| Brecha
de Uruguay - Edición No. 1000 - 21 de enero de 2005
La propuesta
de Sendic
La evocación,
un año después de su muerte, de la figura del líder
histórico de los Tupamaros por el Negro Gutiérrez tiene,
leída hoy, una actualidad particular, en momentos en que algunos
de los que reivindican su herencia llegan al gobierno al frente de la principal
fuerza política de la izquierda.
Carlos
María Gutiérrez
El año pasado, a la altura de
igual abril, todos andábamos conmovidos y aturdidos ante la muerte
de Sendic; era la hora del dolor y no del razonamiento, los días
de haberlo perdido y no, todavía, los de apreciar, con los ojos
secos y las manos firmes, la lección que heredábamos. Escribo
en el plural pero no estoy refiriéndome esta vez sólo a quienes
lo querían o a quienes lo seguían. Estoy hablando de todos;
de la sociedad entera de este país pobre y atormentado donde hasta
los políticos más conservadores o los dueños de todas
las cosas materiales sintieron de pronto, siquiera por un instante y aunque
no lo dijeran nunca, lo que todos sentíamos como una idea aún
confusa: que había muerto un hombre necesario y que, de un modo
inexpresable, la falta de ese ser humano empobrecía nuestro futuro.
Un año después aquella
idea borrosa entre las lágrimas del pueblo que caminaba junto al
ataúd, atravesando la ciudad consternada, se ha hecho nítida
y es posible, además del dolor, la reflexión política
sobre Raúl Sendic.
No le hubiera gustado que se lo evocara
como a un político (aunque al principio había elegido “la
política por otros medios”) y tenía razón, si se intentara
compararlo con los políticos tradicionales de la izquierda. (Salvo
con dos que, después de haberse abierto a las causas populares,
empezaban a vislumbrar los motivos últimos del luchador social y
quizás por ello fueron asesinados.) Sin embargo, ahora que la izquierda
tiene responsabilidades de gobierno y ha convertido en realidad parcial
la vieja utopía de ser el instrumento que empiece a modificar el
sistema, en ese cambio cualitativo están, de muchos modos, las huellas
de Sendic.
Sería aún polémico
indicar los puntos de esa influencia: el proceso de las dos décadas
anteriores todavía no admite el examen desapasionado de la historia.
Nadie podría señalar en forma irrefutable, por ahora, los
puntos concretos donde actuó esa influencia; nadie, tampoco, podría
negarla. No estoy hablando de la lucha armada, ni siquiera de ideologías
o concepciones sociales, sino de ese factor que el sistema político
había resuelto despreciar pero que la sociedad guardaba en lo íntimo
de su escala de valores y reencontraba en Sendic: el ser humano consagrado
a liberar la vida de los otros hombres a través de la verdad de
su propia vida.
Sendic no quería ser un político,
pero ¿qué es la verdadera política sino la consagración
de los mejores a la felicidad de los más? El hombre político,
como instrumento individual, debía contener en sí mismo las
cualidades que pedía al ser colectivo cuya conciencia transformará
la sociedad. Sendic se ajustó a esa norma. De manera más
alta que en el ajedrez rutinario de los partidos vino ejerciendo esa política
nueva, tal vez sin advertir totalmente la situación, ya que, aparte
de su maduración ideológica y de haber escogido sus caminos,
su conducta de vida era la de siempre.
En 1985, cuando recién liberado
se reintegró a la militancia en proyectos que correspondían
a la época de paz, traía consigo ese estilo. La capacidad
de convocatoria reapareció, aunque en el MLN una dirección
colectiva, sin tomar los atajos que antes permitía la guerra, estaba
aprendiendo a manejar la nueva pauta: insertar en la política corriente
la vieja pureza, el viejo desinterés, el viejo sacrificio, la vieja
solidaridad. Y también la nueva unidad que parte de la izquierda
había descubierto en la cárcel.
En las mateadas que el MLN inventó
como método de acercarse en la legalidad a la gente para oírla
y ser oído, en el lenguaje coloquial que abandonó para siempre
la retórica de los doctores (y mezclaba aun algunos lunfardos carcelarios
que agregaban verdad a la comunicación) el país estaba asistiendo
ya a una experiencia política distinta. El estilo era colectivo,
pero nadie lo encarnó mejor, sin duda, que Sendic, proyectándolo
casi míticamente en el ambiente nacional.
El Movimiento por la Tierra (su proyecto
personal, que dejó en marcha) es típico de la concepción
que Sendic tenía de la política, explicándola mejor
con los hechos que con la teoría excesiva: una organización
agraria, de tipo formativo, que fuera a cubrir las carencias humanas del
agro y, en retorno, las necesidades de la gente, pero también, de
varios modos, ámbito natural para que la gente fuese descubriendo
su identidad común en los problemas básicos del país,
por encima de los lemas partidarios; el Frente Grande, proyecto político
paralelo, no podía entenderse como alianza de los estratos sociales
afines si antes no entraba, como hecho de la realidad cotidiana, en la
conciencia.
Creo sin embargo que la reflexión
que permite este aniversario trasciende, incluso, los casos del Movimiento
por la Tierra o la propuesta coyuntural del Frente Grande, para referirse
a la condición misma de la sociedad necesaria. Hace unos días
estuve en uno de los actos con que el Movimiento conmemora a Sendic, en
un local donde los jóvenes se apiñaban y eran más
que los veteranos. Muchos de esos jóvenes no habían nacido
aún o eran niños escolares cuando la caída de Sendic
en 1972 pareció liquidar su concepción de la vía de
cambio. ¿Qué los había llevado a integrar una tarea
relativamente oscura, que no prometía la realización individual
o la aventura generosa de la lucha armada? ¿Qué movió
a la gente de todos los partidos, a blancos y colorados también,
a seguir con emoción pública las alternativas de la terrible
enfermedad de Raúl en París y a ser sacudida por su muerte?
¿Por qué esa gente, blancos y colorados, caminó con
decenas de miles en el cortejo fúnebre hasta La Teja? Esa adhesión
generacional, esas manifestaciones plurales &endash;verdadero muestreo
de las nuevas condiciones que van emergiendo en el país&endash;
son por ahora la intuición de la gente, pero irán consolidando
una exigencia: que la dirigencia política vaya aproximándose
al ejemplo de Sendic si la política asume finalmente su verdadero
carácter transformador y no se adultera como mera guardiana de un
pasado muerto. Ya las mayorías están seguras de que esta
sociedad no sirve y debe ser transformada de raíz. Resta completar
el proyecto de la sociedad necesaria con la aparición del nuevo
hombre social, producto de una emulación colectiva a partir del
hombre nuevo en que se transforme el dirigente. Raúl Sendic continúa
planteando hoy, a la izquierda y a todos los partidos, con las mismas modestia
y obstinación que cuando estaba vivo, el cambio que debe empezar
por cada uno de nosotros.
* Nota publicada en contratapa del
número del 27-IV-90. Gutiérrez fue integrante del Consejo
Editor de BRECHA hasta su muerte, el 21 de octubre de 1991. |