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12 de marzo de 2005
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La Vanguardia de España - 12 de marzo de 2005

Las reliquias del Che (y IV)

FIGURA EN LAS humildes casas de los paisanos el rostro de Che Guevara aureolado. Afirman, además, que es el santo más milagrero    
 
LA CIA NO NECESITABA las manos del mítico guerrillero para comprobar algo sobre lo que tenía absoluta certeza  

Gregorio Morán
Los dos primeros presidentes de Bolivia habían nacido en Venezuela pero su influencia se dejó sentir durante todo el siglo XIX. Quien condicionó durante muchos años la política boliviana desde 1966 también era extranjero, argentino por más señas, tenía 38 años cuando llegó al país y apenas cumplió otro año más cuando lo mataron en una escuela miserable sobre la mesa del maestro, como un filme tremendista, casi copiado de los planos con los que Francesco Rosi reconstruyó la historia del bandido Salvatore Giuliano. Así acababa una de las aventuras políticas más delirantes que recuerda la historia y cuyas consecuencias aún no hay nadie que haya osado evaluar. 

Se llamaba Ernesto Che Guevara y entraría en la leyenda una mala tarde de octubre de 1967. Recuerdo la impresión que me causó su muerte. Lloré, por supuesto, y solo, porque entonces los militantes pensábamos que los tigres sólo se perfumaban con dinamita. También yo puse en la pared de mi habitación alquilada -Madrid, calle Alenza- un retrato del Che; era una foto de Ernesto muerto, desnudo, los ojos girados a la nada y el pelo ensortijado. Un cadáver en escorzo a imitación de Rembrandt en la lección de anatomía, también en este caso sobre la mesa de un maestro, pero en la escuela de La Higuera, en la Bolivia selvática de la cañada de Nancahuazú. Malditos tiempos; nadie que los haya vivido hasta las heces sería capaz de añorarlos. Que me emocione el recordarlo no significa que sienta melancolía alguna. El aroma del heroísmo siempre apesta. 

¿Quién me iba a decir a mí que me encontraría con los hombres que se ocuparon de las reliquias del Che? Ni siquiera sabía que existieran tales reliquias. 

Hay gente que se siente feliz cuando la realidad confirma sus teorías, hay otros que nos desesperamos porque las leyendas sueltan un tufo amargo a formol y carnaza que atestigua que ese pestizo nació de algo que el común llama acto heroico. No sé cómo explicarlo, ¡a mí, tener razón me jode, porque no sirve para nada! Ya está dicho. Prácticamente nada de lo poco que sabemos de la muerte del Che es verdad. No es cierto que el suboficial que le mató tuviera que emborracharse para atreverse a hacerlo -hoy trabaja de taxista en Santa Cruz de la Sierra-, no es cierto que el Che le animara a matarle porque cuando uno está en las últimas no hace frases para la historia, sino que trata de cómo puede zafarse del dolor y el miedo. Pero lo curioso viene luego. 

Un fotógrafo de la CIA -cubano por cierto- fue el primero que se ocupó de repasarle todo el cuerpo con su cámara y copiar concienzudamente el diario manuscrito, que le fue entregado personalmente al general Alfredo Ovando Candia, primera autoridad del país. Pero lo bueno viene inmediatamente después. Por orden expresa del ministro del Interior boliviano, el indescriptible Antonio Arguedas, se le han de cortar las manos y la cabeza, y todo ha de hacerse rápido para deshacerse del cadáver. 

El mando máximo de la tropa en La Higuera es el coronel Joaquín Zenteno Anaya, jefe de la VIII División, un católico ferviente que se niega a cortarle la cabeza. Por las manos pasa, pero la cabeza le parece demasiado para un cristiano. Por tanto, agarran al médico del lugar que le hace una doble amputación de resultas de la cual se volverá loco. Moriría en un psiquiátrico, tras pasar varios delirios alcohólicos, donde siempre repetía la misma historia: "El Che se despidió de mí, se despidió de mí...; cuando le corté las muñecas se movieron las manos para decirme adiós". 

La estúpida leyenda, no hay leyenda que no se haya construido sobre la base más baja de la inteligencia, sostuvo que la CIA quería las manos del Che para comprobar su autenticidad. Digno del nivel mental con el que nos movíamos. La CIA no necesitaba las manos del Che para comprobar algo sobre lo que tenía absoluta certeza. Las manos las recogió el ministro Arguedas, ¡en persona!, y les hizo una urna de madera noble que recubriera la vasija donde las metieron en formol, luego lo envolvió todo en una bandera boliviana y lo enterró en el jardín de su mansión, en La Paz, Bolivia. 

Curioso tipo el ministro Antonio Arguedas. ¿Por qué lo hizo? Es verdad que había sido comunista, pero también había trabajado para Estados Unidos y para la Unión Soviética y sobre todo para sí mismo. Su jefe, el general Alfredo Ovando, otro personaje de novela, le había tendido una celada magnífica que él no supo hasta demasiado tarde. Nadie quería ser responsable de la muerte del Che Guevara, por tanto cada cual trataba de hacer algo para quitarse el muerto de encima, nunca mejor dicho. Y Arguedas pensó que lo mejor para reconciliarse con los cubanos consistía en hacerles llegar el diario del Che en Bolivia, depositado en las arcas del Estado Mayor del Ejército boliviano -luego se sabría que el original había desaparecido y se vendió en una subasta de Londres, donde lo recompró Bolivia para su legado histórico. ¡Vaya historia! El ministro Arguedas se puso en contacto con Víctor Zannier, viejo amigo y bien relacionado con los cubanos, para hacerles llegar subrepticiamente el diario del Che. Lo microfilmaron, lo pegaron en discos de vinilo de una colección de música folklórica boliviana y lo llevaron hacia La Habana gracias a los socialistas chilenos. 

Así conoceríamos a mediados de 1968 el Diario del Che.Pero el asunto tenía trampa, como no podía ser menos. Los cubanos detectaron que al diario le faltaban algunas páginas y comon i Arguedas ni los intermediarios tenían razón alguna para pensar que habían desaparecido en el camino, el mundo mundial aceptó las explicaciones de Fidel Castro en su deleznable prólogo: el Che se pasó unos días sin escribir. 

Era falso, por supuesto. Lo que nadie sospechaba entonces es que el general Ovando, primer poseedor del cuaderno, se tomó la molestia de retirar cinco páginas, sólo cinco. ¿Para qué? Muy sencillo, si sólo había un original y una copia y en la copia faltaban cinco páginas, así podría seguir el curso del diario. Con la noticia de que Cuba tenía ya el manuscrito de Che Guevara y leerlo, Ovando supo que nadie salvo Arguedas podía haber suministrado el texto a los cubanos. Los días de Arguedas estaban contados. 

Yasí fue. Huyó de Bolivia, marchó a Rusia y Estados Unidos, e hizo declaraciones erráticas hasta que se instaló de nuevo en La Paz y una ráfaga de fusil le llevó al hospital, en las últimas. Fue entonces cuando llamó de nuevo a su amigo Víctor Zannier y le dijo que fuera a su casa, que le dijera a su esposa doña Gladis y su hijo Carlos que debían ayudarle a desenterrar las últimas reliquias del Che. En el jardín -otra leyenda asegura que lo tenía escondido en el suelo, debajo de su cama-, cavando, halló una urna y envuelto en la bandera boliviana estaba el frasco con las manos del Che conservadas en formol. Y una mascarilla, una torpe mascarilla que se le hizo nada más morir. 

A partir de la embajada de Hungría en La Paz y la complicidad de los comunistas bolivianos, las reliquias del Che llegaron a Cuba, en un largo periplo vía Moscú, hasta reposar hoy en el museo de San Cruz, territorio cubano, y Fidel Castro dio un discurso histórico sobre el mártir y su trascendencia. 

Pero lo curioso es que toda esta larga historia de reliquias, operaciones de necrofilia y servicios y siniestreces con los restos de un pobre cadáver asaeteado, empezó con un cura.Un discreto cura de una pequeña población cerca de Valle Grande, al que algunos ponen el nombre de Rogers Salers, y que probablemente transcribo equivocado, a él se debe que habiendo visto cómo un helicóptero se iba a llevar tres cadáveres recién ejecutados por el Ejército, solicitó darles la extremaunción. Lo aceptaron de mala gana los milicos,que por algo el coronel era un cristiano muy creyente a quien no le pareció mal cortarle las manos pero sí excesivo sajarle el tronco. El cura Salers no podía admitir dar la extremaunción sin tocarles la cabeza MESEGUER y así fue como descubrió que uno de aquellos cuerpos que se iba a llevar el helicóptero era el de Ernesto Che Guevara. 

Tras la ceremonia el buen cura se encaminó a la escuela y allí fue recogiendo piadosamente los restos de sangre que había dejado el mítico guerrillero tras su ejecución; unos restos mezclados con la arena del suelo, que luego llevaría a la Iglesia. Sobre el ara del altar donde los depositó dijo misa con su regularidad habitual. Esos restos también están, dicen, en el museo de Santa Clara. El sacerdote los regaló a los cubanos que le hicieron llegar un donativo de 20 mil dólares para hacer un hospitalito en el pueblo. 

Y aquellos campesinos que le denunciaron tantas veces como pudieron, con el correr del tiempo instauraron entre sus creencias a un nuevo santo. Lo llaman San Ernesto de la Higuera y figura en las humildes casas de los paisanos el rostro del Che aureolado. Afirman, además, que su éxito entre la población indígena se debe a que es el santo más milagrero. 

Ahora quedaría por explicar cómo fue posible la más aberrante de las operaciones políticas -crear un foco guerrillero en Bolivia, el único país donde en 1952 se había hecho una revolución agraria-, donde se hablaba quechua y los campesinos tenían más razones para temer a los revolucionarios caídos del cielo que al Ejército lejano, ese lugar inmortalizado en esa foto impresionante donde el Che figura con dos niños sentados en sus rodillas, esos niños cuyo padre será quien le delate. 

La leyenda del Che ha sido el tumor maligno de la izquierda de América Latina; ese tumor liquidó a lo más granado, valiente y capaz de la inteligencia americana. Pero eso es otra historia que aún está en otra urna que no nos hemos atrevido a extraer del lugar donde la escondió nuestra memoria.

 
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