José Luis Hereyra Collante - rodelu.net
12 de marzo de 2005
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Volvió Juanita
José Luis Hereyra Collante
La historia sucedió en los años setentas en Barranquilla y me fue contada años después por  Alfredo Gómez Zurek –uno de sus seis protagonistas y uno de los tres ya fallecidos–, quien era el director del Teatro “Amira de la Rosa”, templo donde oficiaba la cultura Caribe su alta poesía, su sensible y más fina música nacional e internacional, su pensamiento hecho carne de la mano de sus creadores verdaderos. Paralelamente, el extinto Diario del Caribe tenía el mejor suplemento literario –quizá de toda Colombia–, llamado Suplemento del Caribe, donde nos iniciamos en las grandes ligas literarias del país varios escritores, jóvenes en ese entonces, de la mano de ese magisterio superior y completo que era la archifamosa Comisión Coordinadora. Ésta estaba constituida por el mismo Alfredo (ingeniero químico, pianista y poeta), el célebre y riguroso crítico literario Carlos J. María (“Juan Buchar” para el mundo de las letras colombianas), el cuentista y novelista Ramón Illán Bacca (quien todavía firmaba como Ramón Bacca Linares), la antropóloga Margarita Abello (nuestra queridísima “Cuchi”), el crítico de artes plásticas y escritor Alvaro Medina y “el flaco” Antonio Caballero Villa (abogado e intelectual de altísimos kilates). 

Siempre se ha considerado que hay palabras ilustres, finas, bellas, poéticas, mientras se dice o se considera existen otras feas, míseras, despreciables, cursis y antipoéticas. Yo, por ejemplo, amo “miosotis”, “equinoccio”,”solsticio”… Borges llegó hasta a inventar el verbo “lunecer”, según Homero Mercado Cardona, nuestro ilustre maestro del Caro y Cuervo, “el verbo más hermoso de la lengua castellana”. Esta polémica ha ocupado la mente del hombre en todas las latitudes y todas las épocas. Hasta el punto que tengo a la mano el contundente ejemplo de la polémica entre Ernest Hemingway y William Faulkner registrada literaria e históricamente por el crítico A.E Hotchner, en la cual Hotchner los entrevista a ambos y les atiza la hoguera, que ya traía sus lustros, en estos términos: “Dice Faulkner, maestro Hemingway, que usted escribe demasiado simple y rudimentario, que su literatura no envía a nadie a consultar un diccionario, que su lenguaje es la cosa más primaria…”  Hemingway le replica a Hotchner, de paso estableciendo otra pieza maestra de la arqueología literaria norteamericana: “Yo siempre he amado a la gente humilde y el lenguaje hablado por esas gentes sencillas. No me interesa la alcurnia literaria porque no pertenezco a esos cretinos fanfarrones y narcisos,  y porque me interesan mis personajes de la calle, como cualquiera. Trabajo con las palabras más elementales. Las que se hablan por ahí desde que el hombre es hombre y no me interesan las palabras de diez dólares (“the ten-dollar words”). La Comisión Coordinadora, esa noche de los setentas,  sostenía la misma  polémica ad infinitum, pero en ese momento la palabra sospechosa y no digna de valoración literaria era “maleta”. Se sostenía vehemente y sarcásticamente que con “maleta” no se podía construir poema alguno y hasta llegaron casi a la convicción que “maleta” era la venganza de algún dios menor y turbio que, además, la había gravado (de “gravar”, cargar con o imponer un gravamen) o quizá agravado, por su terminación que mandaba pérfida y soezmente a ciertos menesteres sodomitas o masoquistas. Pero, me refirió Alfredo Gómez Zurek, lleno de malicia, alegría y autocrítica, que, años después, en ese viernes de guacherna en el cual se habían vuelto a reunir todos los de antaño –ya no por los rigores y responsabilidades intelectuales de la Comisión Coordinadora desaparecida– quedaron estupefactos, azules, mudos y confundidos a una en su sabiduría y erudición intelectual, en su pontificante manera de tejer los conceptos con la vida elemental, en pleno carnaval, al oír por los altoparlantes las notas y la letra de la inmortal y humilde canción de Estercita Forero: “Volvió Juanita / me dijo que no volvía / volvió con una maleta / cargada de lejanías..” Todavía me parece estar viendo y oyendo a Alfredo preguntándome: “¿Dime, Jose, si esa vaina no es divina?”

9 de marzo de 2005
 

José Luis Hereyra Collante
Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com
 
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