El
regreso a Colosó
José
Luis Hereyra Collante
Desde los
años ochentas, cuando era asesor cultural de Asmedas en Barranquilla,
un doctor colosoano de apellido Navarro me hablaba de las bellezas paradisíacas
de su tierra y del calor de sus gentes, lo cual, según él,
lo tenía reducido a doloroso oficiante de la más irremediable
de las nostalgias. Por eso este día de Navidad, 25 de diciembre
de 2004, cuando el invencible jeep Willys dejó atrás el retén
militar de La Siria y los últimos jirones blancos de nubes que rayaban
el cielo azulísimo, y se adentró más en los bellos
Montes de María hacia Colosó, contuve la respiración.
El vehículo resopló y dejó unos pasajeros justo donde
había un rancho pequeño abandonado, donde los demás
pasajeros me informaron que allí habían muerto varias señoras
de la región, asesinadas por los violentos. Pero como el destino
de los pueblos del mundo debe ir hacia la vida –pensé– debemos
superar lo ineluctable y emprender el ascenso hacia la esperanza, para
la vida y la felicidad para las cuales fuimos creados. Y con ese sentimiento
en el corazón entramos a Colosó. Quedé maravillado:
un camino dorado era ahora la calle principal, ya que, de acera a acera,
los dorados granos de maíz se secaban al sol en un ritual milenario
frente al cielo ahora más azul, ajeno a los últimos vestigios
de las nubes, mientras un viento fresco susurraba y mecía suavemente
las hojas de los árboles centenarios que parecían saludarnos.
El viejo pero firme Willys se detuvo
y el conductor me señaló la edificación inmensa, recién
pintada de reluciente verde oliva y negro humo, con lo cual semejaba más
un velero de ensueño decorado con finísima pintura de lujo.
El verde hacía juego con lo más profundo de los frondosos
árboles y el negro humo daba un aspecto señorial a la bella
edificación de madera. Reparé que estaba coronada por un
sobrio letrero que rezaba: Depósito “El Regreso”…Pocas veces había
encontrado tanta economía de lenguaje, tanta densidad semiológica
–que ya quisieran manejar muchos de los que quieren demostrar a cualquier
precio que “saben”– como en este aviso que simbolizaba lo que todos los
colosoanos guardan como una siempreviva en su corazón: el retorno
a su tierra, sea para establecerse de nuevo o sea para descansar en sus
vacaciones familiares, en sus fiestas, en sus fines de semana o sencillamente
“cuando les dé la gana” de volver a su tierra.
Patricia Díaz –colosoana raizal
y la amiga más querida y más allegada a nuestro hogar–, su
esposo Rodrigo Zuluaga –paisa ya adoptado, como yo, por la Sabana– y sus
pequeños hijos Mateo y Mariam corrieron a recibirnos con abrazos
y besos de cariño verdadero, ese que dice la copla española
que “ni se compra ni se vende”. Y a los cinco minutos comenzó el
condumio: Ramiro, hermano de Patricia, pasaba y pasaba por entre nosotros
con inmensas bandejas de yuca humeante, harinosa, y de montañas
de chicharrones crujientes y delicados, lomo de cerdo doradito, asadura
y todas las formas de presentación del delicado manjar que es un
cerdo Duroc-Jersey escogido por los anfitriones y con ciento cuarenta libras
de tierna sabrosura. Y, entre tanda y tanda, nos llevaron al balneario
del arroyo y sus manantiales “donde la piedra llora el agua desde sus mismas
entrañas”. Apenas entra uno en ese santuario vegetal, en esa catedral
de árboles inmortales, atemporales, siente uno el frescor, casi
frío, que anuncia estuarios de ensueño, donde hay piscinas
naturales que ahora sí deben volver a ser o llegar a ser por fin
el sitio de purificación y beatitud para el alma y el amor en todas
sus manifestaciones.
Como maravillosos anfitriones que
son, Rodrigo y Patricia nos empacaron todavía más carne de
cerdo ya lista, para los demás de nuestra familia que se habían
quedado y “para repetir en el desayuno”, y nos llevaron a Toluviejo a coger
la buseta de regreso a Sincelejo. El susurro del agua del arroyo de Colosó
cantaba en mi alma confundido con el susurro de la brisa. Me parecía
ver a Oriana mi hijita, a Mate y a Mariam, caminando entre las piedras
fluidas de agua transparente y riendo como en un himno futuro y cumplido
por fin de amor y paz.
2 de febrero de 2005
José
Luis Hereyra Collante
Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com
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