“Alejandro”
Antonio
Mora Vélez
Oliver Stone
ha mostrado en su filme “Alejandro” la vida azarosa, desconcertante y traumática
del guerrero más importante de la antigüedad. Según
el filme, Alejandro Magno fue un rey homosexual que emprendió la
épica conquista de Asia –sin conocer su extensión—para huir
de su tragedia personal y en especial de su madre dominante y asesina de
Filipo, su padre rey de quien heredó el dominio sobre Jonia –en
plena decadencia de las ciudades-Estados—y las militarmente célebres
“falanges” con las que derrotó a los griegos que trataron de disolver
la Confederación aprovechando el regicidio, a los persas, a los
egipcios y a las hindúes y con las que quiso edificar un imperio
que cubriera todos los territorios del mundo antiguo.
El filme es fiel a la historia conocida
de los primeros años de Alejandro, de sus batallas, anécdotas,
y de sus odios y aficiones, pero se queda corto en la explicación
de las causas que lo hicieron posible. ¿Cómo pudo la Grecia
de Pericles, la Grecia de la filosofía y de la polis, del hierro
y de la Acrópolis, ser dominada por el rey bárbaro de un
país de tribus pastoras? ¿Por un rey movido en su afán
de conquistas “no por un plan estratégico o político, sino
por un sueño de gloria detrás de cual corrió durante
once años sin despertar”, como señala Indro Montanelli?.
Es algo que el filme no aclara, en su interés de mostrar lo que
impacta visualmente, lo fácilmente asimilable.
Esa causa no contada es la crisis
que introdujo en las ciudades griegas la aparición de ejércitos
profesionales, mejor armados y entrenados, que se convirtieron en necesarios
para poder conquistar fuentes de materias primas, con lo que originaron
luchas por el dominio económico que antes no existían. Atenas,
por ejemplo, estaba ante la disyuntiva de construir una flota naval que
mantuviera bajo su dominio a las islas y costas del mar Egeo o perecer.
Las guerras del Peloponeso –su consecuencia-- debilitaron a las ciudades
de Jonia y a la democracia y las convirtieron en presa fácil de
las “falanges” de Alejandro, quien las venció en Queronea. La Confederación
Egea inventada por Atenas para legalizar su dominación sobre otros
pueblos, fue reemplazada por el Imperio de Alejandro.
El filme muestra, aunque a pinceladas
que se pierden en la barahúnda de batallas, marchas y celebraciones,
el deterioro de pensamiento de un hombre que fue educado por Aristóteles,
que amó la poesía y la música y que terminó
convertido en un sátrapa, ebrio de gloria y loco, hasta el extremo
de creerse Dios y exigirle a los griegos -- padres del pensamiento racional--,
rendirle el culto religioso que merecía su grandeza. Finalmente
muere envenenado por sus generales, quienes –igual que lo hicieran los
de Bolívar dos mil años después—se repartieron sus
territorios de conquista para construir pequeños estados corruptos
que enriquecieron a los funcionarios y adeptos al régimen, y ahondaron
la brecha social que había empezado a abrirse unos siglos antes,
durante los tiempos de Solón, el célebre pensador para quien
la causa de las revoluciones no era otra que la mala distribución
de la riqueza. Después de Alejandro Magno termina la gesta gloriosa
de Grecia y los ojos del mundo se vuelven hacia Roma.
Del filme y de la historia hay que
sacar enseñanzas. En este caso es fácil deducir que los hombres
que logran dominar a otros pueblos, prevalidos del poder y de una mejor
técnica militar, terminan como terminó Alejandro y como terminó
Hitler. Y suponer por ello que, igual que fracasó Alejandro con
sus delirios de dominación mundial y de hacerse reconocer como Dios
por el pueblo que transformó el pensamiento mítico en Filosofía,
fracasará el presidente actual que pretende imponer, a nombre de
la democracia, el sojuzgamiento de otros pueblos para apoderarse de sus
riquezas. Si los ojos del mundo han empezado a mirar hacia China y Europa,
es porque está cerca el final del Imperio intervensionista y terrorista
–como todos los imperios-- que tiene los pies de barro de una deuda con
los bancos chinos y japoneses, que compromete seriamente su viabilidad
económica.Y que me perdone Alejandro Magno por la comparación,
porque debo reconocer en aras de la verdad histórica, que él
au nque igual de cruel --exterminador de pueblos—e igual de fanático
--mantenía a los oráculos en su tienda de campaña--,
fue mucho más inteligente, más autónomo, más
culto, mejor estratega y más valiente que el presidente de marras.
Antonio
Mora Vélez
Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar
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