| Coletillas al Margen
Perú:
evasión deliberada
Carlos
Angulo Rivas
La crisis
política que provocó el levantamiento del ex mayor del ejército
Antauro Humala, junto a un grupo de reservistas, el primero de enero en
la ciudad de Andahuaylas, no terminó con la captura de los insurrectos
ni con la renuncia del ministro del Interior. Y tampoco terminará
con la posible censura o renuncias del Primer Ministro y el ministro de
Defensa, ya que el conflicto suscitado por este evento rebelde ha removido
la conciencia nacional y va mucho más allá de los virulentos
ataques al Movimiento Nacionalista Peruano o etnocacerismo, como suele
llamarse. Con adjetivos, por subidos de tono que sean, no se soluciona
nada y menos aún se llena el gigantesco vacío político
existente.
A la mayoría de la población
no le fue extraño que todos los partidos integrantes de la corrupta
“clase política” peruana salieran briosamente a censurar la insurgencia,
tampoco que la prensa nacional escrita, de radio y televisión hiciera
el eco necesario a los nerviosos, precipitados y aturdidos razonamientos.
El cierra filas en defensa de un gobierno ilícito, inmoral y corrupto
fue evidente. Y, Alejandro Toledo envalentonado por este endeble respaldo,
luego de la rendición de los rebeldes, llamó a éstos
en pose histriónica televisada, “terroristas y fascistas” evadiendo
como de costumbre el problema de fondo: el pedido multitudinario de su
renuncia, la vigencia de la única Constitución válida
(1979) a fin de reestablecer el Estado de Derecho y la convocatoria a una
Asamblea Constituyente; todas ellas razones principales y únicas
de la insurgencia protagónica de Humala. De esta suerte, la andanada
de floridos epítetos contra los sublevados (fanáticos,
racistas, fascistas, trasnochados, irracionales, asesinos, aventureros,
golpistas, autoritarios, payasos, etc.) constituye una inmensa cortina
de humo, a fin de seguir evadiendo el clamor nacional puesto claramente
de manifiesto en la revuelta.
El país estuvo en vilo cuatro
días seguidos. Pudo originarse una masacre de lamentables consecuencias,
mayormente por la ciega intransigencia de algunos políticos reciclados
de imponer el ilusorio, irreal e inexistente Estado de Derecho. Sin embargo,
frente a ese nuevo riesgo de exterminio de peruanos, felizmente superado,
las autoridades del gobierno y el legislativo, mostrando una vez más
la cohesión de sus fuerzas y el espíritu de cuerpo que responde
a la depravación política con tal de subsistir, se empeñan
en devolver la tranquilidad al país con un enésimo cambio
de ministros. Nueva falsificación a fin de continuar los planes
de incautación, confiscación y apropiación ilícita
del Estado y sus instituciones, en su conjunto entidades al servicio de
una casta de políticos maniobreros, tránsfugas perpetuos,
mediocres y oportunistas de la peor especie. Basta observar que luego del
susto de Andahuaylas, la “clase política” exige todo el peso de
la ley contra Humala y los insurgentes y por supuesto grita a los cuatro
vientos no a la impunidad, castigo ejemplar a los culpables. En boca de
ellos, algo insólito por cuanto su alianza predilecta es con la
impunidad en todos los juicios de escándalos, corrupción,
tráfico de influencias, enriquecimiento ilícito; inclusive
con los de la barbarie de los genocidios, la violación de los derechos
humanos y la sedición (golpe de Estado del cinco de abril de 1992)
protagonizada por delincuente prófugo Alberto Fujimori.
¿Será que en el Perú
la insurgencia, la sedición, la rebelión, se perdona cuando
se llega a establecer una mafia dictatorial depravada y perversa como la
de Fujimori, Montesinos y el general Hermoza Ríos; y se castiga
drásticamente como si fuera terrorismo cuando se exige el reestablecimiento
auténtico del Estado de Derecho? ¿A ese grado de descomposición,
degradación y oprobio ha llegado el país? ¿Acaso no
saben los gobernantes actuales que la transición hacia la democracia
se ha frustrado debido a los intereses subalternos de ellos mismos, casta
de maniobreros y politiqueros de vieja data que persisten en mentir a los
ciudadanos y distorsionar la realidad amparados en el estatuto dictatorial
de Alberto Fujimori, compendio anti popular de disposiciones -ex profeso-
fabricadas para el desfalco del Estado?
¿No existe derecho a la insurgencia
ante la ausencia de un ordenamiento jurídico esencial y cuando las
autoridades del Ejecutivo y Legislativo pretenden arreglar el estatuto
de Fujimori como si fuera la constitución política peruana,
con el único propósito de seguir medrando del Estado? ¿No
existe derecho a la insurgencia cuando esa “clase política” ha armado
un tinglado para quedarse en el poder el 2006, anulando la participación
de nuevas fuerzas políticas a través de una “ley” de partidos
que la favorece, además de poner dificultades para la inscripción
de otros? ¿No es una trampa la recolección de firmas en contradicción
al voto secreto y sobre todo porque favorece a los sectores de la clase
dominante, capaz de pagar a los más pobres del país por una
firma e inclusive para “fabricarlas” como en el caso de Alejandro Toledo
y otros? ¿No giran las posibilidades de cambio de gobierno entre
la misma gente y las mismas caras? ¿No resulta paradójico
que Carlos Ferrero, un hombre que junto a Fujimori encabezó la sedición
del golpe de Estado de 1992, ocupe el cargo de primer ministro en el gobierno
actual y sea él mismo quien con más denuedo pida sanciones
enérgicas contra la sedición de Humala y sus huestes? ¿No
ha sido el mismo Carlos Ferrero quien objetó la ley de reivindicación
de los militares que participaron en la sedición del general
Salinas Sedó para reestablecer la democracia en 1992? ¿Cuál
sedición es buena y cuál sedición es mala, de acuerdo
al variopinto tránsfuga Carlos Ferrero? La indignación del
país es estéril cuando cada cual se come su propia cólera
ante estos hechos que configuran el funesto síntoma de la descomposición
generalizada; indignación no ajena a la mayoría nacional,
cuya protesta se reduce a la impotencia frente a la coerción metódica
de un sistema compulsivo impuesto desde la cúspide del poder estatal.
La quiebra del pacto social
¿Por qué discutir la
trama ideológica del movimiento etnocacerista con tanto énfasis
cuando la exigencia de los sublevados era clara y precisa y nada tenía
que ver con la toma del poder desde una humilde estación policial
provinciana? ¿En el debate político, desde la fundación
de MNP, tres años atrás, por qué los analistas de
hoy no levantaron la vista para observar el fenómeno en cierne?
Los epítetos de los partidos tradicionales no sorprenden a nadie,
en cambio los juicios de algunos sectores de la izquierda repitiendo los
argumentos de aquéllos no tiene justificación alguna, menos
aún si la sublevación de Andahuaylas coincidía con
el pedido de la renuncia de Toledo para ir a una constituyente; y por entendido
no una constituyente cualquiera sino a una que represente globalmente a
todos los sectores de la sociedad y fundamentalmente a los marginados.
La demanda era justa y coincidía con la plataforma del Paro nacional
de julio del año pasado, encabezado por la CGTP; el SUTEP; la CCP
y los frentes regionales; entonces ¿por qué sectores de la
izquierda entraron a la caracterización del MNP, perdiéndose
en la nebulosa de una estéril argumentación de distracción
en torno al objetivo principal? ¿Prefieren los sectores progresistas
no ser alternativa, ni siquiera de oposición en un futuro gobierno,
para ir a la cola de la derecha neoliberal? De ser así, estos sectores
desclasados son parte de la “clase política” putrefacta y nada más.
¿Por qué la “clase
política” miente con tanto cinismo y elevan la muerte de cuatro
policías al pináculo de la acusación tremendista con
la finalidad de justificar sus actos de vandalismo político? Las
cosas tiene su nombre, los policías murieron, equivocadamente, por
defender un orden político impuesto por una minoría que no
quiere marchar al compás de la historia, cuyo vandalismo se inspira
en Fujimori y se aferra, de espaldas a la población, contra viento
y marea, al Estado botín; lugar donde los partidos tradicionales
languidecen como gobierno con apenas ocho por ciento de aprobación
ciudadana, además de hacerlo en medio de la indecencia, la inmoralidad
y la corrupción. ¿Con qué calidad moral aluden al
Estado de Derecho cuando éste no existe ni siquiera como caricatura?
¿Cómo pueden hacerlo si no han cumplido con el encargo de
la transición hacia la democracia, con el encargo de reestablecer
el pacto social indispensable para el buen gobierno; y ni siquiera con
darnos una Constitución respetada por todos? La ley que se respeta
no es la del más fuerte, ni de quienes tienen en sus manos la manija
de la maquinaria del Estado; la ley democrática parte del pacto
social y del poder soberano que el pueblo delega en sus representantes;
sólo así el ordenamiento jurídico puede ser respetado.
Si el gobierno cree tener la razón ¿por qué no convocó
a un mitin en defensa de la democracia y el Estado de Derecho que dice
representar? ¿Por qué no convocan a un referendo para saber
si los ciudadanos todavía desean ser manipulados con la legalidad
espuria y corrompida del delincuente prófugo Alberto Fujimori?
Necesidad de una salida
El país en su conjunto espera
un cambio de política, no un cambio de ministros. Quienes salieron
a las calles en Arequipa, Tacna, Huaraz, Andahuaylas, Moquegua, Cusco,
Puno, apoyaron la sublevación de Andahuaylas y la renuncia de Toledo,
no precisamente a Antauro Humala y su partido etnocacerista. Apoyaron el
fin del desgobierno toledista y su entrega total a las consignas de la
Casa Blanca. La Universidad de Lima contribuye a este acierto, al mostrar
en una encuesta que el 34.7 % aprueba la sublevación de Humala en
la pacata ciudad de Lima, acto violento, aprobado; que si bien la misma
consulta popular se llevara a cabo en todo el país, estése
por seguro que sobrepasaría fácil el cincuenta por ciento.
Y si a estos resultados sumamos que el 93 % de los ciudadanos rechazan,
por vías pacíficas, al conjunto de maniobreros políticos
que representan al Estado, se llega a la conclusión final del inmenso
vacío de representatividad del gobierno, cuya única salida
en la caja explosiva en la cual está sentado, será la convocatoria
inmediata a una constituyente a fin subsanar la carencia de pacto social.
La “clase política” ha llegado
al límite del descaro tratando de blindar a Alejandro Toledo y con
ello arrastra el mismo descrédito de él, aparte del ya conocido
estigma por su participación anterior en los gobiernos de Belaúnde,
Alan García y Fujimori. Siendo sus integrantes oportunistas y ganapanes
como realmente lo son ¿qué los mantiene unidos y por qué
iracundos inducen a la población a pensar en las elecciones generales
en medio del zafarrancho? ¿Acaso un gobierno con la misma gente
de los sin ley y sin Estado de Derecho, de los delincuentes impunes va
a salvar el país? ¿Puede esta gente comprometida con todos
los desaguisados, agravios y desatinos, conducir al Perú con nuevo
rumbo, si llegara el caso se le aguante hasta la convocatoria a elecciones
generales para el 2006? Los malos designios marcan el mismo futuro de oprobio
y vergüenza, están descontados, pues pesa en estos políticos
la continuidad de un sistema depredador, injusto y comprometido, sometido
a los intereses foráneos. En esta dirección la única
manera de quebrar la continuidad de García, Fujimori-Montesinos,
Toledo, es con la acción organizada del pueblo y su representatividad
frentista y gremial. En las actuales circunstancias, en el Perú,
como en Ecuador y Bolivia, no se lucha contra un gobierno en particular,
sino por el reestablecimiento del Estado de Derecho real, a partir de un
pacto social duradero y responsable; se lucha por instituciones representativas
que funcionen en beneficio de la población nacional, conducidas
por hombres probos no por una partida de indeseables en busca de asegurar,
incrementar y afianzar sus intereses particulares y de grupo. Ese pacto
social renovado será la única manera de construir un país
respetado por todos, la única manera de evitar la violencia de los
Arequipazos, Loretos, Punos, Ilaves, Andahuaylas y las huelgas armadas
de palos, piedras y bloqueos de carreteras. Sépanlo bien, no se
trata de aventureros, ni de payasos, ni de fascistas, sino de hartazgo,
de asco, repugnancia e indignación, en su grado máximo, ante
tanta sinvergüencería y desfachatez.
16 de enero de 2005
Carlos
Angulo Rivas
reppam@sympatico.ca
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