| Página12
de Argentina - 6 de marzo de 2005
La puntería
bolchevique
Toda la verdad
sobre el cañoneo contra
el teatro de Odessa
Eduardo
Montes-Bradley
Una de las escenas
más recordadas de la película de Eisenstein es aquella en
la que los cañones disparan contra el teatro de Odessa, todo un
símbolo de la burguesía opresora. Los cañonazos dan
en el blanco y un león cae de su pedestal anticipando el derrumbe
del imperio. En una conversación con el periodista Esteban Peicovich,
Borges imagina: “Tenemos el barco de guerra, el acorazado disparando sus
cañones a la ciudad de Odessa. Ahora bien, como sentimos simpatía
por los marinos, el único daño que hacen sus cañones
es tirar un león de piedra de su pedestal. Eso podría pasar
en una película fantástica, pero en una película realista
me imagino que si un acorazado dispara a cien metros de nosotros mataría
a alguien. Pero, claro, no puede matar a nadie porque estropearía
las simpatías de los espectadores. Unicamente por eso mata a un
león de piedra. No me parece que los rusos sepan hacer realismo”.
La decisión
de bombardear el teatro no fue sencilla ni abrupta. En principio hubo oposición
por parte de la mayoría de los amotinados, que entendía que
sería un baño de sangre innecesario. Entretanto, y aprovechando
una tregua pactada con el general Kokhanov, que estaba a cargo de las fuerzas
militares en Odessa, una partida integrada entre otros por el padre Parmen
daba sepultura a Vakulinchuk en el cementerio militar. De regreso al Potemkin,
el grupo sufre un ataque sorpresa y tres marineros mueren en el intento.
La noticia vuelca las voluntades en favor del bombardeo. Matushenko, complacido,
ordena la puesta en marcha de los motores y el avance del Potemkin hasta
un cuarto de milla de la costanera,una maniobra que carece del menor sentido,
ya que el buque contaba con cañones de doce pulgadas y un alcance
de precisión de doce millas.
Pero la confusión
fue más allá. Ante la duda, Matushenko ordenó cargar
los cañones de doce, los de seis y los de tres por si acaso; para
colmo de males, los que podían operar eficientemente la capacidad
de fuego del Potemkin habían sido arrojados fuera de borda con unos
cuantos agujeros en el uniforme. Los amotinados, en su mayoría campesinos
analfabetos, nada sabían de maniobras complejas como la que estaban
a punto de encarar. Era como sacudir de un cañonazo el Teatro Colón
desde un acorazado anclado en medio del Río de la Plata con una
tripulación de conscriptos mal entrenados. Como era de esperar,
el tiro fue a dar en Corrientes y Esmeralda.
La tarea, planeada
y orquestada por Constantine Feldmann –delegado ante el Comité Revolucionario
del Partido Social Demócrata en Odessa–, era imposible desde el
vamos. Feldmann descontaba que en el teatro estaría reunida la oficialidad
zarista en pleno, incluido el mismísimo general Kokhanov. Muerto
Kokhanov, pensaba el delegado, las tropas se sumarían a la causa,
y con Odessa a los pies de los insurrectos ya nada detendría la
revolución.
Llegado el
momento de disparar, el Comité recurrió al suboficial Bedermeyer,
uno de los pocos marinos de carrera que, al igual que el teniente Alexeev,
se había sumado a la causa a último momento. Junto a Bedermeyer,
para asegurarse de que no hubiera errores, estaban en el puente Matushenko,
Dymtchenko, Mikishhin, Feldmann, Kirill y el teniente Kovalenko. Bedermeyer
buscaba con dificultad el objetivo en la mira. El teatro, elevado respecto
del nivel del mar y a más de una milla de distancia, estaba rodeado
de otros edificios ocupados por hombres, mujeres y niños que no
tenían la menor idea de que estaban a punto de ser desintegrados.
Dispararon primero tres salvas de aviso, pero la señal, destinada
a la población civil, alertó en cambio a los oficiales que
iban a reunirse en el teatro. Los militares se dispersaron antes del primer
cañonazo; los civiles no.
El estruendo
de la primera carga sacudió la banda de estribor con todo el peso
de sus seis libras. Hubo vivas y hurras entre los amotinados. Luego el
impacto, la columna de humo y el alerta desde el punto de observación:
“¡Largooooooo!”. Matushenko, desconcertado, tarda unos segundos en
reaccionar, y lo hace de mala manera. Bedermeyer se pone más nervioso
de lo que estaba y se excusa argumentando que sin un plano a escala de
la ciudad es imposible dar en el blanco. Matushenko no parece entender
razones y ordena el segundo disparo. Bedermeyer calcula, ajusta la mira
y vuelve a dar la orden. El estallido sacude de nuevo la banda de estribor,
y una vez más se oye el alerta desde el punto de observación:
“¡Largoooooooo!”.
La tarde del
29 de junio de 1905, dos tiros de cañón fueron disparados
desde el acorazado Potemkin y ninguno –mal que le pese a Eisenstein– dio
en el blanco. Para consuelo de Borges, tampoco arrancaron ningún
león de su pedestal. Impactaron un poco más allá del
objetivo, sobre viviendas y locales, en pleno centro de la ciudad, donde
no había generales del zar sino civiles tratando de evacuar la zona.
Pero quizá
Bedermeyer no haya sido tan torpe como parece. Después de todo,
en lugar de una sentencia de muerte o un puesto en un campo de trabajos
forzados en Siberia, como la mayoría de los amotinados, lo que recibió
fue una bonificación y un ascenso de grado. |