Antonio Mora Vélez - rodelu.net
21 de febrero de 2005
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La sociedad que padecemos
Antonio Mora Vélez
No me cabe la menor duda que ésta no es la sociedad que se merece el pueblo colombiano y que los personajes que la manejan no pertenecen a la clase de la cual se puedan sentir orgullosos los humanistas o los creyentes, todos los que creen que el hombre actual es la obra mayor de la evolución o de la creación. Para empezar hay que decir que vivimos en una sociedad con una tal inversión de valores que hasta los ciudadanos aparentemente decentes son capaces de la mayor de las bellaquerías con tal de acrecentar sus riquezas. Y que existe una total negación del derecho y del respeto por los demás, hasta el punto de que hoy es más fácil y expedito recurrir a pistoleros para cobrar una deuda que hacerlo ante un juez de la República. Nada hay en el colombiano corrupto y con poder que parezca humano, fuera de la forma. Es un salvaje que se apodera de lo que puede por la fuerza o con sus mañas y que es capaz de calumniar y hasta de mandar a matar si es descubierto, para quitar del m edio a quienes se oponen a sus planes deshonestos.

Y la causa de este desquiciamiento moral de esta sociedad es la sociedad misma, no el hombre del común que la sufre y que se enferma con ella. Somos lo que somos porque hay una sociedad corrupta, enferma, violenta, individualista, idólatra del dinero, que nos enseña a ser corruptos, egoístas, violentos, arribistas, seres humanos para quienes la suprema virtud es el tener y no el ser, que se han empecinado en atesorar para no vivir, y que no vacilan en violar las reglas y el respeto a los demás si éstos son un obstáculo en sus ambiciones. Un tipo de sociedad construida a imagen y semejanza de la estatura moral de quienes derrotaron el ideal bolivariano con sus mezquindades y sus ambiciones; como Santander: padre de la patria politiquera y el primero en enriquecerse con el poder, general de pocas batallas que pisoteó las leyes que ayudó a crear. Y que fue, según La carujada de Denzil Romero, uno de los primeros traficantes de marihuana del país. Según Las cuatro estaciones de Manuela de Víctor W. Von Hagen, un mandadero de los gringos en nuestra patria. Y según Arturo Uslar Pietri en La isla de Róbinson, un "leguleyo". Y a quien su biógrafa Pilar Moreno de Ángel –quien resalta su importancia histórica— no vacila en calificar de "vengativo" y "mezquino". Y el historiador Ignacio Arismendi, de gobernante "rudo", intolerante, insensible y de "corazón atrofiado".

El hombre es él y todo lo que ha recogido en el camino, dijo Homero en La Odisea. Y lo que nuestro pueblo recoge en las calles y veredas de la patria es la podredumbre moral de quienes han sido incapaces de brindarle un mejor destino, las heces de quienes han convertido el país en letrina, la hiel de los amargados y de los mediocres que necesitan de la intriga y de la trapisonda para escalar posiciones y aprovecharse de ellas, la sangre derramada por los hombres que han dejado de ser tales para convertirse en fieras enceguecidas por el odio. ¿Qué nos puede alarmar, entonces, si estamos recogiendo lo que sembraron nuestros antepasados y seguimos regando hoy, con acciones u omisiones, la mayoría de los colombianos? ¿Puede algún despistado pensar que es el demonio el instigador de la conducta de los jóvenes resentidos que le prendieron fuego a un colegio en Sincelejo? ¿O la falta de religión? ¿No será más bien que la sociedad les ha enseñado a ser intolerantes, belicos os, enemigos del derecho, con el mal ejemplo de sus dirigentes?

Una sociedad no puede esperar que la escuela y la universidad siembren los valores que aquélla se encarga de pisotear todos los días, y menos si muchos de sus docentes y directivos académicos están "cortados con el mismo molde". Para nadie es un secreto que muchos de nuestros abogados, una vez salen a litigar, se ven precisados a pagar comisiones hasta del 50% a funcionarios corruptos, si quieren ganar sus honorarios para vivir. Que igual le ocurre a los arquitectos, a los ingenieros, a los economistas, a los maestros. ¿Y no sabe todo el mundo que ciertos cargos son asignados para recuperar con creces las cuantiosas sumas invertidas en la campaña electoral? ¿Y que muchos de esos funcionarios salen de dichos cargos con un incremento patrimonial escandaloso? ¿Y si todo el mundo lo sabe, porqué no pasa nada?

Una sociedad así –señores dirigentes políticos, empresariales y universitarios-- está condenada a colapsar más temprano que tarde, por mucha "seguridad democrática" y mucha abnegación militar que traten de impedirlo, y por mucha paciencia que tengamos quienes la padecemos.

Antonio Mora Vélez
Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar

 
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