El
Meridiano, memoria tangible de Sucre
José
Luis Hereyra Collante
Todos los
grandes acontecimientos de la humanidad han quedado plasmados en la memoria
gráfica de la historia para ir formando la silueta de nuestro destino.
Utilizando desde los dibujos ocres en las subyugantes grutas de Altamira
y Lascaux, grabando con estiletes de diamante los geométricos y
bizarros jeroglíficos cuneiformes sumerios, cabalgando el lomo de
los vientos con las señales de humo que dejaban un recuerdo onírico
para las praderas y los pieles rojas norteamericanos, rayando las entrañas
de la piedra con colmillos de jaguar para dejar ilustrando los tiempos
los grabados mayas o arrancando del vientre suave y tibio de los gansos
los plumones con los cuales se escribirían las epístolas
castellanas, siempre el hombre ha rayado lo inasible, ha dibujado en la
nada de los tiempos nuestro rostro, nuestros amores o nuestras desventuras,
nuestras alegrías o nuestros fracasos. Es por todo esto que nos
conmueve que ¡El Nuestro!, El Meridiano de Sucre, nuestro diario,
nuestro periódico de todos los amaneceres cumpla nueve años,
nueve años, nueve años de lucha, de esfuerzo titánico
por sobrevivir a la desidia y la adversidad para situarse como un icono
de nuestro cotidiano quehacer e ir dejando la memoria escrita, gráfica,
tangible, que nos nombrará como pueblo y como región, y que
es ya la fuente obligada de toda investigación sociológica,
económica, humana, política, educacional y antropológica.
Porque decir El Meridiano de Sucre
es nombrarnos como pueblo ya con un nombre propio y una identidad: es un
periódico, un diario periodístico, lo único que gradúa
de adultez de pensamiento y de aceptación de un destino a un pueblo;
lo que nos da un nombre y nos sitúa en un contexto universal, por
modestos y/o humildes que seamos. José Martí, el apóstol
de apóstoles, el gestor y fuente inagotable no sólo del pueblo
cubano sino de lo auténtico en lo humano lo dejo clarísimo
e indeleble, con la belleza de su verbo encendido y estoico, frente
a los vaivenes con los que desdibuja o engaña a los mediocres el
olvido: “Nuestro vino es de plátano, es de plátano, pero
es nuestro vino”. Y esto ya lo puede demostrar mi corazón, porque
en este reciente otoño en Nueva York, en medio del frío de
la madrugada, con el dolor del cuerpo estragado por el arduo trabajo para
sobrevivir en La Gran Babilonia, buscaba en la red nuestro sitio web. Y
allí, ¡oh milagro!, estaban tibiecitas las noticias y el aroma
y el color del crepúsculo del amanecer de esta tierra donde estaban
los míos sin mí, y yo, allá sine ellos, a través
de ¡El Nuestro! reproducía en mi alma lo que no podía
entregarme a pesar de sus mayúsculos formatos ni el New York Times,
ni The Chronicle de New Jersey, ni ningún diario de “las grandes
ligas” de los grandes países del mundo porque a mi corazón
nada podía ni puede, después de lo intelectual, llenarle
con tibieza su esperanza sino este montoncito de papeles que olían
a Montes de María, a café humeante de tres de la mañana,
a los choferes que viajan a esa hora todos los días de la vida a
Montería, a Barranquilla y a cuanto destino existe, es decir, porque
El Meridiano de Sucre me da razón de lo que más nada puede
llenar, me entrega como un invisible cordón umbilical el rostro
amado de nuestro pueblo y nuestra gente.
Hoy me siento honrado porque sus
páginas guardan más de una preocupación mía,
más de un pensamiento o una reflexión que he entregado no
sólo en este país sino en el extranjero, un verso, una añoranza,
y por eso ni estando en medio del esplendor del imperio he dejado de enviar
mi pequeña contribución semanal que da razón de mí
y del amor que guardo en mi corazón, con mis limitaciones, mis múltiples
momentos de pequeñez o algunos momentos de belleza sublime, lo que
dice claramente que no podemos olvidar lo humilde y bello de lo nuestro
como hacen los pequeños canallas cuando cambian su razón
y su nombre deslumbrados por la mesa de los poderosos. Bendiciones
y muchos años de vida, entonces, a este diario y esta familia de
amigos y hermanos. Buen viento y buena mar por siempre. Amén.
2 de febrero de 2005
José
Luis Hereyra Collante
Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com
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