José Luis Hereyra Collante - rodelu.net
7 de enero de 2005
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Opinión y censura
José Luis Hereyra Collante
Desde que existe el pensamiento, siempre habrá retrógrados: aquellos que encuentran siempre la excusa para atacar el arte y la belleza, el pensamiento y la reflexión. Mediocres naturales, los censores no crean jamás ni dejan crear. ("Ni bailan ni dan barato; ni lavan ni prestan la batea", decía ya de ellos ¡mi abuela!). Por ellos el mundo no andaría ni evolucionaría, porque quien no crea nada no puede equivocarse. Ya Saint-Exúpery lo había dicho en "El Principito": "No son seres humanos, son unos hongos". Pero me imagino que su temor barato y su incapacidad ramplona opera y obedece a una de las fobias de orden inconfesable, porque la luz no se esconde ni actúa soterrada y cobarde, por la espalda y a escondidas como actúa el ladrón. En lugar de avanzar el mundo hacia la transparencia ética parece que involuciona, porque más de una denuncia se da a diario en el mundo, no sólo en Venezuela o en Afganistán o en España o en Sincelejo, de parte de escritores y periodistas, porque la politiquería —que no la verdadera política, ya que ésta expresión viene de polis, ciudad, relación de ciudadanos— es tan descarada y pérfida en su bajeza que atenta sin pudor alguno contra cualquier escrito o declaración que estimule la verdad y lo humano o propenda hacia el reconocimiento de los actos superiores del espíritu humano.

De allí que, ante el escándalo por la censura desatada en "El País" de España, Agapito Maestre haya enfrentado valerosamente a la omnipotencia monetaria del periódico y haya señalado que entre la apatía externa y el cinismo interior los lectores de El País viven engañándose permanentemente: "Por fin, se han percatado de que El País veta a sus colaboradores de todas las maneras posibles. No se priva de ningún tipo de censura. Entre la censura directa, que publica y luego expulsa, y la censura, que no publica y expulsa al crítico de su empresa, hay una tercera forma de censura, que es, en mi opinión, aún más canalla y perversa que las anteriores. Todo es empeorable. Me refiero a esa "sutileza" barata del burócrata estúpido y cobarde que arruina una crítica, un artículo o un ensayo retrasando su publicación. Si la crítica es políticamente incorrecta, o no se entiende por la carencia de entendederas del responsable de esa sección del periódico, entonces, precisamente, entran en acción los censores, esos peculiares torturadores de ideas y argumentos. Imponen su lenguaje y dictan sentencia: ‘Hay que congelar el trabajo’ del periodista o escritor, como si ya fuera un cadáver, hasta que haya perdido toda su actualidad. Aquí el asesinato tiene el agravante de ser ejecutado con premeditación, nocturnidad y alevosía. Incluso algunos periódicos, tan sutiles como cobardes a la hora de ejecutar su perversidad, han creado unas páginas para acoger estos productos. Son páginas que no vienen en el índice. No son publicadas en todas las ediciones del periódico. Su ubicación siempre es difícil de hallar para el lector con avidez de opinión. Esas páginas pueden incluso pasar desapercibidas para su propio autor. Entre la cartelera de espectáculos y los anuncios por palabras, puede aparecer un artículo escrito hace un mes o dos. El asesinato es espantoso. Mata por partida doble al autor del trabajo periodístico, porque un artículo fuera de contexto no sólo pierde su posible utilidad para un tiempo determinado, y generalmente muy efímero en el ámbito del periodismo, sino que también mata la intención, la forma y, en definitiva, el nervio pensante que el escrito utiliza para salvar una circunstancia. Esta forma de censura es doblemente criminal, porque hace tanto daño al autor como a la empresa. Los directivos cobardes se obstinan en ejercerla por defender lo políticamente correcto o, mejor dicho, para conservar la poltrona, que finalmente acaban perdiendo por su ruindad intelectual y falta de coraje moral." 

Y, con respecto al periódico y sus ejecutores, termina: "Va por detrás de la noticia. No investiga. Los mejores profesionales de su redacción están apartados de las páginas centrales del periódico. No crea opinión política madura y abierta a la discusión, confunde el espacio público político con las opiniones resentidas de unos periodistas al servicio de una ideología opaca y alimenta con sus vacíos ideologemas a una clientela incapaz de pensar por su propia cuenta. Estigmatiza a quien no sigue sus pobres dogmas. Confunde a los bienintencionados ciudadanos tergiversando las viejas nociones de izquierda y derecha para que no piensen con categorías democráticas. Todo el mundo sabe estas cosas, especialmente quienes allí trabajan, pero lo extraño es el pacto tácito de silencio para no criticar esta situación. Callan por un trozo de pan. Nadie quiere oír hablar de censura, de falta de democracia, porque nadie quiere ser excluido de la olla podrida". 

6 de enero de 2005
 

José Luis Hereyra Collante
Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com
 
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