| Coletillas al Margen
Latinoamérica:
momento
de pasar a la ofensiva
Carlos
Angulo Rivas
Los discursos
de George W. Bush en la inauguración de su segundo mandato presidencial
como ante el Congreso, “State of the Union,” no marcaron un nuevo comienzo
sino la continuidad y reafirmación de una política unilateral,
imperialista e ilegal: el derecho a la intervención política
y militar en cualquier parte del planeta. El pretexto de repartir
la democracia y la libertad en el mundo, previa lluvia de bombas y misiles
a los inconformes y rebeldes, puede acelerar los acontecimientos internacionales
hacia un clima de mayor inestabilidad, más aún si el marco
de referencia de las tenebrosas declaraciones de la renovada administración
es la lucha global contra el terrorismo en la versión de la Casa
Blanca.
No está demás recordar
que la endeble administración republicana, la elegida por la Corte
Suprema en el año 2000, recuperó espacio político
haciendo de la desgracia del once de septiembre un liderazgo que perdura
hasta nuestros días, más por infundir miedo a los norteamericanos
(leyes de seguridad interna) que por raciocinio y libertad. La pretensión
inequívoca de los republicanos de ir solos hacia el fortalecimiento
del Nuevo Orden Mundial, vía la globalización económica
dominada por ellos y buscando el reconocimiento universal a su transformación
en superpotencia hegemónica sigue vigente. Las inventadas elecciones
en Irak (democracia y libertad bajo ocupación militar extranjera),
el favoritismo hacia Israel en el conflicto con Palestina, las amenazas
sobre Irán, Corea del Norte, la ofensa a los europeos y a todos
los continentes con el rechazo a la prohibición sobre pruebas nucleares
y a la Corte Criminal Internacional y también al tratado sobre el
medio ambiente y la emisión de “green house” gases del acuerdo de
Kyoto; además de la manipulación de la ONU según las
conveniencias republicanas de Bush, siguen constituyendo un desafío
a la paz mundial que tiene sin cuidado a los estrategas que encarrilan
al mesiánico líder de la oficina oval en Washington.
Y aunque los asuntos mundiales citados
en la política exterior norteamericana son de mayor calibre comparados
a los de América Latina, no dejan de preocuparnos las amenazas y
las manipulaciones políticas y mediáticas dirigidas
hacia el absoluto control de nuestro continente. Las piedras en el zapato
(Cuba y Venezuela) y los gobiernos de Brasil, Argentina y el futuro de
Uruguay no están siendo descuidados en la perspectiva de querer
controlar nuestro destino. Brasil en correspondencia al tamaño de
su economía (entre las diez primeras del mundo) negocia con un presidente
Lula debilitado por las críticas desde la izquierda, Argentina en
busca de salir de la enorme crisis económica heredada del extremismo
neoliberal de Carlos Menem trata de poner orden punchando al FMI y al Banco
Mundial y Uruguay se presenta como una rompecabezas por armar en la dirección
correcta.
La injerencia de Estados Unidos
En cierta medida, superado el péndulo
entre gobiernos militares y civiles de carácter dictatorial y represivo,
la apuesta por la democracia en América Latina sucumbe ante la ineficacia
de los gobiernos atrapados en la contradicción inhiesta de la política
neoliberal de la globalización. México que se adelantó
al tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá (NAFTA),
no ha superado en los últimos doce años de aplicación
plena del acuerdo su status de país en “vías de desarrollo,”
país donde los bolsones de extrema pobreza se incrementan día
a día en distintas regiones y en la propia capital federal. La extensión
de este experimento norteamericano (NAFTA) hacia América Latina
tropieza con la ingobernabilidad de la región, tanto que la anunciada
vertebración del ALCA hecha por George W. Bush en Montreal, para
enero del 2005 con la firma de aceptación de todos los presidentes,
ha fracasado rotundamente; ingresándose así al terreno movedizo
de las ciénagas de arena de los TLC (tratados de libre comercio
bilaterales entre Estados Unidos y cada país). Todo ello en una
nueva política de “divide y reinarás.”
En los gobiernos más débiles
y dependientes, todo Centroamérica, Colombia, Ecuador, Perú,
Bolivia, el gobierno de Bush insiste en acometer con fuerza a los movimientos
populares que rechazan la economía neoliberal de las privatizaciones
y expoliación de los recursos naturales. La postura de firmar tratados
bilaterales de libre comercio (TLC) se apresura a no perder el eje andino,
cuya base política y militar está en el Plan Colombia (inversión
de tres mil millones de dólares en infraestructura y asistencia
militar) y en la inexistencia del Ecuador como país, este último
dominado económicamente por completo y ocupado militarmente desde
la base operativa estadounidense de Manta. En el Perú y Bolivia
las cosas son distintas, pues ambos gobiernos, Toledo y Mesa, carecen de
sustento popular superviviendo a una situación explosiva y se mantienen
apenas por la anuencia de la Casa Blanca. En este panorama general de precario
equilibrio de fuerzas, nos deben preocupar las amenazas latentes a Cuba
y Venezuela, sobre todo a la revolución bolivariana de Hugo Chávez,
cuya destrucción planificada por el Departamento de Estado ha venido
fracasando en varios intentos, situación que nos debe abrir los
ojos para tomar el itinerario correcto recurriendo al ala atlántica
de los gobiernos progresistas (Argentina, Brasil y Uruguay en cierne).
El secuestro del líder de
la FARC, Rodrigo Granda, que provocó el conflicto diplomático,
entre Colombia y Venezuela no es un hecho casual. El comportamiento del
gobierno colombiano constituyó una acción ilegal de intervención
extraterritorial acorde a la política impartida por la Casa Blanca
a la que son afines Uribe en Colombia y Sharon en Israel. La política
de terrorismo de Estado del régimen colombiano con varios asesinatos
a líderes sindicales y populares, secuestros, desapariciones e incursiones
extraterritoriales en Venezuela y Perú a través de paramilitares
y mercenarios, obedece a la estrategia encubierta de Washington cuyos objetivos
de mayor alcance se proyectan a la confrontación ideológica,
política y militar en la región. Tengamos en cuenta que la
revolución bolivariana se opone y desafía a la hegemonía
supranacional de Estados Unidos en las guerras de Irak y Afganistán,
a las amenazas sobre Corea del Norte, Irán y Cuba; y en lo económico
apunta a la diversificación del mercado petrolero hacia China y
otros países; y enfrenta sobre todo a la corriente impulsora del
ALCA.
Eliminar la injerencia de Estados
Unidos en América Latina a fin de alcanzar la verdadera democracia,
la libertad y el desarrollo autónomo no es una tarea fácil
y menos de uno, dos o más países. Este es un deber de todos
los pueblos latinoamericanos y del Caribe a través de la integración
económica, financiera, solidaria, cooperativa, comercial y política,
opuesta al proyecto neocolonialista, ALCA, propulsado por la imposición
del capitalismo salvaje ultraliberal del libre mercado.
Comunidad Sudamericana de Naciones
y ALBA
Dos puntos de partida en la dirección
integracionista constituyen la conformación de la Comunidad Sudamericana
de Naciones firmada en la ciudad de Cuzco y el acuerdo bilateral entre
Cuba y Venezuela ALBA (Alternativa Bolivariana para las Américas)
formalizado en La Habana a propuesta de Hugo Chávez. Ambos proyectos
son en esencia coincidentes en cuanto se contraponen a los objetivos de
comercio e inversión bajo la dominación tecnológica,
productiva y económica de Estados Unidos, siendo del caso señalar
que también Brasil impulsa esta alianza estratégica en materia
de hidrocarburos (Petrobras/ PDVSA) ciencia, educación, tecnología
y asistencia militar. De esta forma la prioridad de la integración
a través del aumento del intercambio comercial entre nuestros países
viene marcando el nuevo destino apoyado por las organizaciones sociales,
populares, sindicales e indígenas en una conjunción de la
acción reguladora del Estado y la participación ciudadana.
Conjunción Estado-pueblo que
debe funcionar a través de la exigencia de cada vez más democracia.
Más democracia y más democracia viene a ser una especie de
ultimátum a darse a las diversas caricaturas de los gobiernos llamados
democráticos por el solitario hecho de haber sido elegidos; gobiernos
tradicionales que entienden y defienden una democracia que se circunscribe
sólo a la periódica de renovación presidencial y parlamentaria
con los mismos actores de la corrupta clase política latinoamericana.
En Brasil, Argentina y Uruguay, la clase política ha sido derrotada
por vastos sectores populares; pero especialmente en Venezuela esa podredumbre
de gobernantes ha sido destituida utilizando su propio juego de la consulta
popular; ejemplo a seguir como una constante de lo que es posible hacer
si la participación ciudadana llega a ejercer su pleno derecho de
vigilancia, control y revocatoria de mandatos delegados. No perdamos de
vista que el freno a una integración latinoamericana más
rápida y efectiva se produce por la actividad impugnante y los compromisos
antinacionales de gobiernos no representativos, enfeudados a los intereses
del imperialismo.
Nada hubiera pasado en el continente
si Venezuela, país líder en el lanzamiento de la integración
latinoamericana actual, no hubiera pasado por los diferentes estadios de
la defensa democrática del gobierno de Hugo Chávez mediante
el escrutinio público permanente de varias consultas populares ganadas
con amplitud y margen relevante, preciso para deponer, destronar y licenciar
a la putrefacta clase política venezolana. Pues ahora son varios
los liderazgos que se juntan no sólo en los gobiernos de la región
sino también en el movimiento social y popular, todos ellos en la
perspectiva de la unidad y el compromiso de combatir el analfabetismo,
el hambre, la insalubridad, el desempleo y todas las anomalías de
la miseria que han hecho de nuestro principal recurso natural: el humano,
una dramática calamidad.
Chávez es un obstáculo
a la política imperial por cuanto la causa de la integración
latinoamericana independiente, económica y social, abre un abanico
de posibilidades reales de enfrentar al ALCA como proyecto neocolonialista.
De allí la insolencia de Condoleezza Rice de llamar al presidente
venezolano “una fuerza negativa en la región y una amenaza para
la estabilidad de los países vecinos.”
Si no vemos por nosotros mismos nadie
verá por nosotros. Debemos pasar de la palabra a la acción.
En el Foro Social Mundial de Porto Alegre se dieron alternativas a la arbitrariedad
del libre mercado impulsado por la globalización neoliberal, se
destacó la imposibilidad del pago de la deuda externa y el rechazo
al ALCA. Es hora que del discurso sensato se pase a la acción inmediata
de los proyectos realizables. Los movimientos sociales a nivel latinoamericano
poseen la fuerza necesaria, así lo han demostrado en los derrocamientos
de los presidentes de Ecuador, Bolivia, Perú, Argentina. Es momento
de pasar a la ofensiva. Necesitamos un orden regional democrático,
tolerante, respetuoso, equilibrado y justo, diametralmente contrapuesto
al que trató de imponerse antes y ahora con el segundo mandato de
George W. Bush. La autoridad moral, el reconocimiento y respeto a un país
por grande o pequeño que sea se gana con las grandes acciones humanas
no a través de la imposición de las armas, el uniforme y
la bota, caldo de cultivo de todos los terrorismos.
15 de febrero de 2005
Carlos
Angulo Rivas
reppam@sympatico.ca
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