Volvió
Juanita
José
Luis Hereyra Collante
La historia
sucedió en los años setentas en Barranquilla y me fue contada
años después por Alfredo Gómez Zurek –uno de
sus seis protagonistas y uno de los tres ya fallecidos–, quien era el director
del Teatro “Amira de la Rosa”, templo donde oficiaba la cultura Caribe
su alta poesía, su sensible y más fina música nacional
e internacional, su pensamiento hecho carne de la mano de sus creadores
verdaderos. Paralelamente, el extinto Diario del Caribe tenía el
mejor suplemento literario –quizá de toda Colombia–, llamado Suplemento
del Caribe, donde nos iniciamos en las grandes ligas literarias del país
varios escritores, jóvenes en ese entonces, de la mano de ese magisterio
superior y completo que era la archifamosa Comisión Coordinadora.
Ésta estaba constituida por el mismo Alfredo (ingeniero químico,
pianista y poeta), el célebre y riguroso crítico literario
Carlos J. María (“Juan Buchar” para el mundo de las letras colombianas),
el cuentista y novelista Ramón Illán Bacca (quien todavía
firmaba como Ramón Bacca Linares), la antropóloga Margarita
Abello (nuestra queridísima “Cuchi”), el crítico de artes
plásticas y escritor Alvaro Medina y “el flaco” Antonio Caballero
Villa (abogado e intelectual de altísimos kilates).
Siempre se ha considerado que hay
palabras ilustres, finas, bellas, poéticas, mientras se dice o se
considera existen otras feas, míseras, despreciables, cursis y antipoéticas.
Yo, por ejemplo, amo “miosotis”, “equinoccio”,”solsticio”… Borges llegó
hasta a inventar el verbo “lunecer”, según Homero Mercado Cardona,
nuestro ilustre maestro del Caro y Cuervo, “el verbo más hermoso
de la lengua castellana”. Esta polémica ha ocupado la mente del
hombre en todas las latitudes y todas las épocas. Hasta el punto
que tengo a la mano el contundente ejemplo de la polémica entre
Ernest Hemingway y William Faulkner registrada literaria e históricamente
por el crítico A.E Hotchner, en la cual Hotchner los entrevista
a ambos y les atiza la hoguera, que ya traía sus lustros, en estos
términos: “Dice Faulkner, maestro Hemingway, que usted escribe demasiado
simple y rudimentario, que su literatura no envía a nadie a consultar
un diccionario, que su lenguaje es la cosa más primaria…”
Hemingway le replica a Hotchner, de paso estableciendo otra pieza maestra
de la arqueología literaria norteamericana: “Yo siempre he amado
a la gente humilde y el lenguaje hablado por esas gentes sencillas. No
me interesa la alcurnia literaria porque no pertenezco a esos cretinos
fanfarrones y narcisos, y porque me interesan mis personajes de la
calle, como cualquiera. Trabajo con las palabras más elementales.
Las que se hablan por ahí desde que el hombre es hombre y no me
interesan las palabras de diez dólares (“the ten-dollar words”).
La Comisión Coordinadora, esa noche de los setentas, sostenía
la misma polémica ad infinitum, pero en ese momento la palabra
sospechosa y no digna de valoración literaria era “maleta”. Se sostenía
vehemente y sarcásticamente que con “maleta” no se podía
construir poema alguno y hasta llegaron casi a la convicción que
“maleta” era la venganza de algún dios menor y turbio que, además,
la había gravado (de “gravar”, cargar con o imponer un gravamen)
o quizá agravado, por su terminación que mandaba pérfida
y soezmente a ciertos menesteres sodomitas o masoquistas. Pero, me refirió
Alfredo Gómez Zurek, lleno de malicia, alegría y autocrítica,
que, años después, en ese viernes de guacherna en el cual
se habían vuelto a reunir todos los de antaño –ya no por
los rigores y responsabilidades intelectuales de la Comisión Coordinadora
desaparecida– quedaron estupefactos, azules, mudos y confundidos a una
en su sabiduría y erudición intelectual, en su pontificante
manera de tejer los conceptos con la vida elemental, en pleno carnaval,
al oír por los altoparlantes las notas y la letra de la inmortal
y humilde canción de Estercita Forero: “Volvió Juanita /
me dijo que no volvía / volvió con una maleta / cargada de
lejanías..” Todavía me parece estar viendo y oyendo a Alfredo
preguntándome: “¿Dime, Jose, si esa vaina no es divina?”
9 de marzo de 2005
José
Luis Hereyra Collante
Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com
|
|