La deshumanización
de la función pública
Antonio
Mora Vélez
Las sociedades
se miden en su dimensión humana por la forma como consideran al
hombre y tratan a sus niños, mujeres y ancianos. Una sociedad no
es humana solo porque haya alcanzado un buen nivel de desarrollo de la
industria o del comercio, o grandes logros científicos y tecnológicos.
Y dista mucho de estar pensada en términos del desarrollo humano
por mucho que pueda mostrar una buena infraestructura urbana, si no ha
construido su base material en función del bienestar de la comunidad,
pensando en la calidad de vida de las personas y en su tranquilidad espiritual.
Todo lo que perturbe la conciencia
ciudadana debiera ser, en consecuencia, objeto de estudio y decisión
de las autoridades, que están instituidas para "servir a la comunidad",
"proteger la vida de las personas"y asegurar "el cumplimiento de los deberes
sociales del Estado y de los particulares", según la letra de nuestra
Constitución. De no ser así, si el Estado se distancia de
las aspiraciones de sus asociados, si no cumple con sus funciones, si se
convierte en una talanquera para el bienestar de la comunidad, nadie podrá
quejarse si la sociedad desconoce su autoridad y, lo que es peor, si en
el futuro se produce un cambio o ruptura de la institucionalidad y el advenimiento
de una de las ya conocidas formas autoritarias y paternalistas del Poder.
El bien más tutelado de todos
los consagrados por nuestra Constitución es la vida y debiera ser
el más defendido por quienes tienen la obligación de hacer
cumplir las leyes y los derechos de los ciudadanos. Pero es el que menos
parece interesarle a nuestros funcionarios, tal vez porque la mayoría
de ellos no sienten que se deben al pueblo, como reza la Carta Magna, sino
al politiquero que los auspicia, y porque si la guerra, la delincuencia
y la miseria producen tantos muertos, unos más que importan. Por
ello actúan en contravía de la ley, permitiendo negocios
como el moto-taxismo, que pone diariamente en peligro la vida de sus usuarios
y de los transeúntes.
No sabemos hasta cuándo tendremos
que seguir lamentando la muerte de personas por culpa de la imprudencia
criminal de los llamados moto-taxistas y de la irresponsabilidad de los
propietarios que les entregan a tales personajes –en su mayoría
jóvenes sin ninguna educación ni preparación técnica--
sus motocicletas para que las trabajen y les den jugosas utilidades. Ni
hasta cuándo el gobierno nacional va a permitir que los gestores
de este negocio peligroso violen la ley que prohíbe la utilización
de las motocicletas como vehículos de servicio público.
Aunque la solución es bien
sencilla: un buen servicio de transporte urbano y hacer cumplir la ley,
me temo que no se va a implementar, al menos por ahora. Entre otras cosas
porque sería pedirle peras al olmo pretender que el Estado neo-liberal
actúe con los criterios del desarrollo humano. Porque la mayor parte
de sus funcionarios están al servicio del clientelismo y la politiquería,
y porque, como lo han señalado varios columnistas de El Meridiano,
se trata de un negocio bien redondo del cual lucran muchas personas.
17 de enero de 2005
Antonio
Mora Vélez
Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar
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