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15 de febrero de 2005
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Coletillas al Margen

Latinoamérica:
momento de pasar a la ofensiva

Carlos Angulo Rivas
Los discursos de George W. Bush en la inauguración de su segundo mandato presidencial como ante el Congreso, “State of the Union,” no marcaron un nuevo comienzo sino la continuidad y reafirmación de una política unilateral, imperialista e ilegal: el derecho a la intervención política y militar en cualquier parte del planeta.  El pretexto de repartir la democracia y la libertad en el mundo, previa lluvia de bombas y misiles a los inconformes y rebeldes, puede acelerar los acontecimientos internacionales hacia un clima de mayor inestabilidad, más aún si el marco de referencia de las tenebrosas declaraciones de la renovada administración es la lucha global contra el terrorismo en la versión de la Casa Blanca.

No está demás recordar que la endeble administración republicana, la elegida por la Corte Suprema en el año 2000, recuperó espacio político haciendo de la desgracia del once de septiembre un liderazgo que perdura hasta nuestros días, más por infundir miedo a los norteamericanos (leyes de seguridad interna) que por raciocinio y libertad. La  pretensión inequívoca de los republicanos de ir solos hacia el fortalecimiento del Nuevo Orden Mundial, vía la globalización económica dominada por ellos y buscando el reconocimiento universal a su transformación en superpotencia hegemónica sigue vigente. Las inventadas elecciones en Irak (democracia y libertad bajo ocupación militar extranjera), el favoritismo hacia Israel en el conflicto con Palestina, las amenazas sobre Irán, Corea del Norte, la ofensa a los europeos y a todos los continentes con el rechazo a la prohibición sobre pruebas nucleares y a la Corte Criminal Internacional y también al tratado sobre el medio ambiente y la emisión de “green house” gases del acuerdo de Kyoto; además de la manipulación de la ONU según las conveniencias republicanas de Bush, siguen constituyendo un desafío a la paz mundial que tiene sin cuidado a los estrategas que encarrilan al mesiánico líder de la oficina oval en Washington.

Y aunque los asuntos mundiales citados en la política exterior norteamericana son de mayor calibre comparados a los de América Latina, no dejan de preocuparnos las amenazas y las manipulaciones políticas y mediáticas dirigidas  hacia el absoluto control de nuestro continente. Las piedras en el zapato (Cuba y Venezuela) y los gobiernos de Brasil, Argentina y el futuro de Uruguay no están siendo descuidados en la perspectiva de querer controlar nuestro destino. Brasil en correspondencia al tamaño de su economía (entre las diez primeras del mundo) negocia con un presidente Lula debilitado por las críticas desde la izquierda, Argentina en busca de salir de la enorme crisis económica heredada del extremismo neoliberal de Carlos Menem trata de poner orden punchando al FMI y al Banco Mundial y Uruguay se presenta como una rompecabezas por armar en la dirección correcta. 

La injerencia de Estados Unidos

En cierta medida, superado el péndulo entre gobiernos militares y civiles de carácter dictatorial y represivo, la apuesta por la democracia en América Latina sucumbe ante la ineficacia de los gobiernos atrapados en la contradicción inhiesta de la política neoliberal de la globalización. México que se adelantó al tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá (NAFTA), no ha superado en los últimos doce años de aplicación plena del acuerdo su status de país en “vías de desarrollo,”  país donde los bolsones de extrema pobreza se incrementan día a día en distintas regiones y en la propia capital federal. La extensión de este experimento norteamericano (NAFTA) hacia América Latina tropieza con la ingobernabilidad de la región, tanto que la anunciada vertebración del ALCA hecha por George W. Bush en Montreal, para enero del 2005 con la firma de aceptación de todos los presidentes, ha fracasado rotundamente; ingresándose así al terreno movedizo de las ciénagas de arena de los TLC (tratados de libre comercio bilaterales entre Estados Unidos y cada país). Todo ello en una nueva política de “divide y reinarás.”

En los gobiernos más débiles y dependientes, todo Centroamérica, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, el gobierno de Bush insiste en acometer con fuerza a los movimientos populares que rechazan la economía neoliberal de las privatizaciones y expoliación de los recursos naturales. La postura de firmar tratados bilaterales de libre comercio (TLC) se apresura a no perder el eje andino, cuya base política y militar está en el Plan Colombia (inversión de tres mil millones de dólares en infraestructura y asistencia militar) y en la inexistencia del Ecuador como país, este último dominado económicamente por completo y ocupado militarmente desde la base operativa estadounidense de Manta. En el Perú y Bolivia las cosas son distintas, pues ambos gobiernos, Toledo y Mesa, carecen de sustento popular superviviendo a una situación explosiva y se mantienen apenas por la anuencia de la Casa Blanca. En este panorama general de precario equilibrio de fuerzas, nos deben preocupar las amenazas latentes a Cuba y Venezuela, sobre todo a la revolución bolivariana de Hugo Chávez, cuya destrucción planificada por el Departamento de Estado ha venido fracasando en varios intentos, situación que nos debe abrir los ojos para tomar el itinerario correcto recurriendo al ala atlántica de los gobiernos progresistas (Argentina, Brasil y Uruguay en cierne).

El secuestro del líder de la FARC, Rodrigo Granda, que provocó el conflicto diplomático, entre Colombia y Venezuela no es un hecho casual. El comportamiento del gobierno colombiano constituyó una acción ilegal de intervención extraterritorial acorde a la política impartida por la Casa Blanca a la que son afines Uribe en Colombia y Sharon en Israel. La política de terrorismo de Estado del régimen colombiano con varios asesinatos a líderes sindicales y populares, secuestros, desapariciones e incursiones extraterritoriales en Venezuela y Perú a través de paramilitares y mercenarios, obedece a la estrategia encubierta de Washington cuyos objetivos de mayor alcance se proyectan a la confrontación ideológica, política y militar en la región. Tengamos en cuenta que la revolución bolivariana se opone y desafía a la hegemonía supranacional de Estados Unidos en las guerras de Irak y Afganistán, a las amenazas sobre Corea del Norte, Irán y Cuba; y en lo económico apunta a la diversificación del mercado petrolero hacia China y otros países; y enfrenta sobre todo a la corriente impulsora del ALCA.

Eliminar la injerencia de Estados Unidos en América Latina a fin de alcanzar la verdadera democracia, la libertad y el desarrollo autónomo no es una tarea fácil y menos de uno, dos o más países. Este es un deber de todos los pueblos latinoamericanos y del Caribe a través de la integración económica, financiera, solidaria, cooperativa, comercial y política, opuesta al proyecto neocolonialista, ALCA, propulsado por la imposición del capitalismo salvaje ultraliberal del libre mercado.

Comunidad Sudamericana de Naciones y ALBA

Dos puntos de partida en la dirección integracionista constituyen la conformación de la Comunidad Sudamericana de Naciones firmada en la ciudad de Cuzco y el acuerdo bilateral entre Cuba y Venezuela ALBA (Alternativa Bolivariana para las Américas) formalizado en La Habana a propuesta de Hugo Chávez. Ambos proyectos son en esencia coincidentes en cuanto se contraponen a los objetivos de comercio e inversión bajo la dominación tecnológica, productiva y económica de Estados Unidos, siendo del caso señalar que también Brasil impulsa esta alianza estratégica en materia de hidrocarburos (Petrobras/ PDVSA) ciencia, educación, tecnología y asistencia militar. De esta forma la prioridad de la integración a través del aumento del intercambio comercial entre nuestros países viene marcando el nuevo destino apoyado por las organizaciones sociales, populares, sindicales e indígenas en una conjunción de la acción reguladora del Estado y la participación ciudadana.

Conjunción Estado-pueblo que debe funcionar a través de la exigencia de cada vez más democracia. Más democracia y más democracia viene a ser una especie de ultimátum a darse a las diversas caricaturas de los gobiernos llamados democráticos por el solitario hecho de haber sido elegidos; gobiernos tradicionales que entienden y defienden una democracia que se circunscribe sólo a la periódica de renovación presidencial y parlamentaria con los mismos actores de la corrupta clase política latinoamericana. En Brasil, Argentina y Uruguay, la clase política ha sido derrotada  por vastos sectores populares; pero especialmente en Venezuela esa podredumbre de gobernantes ha sido destituida utilizando su propio juego de la consulta popular; ejemplo a seguir como una constante de lo que es posible hacer si la participación ciudadana llega a ejercer su pleno derecho de vigilancia, control y revocatoria de mandatos delegados. No perdamos de vista que el freno a una integración latinoamericana más rápida y efectiva se produce por la actividad impugnante y los compromisos antinacionales de gobiernos no representativos, enfeudados a los intereses del imperialismo.

Nada hubiera pasado en el continente si Venezuela, país líder en el lanzamiento de la integración latinoamericana actual, no hubiera pasado por los diferentes estadios de la defensa democrática del gobierno de Hugo Chávez mediante el escrutinio público permanente de varias consultas populares ganadas con amplitud y margen relevante, preciso para deponer, destronar y licenciar a la putrefacta clase política venezolana. Pues ahora son varios los liderazgos que se juntan no sólo en los gobiernos de la región sino también en el movimiento social y popular, todos ellos en la perspectiva de la unidad y el compromiso de combatir el analfabetismo, el hambre, la insalubridad, el desempleo y todas las anomalías de la miseria que han hecho de nuestro principal recurso natural: el humano, una dramática calamidad.

Chávez es un obstáculo a la política imperial por cuanto la causa de la integración latinoamericana independiente, económica y social, abre un abanico de posibilidades reales de enfrentar al ALCA como proyecto neocolonialista. De allí la insolencia de Condoleezza Rice de llamar al presidente venezolano “una fuerza negativa en la región y una amenaza para la estabilidad de los países vecinos.” 

Si no vemos por nosotros mismos nadie verá por nosotros. Debemos pasar de la palabra a la acción. En el Foro Social Mundial de Porto Alegre se dieron alternativas a la arbitrariedad del libre mercado impulsado por la globalización neoliberal, se destacó la imposibilidad del pago de la deuda externa y el rechazo al ALCA. Es hora que del discurso sensato se pase a la acción inmediata de los proyectos realizables. Los movimientos sociales a nivel latinoamericano poseen la fuerza necesaria, así lo han demostrado en los derrocamientos de los presidentes de Ecuador, Bolivia, Perú, Argentina. Es momento de pasar a la ofensiva. Necesitamos un orden regional democrático, tolerante, respetuoso, equilibrado y justo, diametralmente contrapuesto al que trató de imponerse antes y ahora con el segundo mandato de George W. Bush. La autoridad moral, el reconocimiento y respeto a un país por grande o pequeño que sea se gana con las grandes acciones humanas no a través de la imposición de las armas, el uniforme y la bota, caldo de cultivo de todos los terrorismos.

15 de febrero de 2005

Carlos Angulo Rivas
reppam@sympatico.ca

 
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