| Coletillas al Margen
Movilización
consistente en Sudamérica
Carlos
Angulo Rivas
El auspicio,
la probabilidad y la predicción del cambio político, económico
y social están planteados en la voluntad de los regímenes
progresistas de la región (Argentina, Brasil, Cuba, Panamá
y Venezuela). Con la juramentación de Tabaré Vásquez
como presidente de la república de Uruguay, un socio más
se incorpora a la lucha de la unidad contra la primacía de la globalización,
el neoliberalismo y las privatizaciones a raja tabla; con mayor exactitud
contra el “capitalismo salvaje” que hasta el propio Juan Pablo II criticó
con severidad, encíclica en mano, no hace mucho desde El Vaticano.
Una fórmula imbatible se viene
dando como un fenómeno de características peculiares: unidad
del pueblo, organización y liderazgo innovador en unos casos y revolucionario
en otros. De esta forma la democracia viene adquiriendo un perfil verdadero
y cuando más democracia tengamos mediante la participación
plena de los electores, mucho más definida será la opción
del progreso, la libertad, la igualdad, la solidaridad y sobre todo la
de los derechos ciudadanos. Exigir referendos, revocatorias de mandatos,
legalidad constituyente, cumplimiento de la ley, moralidad y compromiso
real con la salud, la educación y el trabajo, son mecanismos de
alegato popular que se han puesto de moda, tan de moda como el neoliberalismo
y la globalización en el sentido opuesto. Esta novedad en el contexto
político de la actual lucha contra el imperialismo, se produce,
por lo demás, a través de la movilización consistente
de las masas, configurándose así como la única alternativa
viable de los cambios imprescindibles para salir de la pobreza, la humillación
y la postergación.
Las armas de los pueblos del mundo
no son las bombas, ni los misiles, ni los aviones, ni los tanques, ni los
buques de guerra, sí son, en cambio, el número superlativo
de los seres humanos que los conforman y la indiscutible conciencia moral
que poseen. Justamente de eso se trata, de la participación, de
la colaboración y de la comunicación entre el Estado y el
pueblo en el arte de gobernar. Y donde se observa con toda claridad esta
fórmula imbatible de avanzar, remando contra la corriente, es en
la revolución bolivariana del presidente Hugo Chávez, precisamente
allí donde la clase política tradicional, que tanto daño
hace a América Latina, ha sido destituida con sus propias armas
de la democracia representativa y las elecciones como rebuscado sinónimo
de ella. Derrotada esta clase política en sus propias madrigueras
y en todo lo que los políticos tradicionales saben hacer con los
pactos, los arreglos, los tinglados, los sobornos, la corrupción
y sus engaños, en Venezuela no les queda sino el crimen político,
el sabotaje, el terrorismo y la intervención armada de potencias
extranjeras, como bien advertidos y preparados están Hugo Chávez
y los que se juegan por un proceso creador, original y revolucionario que
ya nadie puede ignorar.
Pero algo desentona en esta dinámica
progresista de la región: el grupo central andino. Allí los
pueblos, si bien permanecen movilizados y hastiados del abuso de los gobiernos
no representativos, no encuentran el liderazgo conductor que los libere
de la clase política tradicional y sus opacos y corruptos líderes
políticos. El gobierno colombiano de Álvaro Uribe es un caso
perdido de entreguismo y sumisión a la Casa Blanca, país
donde la presencia de las guerrillas de la FARC y el ELN justifica, en
la visión norteamericana, el Plan Colombia, el armamentismo, la
violación de los derechos humanos y la represión al movimiento
popular y sindical con desapariciones y asesinatos a sus líderes.
Sin embargo, en Bolivia, Ecuador y Perú, con experiencias de movilizaciones
masivas capaces de cambiar el rumbo de la historia como en los casos de
las destituciones presidenciales de Sánchez de Lozada, Jamil Mahuad
y Alberto Fujimori, las posibilidades de un cambio de rumbo significativo
son evidentes y todo depende de los pueblos mismos que empezaron a no creer
en las artimañas de los demócratas ilegítimos. En
estos tres países la movilización de las masas está
latente, sobre todo después de la farsa, el fraude y la estafa que
significan gobernantes como Mesa, Gutiérrez y Toledo. En Bolivia
y Ecuador se apunta a las cabezas con acierto, en el Perú la situación
es indefinida y difusa.
Perú: hay que destituirlos
Son varias las sutilezas usadas por
Toledo y la clase política representada en el Congreso para paliar
la enorme crisis del gobierno. En realidad los gobernantes, engolosinados
con el poder y la corrupción, no perciben que los muros de contención
del pueblo son demasiado débiles y en cualquier momento pueden romperse.
La calma ciudadana, propio relax del verano en el hemisferio sur, fue bien
aprovechada por Alejandro Toledo y la obscena clase política peruana.
El primer día del año los sorprendió el levantamiento
de Antauro Humala y su equipo de reservistas, quienes tomaron por la vía
armada la estación policial de la ciudad de Andahuaylas en una clara
demostración ofensiva que exigió la convocatoria a una Asamblea
Constituyente, la renuncia del presidente y un gobierno provisional que
terminara con la ausencia del Estado de Derecho, habida cuenta de seguir
siendo gobernados por el estatuto dictatorial del delincuente prófugo
Alberto Fujimori.
La asonada conmovió la escena
política nacional. Los defensores del inmoral y disoluto sistema
actual cerraron filas en torno al decrépito gobierno toledista porque
en la salvación de éste corre la salvación de todos.
Las encuestas de popularidad de enero y febrero apenas se publicaron por
la vergüenza de su significado. Todos los poderes del Estado tienen
menos del diez por ciento de representatividad y los individuos que los
conforman, por esta razón, están impedidos de seguir jugando
con los destinos de la nación. El presidente de la república
apenas bordea el cinco y medio por ciento en Lima y Callao y a nivel nacional
las cifras son tan dramáticas que se confunden con el error estadístico
de cualquier encuesta seria.
Hablando con la verdad en la mano
no existe en el país legitimidad, ni representatividad ni legalidad,
sin embargo, se continúa moviendo la mecedora al compás de
las maniobras palaciegas concertadas con el parlamento y acompañadas
por la prensa televisada, radial y escrita. Hermoso juego de ajedrez de
diferentes movidas y ensayos a fin de mantener en el pueblo la esperanza
de un posible cambio de rumbo que llegaría con un futuro gobierno
mediante las elecciones del 2006. La fórmula de la oposición
de dar oxigeno a Toledo para llegar fresca a la reubicación de los
mismos personajes tradicionales en enraizados en la podredumbre del Estado,
la inmoralidad y la corrupción, está más que cantada.
El gobierno por su parte juega la misma partida al “defender la democracia
que tanto ha costado restablecer” y ante cualquier tacha a la desastrosa
gestión ha inventado el “complot contra la democracia”. Tanto a
los congresistas como a los ministros y al presidente habría que
preguntarles ¿qué democracia hay por defender, la regida
por el estatuto dictatorial de Fujimori? ¿La de la sumisión
total al FMI y las transnacionales como programa económico, donde
Toledo prometió “rostro humano”, trabajo y el famoso “chorreo” a
los más necesitados? ¿La de la inmoralidad y la corrupción
generalizada? ¿El Estado de Derecho inexistente donde no subsiste
una Constitución válida ni se ha dado los pasos hacia la
transición democrática prometida?
La asonada de Humala puso en el disparadero
al gabinete ministerial en su conjunto y jugueteando a la indignación,
los congresistas de oposición interpelaron al furibundo ex fujimorista
Carlos Ferrero Costa, hoy primer ministro de Toledo, al ministro del Interior
Reátegui (que renunció) y al ministro de defensa Chiabra.
Al final del debate los parlamentarios llegaron a la conclusión
de evitar una censura en aras de mantener la “gobernabilidad” y anunciaron
como pretexto el dejar en libertad a Toledo para que cambie su gabinete
empezando por el jefe. Nada de aquello ocurrió. Toledo enfrió
el partido demorándose lo que quiso para luego recién a fines
de febrero cambiar a cuatro ministros intrascendentes, dejando al voraz
tránsfuga ex fujimorista como su primer ministro; además
soltó la primicia del controvertido plan Pro Perú (limosna
de treinta dólares mensuales a los más pobres). ¿Cómo
oponerse a un programa de caridad masiva en un país donde más
del cincuenta por ciento no tiene para el sustento diario? ¿A un
año de las elecciones generales, no es esta propuesta limosnera
una forma de comprar votos de manera licenciosa, insolente y cínica?
¿No es acaso buscar respaldo popular cuando las encuestas ya lo
han censurado repetidas veces como gobernante?
Por sentido común, en un país
donde la miseria se ahonda y reina a la vuelta de la esquina se debe aprobar
una ayuda social que, lógicamente, debería ser universal;
es decir, un derecho ciudadano como el “welfare” de los países desarrollados,
donde reciben fondos del Estado todos los ciudadanos que no tiene trabajo
y de acuerdo a sus cargas familiares. Sin embargo, una ayuda mediante el
colador de la discriminación donde recibirán sólo
los escogidos por el gobierno o por las iglesias o por cualquier institución
que se forme, significa un engaño multitudinario y desvergonzado.
Si se trata de un programa serio, la ayuda social tiene que ser permanente
y universal, algo imposible por el momento en el Perú por cuanto
nadie conoce quienes son los más necesitados ni todos están
registrados de acuerdo a las normas mínimas del empleo o desempleo,
más aún cuando el sesenta por ciento del Producto Bruto Interno
del país se genera en el confuso sector informal de la economía.
Como se observa día a día,
la colosal estafa del gobierno de Toledo y los congresistas que lo sostienen
por sus intereses personales y de grupo, es evidente. La propuesta Pro
Perú, en última instancia la limosna para que lo dejen en
el poder hasta el fin de su mandato, cumpliendo el papel de encomendero
de George W. Bush firmando el TLC y apoyando el ALCA, es la admisión
más contundente del fracasado programa económico, que como
Carlos Menem en Argentina mostraba cifras macroeconómicas positivas
cuando el país estaba quebrado. Es por ese motivo que Toledo, ante
la falta de “chorreo” y trabajo, se cobija ahora en el dispendio o despilfarro
a secas de fondos del Estado inexistentes, sujetos a nuevos préstamos
y aprobación congresal. Y lo peor, de manera irresponsable y politiquera:
la de comprar apoyo popular ante la necesidad primaria de la gente. Y aclaremos
una cosa más ¿Puede llamarse exitoso el programa neoliberal
de Toledo-Kuczynski, de sujeción al FMI y al consenso de Washington,
cuando este gobierno recibió una deuda pública de 24,700
millones de dólares y al cabo de tres años y medio esa misma
deuda marca los 30,300 millones? ¿Es concebible hablar de éxito
económico cuando el país se ha endeudado con Toledo-Kuczynski
por 5,600 millones de dólares más en ese corto periodo? ¿Va
a continuar, el ciudadano norteamericano, ministro de Economía Kuczynski,
emitiendo más y más bonos soberanos para sus negociados con
la banca extranjera a la cual sirvió como excelso funcionario?
No señores. Los meses que
le faltan a Toledo para terminar su mandato quieren ser saltados a la garrocha
y en los próximos años con el gobierno que sea tendremos
la obligación de honrar pagos muy elevados de la deuda externa,
imposibles de cumplir digamos si no es a través de un enorme “paquetazo”
de medidas draconianas de las que tenemos recuerdos muy desagradables.
Si no decimos la verdad ahora ¿quién pagará esta hipoteca
de las generaciones del futuro por única responsabilidad de la incompetencia
de Toledo y su afortunado ministro Kuczynski? ¿Acaso no es cierto
que ante la falta de una reforma tributaria que reordenara las finanzas
públicas (eliminando las concesiones y la liberación de impuestos
a las transnacionales), el mayor endeudamiento nacional ha sido para financiar
el déficit fiscal y cero de inversión en infraestructura?
Papel de la izquierda
Aparte de las maniobras de la clase
política para sostener a Toledo en la búsqueda desesperada
de un relevo ordenado (2006) que la favorezca, los partidos tradicionales
ya han iniciado la campaña electoral. La incompetencia y la putrefacción,
la debacle del país, la falta de ordenamiento jurídico y
la no iniciada transición democrática interesa un comino
en la perspectiva del futuro reparto de la manzana podrida. ¿Tanto
puede agradar una manzana podrida? Lamentablemente sí, con sus gusanos
y todo. De los principales grupos señalados por la prensa, con posibilidades
de agarrar la mayor tajada putrefacta, todos sin excepción profesan
el credo continuista de la política neoliberal y buscan desesperados
“frentes sociales o republicanos”. Exactamente por ello mismo, la espera
de las elecciones constituye una nueva estafa nacional y la realización
de ellas en las actuales circunstancias de desbarajuste político,
económico y social, realmente un crimen agraviado donde los damnificados
seremos todos. ¿Por qué participar de una catástrofe
anunciada?
El espacio político de la
izquierda, debido al desengaño con Alejandro Toledo, luego del empeño
puesto de manifiesto en la caída de la dictadura de Fujimori, es
sumamente amplio. Enorme potencialmente hablando. El masivo descontento
popular se inclina hacia el cambio verdadero, de ninguna manera camina
a favor de una renovada estafa nacional de Castañeda, Florez Nano,
Paniagua o Alan García. A ese generoso espacio político de
izquierda le falta liderazgo y al liderazgo de la izquierda, manifiesto
en los intentos de unidad partidaria, en la movilización sindical,
campesina y de los frentes regionales, le falta llenar ese espacio político
deseoso de dirección. En este sentido las jornadas de protesta exigiendo
reivindicaciones laborales o políticas a un gobierno agotado y terminal
carecen de significación, salvo se combinen con el objetivo principal
de atacar el problema de fondo (práctica boliviana): el relevo inmediato
de Toledo y la salida de la Asamblea Constituyente y el gobierno provisorio.
La necesidad de la Asamblea Constituyente
la reclaman todos los grupos políticos y sindicales de la izquierda.
Y la única forma de lograr ese objetivo primordial es, que duda
cabe, mediante la movilización consistente hacia ese propósito,
inicio de la posibilidad del cambio verdadero. La izquierda como alternativa
de gobierno necesita apuntar al poder, no a las dádivas del poder.
El liderazgo unitario debe ser más pragmático que ideológico,
más concreto que disperso, más original que tradicional,
más político que sindical. Las masas están preparadas,
los dirigentes tienen el deber histórico de corresponderle como
en Venezuela, Brasil, Uruguay y Argentina. Subirse al coche de la derecha
para ir a las elecciones de cola y no de cabeza, es ni más ni menos
que participar en la estafa nacional que se prepara para el 2006, donde
en el mejor de los casos se les premiará a los dirigentes izquierdistas
con tres o cuatro asientos en un parlamento dominado íntegramente
por la putrefacta clase política actual.
El proceso de cambio revolucionario
es ante todo una intención sólida, una correspondencia a
la acción de las masas movilizadas, una corriente popular frente
al desencanto político de más de veinte años de ejercicio
neoliberal sin resultados positivos no sólo en el Perú sino
en toda la región. La desintegración de la izquierda nos
lleva a movimientos y luchas aisladas, aunque importantes, manejables por
el gobierno a través del aparato del Estado y las instituciones
afines (incluida la prensa radial, escrita y televisada). Sigamos el ejemplo
cercano de Uruguay y Brasil, donde el espacio político de la izquierda
fue llenado con algunos elementos progresistas de centro, elementos izquierda
moderada y otros radicales, en una línea triunfadora en lo electoral
como el primer paso de apertura a la gran avenida del progreso social.
7 de marzo de 2005
Carlos
Angulo Rivas
reppam@sympatico.ca
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