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17 de enero de 2005
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Brecha de Uruguay - 14 de enero de 2005

Un texto de Luis Pérez Aguirre a cuatro años de su muerte

Que la izquierda no se centre

El martes 25 se cumplen cuatro años de la muerte de Perico Pérez Aguirre. A modo de homenaje, BRECHA reproduce fragmentos de un capítulo de su libro Desnudo de seguridades. Reflexiones para una acción transformadora , editado por Trilce en 2001.

Luis Pérez Aguirre
[...] El hecho macizo e incontrastable, el que define por excelencia quién es y quién no es de izquierda es el actual genocidio económico. Hemos dejado atrás el celebrado año 2000 y morirán, como en años anteriores, 35 millones de personas (en el holocausto judío murieron seis millones en cinco años) y cien millones de niños están sujetos a algún tipo de esclavitud (sí, ¡esclavitud!): económica, laboral o sexual. Mientras tanto, según datos de las Naciones Unidas, con menos de la mitad de lo que anualmente gastamos en armas se evitarían aquellas muertes.

Ser de izquierda es plantarse ante esta realidad y afirmar que superarla es la primera y fundamental causa política de la humanidad. Que no hay otra comparable y que mientras no esté cumplida, todas las demás reivindicaciones, del tipo que sean, pueden esperar. Quizás muchos, como yo, hayan tenido, ante semejante situación, la sensación de que poco o nada se puede hacer. “Pero lo que no es de recibo es la costumbre actual de derivar a otros campos y a otras reivindicaciones ésta que es la más sagrada de todas, y la que constituyó la matriz de la izquierda. Lo que ya no es de izquierda es creer que tiene sentido seguir progresando con ‘este’ progreso que sigue ahondando las diferencias.”* Es de izquierda quien se rebela y no acepta este orden establecido, quien está convencido de que es posible cambiar estas cosas y lucha por ello; quien está efectivamente al lado de los más desfavorecidos; quien lucha por la vigencia de los derechos humanos empezando por los de los excluidos. Es evidente, una vez más, que no se trata de una formación política teórica, sino de una actitud de vida. O si se quiere, ser de izquierda es tener &endash;como decía Zubirí&endash; una “inteligencia sentiente” o una “inteligencia emocional”, la de quien nunca separa la esfera de la razón y la esfera del sentimiento solidario. Quien es de izquierda no habla de “pobres” desde el mero punto de vista económico o político. No habla como si fuese simplemente una cuestión de “dinero”, sino, sobre todo, de dolores y olores, de hambres y malestares de estómago, de no saber tomar un lápiz o leer el cedulón del municipio… Quien es de izquierda sabe que hablar de “pobres” es un asunto de “poder”, de valer y de dignidad.

Ser de izquierda implica, además de lo ya dicho, aceptar sinceramente el pluralismo, con el consiguiente rechazo de las soluciones políticas dogmáticas y monolíticas. Esto supone una abertura permanente al diálogo.

Ser de izquierda significa también poder diseñar y asumir un proyecto universalizador que genere fraternidad. Esa fraternidad que se entiende como principio comunal y como fuerza movilizadora de solidaridad, ésa que no se queda en los estrechos límites de los “hermanos de clase, camaradas de armas y cofrades ideológicos”, sino que hace cada vez más amplio el mundo del “nosotros”.

Ser de izquierda es esforzarse por armonizar con coherencia libertad e igualdad, frente a la tendencia tan evidente de los liberales y los conservadores a absolutizar la libertad y a relativizar la igualdad. También es un esfuerzo por armonizar al individuo con la comunidad, frente a los deslices colectivistas y/o individualistas. Heller y Feher establecen cinco principios políticos propios de quien busca regular su práctica de izquierda: libertad, justicia, igualdad, imparcialidad y equidad. Al mismo tiempo proponen tres principios morales: tolerancia, consistente en reconocer los diferentes modos de vida de los otros; coraje cívico, entendido como la defensa de la justicia desde y con la razón en un mundo donde imperan la fuerza y la dominación; y la solidaridad a la que ya nos referimos.

Ante estos principios, conviene recordar lo que González Faus señalaba como “las tres grandes falsificaciones de la izquierda”: el voluntarismo, el revisionismo y el travestismo. “La primera se empeña en que aquello que ‘tiene que ser’, por eso mismo ‘puede ser ya’. La segunda reviste de sabiduría su renuncia a los verdaderos ideales, erige la necesaria paciencia histórica en abandono definitivo y proclama que lo que no puede ser es porque no tiene que ser. La tercera sustituye las auténticas reivindicaciones de la izquierda por otras más fáciles o que tienen más aceptación (de tipo nacionalista, sexual, etcétera), simplemente para tener algo que reivindicar o para no tener la sensación de ser &endash;como la palabra de Dios&endash; ‘una voz que clama en el desierto’. Se cae así en lo que antaño llamé ‘la izquierda barata’.”

Ser de izquierda es encarnar una militancia sin vanguardismos ni caudillismos. Tener un sentido de comunidad que lleva a valorar y a estimular la organización del pueblo. Es una militancia siempre en guardia, humilde y servicial, con gran capacidad de renuncia (que los cristianos llamaríamos “ascética”). Encarna aquello que los luchadores salvadoreños plasmaron en un famoso poema: “Si quieres entrar aquí… renuncia a todo interés personal”. Y esa capacidad de renuncia en la militancia, esa “ascesis”, se manifiesta en el cotidiano, en el dormir, en el comer, en el servicio concreto de las menudencias de la vida, en la capacidad de continuar siempre sin pasar factura de reconocimiento de los propios méritos. Seguramente es sólo en este sentido que decía el Che que “el matrimonio es el sepulcro de los revolucionarios”. [...]

* José González Faus, “¿Se puede seguir siendo de izquierdas?”, Sal terrae, número 1.019, 1999, pág. 79."

 
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