Antonio Mora Vélez - rodelu.net
7 de febrero de 2005
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“Alejandro”
Antonio Mora Vélez
Oliver Stone ha mostrado en su filme “Alejandro” la vida azarosa, desconcertante y traumática del guerrero más importante de la antigüedad. Según el filme, Alejandro Magno fue un rey homosexual que emprendió la épica conquista de Asia –sin conocer su extensión—para huir de su tragedia personal y en especial de su madre dominante y asesina de Filipo, su padre rey de quien heredó el dominio sobre Jonia –en plena decadencia de las ciudades-Estados—y las militarmente célebres “falanges” con las que derrotó a los griegos que trataron de disolver la Confederación aprovechando el regicidio, a los persas, a los egipcios y a las hindúes y con las que quiso edificar un imperio que cubriera todos los territorios del mundo antiguo. 
 
El filme es fiel a la historia conocida de los primeros años de Alejandro, de sus batallas, anécdotas, y de sus odios y aficiones, pero se queda corto en la explicación de las causas que lo hicieron posible. ¿Cómo pudo la Grecia de Pericles, la Grecia de la filosofía y de la polis, del hierro y de la Acrópolis, ser dominada por el rey bárbaro de un país de tribus pastoras? ¿Por un rey movido en su afán de conquistas “no por un plan estratégico o político, sino por un sueño de gloria detrás de cual corrió durante once años sin despertar”, como señala Indro Montanelli?. Es algo que el filme no aclara, en su interés de mostrar lo que impacta visualmente, lo fácilmente asimilable.
 
Esa causa no contada es la crisis que introdujo en las ciudades griegas la aparición de ejércitos profesionales, mejor armados y entrenados, que se convirtieron en necesarios para poder conquistar fuentes de materias primas, con lo que originaron luchas por el dominio económico que antes no existían. Atenas, por ejemplo, estaba ante la disyuntiva de construir una flota naval que mantuviera bajo su dominio a las islas y costas del mar Egeo o perecer. Las guerras del Peloponeso –su consecuencia-- debilitaron a las ciudades de Jonia y a la democracia y las convirtieron en presa fácil de las “falanges” de Alejandro, quien las venció en Queronea. La Confederación Egea inventada por Atenas para legalizar su dominación sobre otros pueblos, fue reemplazada por el Imperio de Alejandro.
 
El filme muestra, aunque a pinceladas que se pierden en la barahúnda de batallas, marchas y celebraciones, el deterioro de pensamiento de un hombre que fue educado por Aristóteles, que amó la poesía y la música y que terminó convertido en un sátrapa, ebrio de gloria y loco, hasta el extremo de creerse Dios y exigirle a los griegos -- padres del pensamiento racional--, rendirle el culto religioso que merecía su grandeza. Finalmente muere envenenado por sus generales, quienes –igual que lo hicieran los de Bolívar dos mil años después—se repartieron sus territorios de conquista para construir pequeños estados corruptos que enriquecieron a los funcionarios y adeptos al régimen, y ahondaron la brecha social que había empezado a abrirse unos siglos antes, durante los tiempos de Solón, el célebre pensador para quien la causa de las revoluciones no era otra que la mala distribución de la riqueza. Después de Alejandro Magno termina la gesta gloriosa de Grecia y los ojos del mundo se vuelven hacia Roma.
 
Del filme y de la historia hay que sacar enseñanzas. En este caso es fácil deducir que los hombres que logran dominar a otros pueblos, prevalidos del poder y de una mejor técnica militar, terminan como terminó Alejandro y como terminó Hitler. Y suponer por ello que, igual que fracasó Alejandro con sus delirios de dominación mundial y de hacerse reconocer como Dios por el pueblo que transformó el pensamiento mítico en Filosofía, fracasará el presidente actual que pretende imponer, a nombre de la democracia, el sojuzgamiento de otros pueblos para apoderarse de sus riquezas. Si los ojos del mundo han empezado a mirar hacia China y Europa, es porque está cerca el final del Imperio intervensionista y terrorista –como todos los imperios-- que tiene los pies de barro de una deuda con los bancos chinos y japoneses, que compromete seriamente su viabilidad económica.Y que me perdone Alejandro Magno por la comparación, porque debo reconocer en aras de la verdad histórica, que él au nque igual de cruel --exterminador de pueblos—e igual de fanático --mantenía a los oráculos en su tienda de campaña--, fue mucho más inteligente, más autónomo, más culto, mejor estratega y más valiente que el presidente de marras.

Antonio Mora Vélez
Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar

 
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