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Jorge
Majfud,
imaginación
y profundidad
Agustín
Díaz Pacheco
Hace
unos dos años, en febrero del 2003, el escritor uruguayo Jorge Majfud
(Tacuarembó, Uruguay, 1969), visitó Tenerife; fue con motivo
de la presentación de su libro La reina de América
(1), Premio Casa de las Américas 2001, texto que le ha |
supuesto un jalón
importante en su trayectoria literaria. Escritor de inusual lucidez crítica,
desprende dos medulares virtudes. La primera, arraigada en su fecunda imaginación,
y la segunda, reflejada en una poco habitual serenidad, limítrofe
con cierto talante oriental, que evidencian su singular personalidad, a
la vez que ponía de manifiesto su aguda coherencia y un más
que notable grado de conciencia crítica –ambas han quedado bien
patentizadas en su libro de ensayos Crítica de la pasión pura
(1), libro que extrañamente aún no se ha publicado en España-
del hombre poseedor de una vasta cultura, despojado de las consabidas autorreferencias
que denotan la típica soberbia narcisista, mostrando suma sencillez,
propia de quien es reacio a poses y otras escenografías; esto se
agradece, sobre todo cuando abunda la prepotencia.
Jorge Majfud, ha podido constatar
pluralidad de culturas, indagar en diversidad de costumbres, prosperar
en múltiples realidades y sobradas experiencias. La variedad y el
contraste forman parte de su singular carácter, han nutrido su visión
del mundo. Más de cuarenta países son a los que Jorge Majfud
les ha tomado el pulso: Japón, China, Nepal, India, Egipto, Turquía,
República Checa, Chile, Francia, España, Libano e Israel
han sido, por diversas razones, los que le han llamado poderosamente la
atención; pulso vital en el que se inscriben multiplicidad de interpretaciones
sobre el hecho de vivir, el hábito de sufrir, o el aliento que tanto
a uno como a otro le son inherentes, así como los riegos que ambos
conllevan.
Entre la tenacidad del viajero itinerante
y la estática inquietud del viajero inmóvil (avanza gracias
a decisiones de un imaginario propio), el imprescindible hilo de la escritura
y la lectura (Averroes, Nietzche, Ernesto Sábato, Juan Carlos Onetti,
Juan Rulfo, Paul Auster o José Saramago, por citar a algunos de
los autores de su nómina de escritores preferidos), parece instalarse
en un manso universo, aparentemente relajado, el mismo que en la soledad
de una habitación hallaría la complicidad estética
de Edvard Hammenshoi o la de Edward Hopper, o en lugares que dispensando
suficiente calma propician el decisivo hecho del oficio de escribir para
emprender solitarias decisiones. Expediciones intelectuales, sin
necesidad de salacot ni prismáticos, le basta diseccionar la compleja
realidad que él, en cierta manera, atreve en transgredir, la urdimbre
antropológico cultural o la oculta semilla del inconsciente colectivo;
viajero sin límites en quien convergen la ficción y la lectura,
a las que se incorpora la de ser un agudo observador. Asentado en una región
silenciosa y físicamente inasequible, recurre a un mapa, sin prescindir
de la siempre misteriosa brújula que cada cual posee; mapa compuesto
por las sombras blancas de las que tan sabiamente nos hablara J.
L. Borges.
Aunque Jorge Majfud estudió
arquitectura (ha ejercido la docencia en la Universidad Hispanoamericana
de Costa Rica y en la Escuela Técnica del Uruguay -impartió
Arte y Matemáticas-, y desde el año 2003 es profesor de Literatura
en la Universidad de Georgia, Estados Unidos), su viaje estático
consiste en un acto de fe nacido del impulso donde la vitalidad expresa
una voluntad para fijar la mirada en otros horizontes, escrutar hechos,
traducir e imaginar sueños, para luego curtirse en transitar distintos
continentes. Ese viaje estático –el oficio de escribir- comenzó
cuando tenía tan solo once años; cinco años después
descubrió a Jorge Luis Borges, posteriormente a Leonardo Da Vinci,
y más tarde, de manera autodidacta, se interesó por la pintura
y escultura para abandonarlas por los estudios de arquitectura: ...para
resistir esa tendencia a la literatura, a la que consideraba ilícita,
improductiva. Es lo que me confió en cierta ocasión,
para agregar: Creo que en literatura más vale que falte y no
que sobre. No obstante, cultiva el artículo de opinión
para diarios, revistas y selecciones de textos, y su obra ha merecido ser
traducida al portugués, inglés y francés. Es de los
que mantienen una sólida opinión, y actualmente se halla
inmerso en una novela y un libro de ensayos.
El creador de Hacia qué
patrias del silencio (memorias de un desaparecido) (2) o La reina
de América (3), y recogido en una antología de escritores
sudamericanos (4), no es hacedor apocalíptico, sí lo es,
y bastante, muy penetrante, resultando ser un escritor iniciático,
esbozador de epitafios que, sin ser culminados, va afianzando el transcurrir
del tiempo, los malos trucos del poder, la perversión de éste
y la que corresponde a las personas. Nos hallamos ante un espeleólogo
del alma vuelto agónico cronista. Pero cuando el lector aborda,
por ejemplo, Hacia qué patrias..., irrumpe en el universo
propio del creador cerebral que, por serlo, no elude del universo humano
la pasión que le es inherente. Ha forjado una novela semilineal,
de estructura postmodernista, en la cual mantiene la altitud del ensayo
y ahonda sin titubeos en la humana sima. En ella existen oasis (capítulos),
es decir, lugares habitados por una prosa abierta a la meditación,
a la introspección, el análisis, la deducción psicológica,
el ubicar un catálogo vital, un buen muestrario donde hombres y
mujeres más que sobrevivientes parecen estar condenados a vivir.
En absoluto cierra el paso a la cotidianidad. Ésta, bien a manera
de anécdotas o habilidades de la ironía o el humor, supone
la reflexión que adquiere el categórico valor del aforismo.
La coloquialidad es suma y no resta, recurso que señala la existencia
de determinados hitos de la reciente oscuridad histórica sudamericana,
y tinieblas haylas, desde Perón, hasta Onganía, pasando por
Bordaberry, y otros personajes cuyos nombres figuran en su obra.
El despotismo personal y la tiranía consustancial al poder dan lugar
a recuerdos reflejados en un gran retrovisor: cuanto más se distancia
el sujeto del objeto más obsesivo se torna éste. Disipado
el evanescente arco iris de la lejana ilusión y la niebla, se oculta
–hasta ausentarse- el norte utópico. Atrás, las Dictaduras,
después, la insomne suma de incógnitas a despejar por el
optimismo histórico, por la resistencia de hombres y mujeres. No
existe en su narratividad -conviene señalarlo- espacio para el escapismo,
la superficialidad, y menos aún la tentación instada desde
lo vulgar.
En
Hacia qué patrias...
se acentúa determinado encono en torno a lo Irremediable, la inevitabilidad
derivada del Origen. Se trata, pues, de una literatura en la que no se
ausentan reflexiones vitales, variadas estimas existenciales e imprescindibles
ejercicios que ahondan en el pensamiento filosófico o que podrían
plantear variadas discusiones. Descriptiva y clarificadora, la prosa de
Jorge Majfud es directa, sencilla, pero sin concesiones, tampoco -en modo
alguno- claudicante, y no ceja en cuidar dos pilares: una narrativa tan
cuidada como profunda. Puede entonces el lector entrever el sólido
bagaje cultural del autor, el rigor de sus convicciones, toda una habilidad
creativa de maniobra discursiva que hace constar el giro efectuado por
la memoria, el horizonte irredento de la infancia, la adolescencia o la
juventud, sin omitir la presencia de su agudeza, la misma que le sirve
para cuestionar, llevar contra las cuerdas y después saber asestar
su rotunda ironía noqueadora. Presente, la ideación en clave
de metamorfosis [la del protagonista] de reflexiones y actitudes de un
hombre en prisión (El Pozo), que puede ser cualquier hombre o mujer,
inmerso en la angustia del recuerdo, la vorágine del pretérito,
el agobio de la realidad en la que vive y sufre. De tal manera, que Hacia
qué patrias... transmite un estilo peculiar, porque la suya
es una narrativa en absoluto optimista (entendiendo por tal su no inhibición,
evitando lo que muchos atreven en calificar como subliteratura), distante
de la epidermis creativa o el simulacro redaccional. Es en dicha novela
mediante la que Jorge Majfud convierte las celdas de una prisión
(¿el amplio Universo?) en calles, plazas, ciudades, aire tibio,
tierras resecas, lodazales, pero también ideas y obsesiones, y hasta
silencios, bóvedas, vestigios de salas de tortura, fantasmagorías
y tumbas, y lo efectúa a través de pura imaginación,
mediante manifestaciones legítimamente atrincheradas en lo onírico,
sueños trocados en pesadillas, y éstas en tormentas interiores.
Hombres y mujeres que deambulan en sus paraísos ficticios o en sus
referencias nacidas del hecho de observar. La doble reclusión, la
física y la mental, devenida del pensamiento, que para él
supone la fluidez de la trama, y estimando su estilo parece emparentarse
con algunas corrientes literarias centroeuropeas, las que, en muchas ocasiones,
se imbrican en la filosofía. Es lo que acaece en Hacia qué
patrias…que insinúa, y llega a declarar, una disposición:
el tiempo, sus crueles servidumbres, tiempo que no nos absuelve, muy al
contrario, somos abolidos por él.
El tiempo también es mencionado
en La reina de América, y no por cuestiones puramente tangenciales.
En medio de una agitada tormenta de la memoria, absolutamente descarnada
en el invisible río del ir y venir por donde fluye el recuerdo,
en el cual adquieren considerable holgura los pequeños detalles
no siempre condenados a pasar desapercibidos, extrañezas vueltas
inhóspitas, y crueles desarraigos, son los que pueblan La reina…,
una más que solvente crónica del desasosiego y la angustia.
Novela caleidoscópica, en cierta medida, arroja escenas de la vida
cotidiana, aparentemente irrelevantes, pero en permanente pugna con la
trascendencia del encono sostenido entre los que vienen desde y
los que permanecen en; no es más, por así decirlo,
que la contienda entre los inmigrantes y los que están radicados
en sus respectivos países; también, la mudanza interna, el
trastorno acallado inscrito en los recovecos de las personas. Si Mabel
Moreno Zubizarreta, es la dama que llega hasta Montevideo, J. Jacobsen
podría ser la conciencia crítica, la que aprehende el entrecruzar
de la dignidad y la resignación, por ejemplo. La soledad, la sordidez,
el silencioso dolor del recuerdo, la vergüenza proporcionada por el
claroscuro jadeo de la promiscuidad y sus ecos, la espera irresoluble que
se vuelve tormento -y de qué manera-, saben ser situadas en La
reina…Ésta novela oscila entre dos orillas: el origen y la llegada;
y algunos de sus protagonistas viven la plomiza tortura del ayer, mientras
el presente se transforma en infierno y el mañana no es más
que niebla y barro. ¿Y el tiempo….? Si valiera atreverse con el
tiempo, si las personas enmendaran extravíos y errores, agravados
por las circunstancias, entonces -no cabe la menor duda- qué diferente
sería el presente, y también cómo cambiaría
el mañana, e incluso el pasado se convertiría en importante
y vital franja, benévola, mansa, hoy por hoy inimaginable… Es lo
que nos propone Jorge Majfud, desde la mirada que penetra en la oscuridad
y contempla indagatoria los variados arquitrabes de la condición
humana.
Al contrario de Hacía qué
patrias del silencio (memorias de un desaparecido)..., texto concebido
por la lucidez crítica y el sosiego del escritor uruguayo, quien
en su infancia descubriera a Jorge Luis Borges y años más
tarde a Leonardo Da Vinci, Jorge Majfud ensambla narratividad y ensayo,
acentuado por una buena dosis de psicología, da paso a su otra novela
La reina..., y gracias a una fecunda imaginación, no hay
oportunidad para la ideación ensayística, tampoco, por supuesto,
espacio para delinear horizontes utópicos, y sí un crudo
realismo donde se da cita -a través de situaciones paradójicas-
la cruda realidad, igual que la letra aldabonada toca en la puerta de la
atención del lector, porque la novela que en el año 2001
premiaron en La Habana los escritores Belén Copegui (España),
Andrés Rivera (Argentina), Mayra Santos Febres (Puerto Rico), Beatriz
Maggi (Cuba), y José Luis Díaz Granados (Colombia), nada
tiene de apacible. En absoluto contiene un discurso ajeno a la extrema
dureza en la que se insertan los hombres y mujeres de nuestro tiempo. El
metálico eco de la aldaba, del origen, de su ángulo y percusión
de llegada, han recorrido la obra literaria de Jorge Majfud, y de manera
especial, por su agudeza, en La reina de América, un canto
al largo y ancho hogar de los desheredados, a la cuarteada geografía
que podría haber esbozado Dante en una particular Divina Comedia,
donde la constante histórica han sido los círculos y no la
luz prometedora del futuro que tanto merecen hombres y mujeres.
(1) Crítica de la pasión
pura, (ensayos), Jorge Majfud, Editorial Graffiti, Montevideo,
Uruguay, 1ª Edición, 1998; HCR, Virginia, EE UU, 1999, y Editorial
Argenta-Sarlep, 3º Edición, Buenos Aires, Argentina, 2000.
(2) Hacia qué patrias
del silencio (memorias de un desaparecido), Jorge Majfud, Editorial
Graffti, Montevideo, Uruguay, 1996, Ediciones Baile del Sol, 183 páginas,
Tenerife, Canarias, 2001.
(3)
La reina de América,
Jorge
Majfud, Ediciones Baile del Sol, 250 páginas, Tenerife, 2002.
(4)
Autores latinoamericanos
a fin de siglo, 3a. Edición, Pilar Ediçoes, Brasilia,
Brasil - Bianchi Editores, Montevideo, Uruguay, 1999.
Agustín
Díaz Pacheco
Escritor español, reside
en La Laguna (Tenerife, Canarias)
lykos87@yahoo.es
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