José Luis Hereyra Collante - rodelu.net
7 de febrero de 2005
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El Meridiano, memoria tangible de Sucre
José Luis Hereyra Collante
Todos los grandes acontecimientos de la humanidad han quedado plasmados en la memoria gráfica de la historia para ir formando la silueta de nuestro destino. Utilizando desde los dibujos ocres en las subyugantes grutas de Altamira y Lascaux, grabando con estiletes de diamante los geométricos y bizarros jeroglíficos cuneiformes sumerios, cabalgando el lomo de los vientos con las señales de humo que dejaban un recuerdo onírico para las praderas y los pieles rojas norteamericanos, rayando las entrañas de la piedra con colmillos de jaguar para dejar ilustrando los tiempos los grabados mayas o arrancando del vientre suave y tibio de los gansos los plumones con los cuales se escribirían las epístolas castellanas, siempre el hombre ha rayado lo inasible, ha dibujado en la nada de los tiempos nuestro rostro, nuestros amores o nuestras desventuras, nuestras alegrías o nuestros fracasos. Es por todo esto que nos conmueve que ¡El Nuestro!, El Meridiano de Sucre, nuestro diario, nuestro periódico de todos los amaneceres cumpla nueve años, nueve años, nueve años de lucha, de esfuerzo titánico por sobrevivir a la desidia y la adversidad para situarse como un icono de nuestro cotidiano quehacer e ir dejando la memoria escrita, gráfica, tangible, que nos nombrará como pueblo y como región, y que es ya la fuente obligada de toda investigación sociológica, económica, humana, política, educacional y antropológica.

Porque decir El Meridiano de Sucre es nombrarnos como pueblo ya con un nombre propio y una identidad: es un periódico, un diario periodístico, lo único que gradúa de adultez de pensamiento y de aceptación de un destino a un pueblo; lo que nos da un nombre y nos sitúa en un contexto universal, por modestos y/o humildes que seamos. José Martí, el apóstol de apóstoles, el gestor y fuente inagotable no sólo del pueblo cubano sino de lo auténtico en lo humano lo dejo clarísimo e indeleble, con la belleza de su verbo encendido y estoico,  frente a los vaivenes con los que desdibuja o engaña a los mediocres el olvido: “Nuestro vino es de plátano, es de plátano, pero es nuestro vino”. Y esto ya lo puede demostrar mi corazón, porque en este reciente otoño en Nueva York, en medio del frío de la madrugada, con el dolor del cuerpo estragado por el arduo trabajo para sobrevivir en La Gran Babilonia, buscaba en la red nuestro sitio web. Y allí, ¡oh milagro!, estaban tibiecitas las noticias y el aroma y el color del crepúsculo del amanecer de esta tierra donde estaban los míos sin mí, y yo, allá sine ellos, a través de ¡El Nuestro! reproducía en mi alma lo que no podía entregarme a pesar de sus mayúsculos formatos ni el New York Times, ni The Chronicle de New Jersey, ni ningún diario de “las grandes ligas” de los grandes países del mundo porque a mi corazón nada podía ni puede, después de lo intelectual, llenarle con tibieza su esperanza sino este montoncito de papeles que olían a Montes de María, a café humeante de tres de la mañana, a los choferes que viajan a esa hora todos los días de la vida a Montería, a Barranquilla y a cuanto destino existe, es decir, porque El Meridiano de Sucre me da razón de lo que más nada puede llenar, me entrega como un invisible cordón umbilical el rostro amado de nuestro pueblo y nuestra gente.

Hoy me siento honrado porque sus páginas guardan más de una preocupación mía, más de un pensamiento o una reflexión que he entregado no sólo en este país sino en el extranjero, un verso, una añoranza, y por eso ni estando en medio del esplendor del imperio he dejado de enviar mi pequeña contribución semanal que da razón de mí y del amor que guardo en mi corazón, con mis limitaciones, mis múltiples momentos de pequeñez o algunos momentos de belleza sublime, lo que dice claramente que no podemos olvidar lo humilde y bello de lo nuestro como hacen los pequeños canallas cuando cambian su razón y su nombre  deslumbrados por la mesa de los poderosos. Bendiciones y muchos años de vida, entonces, a este diario y esta familia de amigos y hermanos. Buen viento y buena mar por siempre. Amén.

2 de febrero de 2005
 

José Luis Hereyra Collante
Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com
 
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