José Luis Hereyra Collante - rodelu.net
2 de febrero de 2005
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El regreso a Colosó
José Luis Hereyra Collante
Desde los años ochentas, cuando era asesor cultural de Asmedas en Barranquilla, un doctor colosoano de apellido Navarro me hablaba de las bellezas paradisíacas de su tierra y del calor de sus gentes, lo cual, según él, lo tenía reducido a doloroso oficiante de la más irremediable de las nostalgias. Por eso este día de Navidad, 25 de diciembre de 2004, cuando el invencible jeep Willys dejó atrás el retén militar de La Siria y los últimos jirones blancos de nubes que rayaban el cielo azulísimo, y se adentró más en los bellos Montes de María hacia Colosó, contuve la respiración. El vehículo resopló y dejó unos pasajeros justo donde había un rancho pequeño abandonado, donde los demás pasajeros me informaron que allí habían muerto varias señoras de la región,  asesinadas por los violentos. Pero como el destino de los pueblos del mundo debe ir hacia la vida –pensé–  debemos superar lo ineluctable y emprender el ascenso hacia la esperanza, para la vida y la felicidad para las cuales fuimos creados. Y con ese sentimiento en el corazón entramos a Colosó. Quedé maravillado: un camino dorado era ahora la calle principal, ya que, de acera a acera, los dorados granos de maíz se secaban al sol en un ritual milenario frente al cielo ahora más azul, ajeno a los últimos vestigios de las nubes, mientras un viento fresco susurraba y mecía suavemente las hojas de los árboles centenarios que parecían saludarnos. 

El viejo pero firme Willys se detuvo y el conductor me señaló la edificación inmensa, recién pintada de reluciente verde oliva y negro humo, con lo cual semejaba más un velero de ensueño decorado con finísima pintura de lujo. El verde hacía juego con lo más profundo de los frondosos árboles y el negro humo daba un aspecto señorial a la bella edificación de madera. Reparé que estaba coronada por un sobrio letrero que rezaba: Depósito “El Regreso”…Pocas veces había encontrado tanta economía de lenguaje, tanta densidad semiológica –que ya quisieran manejar muchos de los que quieren demostrar a cualquier precio que “saben”– como en este aviso que simbolizaba lo que todos los colosoanos guardan como una siempreviva en su corazón: el retorno a su tierra, sea para establecerse de nuevo o sea para descansar en sus vacaciones familiares, en sus fiestas, en sus fines de semana o sencillamente “cuando les dé la gana” de volver a su tierra. 

Patricia Díaz –colosoana raizal y la amiga más querida y más allegada a nuestro hogar–, su esposo Rodrigo Zuluaga –paisa ya adoptado, como yo, por la Sabana– y sus pequeños hijos Mateo y Mariam corrieron a recibirnos con abrazos y besos de cariño verdadero, ese que dice la copla española que “ni se compra ni se vende”. Y a los cinco minutos comenzó el condumio: Ramiro, hermano de Patricia, pasaba y pasaba por entre nosotros con inmensas bandejas de yuca humeante, harinosa, y de montañas de chicharrones crujientes y delicados, lomo de cerdo doradito, asadura y todas las formas de presentación del delicado manjar que es un cerdo Duroc-Jersey escogido por los anfitriones y con ciento cuarenta libras de tierna sabrosura. Y, entre tanda y tanda, nos llevaron al balneario del arroyo y sus manantiales “donde la piedra llora el agua desde sus mismas entrañas”. Apenas entra uno en ese santuario vegetal, en esa catedral de árboles inmortales, atemporales, siente uno el frescor, casi frío, que anuncia estuarios de ensueño,  donde hay piscinas naturales que ahora sí deben volver a ser o llegar a ser por fin el sitio de purificación y beatitud para el alma y el amor en todas sus manifestaciones. 

Como maravillosos anfitriones que son, Rodrigo y Patricia nos empacaron todavía más carne de cerdo ya lista, para los demás de nuestra familia que se habían quedado y “para repetir en el desayuno”, y nos llevaron a Toluviejo a coger la buseta de regreso a Sincelejo. El susurro del agua del arroyo de Colosó cantaba en mi alma confundido con el susurro de la brisa. Me parecía ver a Oriana mi hijita, a Mate y a Mariam, caminando entre las piedras fluidas de agua transparente y riendo como en un himno futuro y cumplido por fin de amor y paz.

2 de febrero de 2005
 

José Luis Hereyra Collante
Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com
 
CULTURALES