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18 de enero de 2005
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El Periódico de Catalunya - 18 de enero de 2005

El deber de juzgar a Scilingo

• Teníamos varios cargos contra el torturador argentino, entre ellos las numerosas víctimas españolas

Carlos Castresana *
El 28 de marzo de 1996, la Unión Progresista de Fiscales se reunió en Barcelona. A aquella reunión yo llevé una propuesta hasta entonces inédita en nuestro país: presentar una denuncia contra Jorge Videla y los demás responsables de los crímenes cometidos por la dictadura militar argentina en los años 70 y 80. Fue aprobada por unanimidad, y la denuncia quedó presentada ese mismo día. Tres meses más tarde propuse nuevamente a mis compañeros otra denuncia similar, esta vez contra Augusto Pinochet. La presentamos el 4 de julio.
Pocos esperaban entonces resultados concretos de esas iniciativas, que fueron recibidas con escepticismo, cuando no con descalificaciones no precisamente amables. Sin embargo, los fiscales progresistas españoles habíamos echado a rodar una bola de nieve que enseguida cobró vida propia, y que hoy constituye un precedente de solidaridad y de justicia reconocido internacionalmente.
Cuando algunos gobiernos e instituciones quisieron detenerla, era tarde: la bola había crecido tanto, y contenía el esfuerzo, la ilusión y las esperanzas de tanta gente, que resultó imparable. Arrolló al general Pinochet en Londres; se llevó por delante al capitán argentino Ricardo Miguel Cavallo en México; convirtió en prisioneros de por vida en sus propios países a muchos responsables de crímenes atroces. Alcanzó también al capitán Adolfo Scilingo, que viajó a España sin tener en cuenta que cuando se comparece ante el juez en un Estado de derecho confesando ser autor de 30 asesinatos es probable acabar en la cárcel.

¿POR QUÉ España? Por varias razones. Primero, porque se trata de crímenes internacionales, cuyos autores son "enemigos de la humanidad" a quienes todos los estados tienen el deber de perseguir. El mundo en que vivimos es tan peligroso, en buena medida, porque los estados suelen olvidar ese deber. Segundo, porque las víctimas tienen derecho a la tutela judicial, y cuando se les cierran indebidamente las puertas de los juzgados en el lugar del crimen, pueden ejercer su derecho en cualquier otra parte. Tercero, porque, de todos los posibles tribunales del mundo, los españoles estaban obligados a ejercer su jurisdicción en este caso ya que nos cabe el triste honor de ser el primer país en número de víctimas (más de 600) de aquellas dictaduras después de los propios argentinos y chilenos.
Según datos oficiales del Ejército argentino, los grupos guerrilleros habían asesinado a 700 personas. Con el pretexto de responder a esa agresión, los militares destruyeron la democracia y secuestraron, encarcelaron, torturaron y asesinaron a más de 30.000 ciudadanos ajenos por completo al conflicto. Se deshicieron de miles de cuerpos incinerándolos, enterrándolos en fosas clandestinas, arrojando los detenidos vivos al mar desde aeronaves militares.
Los guerrilleros habían sido prácticamente exterminados cuando se produjo el golpe de Estado. Entonces, ¿quiénes eran las víctimas? Aquellos que fueron considerados "enemigos del alma argentina". Si alguien decide atacar a un grupo nacional eliminando masiva pero aleatoriamente el uno por mil de la población, como fue el caso, las consecuencias son terribles, pero se reparten de manera igualmente aleatoria y no resultan tan graves para el conjunto: afectan a las víctimas y a sus familias, pero no al grupo como tal. Pero si lo que se decide es depurar el grupo nacional eliminando masiva pero selectivamente a los 30.000 mejores, a los trabajadores, profesores, abogados, periodistas, artistas, funcionarios, sindicalistas y estudiantes considerados "subversivos" porque estaban comprometidos con la sociedad en la que vivían, para así "reorganizar" la nación, entonces las consecuencias van mucho más allá de las víctimas individualmente consideradas: se destruye al grupo como tal, disparando a su cabeza. Eso es un genocidio.
La sociedad argentina así decapitada consiguió restablecer una débil democracia en los años 80, cayendo luego en el caos de corrupción y deuda externa de Menem. Al final de la década de los años 90 quebró, económica y moralmente, como Estado y como sociedad. Apenas ahora se está recuperando porque empieza a superar la pérdida de una generación entera de desaparecidos, y porque un grupo de abuelas mantuvieron viva la dignidad de todo un pueblo mientras sus nietos crecían para tomar el relevo.

LO QUE NO se pudo lograr con Pinochet porque la razón de Estado lo impidió, se ha conseguido con Scilingo. Desde el pasado viernes afronta el juicio ante la Audiencia Nacional acusado por un genocidio en el que él mismo reconoció haber participado. Cuando consigamos que los estados combatan eficazmente la impunidad y se tomen más en serio que ahora sus deberes para con las víctimas de las violaciones más graves de los derechos humanos, viviremos en un mundo mucho más seguro y más justo.

* Fiscal anticorrupción y profesor visitante de la Universidad de San Francisco

 
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