los periodistas que cubren la fuente
de la Casa Blanca.)
Time es una publicación
que no esconde sus afinidades con la ultraderecha y la agenda republicana.
Por eso, justificando las consideraciones que impulsaron a los editores
a elegir a Bush "persona del año", mencionó la "hazaña"
de una relección lograda a pesar de una guerra cada día más
impopular, una economía prendida con alfileres y la profunda división
nacional provocada por las decisiones presidenciales. Por lo pronto, confirmando
todas las sospechas, Bush despidió a la mayoría del gabinete
heredado de su padre para remplazarlo con incondicionales, y dejó
claro que, con el respaldo de sus votantes, "bipartidismo" (la palabra
mágica que describe el espíritu de noblesse oblige
que debe prevalecer en la política estadunidense) significará
alinearse a sus políticas: "me esforzaré por alcanzar a todos
aquellos que comparten nuestros objetivos". Otra de las metas declaradas
por el flamante "hombre del año" es reformar el código fiscal
para crear una "sociedad de propietarios", objetivo preocupante en un país
con un número creciente de pobres y un desarrollo económico
decreciente.
Cerrando con "broche de oro", Time
terminó la enumeración de los motivos por los que Bush mereció
la "distinción" enfatizando que "había transformado la realidad
para ajustarla a sus designios". Es increíble que la conocida publicación
no haya reparado en el hecho de que transformar la realidad para ajustarla
a los propósitos del gobernante ha sido el común denominador
de todos los dictadores: Hitler, Mussolini, Stalin, Jomeini y Milosevic,
por citar solamente unos cuantos; pretendieron transformar por la fuerza
la realidad de sus pueblos para promover el nacionalsocialismo, el fascismo,
el comunismo, el fundamentalismo islámico y la "limpieza étnica".
En el caso de Bush su ambición
es tan sencilla como preocupante: transformar el mundo para imponer su
versión personal del American way of life. Al otorgar el
premio la revista debió hacer un reconocimiento a Condoleezza Rice,
quien como asesora del precandidato Bush advirtió en un ensayo publicado
en 1998 que el próximo presidente de Estados Unidos acumularía
suficiente poder y fuerza militar para lograr el cumplimiento de todos
los objetivos nacionales que habían sido tradicionalmente relegados
por la necesidad de respetar los valores de la comunidad internacional. |